
A Juan Pablo II,
quien en el transcurso de la redacción
de esta obra abandonó el mundo de los vivos,
para pasar a formar parte de la corte celestial.
Por su bondad manifiesta
en su cercanía durante la III CELAM
1979.
Por el cambio de rumbo que imprimió a mi vida,
con su sola presencia.
Por su amor a mi Guadalupana
y a mi Juan Diego,
a quien elevó a la santidad.
A MANERA DE PRESENTACION
Para
quienes no han leído mi anterior obra Quién demonios es... Cristo? me permito hacer la indicación de que todo surge porque
uno de los hijos de nuestro personaje central, metido en los clásicos problemas existenciales de la juventud, le pide ayuda
pero no sabe por dónde empezar. Ricardo, el padre, le dice que exprese lo primero que se le venga a la mente para poder iniciar
una charla. Carlos, el hijo, observando un hermoso Cristo tallado en madera que pende de la pared de su sala, le pregunta
con esa indolente forma que usan los jóvenes de hoy, pero que no significa falta de respeto: Quién demonios es Cristo?
Así
las cosas, Ricardo empieza a hablarle a Carlos sobre la vida de Jesús pero, para interesarlo más, lo hace por partes. A las
pláticas se van sumando, poco a poco, otros personajes que generan la polémica, gracias a la cual se pueden explicar y analizar
las diferentes corrientes que acogen estudiosos de la vida de Cristo.
Fue
una forma muy personal, desde mi punto de vista como historiador, de hacer llegar jirones de la historia a mis lectores; una
forma novelada que, sin mezclar propiamente la ficción con la realidad histórica, sí permite al lector, con palabras llanas,
de uso común, de fácil entendimiento, conocer esos aspectos de la historia que a veces son tan difíciles de entender o, simplemente,
de leer.
Las
opiniones vertidas sobre este sistema fueron tan favorables, que decidí tocar otros puntos, algunos religiosos, otros patrios,
unos más sociales. Esta, es la segunda obra de la serie. Si bien por razones muy propias también está dedicada a analizar
la historia de un santo, no quiere decir que todas lo serán.
Ya
en la obra anterior me permitía hacer la siguiente aclaración que veo pertinente para esta:
Las
observaciones de algunos amigos y familiares me guían a cumplimentar para usted, caro lector, algunas explicaciones pertinentes...
debo dejar en claro que si bien los personajes que forman parte de las charlas, incluido Ricardo, los sacerdotes Julián y
Narciso, y el arzobispo Edmundo Barrenechea, son ficticios, y por ende no reflejan en sí actos, opinión, o postura oficial
de la Iglesia en sus conceptos, sí los personajes históricos citados, sus hechos, y las citas relativas a autores y estudiosos
bíblicos e instituciones, son absolutamente reales y producto de la investigación realizada para la estructura de esta obra,
cuya bibliografía principal se encuentra reseñada al final de la misma.
Del
resto de nuestros personajes ficticios puedo decir que en verdad me inspiré en algunas personas reales, pero jamás reflejan
igualmente ni su propia forma de pensar ni sus conceptos religiosos o morales, por lo que si alguno se identifica con cierto
personaje, no se sienta agraviado pues la identificación sólo quiso ser un pequeño homenaje a mis cercanos y no a sus personalidades.
Con
esta obra tampoco pretendo constituirme en un erudito de la religión que, acepto y reconozco, profeso desde niño con sus muy
reales altibajos. Mi trabajo ha sido únicamente un intento porque la vida de Cristo -y ahora la de Juan Diego- pudiese
llegar al vulgo mismo en palabras llanas, sin atavismos, misterios de fe o dogmas; sin ese rebuscamiento a que nos tienen
acostumbrados. Si lo logré, sea por Dios! Si no, mis disculpas.
Finalmente,
hubo quien sancionó el que citara yo a estudiosos e investigadores de tendencias detractoras, o contrarias... Sin embargo,
considero que era necesario dar a conocer las diversas corrientes -unas a favor y otras en contra- para permitir al lector
su propio análisis.
Citar
esas opiniones no significa tampoco que esté de acuerdo con todas ellas, sin embargo... puedo reservarme como opinión personal
la de Ricardo, el personaje central.
Agradeciendo su deferencia.
Fco. Xavier Ramírez S.
INTRODUCCION
Si
la historia de Cristo está llena de polémica, por qué no habría de estarlo la vida de alguien tan pequeño como Juan Diego?
A
pesar de que todos lo veían así, pequeño ante la grandeza de María de Guadalupe, el escándalo se desata cuando el mundo se
entera de que el Papa Juan Pablo II le elevaría al rango de Santo. Unos, consideraron que el hecho de que se le apareciera
la Guadalupana no era mérito suficiente para santificarle; otros llegaron al extremo, habiéndolo ignorado por siglos, de negar
su existencia. Lo más curioso de todo es que la polémica se encendió aquí, en el mismo México que eligió la Virgen para aparecer.
El
dilema colocaba no sólo a Juan Diego en el tapete de la incredulidad, sino a la mismísima Virgen de Guadalupe que, de igual
forma, ha tenido sus detractores y sus defensores. Aparicionistas y antiaparicionistas les llaman para definirlos de alguna
forma.
Como
toda cuestión religiosa, tocar el punto ya causa polémica por sí mismo y, por ende, una serie de corrientes que van desde
la negación misma hasta la aferrada defensa, pasando por la tibia argumentación respaldada en documentos.
Poner
en tela de duda, como dije, ya no a Juan Diego sino a la Virgen de Guadalupe, implica del mismo modo una lacerante coyuntura
que afecta a una nación entera: México, siempre fiel y guadalupano, y aún a una muy extensa parte del resto del continente,
hasta donde ha llegado el culto a la Guadalupana Emperatriz de América
Algunos
hechos, surgidos a raíz del anuncio papal, avivaron el fuego detractor, como las declaraciones de Monseñor Schulemburg, sempiterno
Abad de la Basílica de Guadalupe que, tras décadas de regir el culto guadalupano y enriquecerse personalmente a costa de éste,
de pronto afirma que nada es verdad. Su posición, sin embargo, no frenó el proceso y Juan Diego fue elevado a la categoría
de Santo.
Con
todo esto, los mismo católicos, seguidos por investigadores, teólogos e historiadores, se han preguntado insistentemente... Existió? No existió? Fue un mito más de la iglesia católica, tan afecta a estos?... en pocas palabras... Quién demonios es Juan Diego?
-o-o-o-o-o-
Jorge
caminaba pensativo sobre la Avenida Costera de Acapulco. Resentía de alguna forma la falta de reuniones con el grupo que se
había conformado en torno a Ricardo, el escritor, historiador y periodista que les había llevado por muchas semanas a las
profundidades de la historia de Jesús, el Cristo.
El
dolor por la muerte de su esposa Lupita, amiga desde la infancia de Norma, esposa del escritor, había sido paliado con la
asistencia a esas pláticas, a la Cristonovela, como cariñosamente la habían bautizado los participantes.
Sumido
en sus pensamientos, no escuchó las voces que daba quien le llamaba.
-Don Jorge... Don Jorge...
-Qué?...
quién es?, dijo saliendo de su ensimismamiento.
-Caray...
hasta parece usted enamorado... ni caso hace...
-Perdón
Carlitos... es que venía pensando precisamente en ustedes... en las charlas de tu padre...
-Pues
mire que coincidencia... yo le busco para lo mismo...
-Lo
mismo?...
-Sí,
estoy organizando a todos para que le caigamos al viejito...
-Y
ahora?... con qué motivo?
-Pues
qué no se acuerda que cuando nos despedíamos en la boda de Silvia y Abraham le grité que quién demonios es Juan Diego?...
-Sí,
ya recuerdo...
-Pues
ese es el motivo... o qué? a Usted no le hacen falta las reunioncitas?
-Sí...
te digo que en eso precisamente venía pensando...
-Pues
vamos organizándonos y llamando a los demás... le parece?
-Claro
que me parece... yo les llamo a los mayores, tú a los jóvenes... de acuerdo?
-Ok...
y nos vemos en casa de mi papá el lunes por la tarde... sí?
-Sea...
Norma
había notado también cierta inquietud en Ricardo. Le veía taciturno, metido en la lectura de sus libracos, encerrado en su
estudio-despacho. Había espaciado incluso las visitas a la mesa del café en Vip’s.
Cuando
el teléfono repiqueteó, a Norma se le iluminó la cara.
-De
acuerdo.... totalmente de acuerdo... yo me encargo de preparar todo y de que él esté aquí el lunes a esas horas... no te preocupes
hijo... y no dejen de llamar a todos...
Al
colgar, entró al estudio, se acercó a su marido y, sin decirle nada, le palmeó un hombro.
-Y
ahora?... qué mosca te picó?
-Bueno...!
qué no te puedo hacer una caricia?
-No,
pues sí.... pero la sentí un poco rara...
-Ideas
tuyas... ideas tuyas... sentenció Norma retirándose.
La
llegada de todos ese lunes fue una verdadera sorpresa para el escritor. Uno a uno fueron arribando con algún presente; ya
el atole, ya los tamales o los refrescos.
-Ahhhhjajá...
viejito... no te nos escapas de nuevo, exclamó Carlos con su natural algarabía. Ahora, o nos dices quién demonios es Juan
Diego... o te damos pamba jarocha...!
Todos
rieron de buena gana. Ricardo, plenamente complacido con la presencia de sus amigos y familiares, apenas alcanzó a balbucear:
-Bienvenidos
todos... gracias por acordarse de mí... yo pensé que ya me habían olvidado...
-Olvidado
no, mi querido Ricardo. Te tenemos muy presente siempre, dijo amable Jorge.
-Y
vaya que resuena tu presencia, dijo amistoso su compadre Celerino, al que acompañaba su esposa Doña Elvia.
-Es
más, agregó entusiasta Gustavo, te tenemos una sorpresa mayor...
Y
los presentes abrieron la puerta principal para dar paso a tres sacerdotes: el Padre Julián, párroco en un pueblito escondido
en la intrincada sierra guerrerense y su amigo del alma; Narciso, el sacerdote rebelde, que se veía más formal y serio que
antes... y Gerardo, el descreído poeta de otras épocas, que ahora vestía los hábitos talares.
El
gusto del escritor fue notorio. Abrazó con fuerza a cada uno de ellos, dejando al final a Julián a quien espetó reclamante:
-Viejo
ladino... ya me tenías con pendiente! Tiene más de dos meses que no escribes...
-La
salud, mi querido Ricardo... la salud... pero aquí estamos, prestos al llamado de ese escuintle del demonio de Carlos, instigador
de este complot...
-Ya
me imaginaba, o eras tú.... o era Carlos! Y Ustedes? cuestionó a los otros clérigos.
-Viento
en popa, contestó Narciso. La parroquia camina como siempre, bajo la amorosa mirada de Julián y el sudor de mi frente...
-Y
tú? interrogó a Gerardo.
-Yo...?
Listo para el sacrificio. Vengo a invitarte a mi consagración, además de sumarme a la lista de participantes en esta nueva
ronda de charlas...
-No
me digas! Así es que ya serás sacerdote! Felicidades, amigo mío, felicidades desde el fondo de mi corazón...
Desde
atrás, tímidamente, levantaron la mano Gloria, Silvia, Fidel y Abraham.
-Tienen
la palabra, dijo aparentando seriedad el escritor.
-Un
mundo de felicidad para Usted, Don Ricardo. Las nuevas son que Silvia ha cambiado...
Y
todos se hicieron a un lado para dejar a la joven lucir un embarazo bastante avanzado.
-Vaya
sorpresa! Pues también felicidades para Ustedes, amigos queridos. No saben lo feliz que me hacen todos al estar aquí.
Los
hijos de Jorge: Adriana, Cristy y Jorgito, se acercaron a abrazarle, mientras Alfonso, el sedicente librepensador, aprovechaba
para pasar lista de presente.
-Heme
aquí, saleroso expositor! nada más que te advierto que aún no me has convencido del todo y, pues, por eso estoy aquí, para
ver si me conviertes finalmente...
-Y
así será, querido amigo... así será con la ayuda de Dios y de estos ensotanados... replicó Ricardo que tenía los ojos rasados
de lágrimas.
-Rafael
llamó desde Morelia esta mañana para decir que estará aquí pasado mañana. Dice que esta nueva serie no se la pierde y que,
aunque sea en camilla, llegará, informó Norma.
-Y
será bienvenido, afirmó el escritor.
-Bueno,
continuó Norma, pues a la mesa que es un festejo tenerles aquí... pasen... pasen por favor...
-Un
momento... pero que sea como siempre... a ver viejas! a ayudar a doña Norma, dijo mandón Carlos sin dejar la chanza.
-Vieja
tu abuela, dijo Sonia a su esposo, y tomó del brazo a Ricardo diciéndole... órale suegro... que ya nos tiene de nuevo aquí...
a comer tamalitos calientes...
-Gracias
hija... su pura presencia ya es un banquete!
-Ricardo,
yo me atreví a traerte un regalo, comentó comedida Lucía, hermana de Julián y que había hecho el viaje con él expresamente
para ver al escritor.
-Lo
vemos, lo vemos, dijo alborozado.
-Anda!
exclamó Carlos al ver un esplendoroso marco que Lucía señaló estaba destinado a substituir el que tenía la Lupita colgada
en el contrarincón del Cristo.
-Caray
Lucía... que regalo tan magnífico...! Gracias... mil gracias...!
-No
me las des a mí nada más... mi hermano también tuvo parte en esto, junto con Narciso, que fue el que lo sugirió.
-Oiga
Doña Lucía... dijo jocoso Carlos, y ese no tira tanta polilla como el que tiene la Lupita actualmente?
-Muchacho
del demonio...! dijo Norma bromista.
-Huy
no! Ya vamos a empezar a nombrar al maligno! sentenció Julián.
-Pero
si Usted es el que me bautizó así... o no padre? reclamó Carlos.
-No...
pos’sí...
Ya
sentados a la mesa, los comentarios se diversificaron dando prioridad a la mexicana comida, que lucía platillos típicos de
la entidad suriana, incluyendo el pozole que había traído Sonia.
Norma
observaba a Ricardo, que revivía con la presencia de todos. Se sentía contenta de que a Carlos se le hubiese ocurrido reunirlos
de nuevo. Sin embargo, una espinita se le estaba clavando. En un momento dado, al servir una nueva taza de café al cura amigo,
inclinándose discretamente le dijo:
-Tú
tienes algo que ver con esto, verdad Julián?
-Yo...?
Cómo crees... dijo ladino.
-No?...
estás seguro?
-Sí,
pero no se lo digas a Ricardo... ya te platicaré.
-Pues
bendito seas...
-Por
qué?
-Porque
mi marido ya estaba a punto de explotar. Se le veía taciturno, callado, metido en su soledad aún acompañado de nosotros. Como
aquella vez en tu parroquia, le devuelves la vida... gracias!
-Gracias
a Dios... que tiene mucho camino por andar a su servicio...
-Ah,
ya salió el peine! entonces sí hay algo detrás de todo... otro libro?
El
cura sonrió pícaro y se volvió a su taza de café ignorando amistosamente a la anfitriona.
-Viejo
ladino, dijo ella, dándole un cariñoso jalón de orejas.
Jazmín,
la hija menor de Ricardo y Norma, entró a la sala fingiendo asombro.
-Ora...!
Y esta bola de gorrones?! Quien los invitó papacitos...? Pobrecito de mi papá... mira cómo abusan de ti... y se le abrazó
por el cuello.
-Gorrona
tu abuela, dijo bromista también Julián.
-Charros....
que boquita de sacerdote, exclamó Jazmín persignándose, al mismo tiempo que le abría los brazos cariñosa al cura.
-Cómo
te has portado muchacha de porra? cuestionó Julián abrazando a la jovencita.
-Mal
padrecito...mal... que esta vida es para gozarla.... contestó riendo.
-Te
atienes a que tienes palancas con el Señor, verdad canija? advirtió jugando con las palabras.
-Huy
padre Julián, pues francamente no sé si sus influencias sean tan buenas allá arriba...
-Bueno,
pues aquí abajo, al menos, sí lo son y fue a abrir la puerta elevando la voz para llamar la atención de todos. Al abrir, la
cara del arzobispo asomó por la entreabertura, diciendo con fingida humildad:
-Buenas
noches... puedo...?
Todos
rieron de buena gana. No se habían imaginado jamás ver a todo un Señor Arzobispo jugar al niño chiquito, haciendo a un lado
su compostura. Pero a todas luces la reunión era de verdaderos amigos, casi familiar.
-Adelante
Su Eminencia, contestó afectuoso el escritor levantándose de la mesa para dar la bienvenida al prelado, lo que imitaron Narciso
y Gerardo.
-Buenas
noches, y bienvenido Señor Arzobispo, dijo Norma corriendo hacia atrás la silla que se le destinaba para acompañarles a la
mesa.
-Normita....
Normita.... yo soy el caballero... yo debiera ofrecerte la silla...
-Usted
no se fije, que es por respeto y con sincera hospitalidad...
-A
ver Julián... podrías colocar por allá estos adminículos? pidió el prelado extendiendo capa y solideo. Quiero sentarme a esta
mesa como amigo, como Edmundo Barrenechea, no como el arzobispo...
-Bienvenido
sea de igual forma Su Eminencia... señaló Ricardo medio asombrado por la displicencia del purpurado.
-Ricardo,
ya nos tuteábamos... por qué ahora el usted?
-Bueno...
balbuceó apenado el escritor...
-Vamos...
que ya no somos amigos?
-Naturalmente...
perdona... pero todo esto ha sido tan sorpresivo...
-Bien...
pues a cenar... que ya hace hambre, urgió Julián.
-Bueno,
preguntó el arzobispo, y a qué se debe esta reunión a la que fui llamado tan urgentemente?
-Don
Carlos, dijo seriamente Jorge, podría Usted hacernos el honor de explicarlo?
-Sí
señor, con gusto, señaló el muchacho siguiendo la fingida seriedad. Estamos reunidos esta noche, porque conforme a una consulta
popular realizada como de rayo entre todos los asistentes a la Cristonovela, se decidió poner de nuevo contra la pared a Don
Ricardo CuentaCuentos Alvarez Ayala, para que explique llana, amplia, cumplida y formalmente... Quién demonios es Juan Diego?
Siguiendo
la broma, todos los asistentes aplaudieron, obligando al escritor a levantarse de su silla y agradecer la ovación.
-Bien
señores... pero... están ustedes dispuestos a sufrir nuevamente el tormento de venir a esta su casa diariamente de seis a
morir, investigar, estudiar, y trabajar junto conmigo para despejar la alarmante duda?
Y
todos contestaron a coro:
-Sí...
protesto!
Los
aplausos reventaron nuevamente hasta que Julián levantó su taza de café y dijo:
-Brindo
por mi querido amigo Ricardo... porque Dios le ilumine nuevamente en esta etapa... porque el Señor Arzobispo, aquí presente,
me dé permiso de venir a las charlas... y porque haya todos los días cenitas como esta... Salud!
-Salud!
corearon.
-Y
ya que de permisos se trata... intervino Gerardo, podría hacer copia del suyo para presentárselo a Su Eminencia y poder asistir
yo también?
-Un
momento, dijo el prelado, el Señor Arzobispo se quedó en la Mitra. Aquí nada más está Edmundo, así es que no se aprovechen
jovencitos.... no se aprovechen... lleven a las oficinas sus peticiones con trescientas copias, y en un par de años podremos
resolverles...
-Eso
quiere decir “permiso concedido” exclamó alegre Narciso...
-Abusivos...
dijo Edmundo haciéndose el molesto.
La
cordialidad existente en el grupo se conformó en una serie de charlas anteriores, en las que se analizó la vida de Cristo.
Uno a uno se fueron agregando a esas charlas iniciadas entre Ricardo y Carlos. Las pláticas mismas se vieron envueltas en
los sucesos cotidianos de cada uno que, sin provocarlo, involucró a los demás, formándose así una cohesión parecida a la de
una gran familia.
El
libro de Ricardo -titulado precisamente así: Quién demonios es Cristo?- había salido a la luz pública y había tenido un regular
éxito. La vida de cada uno, en el ínter, se vio un poco alejada de los demás. De ahí la alegría de reencontrarse.
Cada
uno tenía su historia. Carlos, el hijo de Ricardo, estaba casado con Sonia, una joven traductora de textos con la que había
procreado un bello varoncito. El se dedicaba a realizar trabajos de diseño en computadora y tenía su propio negocio, asociado
con Fidel, esposo de Gloria, con quien se casara a raíz de la muerte de la madre de ésta, dejándola desamparada junto con
Silvia, su hermana.
Por
su parte, Silvia había conocido a Abraham, un excelente joven que estudiaba administración de empresas y ayudaba a sus padres
en el negocio de mercería y bonetería que tenían en la capital del país, con quien casara y esperaba ahora un bebé.
Julián,
por su parte, había dejado toda su vida en la parroquia a la que fuese asignado, pero en la que vivía feliz al lado de Lucía,
su hermana, amados y respetados ambos por los habitantes del lugar. Había conocido a Ricardo en un viaje que éste hiciera
en busca de paz y tranquilidad espiritual, llegando así a la parroquia, convirtiéndose luego en su amigo y consejero espiritual
y teológico.
Narciso,
el ahora joven párroco adjunto de Julián, se había significado por una rebeldía sin par, brotada a raíz de sucesos sufridos
en Chiapas, llegando a clamar en el mismo púlpito por la “extinción” de los enemigos de Dios: los Testigos de
Jehová. Julián y Ricardo fueron los encargados de tornar su odio en entusiasmo. Era un buen hombre, sensible al sufrimiento
de los demás.
Gerardo,
estudiante de todo y sempiterno alumno de diversas universidades, era poeta y descreído, pero sin olvidarse de Dios, lo que
le llevó a seguir un par de Cursos Bíblicos y luego sumarse a las charlas de Ricardo. Sus conceptos y los consejos de Julián,
le llevaron al seminario en donde estaba a punto de consagrarse.
Jorge,
había sido esposo de Lupita, una amistad de Norma desde la infancia, y que muriera a causa del terrible cáncer. Ambos fueron
bienvenidos a las charlas, a las que se sumaron más adelante sus hijos: Jorgito, Adriana y Cristy.
Celerino
era diputado federal y muy amigo del escritor. El y su esposa, Doña Elvia, habían encompadrado con Ricardo y Norma unos años
atrás. La excesiva dedicación al trabajo por parte de Celerino había resquebrajado su matrimonio, por lo que decidieron asistir
a las pláticas, restituyéndose así la paz y la concordia en la pareja.
Rafael,
arquitecto de profesión y exfuncionario público, ahora retirado por su propio peculio y gusto, había sido propietario de una
conocida funeraria en Acapulco, y ahora vivía en Morelia, su lugar de origen, cuando no andaba viajando por el mundo o asistía
a las pláticas de Ricardo, de quien era amigo muchos años atrás.
Alfonso
y Gustavo formaban la pareja dispareja. El primero, decíase librepensador pero le habían puesto en su lugar al señalarle que
el librepensador no busca, no investiga, y a él le encantaba. Sin embargo, trataba de mantener su posición. Gustavo, por su
parte, era oficialista, empleado de gobernación, se había convertido en un experto en detectar conflictos políticos o en apagarlos,
lo que en el argot político se llama un “bombero”. Cubría las funciones de espía del sistema y por sistema, aunque
tenía muy buena amistad con el escritor y los sacerdotes.
Norma,
esposa de Ricardo, era una dedicada maestra, de esas que ya no se dan, de vocación y dedicación completas, y amorosa pareja
del escritor que, por su parte, había dedicado 40 años de su vida a las letras, iniciándose en el periodismo provinciano.
Su inmenso afán de estudio le había llevado a convertirse en un acucioso historiador que dominaba dos vertientes: la historia
religiosa, y la historia de México, su amada patria. Jazmín, como ya se dijo, era la hija menor del matrimonio que, en conjunto
y a más de Carlos, tenían también a Niza, casada con Fidel y madre a su vez de Azuany y Fidelito; Norma chica, esposa de Adolfo
y padres de Adolfito y las gemelas Amairany y Estefanía. y Riqui, pareja de Eva cuyas herederas, Leslie y Escarlet eran un
par de cascabeles.
-Pues
con todo y que fue de traite lo que puedas, la cena estuvo deliciosa, afirmó Julián.
-Así
es, correspondió Edmundo.
-Gracias
Su Eminencia...
-Ay
Normita, por favor... Edmundo, Edmundo... deja el Su Eminencia para otro lugar... por favor...
-Lo
intentaré... pero la verdad... me cohibe un poco...
-Es
la estatura moral... señaló Ricardo, esa estatura moral que nuestro pueblo sufre desde el dominio español.
-A
ver jefe... cuenta... cuenta...
-Bueno,
no es de contar, sino de recordar... nuestro pueblo no endiosaba a sus líderes
o héroes, les respetaba, pero no les endiosaba. A la llegada de los españoles -y deben recordar que los españoles llegados
fueron pura escoria, carne de presidio- su propio complejo de inferioridad les obligó a exigir un respeto inusitado; trataron
a los indígenas como animales, colocándose en el lugar de Dioses, aprovechando precisamente que nuestro pueblo les creyó Dioses,
creyó que era el regreso anunciado de Quetzalcoatl.
Así
las cosas, el indio debió ver desde abajo hasta al más insignificante lacayo, desde aquel que velaba por las noches la colonia,
hasta oidores y alguaciles. Se acostumbró pues a ver, ante cualquier título, grande a la persona.... y nos lo heredaron en
los genes.
O
no es así... señor diputado? preguntó directamente a Celerino.
-Así
es, por desgracia así es... yo, que soy cualquier hijo de vecino, un hombre como cualquier otro, y estar aquí con ustedes
lo muestra, me asombro de ver con que admiración y respeto me trata el pueblo en general. Me hacen sentir un Dios... yo creo
que incluso esa es una de las causas por las que ciertos hombres pierden la dimensión y se abrazan al poder llegando a todo
por retenerlo.
-Pero
eso es harina de otro costal, intervino nuevamente Ricardo, lo interesante es cómo percibe el pueblo esa supuesta grandeza.
A quien tiene un título le ve grande y respetable; entre más alto el título, más grande y respetable! Yo mismo experimenté
todo esto. Sobre todo porque, al entrar al ejército allá por mi juventud, la tónica es igual de acentuada: respeto absoluto
por el grado superior. Y creí Dioses a los Secretarios de Estado, y al Presidente de la República, y a los curas y a los arzobispos...
hasta que pude codearme con muchos de ellos, cuando fui presidente de la sociedad nacional de periodistas, y me di cuenta
de que son seres humanos como yo, que tienen los mismos defectos y virtudes que yo, que sienten y sufren, gozan y abusan como
cualquier otro.
De
ahí, de ese sentimiento heredado en los genes, es que viene esa cohibición a la que mi mujer se refiere: cómo va a tutear
al Señor Arzobispo! Pero lo mismo pensó cuando conocimos a Julián... y el roce y la amistad le dieron el permiso de
tutearlo y hasta de amarlo...
-Reitero
que tienes una facilidad de palabra asombrosa, dijo Edmundo.
-Cierto,
y dice unas verdades enormes, así es que mi querido Edmundo... agregó Carlos fingiendo una cordialidad falta de respeto
-Momento
chamaquito... para Usted sí soy el arzobispo... ya le llegará la edad y la madurez necesarias para tutearse conmigo... irrespetuoso!
exclamó medio en broma medio en serio el prelado.
-Exactamente,
señaló el escritor, y aunque lo hagas de broma, cabe decir que el respeto medio, el justo respeto que yo le llamo, siempre
debe existir. Una cosa es dejar de ver a un hombre como Dios por su título, y otra irse al extremo de faltarle al respeto;
incluso en el tuteo, el respeto debe prevalecer. La broma amistosa es válida, la irrespetuosa jamás.
-Que
conste que yo lo hice con respeto... en broma pero con respeto... fue fingida vamos! dijo apenado Carlos.
-Y
así lo entendí, contestó el prelado para apaciguar su angustia. No te preocupes, que el simple hecho de que seas el hijo de
este amigo mío, ya te da vara alta en la Mitra...
-Míralo...
y luego no quieres que vean las cosas como no son... par de corruptos! dijo también en broma Ricardo.
-Bueno
mi estimado narrador... y cuándo vamos a empezar? urgió Alfonso.
-Desde
mañana mismo que -para serles sinceros- se me queman las habas por hacerlo.
-Sea
pues y que Dios guarde a estos pobres herejes, dijo levantándose de su asiento
y a guisa de despedida el arzobispo. Buenas noches a todos... y manténganme informado.
-Buenas
noches Su Eminencia...
Una
vez que Edmundo y la demás palomilla se retiraron, Norma empezó a organizar la casa para acomodar a los invitados.
-Lucía,
te quedas con Jazmín?
-Claro,
claro...
-Tú
Julián, les vas a tener que dar cabida a Narciso y a Gerardo...
-No
Doña Norma, por mí no se preocupe, dijo solícito el futuro sacerdote, yo me voy a casa de mi madre... gracias.
-Bueno,
pues ya está, Narciso... te quedas con Julián...
-Humm...
hasta en la sopa tengo que cargar con este viejito cascarrabias... dijo cariñoso...
-Buenas
noches a todos, dijo Ricardo...
-Buenas
te dé Dios, contestó Julián... y suficiente para que mañana nos haga Normita uno de esos salpicones* que tan bien sabe hacer
para el desayuno...
-Julián!
espetó Lucía. Nada más vienes a casa de Ricardo y sólo piensas en comer...
-Pues
yo, francamente, quisiera tomar un cafecito más en compañía de estos ensotanados, dijo Ricardo.
-Yo
se los sirvo, dijo solícita Jazmín.
Los
cuatro amigos se encaminaron al estudio del escritor, donde se instalaron a sus anchas.
-A
ver Julián, cuéntame cómo les ha ido a Ustedes por allá en tu parroquia....
-La
verdad... de maravilla! Narciso ha tomado muy en serio -y con mucha eficiencia- su papel de párroco adjunto y me ha quitado
un gran peso de encima. Si bien ya nada más me hago cargo de oficiar la misa de seis de la mañana y servirle de asesor en
algunos asuntos internos, me deja suficiente tiempo libre que aprovecho ahora para meterme en mis libros...
-Y
vaya que se ha metido en sus libros, observó Narciso. Con decirte que ya organizó una serie de charlas parecidas a las tuyas...
-Bueno,
en realidad lo que he organizado son pequeños seminarios sobre teología a los que asisten seminaristas y algún público selecto...
-Pues
felicidades a ambos, dijo cordialmente Ricardo. Que distinto el Narciso de ahora al que recibiéramos hace tiempo, verdad?
-Y
gracias a Ustedes, reconoció el sacerdote. Debo aceptar que estaba tomando un camino muy peligroso, no sólo para mí, sino
para la propia feligresía...
-Bueno...
y tú Gerardo?
-Ufff...
cansado, porque la carrera eclesiástica no es una perita en dulce, pero contento y muy pero muy satisfecho... y también gracias
a Ustedes dos... jamás me cansaré de agradecerles...
-Pero
dejemos las sotanas a los lados y cuenta qué has hecho tú bribón... exigió Julián a Ricardo.
-Algo
parecido a ti. Me he encerrado en mis libros y ya hasta me siento entumido de tanto tiempo al frente de la computadora. Te
anuncio que estoy preparando un tema bastante interesante...
-Cuál?
-La
Iglesia, su historia...
-Caramba!
pues esa sí que es una magnífica noticia. Espero que nos trates con esa sinceridad y respeto que siempre lo haz hecho...
-Naturalmente,
aunque también sabes que digo mis verdades...
-Claro...
claro... eso es lo importante... decir la verdad... pero, dime, es la historia de la iglesia como tal...?
-Bueno,
no. Es un análisis del devenir histórico de la iglesia, desde la crucifixión de Cristo a la fecha, pasando por la conformación,
su primera estructura y las divisiones que ha sufrido...
-Va
a estar bueno... expresó abiertamente Narciso, ya acostumbrado a la forma de ver las cosas de Ricardo.
-Bueno,
pues yo creo que ahora sí nos vamos a descansar, que el viajecito estuvo pesado...
-Cierto,
mi querido amigo... que descansen.
Llegada
la tarde, no faltaba uno de los asistentes. El entusiasmo con que habían acogido la serie de charlas anteriores se renovaba.
Ricardo,
Norma y Jazmín dieron la bienvenida a todos y se acomodaron en los lugares que ya tenían seleccionados desde la ocasión anterior.
-Julián...
tengo una duda... el Señor Arzobispo va a estar asistiendo a las pláticas, o sólo vino ayer para hacerse presente?
-No
mi querido amigo... sus ocupaciones son muchas, ya lo sabes, y no asistirá más que alguna que otra vez... ya lo conoces...
respondió sinceramente el sacerdote.
-Bien,
pues empezamos a la hora que ustedes quieran...
-Yaaa...
yaaa... corearon.
-Buscando
por ahí, me encontré con una pequeña obra que escribiera Ricardo hace algunos años. Aunque en ella pugnaba por la recuperación
de los valores morales, y principalmente el de la convicción, lo comentado ahí respecto al milagro guadalupano me parece interesante,
por lo que rogaría me permitieran leerles un par de capítulos que resumí... indicó Julián.
-No,
pos sí... si es de mi padre... ni hablar.... exclamó Carlos.
-Lea,
lea, padre Julián, pidió Silvia.
-Me
permites, querido amigo?
-Adelante...
-Cito
y leo, de la obra Soy Guadalupano... y qué?... pero... dado que está en primera persona, por qué no la lees tú mismo Ricardo?
Así le tomamos mejor sabor...
-Está
bien... permíteme...
Aclarando
la voz, Ricardo empezó la lectura:
-Mi
primer contacto con la Virgen de Guadalupe se remonta a aquellos felices años de mi niñez en que, aunque no se ha perdido,
era más que arraigada la costumbre de vestir a los niños de inditos el 12 de diciembre, para visitar los templos en que se
guarda veneración a esa muy mexicana advocación de la Madre de Dios.
Si
bien mis padres formaban pareja y eran los señores de la casa, era mi abuela la que administraba y dirigía el hogar y, por
ende, la encargada de vigilar nuestra educación, incluyendo la levantada temprano para ir a la escuela, la supervisión de
las tareas, y además, de paso y por lógica, inculcarnos los principios morales y religiosos bajo los que nos formamos mis
hermanos y yo.
Tal
era su dedicación, quizás por que no le quedaba otra o porque en realidad así era, que las primeras letras me las enseñó ella
a muy temprana edad. No cumpliría yo los cuatro años cuando ya me sentaba por las tardes a un lado de la máquina de coser,
silabario en mano, para hacerme repetir en monótonas sesiones el famoso "mmm eme eme mi mama me mima", al sonsonete igualmente
monótono del pedal que con su traca traca rítmico remendaba los rasgones de las infantiles ropas, o confeccionaba nuevos
vestidos para las nietas.
Era
enérgica, dura, pero cariñosa, sobre todo conmigo por razones que tardé muchos años en comprender; sin embargo, no la recuerdo
muy amante de la iglesia.
Veneraba
sí, con especial devoción, a una virgen que ahora poco veo: la Virgen del Perpetuo Socorro, dibujada con rasgos medievales
en los que prevalecía el azul y el oro, tanto en sus ropajes como en un marco especial que se extendía a todo su rededor,
acentuando aún más esa imagen renacentista que yo admiraba. No la recuerdo yendo a misa, con muy contadas excepciones en que
toda la familia asistía, principalmente cuando se celebraba algún acontecimiento como un bautizo o primera comunión.
De
la misma forma recuerdo a mis padres. El domingo no era precisamente un día en el que la familia asistiera a misa regularmente.
No eran ateos, no, pero mi padre tenía una muy especial forma de creer. Llamaba a Jesús el hermano Dios y a la Virgen
de Guadalupe mi Lupita. A la cabecera de su cama, desde que yo tengo uso de razón, tenía un gran cuadro con la imagen
de la guadalupana, tanto en la casa de México, en la que vivían mis tres hermanos mayores, hijos de su primer matrimonio que
le hiciera feliz y viudo, como en Puebla, en la casa que habitábamos mis otros ocho hermanos, mi abuela y yo. Mi madre, en
esa época, siempre andaba con él viajando de México a Puebla... y de Puebla a México. El era Vista Aduanal y se hacía cargo
de la oficina fiscal en la Automotriz O'farrill. Aún eran incipientes sus relaciones con Don Rómulo, el viejo, otro adorador
de la guadalupana, del que más tarde sería uno de sus grandes amigos y asesor.
Así
pues, los doce de diciembre, muy temprano nos levantaba Magüe -como le llamábamos a mi abuela- y nos empezaba a vestir con
los atuendos indígenas que desde días antes habían preparado ella y mi madre; nos pintaban con un lápiz-tinta pestañas, patillas
y bigotes -aún no existían los lápices de cejas- y nos colgaban huacalitos comprados en el mercado, adornados con frutas hechas
de madera, detenidos por unos ayates pequeños tejidos exprofeso, calándonos un sombrero de palma con el ala doblada al frente
y ahí mismo, pegada, la imagen de la guadalupana. Al principio, cuando aún faltaba el dinero, recuerdo que nos hacían los
huaraches con cartones, recortando tapas de cajas de zapatos -total, para que duraran unas cuantas horas- y nos llevaban a
"la villita" como se le decía al Santuario de Guadalupe en el Paseo Bravo.
Algunas
veces, no recuerdo porqué, nos llevaron a México, a la mera Villa de Guadalupe, en ese entonces aún venerada en el bellísimo
templo construido a instancias del Indio Juan Diego y que casi tres siglos después, debido al peligro que significaba por
su hundimiento, cerraron tras construir la magnificente Basílica que ustedes conocen ahora, obra de Don Pedro Ramírez Vázquez,
otro venerador de la Virgen de Guadalupe.
Al
principio, era tan sólo el entusiasmo de niño el que me hacía esperar con ansia el doce de diciembre, más por el trajecito
de indito y por la salida, que por devoción. El autóctono disfraz hacía que todos nos chulearan; la salida significaba paseo,
incluyendo la compra de golosinas que desde siempre han atraído a todos los niños del mundo: los caramelos, el algodón de
azúcar, los globos, y muy de aquella época, las pepitas y los huesitos salados. Las pepitas aún las venden, son las pepitas
de calabaza tostadas y saladas que aún compran ustedes. Los huesitos eran, como les decíamos años después, los pistaches mexicanos.
Eran huesitos de capulín también tostados y salados que comprábamos sin repelar, sin reparar en que quién sabe cuántas bocas
extrañas habrían comido los capulines, y por fuerza chupado los huesitos, antes de que éstos fueran a parar al comal de la
vendedora.
Por
ahí deben quedar algunas fotos de cuando nos llevaban a La Villa, porque la foto era obligada, ya fuera de pie a un lado de
una inmensa imagen de la guadalupana, o muy revolucionariamente montados, con cananas cruzadas y rifle de palo en mano, en
gallardo caballo de cartón parado estoicamente sobre una tabla con ruedas que hacía al dueño-fotógrafo más fácil su transportación.
Y
no se diga de los atracones de tacos, chalupas, molotes y mil fritangas más que formaban parte del ceremonial a la salida
de la iglesia, incluyendo -y nunca me expliqué porqué- tremendos huacales repletos de "pan de muerto" que entonces sí sabían
a huevo aunque no pintaran de amarillo.
La
visita a La Villa en México, o a la Villita en Puebla, obligaba a escuchar misa y al párroco que, año con año, repetía la
historia del Milagro del Tepeyac mientras, a nuestros ojos de niños, la cándida faz de la Guadalupana se iluminaba con más
claridad al tiempo que las apariciones se recordaban. Todos creían entonces; nadie dudaba.
No
era ajeno ver llegar, cargando orgullosos a sus hijos también vestidos de inditos, a jerarcas y funcionarios que saludaban
a todos, recogiendo en las callosas y morenas manos, al estrecharlas, el respeto y la admiración que sentía un pueblo por
sus gobernantes o personas principales. Y que conste que no hablo de una alejada población de la montaña. No. Hablo de dos
de las principales ciudades del país: la propia capital y la Angelópolis.
Yo
no sé qué era. Quizás porque el recuerdo de la revolución aún estaba fresco en la mente de los mexicanos. Eran apenas los
cuarentas. No habían pasado veinte años del fin de la lucha armada, y menos del levantamiento cristero. Era, como ahora, un
México habitado por un 95% de creyentes. Pero no había vergüenza en reconocer sus credos. Fue más adelante, argumentando las
Leyes de Reforma y hablando del rompimiento iglesia-estado, suscitado casi un siglo atrás, que muchos empezaron a renegar
de sus creencias y se volvió tabú ser funcionario gubernamental y creyente al mismo tiempo. Y no es que en sí sea bueno o
malo creer o no creer. Simplemente considero que la falla está en no saber ser firme, fiel a sus principios. Quien no es fiel
a sus principios no puede ser fiel a nada. Posiblemente de ahí venga el rompimiento de los valores que ahora tanta falta nos
hacen.
Ya
Don Plutarco Elías Calles renegaba, sí, pero de dientes para afuera. El, como muchos otros y por muchos años, ante el pueblo
decía ser fiel a Juárez y sus Leyes de Reforma, (pobre Benito, como te han tomado de pretexto) y en la intimidad recibía la
comunión o celebraba festejos religiosos familiares... en su propia capilla familiar.
Me
viene a la mente la boda de la hija de un presidente de la república con el hijo de un gobernador poblano, cuya ceremonia
religiosa se hiciera muy en secreto y para lo cual se rehabilitara por completo, y a un altísimo costo, toda una ex-hacienda
incluida, claro, la capilla. Los invitados fueron selectos. Tuve el gusto de contarme entre ellos, al igual que otros tres
periodistas. La nota social de la ceremonia religiosa nunca salió a la luz pública. A pregunta expresa, me decía el gobernador:
"Mira, pa'que le movemos al agua. Así son las cosas en nuestro país y ni modo..." El, en sí, era un comecuras endemoniado.
Por eso mismo me causó risa cuando, años después, se le nombrara Embajador ante la Santa Sede.
Pero,
volviendo a lo nuestro, no puedo dejar de recordar esos tiempos en que incluso los propios medios de comunicación, muchos
menos que hoy, transmitían eventos especiales con motivo del Doce. Algunas radiodifusoras programaban radionovelas exprofeso
que se iniciaban una semana antes y concluían una semana después.
En
todas las fábricas, en cada taller, en cada negocio, en cada casa, se adornaba con esmero el altar dedicado a la Guadalupita
que existía en cada uno de ellos. Yo no sé cómo le hacían los padres de familia trabajadores, pero tanto acompañaban a su
familia a la visita del templo, como asistían a los eventos especiales de sus centros de trabajo que además organizaban fiestas,
encuentros deportivos y, si mal no recuerdo, hasta existía una carrera ciclista nacional llamada Guadalupana que se corría
por esas fechas, organizada por el Coronel José García Valseca, dueño de los Soles, periódicos que conformaban la Cadena García
Valseca y mucho después, gracias a las triquiñuelas del presidente Luis Echeverría que despojara cínicamente al coronel, la
Organización Editorial Mexicana.
Todo
México se volcaba en el fervor guadalupano. No había casa o empresa que no lo celebrara. Viene a mi memoria el rampante, pero
simpático judío, patrón de mi Tío Salvador que, judío y todo, organizaba con atingencia los festejos guadalupanos en su fábrica
de ropa del D.F. y ¡pobre de aquél que faltara! porque se lo comía vivo. Era el único día en que lo veía yo sonreír.
Otro
más, sirio-libanés, dueño de almacenes de corsetería, bonetería y telas, padre de uno de mis compañeros de escuela, arrastraba
a toda la familia para celebrar con sus trabajadores el doce de diciembre, haciendo comelitones que dejaron huella en la sociedad
angelopolitana.
Claro
está que los festejos no eran privativos de la sociedad capitalina y/o angelopolitana, no, se realizaban a todo lo largo y
ancho de la república.
Desde
entonces se acostumbra el llevar las mañanitas a la Virgen; primero lo hacían unos cuantos artistas devotos realmente de la
Morena del Tepeyac y el público en general, ahora es escaparate de muchos cantantes en un acto que más es un programa de televisión
en vivo, en el que no participa para nada el pueblo, que un acto piadoso como antes.
Afuera,
en los atrios de todas las iglesias, los danzantes folklóricos competían por grupos, algunos de los cuales bailaban sin parar
por más de treinta y seis horas, dándole el toque pagano a la celebración religiosa.
No
se diga de los peregrinos. Muchos organizaban verdaderas romerías que llegaban a la Basílica -y a otras iglesias guadalupanas-
provenientes de todas partes del país. Las peregrinaciones se hacían a pie desde esos lejanos lugares. Salían con mucha anticipación.
Otros lo hacían en bicicleta. Muchos más, al llegar a la Glorieta de Peralvillo, que era en donde principiaba la Calzada de
Guadalupe, iniciaban un recorrido a todo lo largo de sus doce kilómetros... de rodillas! Algunos, menos fervorosos, lo hacían
al llegar a la entrada del atrio mismo. Todo para pagar mandas a la virgencita que iban desde el milagro de sanación
concedido por alguna enfermedad, hasta la jura de abstención que hacían algunos afectos al alcohol y que con eso pretendían
alejarse de la bebida por un largo año, complaciendo a su familia, aunque no faltaban las "dispensas" a lo largo de ese año
en que se ponían sus buenas guarapetas, para empezar de nuevo la abstención al día siguiente. Algo parecido ahora a las famosas
dietas que hacen muchas mujeres a lo largo del día, pero que compensan en el refrigerador en una especie de "dispensa" por
las noches.
Había
de todo. Podía observarse a peregrinos o visitantes que rezaban con verdadero fervor, agradeciendo o pidiendo favores a la
virgen. Algunos, incluso, lloraban a lágrima viva durante su postración. Otros más tomaban el viaje o la visita como jolgorio
dominguero y pasaban "de rapidito" a ver a la Virgen en su nicho, para después dedicarse a la diversión en pleno, incluyendo
tremendas borracheras que dejaban hombres... y mujeres... tirados a las orillas del atrio, por dentro y por fuera, dando espectáculos
denigrantes, batidos en sus propias necesidades, mientras sus pequeños lloraban de hambre prácticamente abandonados a su lado.
La
inmensa mayoría, sin embargo, realmente volcaba su amor por la Morenita, subiendo incluso a la pequeña capilla levantada en
el mismo lugar de la primera aparición, es decir en la cima del Cerro del Tepeyac, para tomar agua del pozo o disfrutar la
entonces maravillosa vista que desde ahí se tenía del Distrito Federal, gracias al también entonces transparente aire que
le envolvía.
Los
festejos de la Guadalupana eran, en aquellos días, una honra para México y orgullo de los mexicanos. Aunque llegaban delegaciones
de diversos países de América Latina, también arribaban por su cuenta cientos de extranjeros, sobre todo norteamericanos,
italianos y españoles, unos a rendir su culto, otros con la curiosidad, científica o no, de conocer nuestras costumbres.
Eran,
como quiera que sea, días inolvidables en los que el hombre decía “creo”... y lo demostraba a su modo. Manifestaba
su fe y con ella sus principios, principalmente su convicción. Ser católico, ser guadalupano... era una honra para cualquiera,
y más lo era manifestarlo a pecho abierto!
El
doce de diciembre y, más que este, el culto a la Guadalupana era un verdadero milagro de unidad nacional, pero sobre todo
de convicción.
-Bueno...
sigue siendo, no? cuestionó Norma.
-Sí,
ni duda cabe, pero los tiempos cambian; ahora son otras las costumbres, aunque la devoción la misma.
-Y
Juan Diego? preguntó Carlos siempre impaciente.
-Juan
Diego es parte de ese culto, pero hasta no hace mucho ignorado casi por completo.
-Oye
Jefe, pero el culto a la Guadalupana no ha decrecido, por el contrario, yo veo más y más gente yendo el doce... y no sólo
el doce, que conste, sino todos los fines de semana y aún entre semana a la Villa...
-Claro
que no, el culto no ha mermado, dices bien, pero también hay que considerar que en esa época éramos un país de apenas treinta
millones de mexicanos, y hoy somos casi los ciento veinte. Es natural que se vea más gente. Pero a lo que yo me refiero que
ha cambiado es a la forma de rendir culto. Antes había más devoción, más sinceridad.... hoy es casi por costumbre. El otro
día, porque ustedes saben que cada vez que voy a México es obligado para mí ir a la Villa, le preguntaba a una señora que
porqué estaba ahí, la pobre me dijo que porque estaba acompañando a unos familiares. Otra persona me dijo que iba porque su
papá le había obligado... en fin.... ya no es lo mismo que antes.
-Bueno
viejo, pero debes reconocer que, con otras costumbres, pero sí ha crecido el culto a la guadalupana, agregó Norma.
-Sí,
eso sí....
-Bueno...
y no me digas que nos vas a dejar picados de nuevo....!
-Pues
así es... ya pasan de las once de la noche y hay que descansar... así es que... hasta mañana jóvenes...
Recostado
en su cama, como negándose a despertar, Ricardo veía fijamente la hermosa imagen de la Virgen de Guadalupe, ahora luciendo
con el pomposo y elegante marco que le regalara Lucía a nombre de los sacerdotes. Desde su cama, ubicada en un extremo de
la vivienda, podía verla acurrucada en el contrarincon del Cristo en la sala. Suspiró y, por un momento, se imaginó la escena
de la aparición.
-Quieres
huevos estrellados para desayunar? cuestionó Norma.
-Sí,
contestó él todavía un tanto distante.
-Te
diste cuenta de que Julián fue el que organizó todo?
-Sí...
ya me lo imaginaba... sólo falta que me pida que escriba también un libro sobre Juan Diego...
-Pues
por ahí anda la cosa....
-Mhhhuuummm...
pues no sería mala idea.
Norma
se asombró. Ricardo era de los que podía hacer cualquier cosa, siempre y cuando no se le intentase imponer. El simple hecho
de sugerirle una idea era suficiente para que la rechazara si detectaba un dejo de imposición.
-Así?...
así de fácil...?
-Es
que me agrada la idea.... no deja de ser historia.... aunque de corte religioso, pero historia al fin, no?
-Me
asombras viejo... pero, como siempre... sea lo que tú quieras...
-Sea
lo que Dios quiera...
La
llegada a la mesa del café fue casi una novedad...
-Vaya....
hasta que el artista se dignó acordarse de los humildes... dijo jocoso un líder transportista del grupo.
-Ya
te quitaste la sotana, viejo mocho? gritó otro amigo de una tercera mesa.
-Por
el contrario, contestó Ricardo siguiendo el tono amistoso de los reclamos, me acabo de poner una nueva.... y guadalupana!
Eloy,
dirigente cetemista devoto de San Judas Tadeo, recordando el libro de Ricardo le apoyó.
-Díselos
manito, díselos... Soy guadalupano... y qué?
Ricardo
le saludó con la mano y con un gesto agradeció el respaldo. Tomó asiento y la charla se centró en su regreso.
-Qué
milagro compadrito? dijo Celerino que, aunque sabía que le veía a diario en su casa, se refería a su presencia en el café.
-Pues
decidí acordarme de los pobres.... ya sabes... perdonar sus pecados...
Todos
rieron festejando la gracejada del escritor.
-Oye,
le dijo Calixto, exfuncionario con muy amplios conocimientos generales. Autodidacta en su formación, se decía que había sido
de los fundadores de una corriente regional contraria a la iglesia. Me dicen que estás iniciando una nueva serie de charlas...
-Así
es... a instancias de los muchachos...
-Y
esta vez sobre qué?
-Sobre
Juan Diego...
-Abusando
de tu amistad y, sabiendo cómo pienso... me permitirías asistir?
-A
qué? viejo embustero! Si te dicen contreras porque estás en contra de todo... exclamó Celerino en secreta defensa de Ricardo.
-Bueno,
quizá sea simple curiosidad... pero me llamó mucho la atención eso de que de golpe y porrazo le convirtieran en santo!
-Por
mi parte no hay problema... nos reunimos diariamente a las seis de la tarde en mi casa... sabes dónde vivo?
-Sí
Ricardo... y gracias...
-Ya
vine viejito.... sal que te tengo una sorpresa...!
Norma,
al escuchar los gritos de Carlos, salió desde la cocina apresurada. Julián, que ya estaba en el estudio, asomó la cabeza con
curiosidad. Ricardo pasó de la recámara a la sala.
-Qué
escándalo traes muchacho loco....?
-No,
viejito, lo que te traigo es a tu hijo... contestó el muchacho abriendo la puerta de par en par.
Ricardo
abrió los ojos de asombro y felicidad, extendió los brazos y balbuceante dijo:
-Chamacos...
divinos chamacos.... que grata sorpresa!
Ricardo
Xavier y su esposa Eva se lanzaron a sus brazos. Tras ellos, Lesly y Escarlet, las dos pequeñas herederas fueron el objeto
del abrazo.
-Hola
papá, dijo con su habitual sequedad Ricardo Xavier.
-Hola
hijo.... gracias por venir... cuándo llegaron?
-Hace
un par de horas...
-Y
tú Chamaca flaca? cómo estás?
-Bien
suegro... bien... le tuve que traer a su hijo y a sus nietas porque usted sólo nos visita cada año...
-Cosas
del dinero, lo sabes... pero que bueno que vinieron... pasen, pasen por favor...
Mientras
se acomodaban en la pequeña sala, Carlos aclaró.
-Ya
le dije a mi hermano que, como tú tienes invadida la casa con los curitas, se van a tener que quedar en la mía...
-Está
bien... no hay problema, señaló Ricardo Xavier.
Norma
había saludado con efusividad a los recién llegados y les presentaba con los que iban llegando. De pronto, notó que Julián
se había quedado a la expectativa en la puerta del estudio.
-Julián,
ven por favor... déjame presentarte a otro de los hijos... Ricardo Xavier... Riqui, el padre Julián...
-Mucho
gusto padre...
-No,
el gusto es mío.... a qué te dedicas?
-Soy
Auditor de una firma en Puebla, pero viajo por diversas partes del país.... a donde me mandan o donde se necesita...
-Felicidades...
tus hijas?
-Sí
padre, y mi esposa... Eva... también es Contadora Pública Auditora... tenemos pensado poner nuestro propio bufete, pero por
lo pronto lo único que cuenta son mis centavos...
Ambos,
Eva y Ricardo Xavier parecían cortados por la misma tijera: serios en demasía; incluso sus bromas se sentían secas, frías,
aunque no exentas de sinceridad o cariño. Hacían la pareja perfecta. El escritor siempre decía que sus hijos habían sacado
de él su carácter, pero dividido en etapas: Niza, el arrojo y valor cívico de su juventud, no le temía a nada ni a nadie,
ni había obstáculo alguno que le frenara cuando tenía una meta; Ricardo Xavier, la sequedad y frialdad de su madurez, esa
seriedad que el escritor hubiese querido controlar para darse un aire de importancia, pero el único que llegara a alcanzarla
fuese su hijo; Carlos, el importamadrismo y desfachatez de su adolescencia... todo broma y relajo, con alguno que otro pecadillo,
pero más centrado sobre la realidad de lo que aparentaba... y Jazmín, la independencia de todo y contra todo sin perder jamás
la dignidad o el respeto por sí misma; esa autosuficiencia que le había llevado a tenerlo todo, colmar su vida en pleno, y
que ahora deseaba paraella.
Cada
uno de ellos había sido educado a su modo; no pensaba dejarles nada... porque nada tenía... pero estaba seguro de haberles
guiado para hacer a cada uno independiente y autosuficiente, dentro de sus limitaciones y alcances.
Amaba
a todos por igual, pero por cada uno sentía un cariño muy especial, diferente, como que cada uno era parte, una parte diferente,
de él mismo. Una época para recordar y modelar borrando los errores cometidos en su momento.
Mención
aparte significaba Normita, hija del anterior matrimonio de Norma y que le hiciera la vida de cuadritos los primeros años,
convirtiéndose en su defensora después. La veía y quería como a una hija más, y adoraba a los nietos que por ella venían:
Adolfito y las gemelas Amairany y Estefanía.
Hablando
de nietos, el pequeño de Niza, Fidelito, era objeto de un cariño muy especial: era su vivo retrato, pero “en requemado”
como dijera su padre alguna vez. Azuany, la mujercita, le amaba con los ojos, pero su timidez, brotada de un trato duro con
Fidel, su padre, le reprimía. Entre ambos, Ricardo y Fidel, por muchos años hubo un trato tirante debido a una serie de intrigas
originadas por una fuente muy cercana a los muchachos, pero años después, muchos años después, en una plática directa entre
Niza y él, supo la verdad y el rencor que sentía por su yerno se tornó en un profundo amor y respeto hacia él.
Poco
antes de empezar la reunión, llegó también Calixto, quien luego de las presentaciones de rigor, obsequió a Ricardo con una
botella de Whisky.
-Para
brindar el día en que me convenzas de tus ideas, afirmó jocoso.
-Pues
será dentro de poco, dijo casi inaudible Julián.
-Bueno
señores... dijo Gustavo llamando la atención de todos. Dé principio la Juandiegonovela a cargo del distinguido escritor, historiador
y poeta, Don Ricardo Alvarez Sotana...
Risas
y aplausos se conjugaron para recibir al escritor que había ido al baño en tanto se repartían los refrescos, las galletitas
y el café.
-Gracias
damas y caballeros... gracias... aprovechando el resumen que de mi libro Soy Guadalupano... y qué? hiciera Julián... el padre
Julián para quienes no le conocen... y, para comprender mejor el milagro de convicción y unidad al que nos referimos, habría
que empezar por comprender el milagro mismo del Tepeyac. Es decir, fondo y forma de las apariciones de la Virgen de Guadalupe,
sus antecedentes, sus consecuencias y sobre todo, sus repercusiones en la vida socio-político-religiosa de esa época... y
de la actual.
Antes
que nada, debemos recordar que éste no es un tratado histórico ni pretendemos apoyar una u otra versión con fines dogmáticos.
Simplemente, intentaremos comprender un poco más, dentro de nuestra propia idiosincrasia moderna, ese milagro.
La
vida en mesoamérica transcurría tranquila, contrariamente a lo que muchos historiadores señalan, y que basaron sus relatos
en las páginas históricas escritas por los narradores españoles -con Bernal Díaz del Castillo a la cabeza- desdeñando las
de indígenas letrados, quizás por lo mal escritas -aunque los españoles no fueron un dechado de redacción y sintaxis- o quizás
por la poca cultura que consideraron alcanzaban, dando así la imagen de un pueblo bárbaro que encontraba un inmenso placer
en matar (recuerden lo de los sacrificios humanos) y vivir en constantes luchas entre unos y otros, argumento que, al igual
que muchos periodistas oficialistas modernos, el simplemente soldado raso Bernal Díaz del Castillo redactó seguramente por
ordenes expresas de sus superiores, que así pretendían justificar las -esas sí más que verdaderas- matanzas genocidas de que
hicieron víctimas a nuestros indígenas. Cabe recordar, para simple comparatividad, la matanza de Aguas Blancas en Guerrero
y sus variadas versiones.
La
verdad es que, si lo analizamos desde el punto de vista de los parámetros actuales, los aztecas -al igual que otros grandes
reinos anteriores a ellos, como los teotihuacanos, los olmecas o los toltecas- no eran sino un pueblo con mayores posibilidades
económicas alcanzadas gracias a su organización y disciplina que, mediante el envío de embajadores de buena voluntad, lograba
alianzas más que nada de tipo comercial con el resto de los reinos de mesoamérica, aunque con detalles que no cambian al paso
del tiempo. Los mixtecos de Oaxaca, por ejemplo, exportaban cestas de palma y cerámica de barro negro a cambio del
protectorado azteca, que incluía hortalizas de los huertos de Acatzingo o flores de los cholultecas. Esas alianzas, exactamente
igual que hoy, causaban envidias y el celo de otros pueblos -como los tlaxcaltecas- que se enfrentaban con sus propias alianzas
a la competencia azteca, presentándose así la negra oportunidad de que unos u otros llegasen a la declaración guerrera. Sin
embargo, al igual que en la época moderna, ni estaban en guerra con todos, ni lo estaban todo el tiempo. Si bien es cierto
que en todos esos pueblos los guerreros eran la casta privilegiada, pares de los sacerdotes, también lo es que en la época
moderna lo siguen siendo unos y otros.
Los
sacrificios humanos, tan extensamente divulgados a través de la historia escrita por esos vencedores, ahora resulta, gracias
a Dios, que en realidad sólo existían en la mente calenturienta del ignorante español, llegado de las cárceles ibéricas con
nombramiento de conquistador ante la imposibilidad de que hombres de buena cuna se lanzaran a una aventura tan incierta. Muchas
universidades americanas, y en especial el Instituto Smithsoniano, han dejado ver la ya segura posibilidad de que aquellos
"sacrificios", en los que se les sacaba el corazón a las víctimas, fueran en realidad operaciones a corazón abierto hechas
en el vórtice de la pirámide, punto indudable de mayor fuerza cósmica, reconociendo así que no sólo no eran sacrificios
sino la aplicación directa de los profundos conocimientos que en materia de medicina tenían nuestros ancestros. La medicina
mexicana, incluida la herbolaria-, que aún en nuestro propio país es vista casi como brujería -dice el famoso escritor francomexicano
Christian Siruguet- ya se estudia en esas universidades como materia importante, y sus libros de texto son bien gruesos y
explicados. La posibilidad de que ésta sea la realidad, la refuerza el hecho de que en mesoamérica existiesen pueblos universalmente
reconocidos por su inmensa sabiduría, como los mayas, por ejemplo, a quienes se les acepta y respeta como grandes astrónomos
y creadores del cero, pilar de las matemáticas y por ende de la economía mundial.
En
materia religiosa, ante el natural dominio de los más poderosos, guerrera o comercialmente hablando, en su momento venía la
mezcla de deidades, algunas por imposición, otras por mera aceptación o similitud. Varios son los dioses que encontramos en
prácticamente todas las religiones de los pueblos mesoamericanos. De todos éstos, los que cobraron mayor relevancia y veneración
entre las diferentes tribus fueron Quetzalcoatl, el Dios de Dioses, y la Tonantzin, madre de todos los dioses.
A
la llegada de los españoles, la veneración por la Tonantzin se extendía prácticamente por todo mesoamérica, habiéndose levantado
templos o adoratorios en las principales comunidades, como en Cholula que se consideraba un gran centro ceremonial en el que
convergían todas esas religiones y en donde, no por mera coincidencia, habían sido levantados más de trescientos templos dedicados
a la adoración de las deidades pertenecientes a las diversas culturas mesoamericanas.
Así
las cosas, tal y como lo hacen los políticos llegados sexenio a sexenio, que acaban con los proyectos y programas de su antecesor
para instaurar los propios, los frailes franciscanos, dominicos y agustinos, llegados con la consigna de evangelizar el nuevo
mundo, destruyeron los templos indígenas y levantaron uno católico... en cada uno de los lugares en que aquellos existían.
De ahí que Cholula goce ahora de la fama de tener 365 iglesias.
Las
coincidencias religiosas que más semejanza tuvieron fueron Jesús-Quetzalcoatl, tomando a Jesús como la representación vívida
del Todopoderoso, Dios convertido en hombre y por ende Ser Supremo parte de la Santísima Trinidad, y María-Tonantzin, ambas
madres y protectoras que recibían representaciones -o advocaciones- múltiples, como la de la Virgen de los Remedios, que corona
el cerro formado por varias pirámides superpuestas en Cholula y que fuera colocada ahí porque en ese mismo lugar se adoraba
a la Diosa "especializada" en remediar las dolencias de los peregrinos mesoamericanos. Estas coincidencias fueron felizmente
aprovechadas por los frailes que, usando primeramente la similitud para arraigar la costumbre de nombres y bondades, más tarde
desecharían las deidades locales substituyéndolas por las católicas en una labor en la que la combinación fuerza/convencimiento
fue indudablemente útil.
Como
todo proyecto, ambivalente, esa substitución de dioses sería el principal escollo que los propios españoles usarían como argumento
para negar la autenticidad de la Virgen de Guadalupe. Algo así como el caer en su propia trampa. Pero ya llegaremos al punto.
La
Tonantzin era amorosamente dueña de un culto que se extendía por casi todo el continente. Madre de todos los dioses, tenía
en cada indígena mesoamericano a un hijo que cuidaba con cariño, éstos a su vez le adoraban tiernamente. Cada cual podía creer
en sus propios dioses, pero la Tonantzin era de todos.
Su
principal centro de adoración era la cúspide de un cerrito llamado Tepeyacac, ubicado al norte de la gran Tenochtitlán, rumbo
a Texcoco, y hasta donde llegaban peregrinos de todas partes de mesoamérica para rendir sus respetos y solicitar sus favores.
Era
pues la Tonantzin exactamente lo mismo que la Virgen María para el mundo católico de ese entonces. Ambas rebasaban fronteras
y dejaban de ser adoradas por un pueblo para universalizarse. La primera en lo que es ahora América, la segunda en el resto
de buena parte del orbe.
Cabe
hacer aquí la aclaración de que las diversas religiones del mundo coinciden en muchas doctrinas, representatividades, normas
y aún en castigos o sanciones a los pecados o desviaciones en que sus fieles pudiesen incurrir. Digo tal porque creo yo que
no es tanto en sí el que unos dioses sean reales y los otros falsos o ficticios, sino que son uno solo que da su cobijo a
la humanidad entera y es ésta, dentro de sus limitaciones, cultura o medio ambiente natural, la que da forma a ese Dios volviéndolo
suyo de acuerdo a su propia conveniencia ideológica, pero curiosamente sin dejar el fondo de esa divinidad, unitaria o multiplicada.
Y
vamos por partes. De clérigos, rabinos, pastores y aún de ateos he escuchado el mismo argumento para detractar la espiritualidad
o verdad de la religión de su contrario: el hombre, por naturaleza, tiene la necesidad de sentirse vigilado y protegido, de
ser libre pero rendir cuentas a alguien que no sea de su propia naturaleza, de contar con algo a que acogerse, con quien llorar,
pedir, quejarse, implorar. Alguien más grande que él mismo. Un Dios, pues, que le permita sentirse seguro y sirva, dentro
de su inconsciente, de freno a sus posibles desviaciones y libertinaje, sin que esto quiera decir que no caiga en lo individual
en ellas. De tal suerte que vienen, lo que unos dicen de otros, las invenciones divinas. Así, los orientales islámicos tienen
a Alá, los católicos a Jehová, y los demás a remedos de uno y otro, haciéndose una mezcla tal que pareciera que existiesen
miles y miles de dioses. Todo un Olimpo para que la humanidad se lo reparta como bien le venga en gana.
-Ya
habías señalado algo de esto en nuestras pláticas respecto a Cristo... señaló Alfonso.
-Así
es, mas repito esto sólo porque estoy leyendo esta parte de mi libro... continúo...
El
argumento es válido en parte. Es cierto que el hombre necesita protección y abrigo moral, pero increíble que invente a sus
dioses. Si así fuera, seríamos una raza humana de chiflados, aunque poco me falta para creerlo cuando veo que muchos son adoradores
del Dios Dinero y anteponen hasta la seguridad e integridad de su familia por éste. La verdad es que nadie nos puede asegurar,
así, firmemente, qué o cuál dios es el bueno. Cada religión cree que el suyo lo es. Yo, como católico que soy, pienso que
Jehová, o Dios Padre, es el bueno y Jesús el Salvador, tanto como los islámicos creen que Alá es el bueno y Mahoma su profeta.
Dadas
las características de la raza humana, me inclino a pensar que Dios mismo, basado en la diversidad de sus culturas, adelantos,
experiencias e incluso su mismo comportamiento, ha tenido diferentes manifestaciones ante cada pueblo y que éstos han reflejado,
muy a su manera, su propia interpretación de lo que es El. Recordemos que prácticamente todas las religiones hablan de que
sus dioses llegan en carros de fuego venidos del cielo y sus santos o representantes en la tierra, en un momento dado, cuando
se van, van directo al cielo. No a ese cielo imaginativo, sino hacia arriba, hacia las nubes, al éter, a la estratosfera para
ser más claros. Por eso respeto las creencias de los demás tanto como exijo que respeten las mías. Al final de cuentas lo
más seguro es que creamos en un mismo Dios pero con diferentes nombres o manifestaciones. Yo creo en Dios, llámese como se
llame. Si es Jehová, bendito sea, si Jehová es conocido por otros como Buda, bendito sea él, Buda, y los que creen en él.
Creo que lo importate es saber reconocer que existe un Creador, un Dios que todo lo sabe y todo lo puede, y al que estamos
supeditados más por sus bondades que por sus amenazas o advertencias.
Así
también los pueblos mesoamericanos creían en sus dioses. A su modo. Con sus nombres. Pero todos eran divinos, creadores de
la vida, controladores de la muerte, y todopoderosos. Por eso no fue tan difícil que llegaran a creer en lo que los frailes
les decían sobre su propia religión. Me atrevo a pensar que incluso, esos indígenas que no tenían nada de tontos, se burlaron
de los españoles aceptando su palabra porque, al final de cuentas, sabían que eran los mismos dioses, pero con diferentes
nombres.
Porqué
dudarías tú, amable lector, de alguien que te dijera que la vecina se llama Paula, que vive en el departamento siete, que
tiene 18 años, una cara angelical, cinturita de avispa, es blanca de ojos azules y sale todos los días al pan por allá de
las ocho de la noche, si a la que conoces vive en el departamento siete, tiene 18 años, una cara angelical, cinturita de avispa,
es blanca, de ojos azules, sale todos los días por el pan a las ocho, pero sabes que le dicen "Polita'? Deducirías que es
la misma. A menos, claro, que te aferres a que no lo es porque no la conoces por Paula, o simplemente no quieras dar tu brazo
a torcer.
No
se trata de debilitar la fe de nadie, por el contrario, motivarles para que, creyendo en quien creyeren, crean sí, pero con
firmeza, con devoción. Que sientan y estén seguros de que existe un ser todopoderoso que vela por ustedes... llámese como
se llame. Que sean firmes en sus convicciones, pues.
Así
lo hacían los indígenas mesoamericanos. Respetaban las creencias de los demás, pero exigían que se respetaran las propias.
Quizás ese acercamiento moral era base para que muchos de esos dioses se adoraran, indistintamente, en diversos lugares del
continente. Para ser más claros, si un maya viajaba por zonas otomíes, presentaba sus respetos a Quetzalcoatl aunque su imagen
-o ídolo como le llaman los ateos a todo- no tuviese la misma cantidad de plumas o la serpiente que le representaba fuera
más estilizada, más larga o más corta.
No
hay que olvidar, ya que hablamos de Quetzalcoatl, que los indígenas -cómo me choca la palabrita- recibieron con muchas atenciones
y respeto a los españoles no por miedo, sino porque la hospitalidad era parte de las costumbres arraigadas de nuestros pueblos
y, aquí viene lo bueno, porque Quetzalcoatl, de piel clara y supuestamente barbado, al irse de este mundo ofreció regresar
acompañado de sus seguidores y, naturalmente, los esperanzados mesoamericanos creyeron que los españoles eran, si no Quetzalcoatl,
sí sus seguidores o parte de su corte divina, lo que éstos bien supieron aprovechar.
Retomando
el tema, el ambiente en la colonia era, hasta cierto punto, tenso. Si bien los españoles ya habían sentado sus reales y tenían
dominado todo el centro de lo que es ahora nuestro México, la evangelización no había logrado aún extirpar completamente la
adoración a los dioses mesoamericanos. Habían logrado bautizar a miles de hombres y mujeres, pero éstos aún adoraban a sus
dioses en secreto, lo que lógicamente provocaba la santa indignación de los varones de Dios. Sin embargo, toleraban esta costumbre,
haciéndose de la vista gorda, confiados en que tarde o temprano los indios entenderían que Dios sólo hay uno y ese era el
Dios de la religión católica, aunque en buenas les metían esos indios cuando preguntaban cómo es que habiendo un sólo Dios,
ellos mismos hablaban de una trinidad. Por desgracia, la respuesta a su insistencia casi siempre era un "...no entiendes porque
eres un burro..." Tan fácil que hubiese sido explicarles que Dios es Dios en cualquiera de sus manifestaciones... aunque el
ladino inio bien que lo sabía pues de igual forma adoraba a los suyos. Es, quizás, uno de los errores del dogma el querer
hacer que los demás crean por el simple hecho de decirles que así es... y ya.
Así
las cosas, los españoles tenían a sus dioses y los indígenas a los suyos y, aunque ya la mezcla de deidades se estaba dando,
hacía falta algo. Hacía falta un símbolo de unidad. Algo que fuera de unos y otros. Y que conste que no quiero decir con esto
que Dios es de unos o de otros.
Si
me lo permiten, quisiera dejar hasta aquí la lectura pues ya es tarde y debemos descansar...
-Ya
vas a empezar viejito.... nos dejas picados... reclamó Carlos.
-Yo
también estoy de acuerdo, indicó Gerardo, pues me cierran las puertas de la casa de mi madre...
-Entonces...
aquí se rompió una taza... y cada quien para su casa... sentenció Julián.
-Oye,
pero... y Juan Diego? insistió Carlos.
-Mañana
entraremos ya al milagro mismo de las apariciones; es ahí en donde empezaremos a conocer a Juan Diego, pero... alguno de ustedes
-fuera de los sacerdotes- me podría contar la historia de las apariciones o decir quién es Juan Diego?
-Bueno,
tanto como contar a detalle las apariciones... no, dijo Gloria.
-Yo
menos, señaló Alfonso.
-Ni
yo, aclaró Gustavo.
-Entonces
empezaremos recordando desde el principio.... pero será mañana... dijo el escritor.
-Buenas
noches a todos...
-Sí...
ya sáquense... dijo Carlos a modo de burla.
-Hasta
mañana suegros...
-Hasta
mañana Sonia, me cuidas al retoño.
-Nos
vemos padre, dijo Riqui despidiéndose a nombre de su esposa e hijos que le dieron un amoroso beso al escritor.
-Adios
hijos.... nos vemos mañana temprano... les espero a desayunar...
Riqui,
Eva y sus hijos, llegaron temprano a desayunarse con el escritor. La plática se centró sobre el trabajo que la joven realizaba
como Maestra en un centro educativo de Puebla.
Riqui
comentó que ya les habían dado su casa por parte del Infonavit, un organismo de vivienda estatal, que tardara varios años
sólo en terminar los acabados de la vivienda. Cosas de la burocracia.
-Pues
ahora hay que pensar en juntar un poco de dinero para poner ese Bufete... juntos, ustedes dos, estoy seguro que tendrán una
muy buena clientela. Los dos son muy responsables, lo que me enorgullece...
-Gracias
Don Panchito, dijo Eva que así acostumbraba llamar a su suegro, pero creo que va para largo... y luego ahora con dos hijas...
-Todo
a su tiempo mi querida hija... todo a su tiempo. Dios sabrá premiarles en su momento.
Esa
mañana, Norma llevó a Julián y a su hermana Lucía al Mercado El Parazal a comprar algunas artesanías para llevar a su pueblo.
Regresaron justo a la hora de la comida, que se habían encargado de preparar Eva, Jazmín y Sonia.
Julián
le extendió un paquete a Ricardo que preguntó extrañado:
-Un
regalito?...
-Para
que te sirva de terapia...
Ricardo
abrió el paquete y se encontró con un esplendoroso juego de ajedrez.
-Caramba...!
Gracias Julián...
-Ya
tenemos en que entretenernos... agregó jocoso el sacerdote.
-Tenemos,
dijo el otro! exclamó Rafael asomándose a la puerta del pequeño estudio...
-Hola...
bienvenido amigo mío... saludó efusivo el escritor.
-Hola
a los dos... no te has adelantado mucho en la charla?
-No...
llegas a buen tiempo, contestó Julián dándole la mano con afecto.
La
presencia de todos obligó a los amigos a suspender la partida que jugaban alegremente.
-Ya
viejito... te estamos esperando... dijo Carlos a modo de saludo.
-Vamos,
vamos, contestó Ricardo dándole un beso en la mejilla a su hijo.
Al
entrar a la sala, Ricardo y Julián notaron que Calixto traía unos libros en la mano. Se miraron significativamente y se dirigieron
a él.
-Hola
Calixto, bienvenido... qué traes ahí? preguntó de lleno el escritor.
-Buenas...
ahhh... unos libros que me encontré sobre Juan Diego en una librería del centro...
-Que
bueno que te ilustres, señaló Julián, así comprenderás mejor de lo que hablamos...
-Los
voy a leer con calma, respondió el exfuncionario.
-Bueno
jóvenes, empecemos... indicó Ricardo. Sigo con la lectura resumida que de mi libro hiciera Julián.
Pocos
saben que Juan Diego Cuauhtlatoactzin (el que habla como águila) era un indio chichimeca nacido en 1474 en Cuauhtitlán, perteneciente
a Tlatelolco, zona colindante entre Tenochtitlan y Texcoco. Contra lo que piensa la mayoría, Juan Diego fue casado en su vida
gentil y con su mujer, María Lucía, recibió los sacramentos del bautismo y matrimonio; tuvo también un tío, Juan Bernardino,
a quien respetó como un padre. Tenía tierras y heredad, lo que significa que fue un principal, pero aceptó la pobreza
evangélica, por eso las fuentes documentales lo refieren como un macehual, la clase más pobre de la escala social de
la época. Lo describían como un hombre de campo, pero también artesano que trabajó tejidos de tule, alfarería y, obviamente,
el comercio. Se sabe, por documentos originales, que fue de los primeros indígenas en abrazar la fe de Cristo y por tanto
acudía muy puntual a la doctrina, a las misas de la Virgen y del domingo, recorriendo a pie grandes distancias. También se
conoce que, por un sermón de Fray Toribio de Benavente, el famoso Motolinía, Juan Diego, de común acuerdo con su mujer María
Lucía, hizo voto de castidad que mantuvo, después de la muerte de ésta, hasta su fin terreno. No era pues, el indito sumiso,
apocado y quizás hasta torpe que pintan algunos. Era un hombre mesoamericano hecho y derecho, con las virtudes propias de
su raza, aunque magnificadas, sobre todo en lo que a lealtad, respeto y honorabilidad se refiere.
La
personalidad de Juan Diego, la verdadera, conocida por todos los relacionados más tarde con el milagro guadalupano, fue materia
de dos principales versiones encontradas: la de los detractores del milagro y la de los creyentes.
La
primera señala que es precisamente esa personalidad, plenamente identificada con la realidad mesoamericana, la que le hacía
el hombre perfecto para encarnar al actor de un teatro, muy bien montado por la iglesia, para dar a México una virgen que
se identificara, sobre todo por su tez morena, con el pueblo conquistado y así, poco a poco, la fe fuera más fácilmente difundida
y con ésta el sometimiento de los indígenas vía la religión, aunque se olvidan de que, para esto, ya habían pasado casi cuatro
décadas y, en realidad, los pueblos mesoamericanos ya estaban prácticamente sometidos a una nueva vida: la colonial, aunque
nosotros no olvidamos que la Gran Tenochtitlan había sido tomada apenas diez años antes.
Esta
versión, aunque con algunas modificaciones, fue también utilizada por los detractores del propio Obispo Fray Juan de Zumárraga,
muchos de ellos religiosos empujados por la envidia de un privilegio tal.
La
segunda versión, defendida por una gran mayoría de los integrantes de la iglesia y sus fieles, argumentaba que si bien esa
personalidad de Juan Diego le había hecho ser el hombre elegido, éste no había sido elegido por los hombres y con afán de
engaño, sino por la propia Madre de Dios que le usaba de mensajero para dar a conocer sus deseos, avalando sus argumentos
con la bien cimentada fama de seriedad que acompañaba desde mucho muy atrás al indio chichimeca. Pero... nos estamos adelantando
a los acontecimientos.
El
sábado 12 de diciembre de 1531, muy de madrugada, Juan Diego se dirigía presuroso a México para asistir a los servicios religiosos
cuando, al pasar junto al cerrillo del Tepeyacac, escuchó "una serie de cantos maravillosos, como los de las aves cuando se
juntan, melodiosos como la voz del zenzontle" que le hicieron detenerse extasiado. No son de extrañar estas inspiradas expresiones
si recordamos que nuestro pueblo era un pueblo de alma sensible, artista toda que ponía el corazón entero lo mismo en una
cesta que en un poema. La mejor prueba es lo poco que nos dejaron de la rima virtuosa de Netzahualcoyotl, el Príncipe Poeta
que tanto han admirado propios y extraños, acrecentándose esa admiración al paso del tiempo. Al cesar los melodiosos sonidos,
una voz suave le llamó desde la cima: "Juanito, Juan Dieguito". Ante el ambiente que privaba, confiado y respetuoso como era,
Juan Diego subió el cerrillo y se encontró con una maravillosa señora que le dejó estupefacto. "...su vestidura era radiante
como el sol el risco en que posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba
la tierra con el arco iris. Los mezquites, nopales y hierbecillas, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas, y sus
ramas y espinas brillaban como el oro". Humilde, el indio se inclinó ante su presencia. La señora de sobrehumana grandeza
le preguntó: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿adónde vas?" Juan Diego contestó: "Señora y Niña Mía, tengo que llegar
a tu casa de México Tlatilolco, a seguir las cosas divinas que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro
Señor".
Cabe
aquí otro pequeño paréntesis para hacer notar que uno de los argumentos más usados al paso de los siglos por los detractores
es que, si bien Juan Diego no sabía de quién se trataba, no sabía que se trataba de la Virgen, de la Madre de Dios, ¿cómo
era entonces que le decía "...tengo que llegar a TU casa de México..."?, refiriéndose -dicen- a su Iglesia. Que pobres conocedores
de nuestras raíces. Quizás una de las pocas costumbres que aún guardamos de aquellas maravillosas épocas precolombinas es
-aunque ahora más por mero formulismo que por sinceridad- el decir a propios y extraños "tu casa" al referirnos a la nuestra
y como un ofrecimiento que, repito, si ahora es más por formalidad, entonces era abiertamente una invitación para que se le
tomara como tal. Tanto, que los viajeros tenían pleno derecho para recibir la hospitalidad de el que eligieran, e incluso
de comer y descansar en cualquier casa aún en ausencia de sus propietarios. Recuerden ustedes que en las moradas mesoamericanas
no había puertas. Hbía marcos, horadaciones que permitían el acceso a la vivienda, pero no puertas, tapias que impidieran
el paso a su cierre. Naturalmente que esa bondad se veía correspondida con un absoluto respeto que obligaba al viajero a tomar
sólo lo verdaderamente necesario. De tal suerte que Juan Diego, cuando dice "tu casa", se refiere sí a la iglesia, pero como
la casa de todos, que ofrece sin temor alguno pues hay que recordar que en ese entonces, a fin de convencer a los indios,
se manejó como principal tesis de evangelización el que "todos somos hijos de Dios" y por ende su casa es mi casa.... es
tu casa.
Volviendo
al suceso, es entonces que la Virgen se identifica y dice: "Sabe y ten entendido, tú, el más pequeño de mis hijos, que yo
soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador en quien está todo; Señor del cielo y
de la tierra. Deseo vivamente que se erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa,
pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos, los moradores de esta tierra, y a los demás amadores míos
que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores. Y para realizar lo
que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo,
que aquí en el llano me edifique un templo; le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Ten por
seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con
que vas a procurar o que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño; anda y pon todo tu esfuerzo".
Juan Diego no dudó un momento y le dijo: "Señora Mía, ya voy a cumplir tu mandato; por ahora me despido de ti, yo, tu humilde
siervo", saliendo de inmediato a hacerlo.
Vaya
paquetito que la Guadalupana le había encargado a Juan Diego... es tanto como si a usted, humilde mortal y ciudadano común
y corriente, le mandara una desconocida a ordenarle al Señor Secretario de Gobernación que levantara un edificio, sin más
argumentos que "pos ella me dijo..". Para empezar, y a veces me inclino a pensar que éste fue el verdadero milagro, imagínese
usted a Juan Diego pidiendo audiencia con el jerarca máximo de la Iglesia, sobre todo porque el pobre indio no quería decirles
a los frailes ayudantes-secretarios-guaruras de Zumárraga el objeto de su visita, pues tenía un inmenso y lógico miedo de
que no se le creyera. Y he aquí la primera parte del milagro: Zumárraga le recibió y le escuchó, lo que ahora es prácticamente
imposible con cualquier directorcillo mediocre, ya no digamos con un secretario de estado. Naturalmente que no le creyó, aunque
fue condescendiente con él y le pidió que regresara en otra ocasión en la que "te oiré más despacio, lo veré muy desde el
principio y pensaré e la voluntad y el deseo con que has venido".
Acongojado
por no haber podido cumplir con el deseo de la señora, Juan Diego regresó al cerro del Tepeyacac donde le aguardaba la Guadalupana
y con mucha pena le comunicó la incredulidad del Obispo, solicitándole que enviara mejor a uno de los principales para que
su mensaje fuese creído. Debemos recordar que si bien Juan Diego había sido un principal, había dejado de serlo al
renunciar a todos sus bienes. En otras palabras era un venido a menos para los de su raza, que aún no comprendían del
todo cómo es que había hecho los votos de pobreza y castidad, cosa que, incluso, muchos otros no sabían. Para ellos, para
la comunidad, era pues un venido a menos.
Pero
no era el caso de que la Virgen, siendo quien era, usara a otro de mejores veres y decires. No, tenía que ser Juan Diego,
el hombre más representativo de nuestra raza, de nuestras costumbres, del pueblo que se fundía con el español que era, precisamente,
al que había de convencer de que eran seres humanos, hijos de Dios, y sobre todo que sí tenían alma. Ahh... porque no sé si
usted habrá leído en las gloriosas páginas de nuestra historia -la verdadera, la de investigación, no la escrita por Bernal-
que, para los españoles, los indios no eran más que animales y no tenían alma.
La
Virgen, que aún no se identificaba como Guadalupe, a Juan Diego le hizo saber que no podía ser otro sino él quien llevara
el mensaje, y pidió a éste ir de nueva cuenta a la mañana siguiente a ver al Obispo para insistir en su petición, reiterando
que era ella, la siempre Virgen María, la Madre de Dios, quien lo ordenaba. Haciendo de tripas corazón, Juan Diego partió
a su casa.
Al
día siguiente, Domingo, muy de mañana salió el indio rumbo a Tlatelolco y, tras escuchar misa, solicitó nuevamente audiencia
con Fray Juan de Zumárraga.
Y
es aquí en donde insistimos en que debemos recuperar, entre otros muchos valores, el de la convicción. Juan Diego, vil pueblo,
sabía que no era tarea fácil hacer comprender al Obispo las órdenes de la Virgen, sin embargo, insistió, parte por cumplir
con ella, parte porque así lo creía. No le importó la posibilidad de ser despedido con cajas destempladas por el Obispo o
por sus ayudantes. Tenía que hacerlo a pesar de los naturales impedimentos sociales y religiosos. Si Juan Diego no hubiese
tenido esa fuerza de convicción, no hubiese guadalupana, u otro sería el que estuviera ahora a punto de ser canonizado.
Cuántas
veces no hemos dejado atrás una idea, un proyecto, quizás incluso una ilusión por falta de convicción. Le aseguro que usted
mismo, querido lector, ha usado cientos de veces esa frasecita amodorrante "¿Y qué tal si me dice que no?", desmoronando con
su inseguridad su convicción. Mi padre me narraba un cuento: "A cierto viajero se le descompuso el auto en la carretera. Al
revisarlo, se dio cuenta de que tan sólo había que apretar un tornillo... pero él no traía desarmador. Obscurecía ya y a lo
lejos vio una lucecita. Abandonando la carretera se encaminó hacia aquella modesta vivienda campirana. En el trayecto pensaba:
“esta gente se duerme temprano... ya deben estar dormidos... acaso se molesten porque les voy a pedir un simple desarmador...
y si no tienen?... o de plano no me lo quieren prestar?.... haaa por que son rete desconfiados... desgraciados, a lo mejor
son de esos que odian a los citadinos....” al tiempo que se apoderaba de él una rabia inmensa, pensando en que su recorrido
hacia la choza fuese en vano. Cuando le abrieron la puerta, malhumorado espetó: ¡Váyanse al demonio con su maldito desarmador!.
Le faltó positividad, seguridad, convicción de que con ayuda, aún sin desarmador, podría solucionar su problema. Excuso decirte
que el pobre indito se quedó azorado pues ni siquiera se enteró de qué hablaba el atildado caballero".
Sin
embargo, Juan Diego no dudó un momento en enfrentar de nueva cuenta al prelado que, sacando a su vez fuerzas de la paciencia,
le escuchó no sin antes hacerle esperar otras tantas horas. Nuevamente, claro, no le creyó, a pesar de que le sometió a un
largo interrogatorio. Que qué le había dicho la señora... que de qué color eran sus ojos... que de qué forma iba vestida...
y mil cosas más. Imagínese qué le preguntaría usted mismo a Juan Diego para poder creerle. A pesar de todo, Juan Diego repitió
lo mismo una y otra vez. No cayó en contradicciones, y era tanto su fervor al hablar de la aparición que Zumárraga optó por
decirle que, si era cierto, no habría problema alguno en que la señora le mandara una señal en prueba.
Aquí
estoy seguro que cualquiera de nosotros habría mandado todo a volar de nuevo. Mira que pedirle a la señora que se dice mamá
del presidente que lo pruebe para que se lo crea el secretario de gobernación... carajo! Ya me imagino la reacción de la señora:
¡Y quién es ese estúpido para pedirme a mí que pruebe quién soy! O no? La verdad es que, insisto, el papel que jugaba Juan
Diego no era cualquier cosa. Se necesitó deveras convicción para estar a la altura de las circunstancias.
El
indio salió al momento en busca de la señal, pero el Obispo, con la duda clavada ya, ordenó que le siguieran para espiarle
y ver que tanto había de verdad en su relato. Los encargados de esto, que por cierto no lo hicieron de buena gana, poco antes
del cerro del Tepeyacac le perdieron de vista y regresaron cansados y molestos para, con el fin de justificar su falta de
cuidado en el encargo, tratar de convencer al prelado de que el indio sólo le engañaba, que no podía ser posible que la virgen
se le apareciera a un desarrapado y, sobre todo, indio!. Es más, entre ellos discurrieron que si Juan Diego volvía con sus
impertinencias, le habrían de castigar duramente.
Cómo
me recuerda este pasaje la actitud de esos funcionarios menores que, contra la atingencia del jefe y queriendo quedar bien
con él, pero llevándolo al fracaso, toman sus propias decisiones, casi siempre, en contra del pueblo mismo. Y éste, falto
de convicción, se retira sin más ni más.
El
indio, sin embargo, firme a sus convicciones, llegaba ya a decirle a la Virgen lo que el Obispo le había pedido. Ella contestó:
"Bien está hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá...".
Pero
el diablo tenía que meter la cola y al día siguiente, lunes, Bernardino, el tío de Juan Diego enfermó de gravedad. Por la
noche, le pidió a Juan Diego que muy de madrugada fuese a Tlatelolco para traer un sacerdote que le confesara y ayudara a
bien morir, pues estaba seguro de que no sanaría.
Así
lo hizo Juan Diego, sólo que, para evitar encontrarse con la señora, desvió su camino y tomó la otra ladera del cerro del
Tepeyacac, aunque en vano, pues la que todo lo ve se le apareció de nueva cuenta. "Juanito, hijo mío el más pequeño, adónde
vas?" El indito, ruborizándose todo, balbuceó tímidamente: "Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, cómo has amanecido?...
Voy a causarte aflicción; sabe niña mía que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste y está por morir.
Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar a uno de los sacerdotes amados de nuestro Señor, que vaya a confesar y disponerle...
pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora
paciencia; no te engaño, hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa". La Virgen, piadosamente, le dijo: "Oye y ten
entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad
ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No
estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has de menester? No te apene ni inquiete otra cosa, no te aflija la enfermedad de
tu tío, que no morirá ahora de ella; está seguro de que ya sanó".
Dice
la narración de los milagros que cuando Juan Diego escuchó estas palabras se consoló, quedó contento, y con plena confianza
en lo que le decía la Madre de Dios, le rogó que le enviara a ver al Obispo con la señal que pidiera.
Usted
lo haría? Si a usted se le presentara una desconocida diciendo que era la Virgen y que no se preocupara por la enfermedad
de su pariente, que primero cumpliera con sus órdenes... qué pensaría? cómo reaccionaría? Puedo apostarle, conforme a la manera
en que pensamos ahora, que la mandaría por un tubo y diciéndole algo como "estás loca? donde crees que primero voy a tus caprichos
y luego a ver al sacerdote que requiere mi pariente?... tú serás muy lo que dices pero primero lo mío y después ya veremos".
Se largaría incluso molesto por su egoísmo y falta de sensibilidad. A poco no? Faltaba más! Pero Juan Diego creía en Ella.
Creía en su fe, en sus convicciones, y no dudó un momento en obedecerla. Crea usted o no en su divinidad, recuerde que nos
ha sucedido muchas veces con nuestros propios hijos, por ejemplo, que al ordenarles algo que sabemos es importante nos mandan
al cuerno, alegando que lo suyo lo es más aún. Los psicólogos podrían decir que así es, que lo que para nosotros es importante,
para ellos no y, lo que para ellos es, para nosotros no lo es. Pero la realidad es que ni unos ni otros tenemos convicciones
firmes, ni se las hemos inculcado a nuestros hijos, ni acaso sepamos qué es importante para ambos. Y no hablo de fe, de creencias
religiosas. No. Hablo que esas cosas simples de la vida, cotidianas, que forman el todo de una personalidad, de una familia,
de una sociedad que, de tenerlas, sería unida e indestructible. Viene a mi recuerdo la fuerza que el pueblo Hindú tuvo, inspirado
por las firmes convicciones de Mahatma Ghandi, para enfrentarse en forma pacífica al colonialismo inglés logrando, finalmente
y gracias a eso, su independencia.
La
señal misma que enviaría al prelado sería otra prueba de la firmeza de convicción de Juan Diego. La Virgen le envió a la cima
del Tepeyacac a buscar rosas de Castilla que llevaría como prueba al Obispo. ¡Rosas de Castilla en un cerro lleno de riscos,
abrojos, mezquites, espinas y nopales, que difícilmente veía flores, y mucho menos en esa época del año, en pleno invierno!.
Pero no dudó, subió, y no sólo encontró las rosas, sino en tal variedad que el propio Obispo, cuando las recibiera más tarde,
quedaría asombrado.
Juan
Diego las recogió en su tilma, las presentó ante la Señora que las tomó en sus manos por un momento; tras regresarlas al burdo
ayate del indio ordenó: "Hijo mío, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al Obispo. Le dirás en mi nombre
que vea en ellas mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno
que sólo delante del Obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo: dirás que te mandé subir a
la cumbre del cerrillo, que fueras a cortar flores, y todo lo que viste y admiraste, para que puedas inducir al prelado a
que dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido".
Y
ahí va de nuevo Juan Diego en busca de Zumárraga, y de nueva cuenta a padecer, sólo que ahora con mayor encono, la actitud
de los frayles-guaruras. Desde el momento mismo en que llegó al palacio episcopal, los frailes le ignoraron. Hacían como que
no le oían o veían. El les suplicaba que le dejaran ver al prelado, pero de nada sirvieron sus ruegos. Sin embargo, no cedió.
Se sentó en el corredor de la entrada y guardó silencio por largas horas ante la indiferencia de los frailes. ¿No les recuerda
esto los actuales plantones de nuestros indígenas ante las oficinas de funcionarios, aunque con someras diferencias? Finalmente,
la curiosidad mató al gato. Algunos de ellos se dieron cuenta de que llevaba un bulto en el regazo y pretendieron saber de
qué se trataba. Juan Diego pagó con la misma moneda y no permitió que vieran su tesoro. Además, así lo había ordenado la propia
Virgen al decirle: "Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu manta...". La actitud del indio causó
una tentación tal entre los frailes que, en un momento dado, quisieron ver por la fuerza qué llevaba en la tilma, alcanzando
tan sólo a notar algunas rosas. Eso bastó para causarles admiración pues bien sabían que no se daban en esa época del año,
por lo que corrieron a decirle a Zumárraga lo que habían descubierto. Monseñor supo en ese preciso momento que las rosas eran
la señal enviada y mandó traer a Juan Diego que, tras hacer un relato de lo sucedido esa mañana y reportar las órdenes enviadas
por la Señora, desplegó su manta dejando caer por el piso decenas de rosas. El asombro de los religiosos fue mayor aún al
notar que, en la tilma de Juan Diego, había quedado estampada la imagen de la Virgen tal y como la conocemos ahora. Todos
cayeron de rodillas y se humillaron ante Virgen e Indio, así, con mayúscula, que bien ganado lo tiene.
Desde
ese momento, México experimentaría un cambio en su forma de pensar y de sentir. El milagro guadalupano, sin embargo, aún no
se completaba.
El
Obispo tomó la tilma de Juan Diego y la colocó en su oratorio. Un día más estuvo el Indio hospedado en el palacio episcopal.
Al siguiente día, Fray Juan de Zumárraga quiso conocer el lugar en que la Madre de Dios había ordenado se construyera su templo
y ahí fueron Indio, Obispo y frailes. A Juan Diego le apuraba ver a su tío Bernardino y, tras cumplir con el mandato, pidió
licencia para hacerlo. No sólo se la concedieron, sino que le acompañaron hasta su casa, en donde encontraron a Bernardino
gozando de total salud. Este, extrañado de tan honrosas visitas, cuestionó a su sobrino sobre el motivo y Juan Diego le narró
todo lo que sucedió desde que tomara camino a México para traer al sacerdote que habría de confesar al tío, incluyendo la
orden de la Virgen y la recomendación de que no se preocupara por la salud de su tío, dado que ya estaba sano.
Bernardino
manifestó que así había sido. Que se le había presentado una gran Señora en el momento mismo en que Juan Diego lo decía y
que le había sanado, informándole que había mandado a su sobrino con el Obispo. Dijo también que la Señora le había ordenado
que, cuando Bernardino viese al prelado, le narrase todo lo sucedido y le dijese que la nombrase la siempre Virgen María de
Guadalupe. Es pues a Bernardino a quien revela el nombre guadalupano con el que habría de ser conocida de ahí en adelante.
-Entonces
no fue a Juan Diego a quien le dio el nombre?... preguntó extrañado Calixto.
-No,
fue Bernardino, el tío...
-Y
qué pasó después, urgió Alfonso.
-Fray
Juan de Zumárraga hospedó a Juan Diego y a su tío en el palacio del arzobispado durante quince días, tiempo que duró la construcción
del templo en que se adoraría a la guadalupana.
-Oye!
No me vas a decir que el templo de la virgen se construyó en quince días...! dijo incrédulo Calixto.
-Cualquiera
podría decir que es una locura que la primera Ermita en que se adorara a la guadalupana hubiese sido levantada en quince días,
sin embargo, Torquemada, siguiendo la relación de Pedro del Castillo en su Monarquía Indiana, libro III, capítulo XXXIII,
dice a la letra:
"Quienes
dudan de que en quince días se alzara en Tepeyacac la ermita donde fue colocada primero la Santa Imagen, ignoran que en sólo
una noche los indios de entonces formaron un pueblo. Así burlaron a Montealegre, aquel hermano de Oidor (sic), que, prevenido
de una merced real de tierras, llegó al valle de Atlixco y, después de elegir en Popocatica las que bien le parecieron, se
fue por el juez que habría de medirlas, ofreciendo tornar a los dos días. En tanto, para estorbarle, discurrieron los indios
de Huejotzinco, dueños de aquel lugar, hacerlo asiento de pueblo, y calladamente, de noche, fueron con sus mujeres e hijos
cuatro o cinco mil de ellos, cargados de paja de jacal y varas y magueyes, y a la mañana siguiente aparecieron hechas más
de treinta casas, cuya cubierta denotaba ser vieja y harta de servir, con las varas ahumadas, y adentro los moradores, hombres,
mujeres y niños, donde los gallos cantaban, los perros ladraban y los niños lloraban y unos con otros se trataban, como si
de mucho tiempo atr'e1s se hubiese formado el pueblo".
Es
pues de creer también que la Ermita primaria fue construida con varas y paja, pero ermita al fin y cumpliéndose el deseo de
la guadalupana. Hecho esto, el obispo sacó la sagrada imagen del oratorio de su palacio y la trasladó al templo de la Reyna
del Tepeyac, para recibir ahí el culto de una ciudad conmovida y maravillada. Naturalmente que esto fue en tanto se construía
la Iglesia Mayor a donde fue trasladada la imagen en solemnísima procesión según narraron a su tiempo los viejos de Cuauhtitlán,
y lo testifica aún el cuadro conmemorativo existente en la vieja Basílica de Guadalupe.
Juan
Diego, por su parte, se dedicó de tiempo completo, por el resto de su vida y hasta su muerte, a cuidar del templo, viviendo
en una casita que sus coterráneos de Cuauhtitlán le construyeron a un lado de la Ermita, la cual estuvo según la tradición
en el sitio que actualmente ocupa el bautisterio de la parroquia o iglesia vieja de los indios. Murió con fama de santidad,
a los 74 años, en 1548.
-Un
momento! dijo Carlos casi gritando, no mes vas a decir que ya acabó el cuento!
-No,
de ninguna manera, contestó Ricardo, tan sólo hemos dado lectura al resumen que de mi libro Soy Guadalupano... y qué? hiciera
Julián.
-Pero
ya llegaste a su muerte...!
-Conforme
a la narración que leímos, más que nada, para recordar el milagro del Tepeyac, pero no hemos terminado... mañana seguiremos...
si Dios no dispone otra cosa.
-Sea
pues que ahora sí se nos alargó el tiempo... a descansar que mañana será otro día... dijo Rafael estirándose.
Tras
el desayuno, Rafael le comentó a Ricardo si no sería un poco enredado el relatar todo el contenido de los capítulos de su
libro que, si bien hablaban del milagro guadalupano y sus consecuencias, el tema principal de las charlas sería Juan Diego
y este no se había abordado plenamente.
-Tienes
razón en parte, respondió el escritor, pero como en todo, si no tienes la información completa siento que no puedes hacer
un análisis y, el motivo de las charlas es contestar a la pregunta de quién demonios es Juan Diego.
-Mira,
intervino Julián, creo que en realidad lo que todos se preguntan es qué fue lo que llevó a Juan Diego a convertirse en Santo.
Es decir, se preguntan si en realidad hubo razones suficientes para elevarlo a ese rango, o no.
-Pues,
francamente, sí... porque como que dio la impresión de que de repente la iglesia necesitaba darle santos a México... y se
los dio... porque no sólo fue Juan Diego... aunque sí el que desató más polémica...
-Bueno,
no sólo él... dijo Narciso, también se ha desatado la polémica sobre la Madre Conchita y el Padre Pro, cuya supuesta única
intervención fue más político-revolucionaria que una vida mística de santo...
-En
realidad, señaló el escritor, la polémica de Juan Diego se desata no tanto por sus méritos -o falta de ellos- para ser elevado
a la santidad, sino porque en un momento dado se pone en duda su existencia, sobre todo con las declaraciones de Monseñor
Schulemburg... pero precisamente por eso, para llegar a explicar todo esto, es que sí considero que debemos entender primero
lo que sucede ante el milagro guadalupano. Mira, hoy voy a entrar a platicar sobre la polémica que, en su tiempo, se desata
sobre si la Virgen de Guadalupe se aparece realmente o no...
-Y
eso, para qué? cuestionó Rafael.
-Para
que se pueda entender algo muy simple: que siempre hay quien está en contra de todo y por todo... pero principalmente para
que puedan conocer, como en el caso de Cristo, lo que se dice a favor y lo que se dice en contra para que puedan sacar sus
propias conclusiones...
-No
es eso un riesgo? No podrían encontrar lógicas algunas de las detracciones y dudar sobre la realidad de la Virgen de Guadalupe?
cuestionó un poco preocupado Narciso.
-Ese
mismo temor tenía yo cuando las pláticas sobre Cristo, pero pude comprobar que no es así, que por el contrario, saber más
sobre un tema fortalece nuestra convicción.
-Además,
señaló Julián, conocer lo que dicen los demás nos permite analizar su verdad, mezclada con la que conocemos, y aprender a
rebatir los argumentos en contra, defender nuestras creencias pues.
-Pero...
fue verdad?... o no fue verdad la aparición de Guadalupe? preguntó Rafael.
-Tú
mismo tendrás la respuesta... espera a escuchar lo que viene, como en anteriores ocasiones... sentenció el sacerdote.
Doña
Elvia llegó antes que su marido. Acompañó a Norma a la cocina para auxiliarle en la preparación de los bocadillos que se servirían
esa tarde, y aprovechó para comentarle:
-Fíjate
que me cae mal el mentado Calixto comadre...
-Por
qué comadre?
-Porque
como que siento que es ateo...
-Y
lo es, comadre, lo es... incluso es dirigente de una organización que no cree en santos ni vírgenes...
-Y
le están permitiendo venir? dijo asombrada Doña Elvia.
-Naturalmente
comadre... es la presencia de gente como él la que permite el debate y el análisis. No has escuchado a tu compadre? Recuerda,
por si ya lo olvidaste, que Gerardo era un descreído, si no ateo, sí descreído... y ahora ya lo ves... a punto de consagrarse
sacerdote...
-Bueno,
pero no es lo mismo... en fin, espero que ese Calixto no venga a meter cizaña...
-No
te preocupes comadre... no te preocupes...mira, mejor vamos a apurarnos porque
ya llegaron los demás...
Acomodados
todos, Ricardo dio inicio a la sesión.
-Si
bien es cierto que en un principio los adoradores de María de Guadalupe fueron los indios, dado que a quien se le había aparecido
era indio -y quede constancia de que uso la palabra indio para el entendimiento histórico de la narración y no porque me guste-
poco a poco los criollos y aún los españoles de cepa fueron cayendo rendidos a su culto.
Eran
tiempos aún inestables. La Nueva España era una tierra de incipiente organización, en la que todos y cada uno quería jalar
agua para su molino, conforme a sus propias conveniencias y ambiciones. Los aventureros, militares, civiles y religiosos,
mantenían el dominio aún. Sin embargo, aquellos que pensaban y actuaban ya con mesura como líderes, organizadores y ciudadanos,
escalaban lentamente los puestos de poder.
Imagínese
usted la tremenda revolución que debió de haber sido la Nueva España. Para empezar, la mezcla de lenguas que hacían de ésta
una especie de Torre de Babel: los españoles llegados hablaban varias lenguas, la castellana, la catalana, la flamenca, y
quién sabe cuántas más. Los indígenas, a su vez, también tenían una inmensa variedad de lenguas como la otomí, la zapoteca,
y otras, aunque bien podría decirse que era el nahuatl la de uso más común, sobre todo porque la Nueva España estaba asentada,
en sus principios, en zona nahuatl. Se imaginan cómo demonios se entendían? Por otra parte, la variedad de costumbres, que
cada cual defendía e intentaba imponer a los demás, haciéndose por ende una mezcolanza tal que no dejó a un lado ni a las
propias razas. De ahí vienen más de cincuenta variedades registradas en la época, tales como el mestizo, el criollo, el negro,
el cambujo, y muchas más que, de antemano les suplico no me pregunten cuál era cuál, pues he revisado al menos quince versiones
diferentes y ninguna se pone de acuerdo en todas, aunque coinciden en algunas. Por ejemplo, el español, nacido en la península
ibérica; el indígena, de raza autóctona nacido en mesoamérica; el mestizo, hijo de español con indígena; el criollo, que aplicaba
como tal a aquel nacido en tierras mesoamericanas, hijo de españoles; o el negro, traído principalmente de Africa como esclavo
para trabajar en las minas o en las haciendas dedicadas al cultivo.
A
tal revoltura de lenguas, idiomas, razas, costumbres y tradiciones, a más de las naturales ambiciones brotadas ante el descubrimiento
de una tierra de promisión, era natural que los jaloneos políticos, sociales y religiosos, se dieran como pan caliente. De
ahí que surgieran tantas traiciones y contra-traiciones, como las sufridas por el propio conquistador Don Hernán Cortés, el
mismísimo jerarca de la iglesia novohispana Fray Juan de Zumárraga, y tantos otros.
Se
imaginan ustedes lo difícil que sería unificar los criterios de tan diversas formas de pensar y de vivir? Unificar a tan diferentes
ideologías y costumbres? Los rencores se anidaban en todos los corazones. Unos por sufrir las crueldades de la conquista;
otros, las asperezas de un mundo nuevo casi sin leyes y, otros más, porque siendo hijos del nuevo mundo eran rechazados sistemáticamente
por unos y por otros.
Faltaba,
antes que nada, la firmeza de convicciones. Un algo que les unificara y dejaran todos de verse como enemigos, como amos y
vasallos. La oportunidad era única. Así, el culto a la Virgen de Guadalupe se fue extendiendo y unificando.
A
sólo quince años de la aparición de la Guadalupana, no sólo los indios veneraban a la Virgen Morena, como narra Francisco
de la Maza: "...también las familias españolas, encabezadas por las señoras, iban a pie a orar ante la imagen... el Arzobispo,
viendo que los domingos se paseaban -las familias- en las huertas de los alrededores en puro devaneo y sin santificar la fiesta,
encausó los pasos al Tepeyac, donde encontraban los vecinos, además del descanso de la ciudad, una ermita donde oír misa".
El segundo Obispo, Fray Alonso de Montufar, relata en su Información: "Han cesado en esta ciudad muchos juegos y placeres
ilícitos... después acá que se divulgó la devoción de Nuestra Señora de Guadalupe, han cesado mucho". Cabe señalar que no
todas esas familias fueron llevada de la mano precisamente para adorar a la Guadalupana. Quizás lo fueron las que acostumbraban
ir de día de campo a aquellas huertas, pero las otras, las que iban a otros lados, llegaron solas, atraídas por el
fervor que ya se extendía de boca en boca, como todas las noticias de la época.
Al
extenderse el culto, surgieron los detractores. Unos, los clásicos enemigos gratuitos que siempre están en contra de todo
lo habido y por haber; otros, surgen más en defensa de las advocaciones marianas españolas que ven en la Guadalupana a una
enemiga muy poderosa ante el fervor novohispano, y otros más que se lanzan no propiamente en contra de la Guadalupana misma,
sino del obispo Fray Juan de Zumárraga, con una posición claramente motivada por la envidia nacida del privilegio que, para
ellos, era autoconcedido a fin de aumentar su poder eclesiástico.
-Qué
quiere decir eso? preguntó Silvia.
-Pensaban
que la aparición de la Virgen había sido inventada por Zumárraga para darse más importancia, para aumentar su poder eclesiástico.
Históricamente,
se les llama aparicionistas a quienes creen y defienden el milagro, y antiaparicionistas a quienes no creen y están en contra.
Los
antiaparicionistas, por ejemplo, manejaron argumentos que se basaban en la confusión de la fórmula Tonantzin-Guadalupe, alegando
que sólo era un artificio para obligar a los indios, adoradores de la primera, a creer en una deidad similar pero católica.
No dejaban, sin embargo, de usar otros medios de convencimiento como el lanzar acusaciones tendenciosas a Fray Juan de Zumárraga
que, quizás por las presiones político-clericales de la época, llega el momento en que flaquea y prácticamente desconoce la
verdad de las apariciones, aunque más tarde, ya prácticamente derrotado, las reconozca de nueva cuenta y se convierta en un
ferviente defensor del guadalupanismo.
Entre
los principales antiaparicionistas podríamos citar a Fray Francisco de Bustamante, uno de los más enconados enemigos de Zumárraga
y que llegó a calificar el culto a la Guadalupana como una idolatría; el propio Torquemada, que afirmaba que la Guadalupana
mexicana no era otra que la españolísima Virgen de Guadalupe de Extremadura; el franciscano Fray Alonso de Santiago, que decía
que permitir el culto como estaba era escandalizar a los indios, porque creerían que aquella era la verdadera Nuestra Señora,
y hasta el mismísimo Fray Bernardino de Sahagún que, sin tomar abiertamente partido en contra, tímidamente defendía el argumento
de la Tonantzin-Guadalupe, aunque le molestaba profundamente la devoción guadalupana.
-Es
decir que aún los mismos religiosos no creían en la aparición de la Virgen de Guadalupe? preguntó Norma.
-No
todos... pero sí había mucha política dentro del propio clero. En la iglesia misma se había desatado una lucha por el poder
desde la llegada de los primeros misioneros. Agustinos, franciscanos, carmelitas y otros se disputaban el poder controlar
la Nueva España. Por eso mismo Zumárraga, habiendo sido nombrado Primer Arzobispo de México, tenía encima una infinidad de
enemigos dentro de la misma iglesia.
Es
evidente, dice De la Maza, que todos los franciscanos del siglo XVI no sólo dudaron del milagro guadalupano, sino que lo negaron
abierta y francamente. Cabe recordar el enconado y constante enfrentamiento que existía entre las diferentes órdenes como
jesuitas, carmelitas, dominicos, franciscanos, etc. Lo que bien hacía uno... era sancionado por los otros. Todo enmedio de
la santa relación clerical y las patadas eran muy, pero muy por debajo de la mesa. Casi como ahora!
A
pesar de todo, la esencia y presencia de la Guadalupana se reafirmaba al paso del tiempo. Muchos fueron los defensores de
la Guadalupana, pero destacan cuatro de ellos, llamados por De la Maza los Evangelistas Guadalupanos: Miguel Sánchez, famoso
predicador y excelente teólogo de la época, que en 1648 publica el primer libro referente a la Virgen de Guadalupe; Luis Lasso
de la Vega, clérigo encargado de la Iglesia de Guadalupe desde 1645 que en 1649 publica en lengua nahuatl su Huei tlamahuizoltica
omonexitli ilhuicac tlatoca ihuapilli Sancta María, o sea El gran acontecimiento con que se apareció la Señora Reina del Cielo
Santa María; Luis Becerra Tanco, físico, químico, naturalista, profesor de astrología y matemáticas de la Universidad, y profundo
conocedor de idiomas como el hebreo, griego, latín, francés, italiano, portugués, nahuatl y otomí, muy superior a sus dos
antecesores, autor del Origen Milagroso del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe -fundamentos verídicos en que se prueba
ser infaliblela tradición en esta ciudad acerca de la Aparición...- publicada en 1666, y Felicidad de México en el principio
y milagroso origen del santuario de la Virgen María de Guadalupe, publicada por su amigo Antonio de Gama en 1675, después
de la muerte del autor; y Francisco de Florencia, jesuita al que ni la teología ni la ciencia importan, devoto historiador
de las imágenes milagrosas de México, cuya obra es una síntesis de lo ya publicado, pero a la que agrega cuanta poesía, cantar,
leyenda o milagro se relaciona con la Virgen de Guadalupe.
Para
1697, Don Antonio Morales Pastrana publica su Canción Real Histórica de la Milagrosa Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe
de México. De la Maza dice con sorna y no falto de razón: Todo ya es "real e histórico" a fines del siglo XVII, siglo-gérmen
de toda mexicanidad.
Quizás
uno de los dictámenes más importantes fue el lanzado a principios del siglo XX por el pintor español, Francisco Camps Rivera,
que en una carta enviada a la escritora norteamericana, Helen Behrens, especialista en la Virgen de Guadalupe, en respuesta
a su petición de que examinara la imagen, dice:
"La
tela sobre la cual aparece la imagen confirma que dicha tela corresponde al período de las apariciones, o sea 1531, y que
fue hecha de fibra vegetal por manos indígenas. Yo observé que la tela nunca fue preparada con ningún emplasto y ningún pintor
humano hubiera tratado nunca de hacer una pintura sin preparar primero su tela. Después la examiné minuciosamente con un vidrio
de gran aumento, pero no pude encontrar ninguna huella de pincel.
Yo
he estudiado miles de pinturas en museos y en colecciones privadas en España, Italia, Francia, Bélgica, Holanda, Inglaterra,
Estados Unidos, Cuba y Canadá, y he restaurado un buen número de ellas por todas partes... por una concienzuda eliminación
he llegado a concluir que los pintores del siglo XVI no pudieron pintarla. Ningún artista español, flamenco o italiano pudo
haber producido la fina sensibilidad de la venerada imagen... No es posible creer que alguno de los tres pintores nativos
Marcos Cipac, Pedro Chachalaca o Francisco Xinmamal, que ayudaron a frailes franciscanos en Actopan, en Huejotzingo y en algunos
otros lugares pudiera haber pintado o interpretado a la Virgen...
Ahora,
he aquí algo que hace a uno pensar en lo imponderable. La imagen tiene más de 400 años. Cualquier pintura de esta edad actualmente
está ya agrietada, con la pintura levantada en diminutas escamas, y oscurecida con color de tabaco. La Virgen de Guadalupe,
como se ve, tiene colores brillantes, no tiene grandes señales de antigüedad y, a pesar de los años, cosa que no se le puede
negar, da la sensación de una juventud fresca y eterna..."
La
polémica sobre si fueron reales las apariciones o no, dura hasta nuestras fechas. Tal parece que una serie de exámenes, realizados
por un multidisciplinario equipo científico multinacional, y en el que se aplicaron desde rayos X hasta lasser, pasando por
pruebas del carbono 14 y otras prácticamente innombrables para nosotros los mortales, han dejado a un lado esta polémica al
confirmar que la tela es auténtica e incluso descubrir, con todos esos procedimientos modernos, que en los diminutos ojos
de la Morena del Tepeyac se refleja la imagen de Juan Diego, cosa definitivamente imposible de lograr por pintor alguno.
Esta
serie de exámenes, vistos en su individualidad, es sumamente interesante, tanto que ya existen varios libros escritos sobre
el tema y, como nosotros no pretendemos profundizar en éste, hasta ahí la dejamos. Son interesantes no sólo por su aspecto
meramente comprobatorio de una realidad religiosa, sino por el punto de vista propiamente científico que descubre algunos
aspectos no conocidos, como es la aplicación del estampado en el tipo de ayate de que se trata, nunca jamás usado por experto
alguno.
Volviendo
al tema, la realidad de un culto que se extendía paso a paso por toda la Nueva España, dejaba estupefactos a más de cuatro.
Si bien es el siglo XVI el de la aparición y el XVII el de la polémica, podría decirse que es durante los siglos XVIII y XIX
cuando la Guadalupana se convierte en factor de unidad nacional, pero no se crea que de golpe y porrazo. Para llegar a significarse
como tal, muchos fueron los procesos tanto materiales como espirituales que hubieron de pasarse.... y de los que platicaremos
mañana...
-Oh
que la canción Jefe! aunque no has hablado directamente de Juan Diego, la cosa está interesante... dijo Carlos con su natural
desparpajo.
-Sí,
agregó Silvia, y con esto se confirma qué tan poco sabemos de nuestra propia religión. Yo había escuchado algo sobre la polémica
de que la imagen estampada en el ayate era o no real, pero no conocía los exámenes que se le habían hecho.
-Algo
parecido a la Sábana Santa, indicó Doña Elvia. Lo que me llamó la atención fue que entre los propios frailes hubiese quienes
negaran las apariciones...
-Bueno,
de ahí que se les clasificara como antiaparicionistas, señaló Julián. Pero no todos los antiaparicionistas fueron frailes,
también muchos legos lo fueron... aunque debemos reconocer que siguiendo intereses de aquellos frailes...
-Oiga
Don Ricardo... cómo está eso de que en los ojos de la Virgen se ve la imagen de Juan Diego?
-Es
parte de los descubrimientos que, al hacer los estudios, salieron a la luz. Pero eso ya lo analizaremos más adelante, cuando
hablemos de la propia imagen de la Guadalupana...
-Oye
compadre, y porqué dices que Fray Juan de Zumárraga llegó a negar las apariciones? cuestionó Don Celerino.
-Porque
así fue... también ya hablaremos de eso...
-Pero
se arrepintió, verdad, preguntó Cristy, una de las hijas de Jorge y Lupita.
-Sí...
es más... para él fue un cargo de conciencia tan grande que le acompañó hasta su propia muerte... pero como dije, ya hablaremos
de ello en su momento.
-Y,
en todo esto... qué tenía que ver Juan Diego? interrogó Gustavo.
-Directamente,
en nada... tras las apariciones él se dedicó de lleno, en cuerpo y alma, al cuidado del templo de la Guadalupana... no hay
noticias de que hubiese participado en polémica alguna...
-Y
no está sospechoso eso? preguntó Calixto.
-Cómo
sospechoso...? contestó Julián.
-Sí...
si a mi se me hubiera aparecido la virgen, la habría defendido a toda costa, no creen? Por eso es sospechoso que Juan Diego
guardara silencio...
-Sospechoso
no, señaló Ricardo. Lo que pasa es que las polémicas se suscitaban en los altos niveles clericales y oficiosos en los que
no tomaban en cuenta para nada a Juan Diego. Por el contrario, si como argumentan algunos de sus detractores ahora, Juan Diego
hubiese sido comparsa del clero encabezado por Zumárraga para hacer un teatro de las apariciones, los antiaparicionistas le
hubieran hecho pedazos. Pero a ellos no les importaba -y creo que fue mala su estrategia- destrozar a un simple indio, sino
a la propia Virgen y su milagro.
-Bueno
jóvenes, pues a dormir todos... que mañana hay que trabajar...
No
muy conformes por la interrupción, pues estaban realmente interesados en el tema -incluyendo a Calixto- se desperezaron poco
a poco y se despidieron.
Ricardo
le pidió a Julián que le consiguiera en la Mitra algo sobre la historia de la construcción de la Basílica de Guadalupe, tanto
de la antigua como de la moderna.
-Claro
que sí querido amigo, pero para qué quieres eso ahora?
-Nuestros
oyentes son muy preguntones, contestó el escritor, y pienso que en algún momento pueden cuestionarnos sobre el tema... prefiero
estar preparado.
-No
te preocupes, veré que puedo encontrar aquí, y si no... ya veré si puedo contactar al Abad de la Basílica.
-Gracias
Julián. Oye, por cierto, me dijeron que tienes la intención de darte una escapada a la ciudad de México con Lucía...
-Sí,
precisamente queremos ir a la Villa. Tiene años que no vamos, y creo que es la mejor oportunidad ahora... antes de que me
muera...
-Calla!
No hables de esa forma amigo! Estoy seguro de que tú nos vas a enterrar a todos...
-No
me gustaría sentir el dolor de perder a alguien... aún me duele la muerte de mi madre, y fue hace tantos años!
-De
todas formas... a la muerte, de lejos!
El
llamado a desayunar cortó la plática, y ambos se dirigieron al comedor.
-Buenos
días a todos...
-Buenos,
contestaron los demás.
-Ricardo,
hoy le tocó preparar el desayuno a Lucía... le ayudó Jazmín...
-Jesús...
nos vamos a enfermar! exclamó bromista el escritor.
-Ahhh
sí Don Ricardo? reclamó Lucía de inmediato.
-Perdón
Lucita... perdón... lo decía por la Jazmina... aclaró todo apenado.
-Aja
já! entonces la cosa es por mí.... no? reclamó ahora la hija.
-Miren,
antes de que le peguen... mejor vamos a desayunar, dijo conciliador y siguiendo la broma el sacerdote. Y tú, escritorcito
de segunda, mejor debieras callarte, recuerda que ya te lo dijeron tus nietas una vez y, como dicen ahora: calladito te ves
más bonito...
-Mhhh...
no me defiendas compadre! exclamó Ricardo.
En
el desayuno hablaron sobre el próximo viaje de Julián y su hermana a México, al que se anotó de inmediato Gerardo, que había
llegado temprano como todos los días.
-Si
se puede, señaló tímidamente, y es que quiero dedicar mi consagración precisamente a la Virgen Morena...
-Si
es por eso... vamos... que nada me complacerá más que sea la Guadalupana tu guía espiritual, dijo el sacerdote.
-No
te olvides de lo que te pedí, indicó Ricardo. Por cierto que si te piensas quedar algunos días puedes llegar a casa de mi
hija Norma o a la de mi hermana Lucía, porque debes saber que yo también tengo una hermana que se llama Lucía.
-No
querido amigo, no lo olvido, y gracias por el ofrecimiento. Ya veremos. Mientras tanto, iré a la Mitra para pedir permiso
al Señor Arzobispo...
-Pues
qué no le había dicho, y delante de todos, que podía usted hacer lo que se le viniera en gana? preguntó Jazmín.
-Así
es, pero el respeto a su investidura me obliga a pedir el permiso. Sé que no me lo va a negar... pero así es mejor.
-Cuánto
diera porque ese respeto se mantuviera en otros niveles, dijo Norma.
-A
qué te refieres? preguntó Ricardo.
-A
la burla que hacen ahora de la figura presidencial... y no lo señalo porque se trate de un presidente brotado de un partido
de oposición, o de que sea fulano o zutano, sino por el hecho de que es el Presidente de la República... nuestra máxima institución
y representatividad.
-Tienes
razón, los mismos medios ahora se ensañan... y no sólo con el Presidente, sino también con su esposa... agregó Gerardo.
-Es
que se han perdido los valores morales, y también los cívicos, indicó Norma como buena maestra que era.
La
visita de Julián y de Gerardo a la Mitra fue cordial como se esperaba.
-Su
Eminencia, quisiéramos solicitar su permiso para ir a la ciudad de México a visitar la Basílica de Guadalupe.
-Tiene
algo que ver su visita con las pláticas de nuestro amigo Ricardo? preguntó el purpurado.
-No
Eminencia, es sólo que Gerardo quiere dedicar su consagración a la Guadalupana, y yo quiero simplemente visitar su casa...
llevaría a mi hermana Lucía, por supuesto.
-No
ya le había dicho a Usted, Padre Julián, que podía hacer lo que considerara más conveniente para su bienestar?
-Así
es Su Eminencia, pero... el respeto a su investidura...
-Vayan
con Dios amigos míos, que El ve desde allá arriba la pureza de sus intenciones.
Pero antes... cómo van esa charlas?
-Bien...
en este momento está hablando sobre aparicionistas y antiaparicionistas...
-Sigue
manejando bien el tema?
-Como
siempre Su Eminencia...
-Perfecto...
y ya hubo oportunidad de hablar sobre el libro?
-Más
que eso... su esposa Norma me comentó que de él mismo salió la idea...
-Dios
sigue marcando el camino...
-Por
cierto que él me comentó que está preparando una historia de la iglesia... completa, desde los tiempos de su formación hasta
ahora...
-Ah
caray! Eso suena interesante... pero peligroso...
-Creo
que no Su Eminencia... ya sabemos cómo trata Ricardo los temas... no creo que haya qué temer...
-Y
cuando piensan partir?
-El
fin de semana Eminencia... saldríamos el viernes para regresar el sábado o el domingo... aunque quizá deba esperar al lunes
pues Ricardo me encargó que le consiguiera la historiografía de la construcción de las basílicas.
-Bien,
que Dios les acompañe...
-Debemos
recordar que el principal factor reticente para reconocer la existencia de un milagro es la propia Iglesia Católica, indicó
Ricardo al iniciar su charla cotidiana. Si bien los datos señalan que fue en 1663 cuando la iglesia novohispana solicita a
la Curia Romana se declare el 12 de diciembre día festivo dedicado a la Virgen de Guadalupe, no se habla de un reconocimiento
abierto al milagro como tal, aunque el proceso mismo, para declarar ese día santo, debería pasar primero por la aceptación
misma de Roma respecto a las apariciones.
Es
a instancias del canónigo Doctor Francisco de Siles que se hace esta solicitud, firmada y avalada por religiosos y dignatarios,
enviada a Su Santidad Alejandro VII, que respaldan con copias de escrituras auténticas, papeles antiguos, un ejemplar de la
obra de Miguel Sánchez, la historia en latín de la Aparición y el decreto del ilustrísimo Obispo de Puebla de los Angeles
y gobernador del Arzobispado de México, Don Diego Osorio Escobar y Llamas, en el cual asevera la verdad de la aparición y
la constante devoción al Santuario y a la Imagen.
El
Procurador de la Curia Romana, a finales de 1665 solicita más documentación, que se envía en 1666, agregando por fin una carta
del Cabildo Secular, dirigida al Papa, pidiéndole humildemente "se dignara canonizar la aparición por milagrosa".
Lo
único que se obtuvo fue una concesión, asignando el 12 de septiembre -sí, de septiembre- ya por el entonces Papa Clemente
IX, que en 1675 concede nueve indulgencias plenarias para los días de festividad de la Virgen, inclusive el de la aparición
-12 de diciembre- con lo que prácticamente se da el primer paso para su reconocimiento oficial.
Cabe
traer a la memoria que era por esas fechas precisamente que se daban los jaloneos entre fieles creyentes y antiaparicionistas
en plena Nueva España, por lo que es de deducirse que, ante los trámites de los creyentes, hubiese mala información y zancadillas
de parte de sus contrarios en los trámites con Roma que, al final de cuentas, todo lo escucha.
La
peste que diezma a la población de la capital de la Nueva España en 1737, mueve al pueblo a jurar el patronato de Nuestra
Señora de Guadalupe.
-Qué
es eso de jurar el patronato? preguntó Jorgito.
-Es
aceptar a la Virgen de Guadalupe -en este caso- como Patrona de México.
-Gracias...
-Bien...
El Arzobispo declara festivo el 12 de diciembre y, al año siguiente, el 11 de febrero, al no decrecer la epidemia, se acuerda
en el Cabildo el juramento del patronato, llevándose a cabo el 27 de abril la ceremonia del juramento de los diputados eclesiásticos,
declarando a la Virgen de Guadalupe Patrona Principal de la ciudad de México.
Después
del nombramiento, milagrosamente comenzaron a disminuir las muertes por la terrible peste. El Obispo mismo dio a conocer que
la elección de la Guadalupana como patrona había sido motivada por la necesidad de buscar un remedio contra la epidemia, destacando
con esto que la Guadalupana era ya, para ese entonces, un factor de unidad.
En
1746, con la aprobación de todas las provincias del país, en una jura nacional realizada en la Catedral el 4 de diciembre,
seguida de una solemne procesión el 11 y celebrando la festividad del 12, se declara a la Virgen de Guadalupe Patrona Principal
de Todo México.
Poco
antes, Lorenzo Boturini, italiano estudioso de la Virgen, había enviado a mediados de 1738 a la Santa Sede la primera solicitud
para la coronación de la Guadalupana, solicitud que es rechazada pues faltaba la petición oficial de la Ciudad de México.
En 1740, el Arzobispo nombra a Boturini delegado para la investigación de los procesos obligatorios por que debe pasar toda
averiguación milagrosa: antigüedad, concurso popular y multitud de milagros.
Si
bien el primer intento no dio resultado, la nueva petición hecha en 1752, acompañada de un lienzo con la imagen guadalupana,
conmueve a su Santidad Benedicto XIV que, postrado reverentemente, exclama: "Non fecit taliter omni nationi", frase que hoy
observamos a la entrada de la moderna basílica y quiere decir "No ha hecho nada igual con ninguna otra nación".
Dos
años después, Benedicto XIV decreta la aprobación del oficio propio y misa, y la celebración del 12 de diciembre con rito
doble de primera clase con octava, confirmando con autoridad apostólica la elección de la Virgen, bajo el título de Guadalupe,
como Patrona Principal y Protectora de México. En México, la celebración duró nueve días.
No
cabe duda que México nació bajo el amparo protector de la Virgen de Guadalupe. Desde su aparición misma los moradores de la
aún Nueva España se acogieron a su protección, sin necesidad de papeles o trámites terrenales que le dieran validez. Ellos
sabían ya, con firme convicción, que era su patrona y señora. Lo mismo los indígenas que los españoles o los criollos.
Pero
si bien es cierto que en materia espiritual la Guadalupana unificaba a nuestra gente, la ambición, la impunidad y el abuso
humano hacían campear un inmenso descontento entre los habitantes novohispanos, principalmente entre los criollos que, sintiéndose
hijos de la tierra en que vivían y por ende dueños de ésta, estaban dispuestos a enfrentarse a la corona española con el fin
de alcanzar mayores canongías, quizás hasta iguales que las de los españoles.
Contra
lo que afirman los textos escolares en materia de historia, el movimiento de los criollos, encabezado por Hidalgo, Allende,
Aldama, y Doña Josefa Ortíz de Domínguez, no pretendía la independencia de la Nueva España, sino un nuevo orden de dependencia,
con mayores libertades y canongías, pero sin dejar la tutela de la corona.
-Un
momento, exclamó Norma. Cómo es eso de que no pretendían la independencia de México?
-No...
en realidad pedían que se aplicara en México la Constitución de Cádiz, lo que daría a los criollos -y sólo a los criollos-
los mismos derechos que a los españoles.
Eran
los criollos lo que bien pudiera compararse ahora con la clase media. Para su movimiento -que no era armado sino de mera grilla
política- necesitaban actuar con inteligencia y cautela, diplomáticamente pues. Sin embargo, el movimiento estaba a punto
de ser reprimido por las autoridades coloniales, y el grupo -convertido por las circunstancias en insurgente- se vio en la
necesidad de echar mano del pueblo, y levantarse en armas para respaldar una lucha que se inicia intempestivamente, sin planeación,
prácticamente obligada. Los criollos no habían pensado llegar a la lucha armada, estaban seguros de que podrían lograrlo por
medio de la diplomacia y para esto se seguía una corriente con aparentemente buenos resultados en Europa. Para motivar al
pueblo a seguirlos no hablan de mayores libertades como ellos aspiraban pues ese pueblo, indígena en su mayoría, no
tenía derecho a ello y menos en la forma que lo planeaban, por lo que le hablan de libertad total, de independencia, de sacudirse
el yugo de la corona, aunque bien se guardan el plan de no abandonarlo por completo. Sabían que el pueblo también estaba harto
de soportar el sojuzgamiento español que llegaba ya a tres siglos.
Empieza
la lucha y, como factor de unidad, el propio Miguel Hidalgo, cura párroco de la Iglesia de Dolores, Gto., buscando la reacción
inmediata del pueblo mexicano, enarbola un estandarte de la Virgen de Guadalupe, que siguen con docilidad, fervor y entusiasmo.
Así, mientras unos luchan soñando en la independencia, los otros ven cercana la meta de obligar a la corona a reconocer los
derechos que buscan como clase. El clásico chantaje que ahora, en política, tanto se usa por transportistas, vendedores ambulantes
y otros. Yo lanzo al pueblo en lucha por su independencia. Tú me concedes los derechos de igualdad que busco, decimos que
de lo perdido lo que aparezca y en santa paz.
La
Constitución de Cádiz finalmente les daría esa semi-igualdad, pero era demasiado tarde; el fervor patriótico inflamado a lo
largo del territorio nacional buscaba ya ardientemente la independencia. Hidalgo había caído y nuevos líderes, como Morelos,
acaudillaban la lucha que iba realmente en busca de la independencia. Una lucha en la que la Guadalupana participa activamente,
habiendo llegado el caso de que los insurgentes le dieran el grado de Generala y le pusieran cananas y pistola.
-Yaaa...
tanto así? comentó Calixto incrédulo.
-Así
de plano... Muchas son las anécdotas que se vierten en este sentido durante la lucha independentista. Una de las que viene
a mi mente es aquella en que, durante el sitio al Fuerte de San Diego, realizado por el General Morelos el 15 de febrero de
1813 al intentar la toma de Acapulco, en una escaramuza con las tropas del insurgente Avila, los realistas les arrebataron
el estandarte de la Virgen de Guadalupe que portaban, tomándola "prisionera" y llevándola hasta el mismísimo Castillo, en
donde le encerraron en una bartolina con guardia a la puerta.
Los
realistas tomaron tan en serio su papel, pues la Guadalupana era la Generalísima de las tropas insurgentes, que le formaron
Consejo de Guerra en el patio de armas, habiendo levantado un tablado junto a la capilla para realizar el juicio. A la Virgen
de la Soledad, que a su vez era la Generala de los soldados españoles, la llevaron en andas, bajo palio, y en solemne procesión
desde su templo, ubicado en el centro de Acapulco, hasta el fuerte, donde las campanas hecharon a vuelo y los cañones lanzaron
fuertes salvas por el "feliz acontecimiento", a fin de que presenciara el juicio de su "odiada rival", la India del Tepeyac.
El
Gobernador Pedro Antonio Vélez, ataviado de gran gala al igual que el resto de las autoridades políticas, militares y religiosas,
presidió el acto, siendo Presidente del Consejo de Guerra el Capitán Gallástegui.
Llevó
la voz de la acusación, de fiscal pues, el capitán Antonio de Elorriaga, quien lanzó tan terribles cargos que ameritaban la
pena de muerte de la India Morena. Por unanimidad, la sentencia fue: fusilamiento. Los españoles sacaron el estandarte de
la Guadalupana de su calabozo y, a un lado de la capilla, con toda la solemnidad militar del caso, ¡fue fusilada!.
-Qué
bárbaro... deveras está eso en la historia? preguntó nuevamente el exfuncionario.
-Me
extraña que no lo sepas tú, que tanto hablas sobre Acapulco y su historia, espetó acremente Alfonso.
-Llegado
el triunfo de las armas insurgentes, continuó Ricardo, Iturbide, elevado al rango de Emperador, crea la Orden de Guadalupe,
con el objeto de recompensar al ejército y premiar cualquier servicio encomiable a la nación. Al aprobar sus estatutos, la
Junta Suprema Gubernativa y el Congreso declararon que la Orden era en honor de la devoción del Imperio a la Virgen de Guadalupe,
con el objeto exclusivo de premiar el valor y la virtud de los mexicanos.
Cuando
el imperio se derrumba, le sucede la república. La influencia de la Virgen de Guadalupe era ya tal para el siglo XIX que incluso
el Primer Presidente del México independiente, y uno de los más aguerridos luchadores insurgentes, Don Guadalupe Victoria,
llega al mandato con un nombre adoptado en honor de la Guadalupana, toda vez que su verdadero nombre era Manuel Felix Fernández.
-Otra
que no me sabía, señaló Fidel.
-Nacido
en Tamazula, Durango, Don Manuel Felix decide cambiarse el nombre al alcanzar el triunfo los insurgentes y, por ende, la independencia
de la corona española. Adopta el nombre de Guadalupe en honor de la Virgen Morena, y como apellido Victoria, simbolizando
así la victoria sobre las armas realistas. El Victoria, como apellido, aún se conserva por sus descendientes como Felipe Victoria
Zepeda, uno de los mejores escritores que en materia de literatura político-policiaca se han dado en las últimas décadas,
ahora vecino de Acapulco, y estimado amigo mío de hace muchos años.
-Oye...
en serio Felipe es descendiente de Don Guadalupe Victoria...? preguntó curioso Gustavo, que le conocía bien.
-Así
lo ha declarado él mismo, e incluso lo ha dejado asentado en algunos de sus exitosos libros. Pero sigamos... En 1853 el dictador
Antonio López de Santa Ana restaura la Orden de Guadalupe con festividades semejantes a las del imperio de Iturbide.
Son
los tiempos en que luchan hermanos contra hermanos, liberales contra conservadores, éstos que amaban el boato de la realeza
aún anidada en sus mentes, aquellos que pugnaban por una definición de patria y república.
Con
el establecimiento de la monarquía importada de Francia, el emperador Maximiliano continúa con la Orden de Guadalupe, pero
modificando sus estatutos a conveniencia de su mandato.
Dos
décadas después, el General Porfirio Díaz encaminaba a la patria por la senda de la prosperidad, apoyado por un pueblo que
habría más adelante de sufrir su senilidad y tiranía. Es entonces cuando se inician los trámites para lograr la coronación
de la Virgen de Guadalupe como patrona indiscutible de México, lo que se alcanza el 12 de octubre de 1895, por decreto de
León XIII y más tarde, en 1910, como Patrona Principal de toda América Latina por decreto de Su Santidad Pío X.
Desde
entonces, la Virgen de Guadalupe es la reina de México, y del corazón de los mexicanos que encuentran en ella un importante
factor de unidad. La convicción de sus creencias es firme, decidida. Como relato al principio, las imágenes de la Morenita
del Tepeyac se multiplican por miles y su veneración y culto se extiende a cada hogar de la república y de América. Ella es
testigo del esfuerzo y del sufrimiento, la paliadora de la desgracia y el motor del progreso. Llueven sus milagros en respuesta
a las fervientes peticiones de sus seguidores que, año con año, se desbordan por millones en sus templos. No hay mexicano
que no visite la capital, sin que llegue hasta la base misma de su altar en la basílica para agradecer alguna gracia concedida,
incluyéndolo a usted... o no es verdad?.
Si
bien es cierto que la Virgen Non fecit taliter omni nationi "no ha hecho nada igual con ninguna otra nación", también es verdad
que nunca un pueblo le había adorado tanto y tan veneradamente como el mexicano. El fenómeno de unidad es sorprendente.
-Pues,
a decir verdad, dijo Alfonso, mucho de lo que platicas no lo conocía. Sí he visto cómo se desborda el fervor guadalupano,
pero no sabía todo lo que han tenido que pasar para que la misma Virgen alcanzara la “bendición” papal...
-Antes
que nada, debo decirles que no es que la Virgen necesitara una “autorización” del factor humano de la iglesia
como tal. Precisamente, para evitar que cualquier hijo de vecino clame atención diciendo que la virgen... o algún santo...
se le apareció... la iglesia estudia muy profundamente todos y cada uno de este tipo de sucesos, autentificando sólo aquellos
que llega a comprobar fueron verdaderos. Aprovecho para señalar que en un proceso de estos participan decenas de autoridades
eclesiásticas y forman exprofeso dos corrientes, una en favor, la otra en contra. En el mismo tribunal que sigue el proceso
existe un hombre dedicado no precisamente a detractar el propio suceso, pero sí a hacer ver todo aquello que no va con lo
propio. En el argot religioso le llaman “el abogado del diablo”.
-Un
abogado del diablo en plena iglesia...? refutó Calixto como anotándose un triunfo.
-Sí,
pero no como lo quieres ver tú... es un religioso -generalmente de alta investidura- que tiene como función desmenuzar cada
palabra de la información que llega a favor de la causa. Su papel es ver qué podría demostrar que el suceso es falso... o
simplemente que se pretende hacer pasar por auténtico.
Y
es precisamente este proceso el que voy a utilizar para demostrar que no sólo es realidad el milagro Guadalupano, sino por
ende, por necesidad misma de existencia, lo es Juan Diego, su vida, su gracia y su dedicación piadosa.
-Pero
de documentos nada... verdad? insistió Calixto.
-Pues
estás muy equivocado... los hay y totalmente probatorios respecto a su existencia. Pero ya lo veremos más adelante...
-Ahora
soy yo el que protesto porque me vas a dejar picado.... dijo airado Calixto.
-Pues
ni modo, mi querido amigo, no se puede chiflar y comer pinole al mismo tiempo... las cosas tienen que seguir su curso... y
ya podrás despejar todas tus dudas, afirmó Julián.
-Nosotros
queremos decir algo antes de que se vayan todos, indicó Abraham.
-Adelante
jovencito... pero rápido porque mi chocolatito espera... autorizó bromista el sacerdote.
-Silvia
y yo queremos pedirles algo. Padre Narciso... una vez que nazca nuestro bebé... lo podría bautizar?
-Naturalmente...
sería un honor Abraham...
-Y
Usted, Padre Julián... podría ser su padrino?
La
petición tomó desprevenido al pobre sacerdote que contestó asombrado:
-Ah
caray!... cómo voy a ser su padrino?... el niño... o niña, lo que sea que Dios quiera, debe tener padrino y madrina.... una
pareja... yo soy sólo un humilde sacerdote...
-Y
no podría ser la madrina su hermanita Lucía?...
A
Julián se le rasaron los ojos de lágrimas... tenía mucho tiempo que alguien le había hecho una petición similar... lo que
le enterneció profundamente.
-Pero...
-Vamos
viejillo ladino, dijo Ricardo interviniendo, no te hagas del rogar que no serás el primer sacerdote con ahijados... sólo que
los de algunos no son tan ahijados que digamos...
-Metiche!...
que no ves que ya estoy muy viejo y un padrino es aquel que debe hacerse cargo del niño a la falta de los padres? Me voy a
morir antes que ellos y el niño se va a quedar solo...
-Ya
te dije que no pienses en la muerte! que tú nos vas a enterrar a todos...! vamos... acepta que te lo piden de corazón... viejo
mañoso!
-Tú
que opinas Lucía? preguntó el sacerdote a su hermana.
-Que
sea lo que Dios quiera. Yo me sentiría muy honrada con encompadrar con este par de estupendos jóvenes.
-Gracias
Doña Lucía... en verdad gracias... dijo emocionada Silvia.
-Pero
que sea en el pueblo, dijo Julián. Ahí podemos organizar hasta el comelitón... y van todos!
-Sea
pues... compromiso hecho! exclamó contento el escritor.
-Yo
pongo dos borregos, afirmó asombrando a todos Calixto.
-Vaya!
se te reblandeció el codo! exclamó Gustavo.
Ya
a solas, Ricardo preguntó a Julián cuando pensaban partir a la ciudad de México.
-El
viernes si Dios nos da licencia, contestó el cura.
-Pues
te tengo otro encarguito mi querido amigo...
-Y
ahora?
-Mira,
sé que hay un libro que contiene el cuestionario preliminar del juicio para la beatificación de Juan Diego... te voy a dar
el título...
Se
encaminaron al estudio del escritor, en donde sacó de una gaveta un libro en el que anotaba algunos datos importantes.
-Mira,
se llama Los Dos Mundos de un Indio Santo. El autor es José Luis Guerrero Rosado, y es de Ediciones Cimiento. Ante los cuestionamientos
de Calixto me gustaría tenerlo a la mano.
-Lo
buscaré por cielo, mar y tierra... te lo aseguro.
Ese
fin de semana, tras la partida a México de Julián, su hermana Lucía y Gerardo, Narciso anunció su regreso al pueblo.
-Debo
atender a la feligresía. De muy buena gana me quedaría, pero debo regresar. Dejo un fuerte abrazo a todos y les espero para
el bautizo del bebé de Abraham y Silvia.
-Mi
querido Narciso, nos hará falta tu presencia pero entendemos. Saluda a todos por allá y buen viaje, dijo Ricardo al despedirle.
Norma
pudo observar que Ricardo estaba triste, y quiso saber el motivo.
-Aunque
tenía mucho tiempo de no verlos, de pronto siento como si Julián y Narciso me abandonaran, me dejaran solo... vamos, me hace
falta su presencia...
-Tranquilo
viejo... tú sabes que es tan sólo un sentimiento, pues ninguno de ellos te ha abandonado.
-Lo
sé... lo sé... pero es algo que me oprime el pecho.
-Mira...
qué te parece si nos vamos al cine? Hoy pasan una película que tengo muchas ganas de ver...
-Vamos
pues, me sirve de distracción.
Cuando
llegaron a su casa, algunos de los miembros del grupo ya estaban en la puerta.
-Dónde
que más valgan? exclamó bromista Alfonso.
-Perdón,
fuimos al cine y se nos hizo un poco tarde... pero ya estamos aquí. Pasen por favor... pasen.
Estaban
entrando cuando llegó Carlos cargado de bolsas. Tras de él, arreándolo juguetona, Sonia.
-Y
ahora? Qué tanto traes en esas bolsas? preguntó el escritor.
-Botanitas
jefe... y unas botellitas de sidra para brindar por la llegada del próximo bebé.
-Pretextos
quiere el demonio, sentenció su padre.
-No,
en serio, quiero que brindemos por la llegada del bebé y por habernos vuelto a reunir, contestó el muchacho abriendo la primera
botella de sidra.
-Sea
pues, sólo que faltarán nuestros amigos...
-Pues
ni modo... ya tendremos que brindar de nuevo cuando regresen... dijo festivo Carlos.
Calixto
entró segundos antes de que la puerta se cerrara. Saludó a todos y preguntó el motivo del brindis. Cuando le dijeron, sacó
del portafolio un libro de nombres para el bebé.
-Anda!
dijo Gustavo. No te conocía esas debilidades humanas gordo...
El
exfuncionario se sonrojó notoriamente, pero no dijo nada; le entregó el libro a Silvia y tomó asiento.
-No
sé si estarán de acuerdo en que retrasemos la plática un par de días, este fin de semana únicamente, para dar tiempo a que
regresen nuestros amigos, comentó Ricardo.
Por
qué? reclamó inmediatamente Jorge. Yo creo que ellos saben más que nosotros al respecto, y pienso que no se molestarán si
continuamos...
-Sí,
sí, dijeron las chicas respaldando el reclamo.
-Bueno,
pues ante la mayoría... continuemos.
-Ahora
sí ya vamos a hablar de quién demonios es Juan Diego? preguntó Carlos.
-Sí...
empecemos con Juan Diego, pidió Rafael con un dejo de curiosidad.
-Está
bien, concedió Ricardo. Por principio de cuentas, debemos recordar que Juan Diego se llamaba originalmente Cuauhtlatoactzin,
palabra nahuatl que quiere decir “voz de águila, o águila que habla”, y nombre con el que, apocopado a Cuauhtlatoac,
le citaremos en esta primera parte del relato.
Cuauhtlatoac,
conforme a las notas del sacerdote jesuita Xavier Escalada, fue el menor de cinco hijos de la pareja formada por Quilastli,
su madre, y Teocotl, su padre, dedicados a la alfarería. Nació en Santa María Tlayacac, Cuauhtitlán, en 1474, el mismo año
en que el reino de Tlatelolco cayó ante el embate azteca.
Sus
hermanos mayores fueron Mixcoatl, Huemac y Ayotl, que tenían dieciséis, catorce y doce años respectivamente al nacer él; les
seguía Tlalquetzal, una mujercita de apenas tres años, pero que adoró a su hermano desde el momento mismo de su nacimiento.
El
padre, Teocotl, que quiere decir “pino erguido”, era un hombre de pocas palabras pero firme en sus convicciones
y rectitud. Era considerado como uno de los jefes de mayor sabiduría en Cuauhtitlán. La madre, Quilastli, que quiere decir
“rica en alimento”, era una mujer fuerte y encerraba un corazón fértil en amores, como el torrente de la montaña,
y resistente al dolor con la fuerza que da la bondad.
Todos
los hijos tenían una viveza mental poco común; eran como su padre, observadores, profundos, cuidadosos en cuanto hacían, y
con una innata y vigorosa vocación de servicio a los demás, lo que dicho sea de paso era la característica principal de nuestro
pueblo. Con el tiempo, el carácter de cada uno se fue definiendo, junto con su destino.
Mixcoatl,
el mayor, era intuitivo, observador y sumamente agudo para conversar; sus rápidas respuestas y ocurrencias inesperadas mantenían
divertidos a todos. Entretenía a grupos de niños con sus fantasías, por horas enteras, sin cansarlos. Sin ser inclinado a
la guerra, destacaba como un futuro tlacatl, o atleta, de corazón noble y generoso, acogedor, compasivo y capaz de grandes
esfuerzos por defender al que injustamente era atacado, por lo que muchas veces acudieron a él los débiles, por los que arriesgaba
hasta la vida ante algún guerrero prepotente que se atrevía a oprimir a otros.
A
Cuauhtlatoac le gustaba la compañía de su hermano Mixcoatl, de quien admiraba su nobleza, y con él recorría los campos aledaños
a su vivienda. De ahí que los demás niños le respetaran, pues sabían que de no hacerlo se las verían con el hermano mayor.
Huemac,
el “de grandes manos”, era hábil para la guerra, aunque su espíritu era de paz. Era un auténtico “tamime”
chichimeca -tirador de arcos y flechas- de extraordinaria puntería que abatía al primer flechazo a su presa. Era, sin embargo,
descuidado en su forma de vestir, lo que hacía a veces con trapos rotos, pero tenía un amplio conocimiento de las hierbas
medicinales, que cortaba del campo para vender de acuerdo a la enfermedad de los pacientes que acudían a él, conocimiento
que compartió con Cuauhtlatoactzin.
Poco
a poco, Huemac se fue identificando con los grupos nahuachichimecas -denominados
así porque hablaban algo de la lengua de los nahuas- que vivían en poblados organizados, de costumbres ordenadas y muy aptos
para la guerra. Huemac urdía en su cabeza grandes planes bélicos que lo harían famoso y señor de muchas gentes. Sin embargo,
en la segunda batalla seria en que tomó parte, fue abandonado por sus compañeros y acribillado por los tlahuicas, muriendo
a los veintitrés años. Su cuerpo fue pasto de aves y fieras.
Ayotl
-galápago-, el tercero, era un ser de delicados sentimientos, fácil para el llanto, lo que no agradaba a sus hermanos mayores
que le asustaban en cuanto veían las lágrimas asomar a sus ojos, tristes y bonachones. Poseía grandes dotes para la música,
una voz clara y moldeable en los tonos altos y bajos, y capaz de componer cualquier inspirada melodía, que luego cantaba en
las fiestas de los pueblos cercanos.
Los
señores y caciques estaban siempre a la búsqueda de artistas para alegrar sus palacios y las fiestas que en ellos daban, así
es que Ayotl, considerado ya para entonces entre los mejores compositores, fue contratado por Nezahualpilli, el Rey de Texcoco,
incorporándolo a su corte, donde Ayotl llegó a ser el Señor de los Cantares.
Al
despedirse de Cuauhtlatoac, este le rogaba por que se quedara, diciéndole que él era pequeño como la hierba del camino que
todos pisaban, a fin de conmoverlo, pero Ayotl le auguró: No pequeño Cuauhtlatoactzin, tú serás el más famoso de todos
nosotros, y un día se hablará de ti donde quiera que haya dos o más conversando.
Tlalquetzal
-hierba aromática-, la hermana y única mujer, era heredera de la ternura de su madre. Ella quedaba al cuidado de Cuauhtlatoactzin
cuando su madre Quilastli iba al mercado de Tepozotlan para vender las artesanías que fabricaba la familia. Ejercía el oficio
de segunda madre con gusto, recordando que, al nacer su hermano, ella lo había reclamado a Quilastli diciendo que ya era grande
y podía hacerse cargo de él como su hijo. Ilusiones de niña que se convirtieron, en parte, en realidad como mujer.
Años
más tarde se enteraría, al igual que sus hermanos, que Quilastli, su madre, había parido a una niña mayor a todos ellos, que
había tenido que entregar a petición de su suegro -conforme a las costumbres chichimecas- a un hermano de su esposo que estaba
casado con una mujer estéril. Tras conocerla y empezar a convivir con ella, Tlalquetzal sintió quebrantados los quereres y
la unidad con su familia, sobre todo con su madre Quilastli; una madrugada, huyó de su casa y se encaminó al Tepeyacac para
entregarse al sacerdote y ser sacrificada a la Tonantzin. Cinco días después, en el momento mismo del sacrificio, su madre
Quilastli también moría en su casa.
-Sopas!
exclamó Carlos. Entonces a Juan Diego le deben haber quedado muy malos recuerdos del Tepeyacac, o Tepeyac, como lo conocemos
ahora.
-No
precisamente del Tepeyacac; Juan Diego ya de por sí rechazaba toda manifestación de violencia, desde las guerras mismas -que
le arrebataran a su joven hermano- hasta los sacrificios que, por cierto, también repudiaba su padre Teocotl.
-Oye,
exclamó Calixto, entonces esto confirma que efectivamente se hacían sacrificios humanos, algo que tú siempre niegas.
-No...
un momento... no niego que se hiciesen sacrificios humanos, en todos los pueblos del mundo existieron, principalmente por
razones religiosas, pero en mesoamérica no era una generalidad como quieren hacerlo ver algunos historiadores, empezando por
Bernal Díaz del Castillo.
-Bueno,
bueno... exclamó Adriana, aquí no venimos a ver si es verdad o no que se hacían sacrificios humanos en el mundo mesoamericano,
sino a hablar de Juan Diego.... y usted, Don Calixto, ya le para a sus habladurías porque a todo le encuentra contra...
Los
presentes se quedaron pasmados. Escuchar hablar en forma tan seria y cortante a una niña que apenas rayaba la adolescencia,
no era común.
Calixto,
por su parte, se sumió en su asiento y sólo musitó:
-Perdón...
-Adrianita,
intervino Ricardo, tienes razón en parte, pero debes recordar que aquí respetamos una absoluta y total libertad de expresión.
No importa si en esa libertad se expresen conceptos contrarios a los nuestros, o incluso se desbarre, porque en esa discusión
está la búsqueda y surgimiento de la verdad.
-Pues
sí Jefe, dijo Carlos a manera de defensa de Adriana, pero también debes reconocer que Don Calixto se manda... no tiene congruencia
en sus reclamos, los hace por hacerlos o llevar la contra, como dice ella.
-Aún
así, es nuestra obligación no sólo soportarle, sino permitirle hacerlo. Así es la libertad.
-Bueno...
ya está bien de discusión, señaló Norma con cierta energía, todos conocemos las reglas y debemos respetarlas. Dejemos las
cosas como están por ahora y, para limar asperezas, sentencio a Don Calixto a comprar dos docenas de tamales rojos, mientras
yo pongo la mesa.
Todos
corearon el castigo con una bulla y se levantaron de sus asientos encaminándose al comedor.
-Acepto
la sentencia, dijo sonriente Calixto, pero necesito quien me ayude.
-Vamos
gordito, dijo Carlos de inmediato, te acompañaremos Fidel y yo....
El
domingo, Ricardo recibió una llamada de Julián muy temprano.
-Mi
estimado amigo, ya tengo el libro de Los dos mundos, sólo que te hablo porque es el puro interrogatorio preliminar para la
beatificación de Juan Diego. No contiene el juicio completo...
-No
importa... y no hay alguno que tenga la información?
-No
sé, pero estoy investigando.
-Cómo
les ha ido?
-Bien,
bastante bien... posiblemente nos regresemos mañana temprano. Pero tu hermana Lucy nos invitó a comer... ya veremos. Te aviso.
-Está
bien mi querido Julián, no hay prisa. Disfruten su estancia.
Esa
noche, el mundo se estremecía ante la noticia de uno de los desastres más grandes grabados en la historia. Un tsunami, o maremoto,
causado por un terremoto de 9 grados, arrasó las costas de diez países dejando un saldo de más de 160 mil muertos. Sry Lanka,
India, Indonesia, las Islas Malvidas, y los circunvecinos, fueron los estados más afectados.
En
México, muchos paisanos recordaron con cierto terror el ‘85.
Obviamente,
la reunión de la tarde siguiente se centró sobre el suceso y los comentarios inherentes.
-Pero
que barbaridad! exclamó Norma al recordar la noticia. Si parecía que el mar estaba desbocado!
-Oye
Jefe, pero en la televisión yo no vi las grandes olas... esas olas gigantescas de las que hablan...
-Bueno,
primero que nada debemos entender lo que es el tamaño y lo que es la fuerza. En verdad, hablar de una ola de diez o veinte
metros de alto no es nada comparado con las olas que hemos visto en las películas de ficción. Quizá por eso se nos hacen pequeñas.
Pero una ola de veinte metros de alto equivale a la altura de un edificio de siete pisos! Por ejemplo, la primera ola difundida
por la televisión, que entraba aparentemente casi sin fuerza y apenas tapaba el edificio de un hotel, si lo notan bien, era
pequeña... apenas tendría unos ocho o diez metros de alto pues el hotel es de tres pisos.
Pero
más que la altura, lo que debemos considerar es la fuerza. Conforme a los datos proporcionados, las olas que brotaron del
epicentro del terremoto, salieron despedidas a una velocidad de 800 kilómetros por hora cuando menos. De ahí que hayan recorrido
tanto espacio en unas cuantas horas y llegaran tan lejos del epicentro mismo. Toneladas y toneladas de agua impulsadas a esa
velocidad.
Ahora
bien, si nunca te ha revolcado una ola, déjame decirte que, cuando caminas a orilla del mar, la pura resaca que alcanza a
penas a cubrirte un tobillo, es capaz de tirarte. Imagínate ahora lo que sucedió. Hay unas imágenes que muestran a un grupo
de turistas y empleados de otro hotel, que observan curiosos cómo el agua va llegando. No es una alta ola... no, es una ola
común y corriente, pero con una fuerza inusitada. Por eso mismo, cuando se dan cuenta de la facilidad con que arrastra muebles
y vehículos, es cuando huyen despavoridos... sin alcanzar a salvarse muchos de ellos.
-Yo
creo que es una de las tragedias más grandes de la historia en esa materia, comentó Rafael.
-Es
posible, remarcó Ricardo. Yo, al menos, no recuerdo otra igual que haya dejado tanta desgracia, destrucción y muerte.
-Oiga
suegro, dijo tímidamente Sonia, Usted ha hablado sobre el apocalipsis y el fin del mundo... hay alguna relación que pudiese
hacer pensar en ello?
-Yaaa...
no te aloques... reclamó Carlos de inmediato.
-No
tiene nada de locura, señaló Calixto. Precisamente ayer, en CNN pasaron una nota de que hubo otro terremoto y que algunas
gentes de esa zona estaban seguros de que era el fin del mundo. Incluso hubo dos
o tres a quienes les dio un infarto...
-Bueno,
en realidad cualquiera puede pensar eso en un momento álgido como ese. Sin embargo, y reconociendo que la pregunta de Sonia
es muy válida, es difícil contestarla. Creo que nadie podría afirmar ni una cosa ni otra; es decir, creo que nadie puede saber
si es... o no... el fin del mundo. Sólo Dios!
Con
todo, presenciar un suceso como este, debe movernos a dos cosas fundamentales: ver de qué manera podemos ayudar y... reconciliarnos
con nosotros mismos y con los demás.
Debemos
agradecer a Dios el que no hayamos estado en ese lugar. De vivir en una zona a la que no afectó el fenómeno natural. De su
bondad por tenernos con bien. Y al mismo tiempo rogar por las almas de todos aquellos que sí encontraron la muerte.
-Pues
que Dios se apiade de ellos, comentó Norma.
Estaban
en esas cuando tocaron a la puerta. Eran Lucía y Julián que regresaban de México.
-Hola....
bienvenidos....
-Se
enteraron? preguntó alarmado Julián.
-Sí,
precisamente esos eran los comentarios que se cruzaban ahorita.
-Dios
los perdone!
-Y
a ustedes? Cómo les fue?
-Bien,
bendito sea Dios. Creo que fue una visita afortunada. Gerardo estaba feliz. Se tuvo que ir directamente al seminario.
-Pues
que bueno, señaló Norma abrazando a Lucía. Un cafecito?
-Esa
pregunta ni se pregunta! contestó el sacerdote.
El
tema de la tertulia cambió radicalmente, y la sobremesa fue en torno al viaje de Julián y su hermana a la Villa de Guadalupe.
-Fíjate
que pude platicar con un clérigo que vive en el pueblo de Cuauhtitlán y conoce los lugares en que vivió y anduvo Juan Diego.
-Y
fuiste a visitarlos?
-No,
ya no nos daba tiempo, pero dejó abierta la invitación para hacer un recorrido por toda la zona. Así es que el día que quieran,
nos ponemos de acuerdo y vamos todos.
-Pues
sería fabuloso, no creen?
-Sí!
corearon todos.
-Pues
a prepararse para hacer el viajecito. Que les parece si lo programamos para la próxima semana?
El
entusiasmo de todos fue grande. El saber que podrían conocer los lugares que pisara el ahora santo les emocionaba.
-Es
algo parecido a recorrer la Tierra Santa, dijo Sonia, guardadas las proporciones, claro.
-Así
es, además... no hay nada como conocer la historia en el lugar mismo de los hechos.
-Oye
viejito, pero le das siempre la vuelta y dejas las cosas a medias. Por qué no le sigues mientras con la historia de Juan Diego?
-Sea
pues. La historia de Juan Diego está obviamente ligada a la historia del encuentro de los dos mundos que conforman la nueva
América. Nace durante el reinado de Moctezuma Ilhuicamina, o Moctezuma I, y su juventud transcurre bajo el reinado de Tizoc,
el más efímero de los Tlatoanis de Tenochtitlán que apenas cubre 4 años de mandato.
La
familia de Cuauhtlatoac no fue rica, pero tampoco pobre. Dedicados a la alfarería, vivían holgadamente con la elaboración
y venta de vasijas y piezas de barro cocido en el horno familiar. Eran de clase media pues, pero algunos autores se empeñan
en irse a los contrastes. Hay quien asegura que era de noble cuna, pariente de Nuetzahualpilli, lo mismo que quien dice que
era un pobre macehual.
Una
cosa sí es segura, que Juan Diego vivió entre dos reinos, el azteca y el tlaltelolca, guerreros y sabios, amos y vasallos
respectivamente, repudiando el salvajismo con que se conducían los primeros.
La
casa familiar estaba ubicada, como ya dijimos, en Tlayacac, barrio perteneciente a Cuauhtitlán, y contaba con las comodidades
normales de la época. Su distribución nos refleja que, efectivamente, pertenecían a la clase media, pues contaban con una
cocina, el tecuilli o fogón, un horno para cocer la cerámica, un temazcal -baño de vapor azteca-, varias habitaciones para
dormir, dos piletas de agua, un huerto de verduras, despensa y bodega. Los materiales descritos eran sólidos y resistentes,
muy propios de la región: adobes de tepetate amarillo con paja verde, preparados con revoltura de lodo y cal. Se dice que
ya para entonces las viviendas eran aplanadas en sus muros con un estilo de calicanto, pero incluían piedras de colores vivos,
algunas incluso labradas.
Esta
casa es la que muy probablemente sigue parte en pie y a la que se refiere el sacerdote que señala Julián, pues existen incluso
-insertos en el libro de Escalada- planos de la misma.
Otra
de las cosas a las que Cuauhtlatoac, o Juan Diego, se enfrenta es a una mezcla de costumbres que ya de por sí era enredada.
Primero que nada, el dominio azteca que imponía sus reglas y normas; pero también el comercio, cuyo centro principal era precisamente
Tlatelolco, en donde se realizaba el tianguis más grande de la región y sólo comparable con el de Tepeaca al sureste, conjuntaba
a comerciantes de todas las regiones de mesoamérica y con ello infinidad de costumbres que, si bien no venían a imponerse,
si se colaban lentamente en la vida cotidiana de unos y otros.
No
se diga entonces el caos en costumbres que se desata a la llegada de los españoles. Pero ya veremos eso en su momento.
La
agudeza mental del joven Cuauhtlatoac le permitió aprender de sus hermanos diversas habilidades, pero principalmente de Huemac
y Ayotl; del primero, el reconocimiento y uso de las hierbas, tanto con fines medicinales como industriales, pues de ellas
salían los más hermosos tintes; del segundo, la mágica sensibilidad para mezclar esos tintes y convertirlos en millones de
tonos coloridos con que daba vida a sus diseños cerámicos que, con el tiempo, adquirieran y dieran fama a su fabricante.
Habiendo
prometido Teocotl a sus dos hijos mayores al Calmecac, dejando debilitada la mano de obra en la empresa familiar, quiso Cuauhtlatoac
que sus padres le iniciaran en el trabajo de la alfarería, industria que venía de tantas generaciones atrás que ni siquiera
recordaban cuando se había iniciado.
Su
casa estaba integrada a los hornos en que cocían el barro hábilmente trabajado por Teocotl, y hermosamente pintados con artísticos
dibujos brotados de la imaginación de Quilastli.
Ellos,
aceptaron con cierto temor debido a la corta edad del pequeño -aproximadamente los once o doce años- creyendo difícil que
Cuauhtlatoac pudiese realizar trabajos de altura y calidad. sin embargo, lo sorpresa fue mayúscula cuando descubrieron una
desconocida habilidad en el pequeño joven para hallar nuevos diseños, distintos, agradables, realizados con una imaginación
increíble.
Bien
pronto suplió la ausencia de sus hermanos y utilizó con gracia y sabiduría aquello aprendido de ellos. Con la tinta conocida
como tlilliocotl, espesa y firme, daba a las vasijas mayor brillo y tonalidades más intensas; le gustaba el color intenso
de la nocheztli, la sangre de las tunas, llamada así porque entre las tunas nacen y viven las cochinillas o tlapanextli,
de sangre muy colorada y de donde se extrae -hasta la fecha- la finísima grana que de Tenochtitlan se extendió a todo el mundo,
gracias a que los comerciantes de Tlatelolco lograron solidificarla hasta lograr unos panes que tuvieron incesante demanda
porque, diluidos en agua hirviente, se volvían otra vez tinta de primera calidad.
Huemac
había perfeccionado el uso de tintas conocidas, mejorando la fuerza de los colores y facilitando su uso -principalmente por
los Tlacuilos o maestros que contaban la historia dibujando los sucesos- y Cuauhtlatoac no perdió detalle. Escalada señala
que, incluso, a él se debe la técnica para vidriar el barro, es decir tapar el poro y embellecer con un acabado brillante.
Así,
el negocio familiar que se viera amenazado ante la falta de los hermanos mayores, no sólo no decayó sino que encontró nuevos
caminos de éxito que se reflejaron en el tianguis al que asistían octubre a octubre, y tema del que hablaremos mañana.
-Otra
vez....! Dejas picado jefe!
No
bien habían terminado el desayuno, cuando ya Julián y Lucía repartían algunos presentes que habían comprado en México para
sus amigos.
-Este
Diccionario Guadalupano es para ti, dijo alegre el sacerdote al escritor. Espero que te sirva de mucho amigo mío.
-Gracias
Julián, bien sabes que un libro es un tesoro, cuantimás si este tiene un contenido tan rico como tu obsequio, contestó Ricardo
con sinceridad.
-Normita,
tú perdonarás, dijo tímida Lucía, pero te traje este humilde rosario de pétalos de rosa.
-Y
porqué pides perdón amiga, si por humilde que sea el regalo demuestra que me tuviste presente.
Rafael
admiraba la amistad que había surgido entre ellos. Era sincera, espontánea, de entrega total.
-Bueno,
pues para celebrar tu regreso sin apurar a las señoras, que tal si nos vamos al café? invitó Ricardo.
-Vamos,
contestó jocoso el cura, pero más tarde los dejo porque tengo que reportarme al Señor Arzobispo.
Abraham
y Silvia fueron los que ahora llegaron cargados de bolsas a la reunión.
-Y
ahora? Parece que se trajeron todo el mercado... dijo Jazmín.
-Es
que quisimos comprar algunas cositas para la recámara del bebé, pero la verdad es que está el centro hecho un tianguis...
contestó Silvia.
-Y
por qué un tianguis? reclamó Ricardo.
-Pues
por el relajo, la desorganización y el montón de gente... acertó a decir un poco sorprendida ante el reclamo del escritor.
-Ahhh...
entonces no es un tianguis... porque debe ustedes saber que los tianguis en mesoamérica estaban más que bien organizados.
-Cuenta,
cuenta... urgió Carlos.
-El
que cuenta es Fray Bernardino de Sahagún en su Historia General de las Cosas de Nueva España, y que nos dice que el Señor,
el Rey pues, cuidaba del tianguis, y todas las cosas que en él se vendían, por amor de la gente popular y de toda la gente
forastera que ahí venía, para que nadie les hiciese fraude o sinrazón. Por esta razón ponían por orden todas las cosas que
se vendían, cada cosa en su lugar, y elegían por esta causa oficiales que se llamaban tanguispan o tlayacaque,
los cuales tenían a su cargo el propio tianguis y todas las cosas que se comerciaban.
Cada
género, o grupo de comercio o mantenimiento o servicio, tenía su propio tlayacaque para poner los precios a las cosas que
se vendían y no hubiesen trampas o discusiones entre compradores y vendedores. Su palabra era ley, y una decisión suya no
era apelable.
En
una parte del tianguis estaban los que vendían oro, plata, piedras preciosas y plumas ricas de todo género, porque debemos
recordar que la belleza de las plumas era tan apreciada, que llegaban a tener el mismo o mayor valor que el oro o las gemas.
A un lado y siempre cerca, los productos que con estos materiales se fabricaban y que por lo general eran divisas, rodelas y armas de guerra.
En
otra zona se ubicaban a los que vendían cacao y especies aromáticas como la vainilla o veincastli, la tlilxochitl
y el mecaxochitl.
Más
allá, los que vendían mantas grandes, blancas o labradas, y maxtles u ornamentos varoniles también blancos o labrados.
Ahí mismo se vendían las vestiduras mujeriles labradas y por labrar, medianas y ricas, y las mantas comunes que llamaban quachtliayatl.
En
otra parte estaban por su orden los que vendían las cosas de comer, como son maíz blanco y maíz azul u obscuro o negro, colorado
y amarillo, y frijoles amarillos, blancos, negros, colorados o jaspeados, y unos frijoles negros, grandes como habas -ayocotes-
y semillas de bledos pardos o cenicientos y colorados, amarillos y chía blanca y negra.
En
ese mismo lugar se ordenaban los que vendían sal, gallinas, gallos, codornices, conejos, liebres y carne de venado; aves de
diversas maneras, como son ánades y lablancos y otras aves del agua; también los que vendían miel de maguey y de abejas; de
este orden eran los que vendían chile de diversas maneras, los mismos vendían tomates que llamaban miltomatl -el verde
o tomate- y chiltomatl -el rojo o jitomate que conocemos ahora-.
En
otra parte se ordenaban a los que vendían fruta como cerezas, aguacates, ciruelas silvestres, vayadas, batatas y batatas de
raíces que se llaman cuahcamotli -o camote, como le conocemos ahora- zapotes de diversos tipos y muchas otras frutas.
Con ellos, se ordenaban los que vendían turrones de chian, castañas de raíces de yerba, raíces, como regaliz, erizos, que
es una fruta que se come, y -observen bien- pepitas grandes y pequeñas de calabaza!
-A
ver... a ver.... jefe... quieres decir que desde entonces ya se comían las famosas pepitas?
-Así
es...
-Y
así, saladas y asadas...?
-Así
mero... es más, algunos autores aseguran que era un lujo y moda comer pepitas mientras se deambulaba por el tianguis en busca
de la compra.
-Pues
vaya que sigues descubriendo el mundo para nosotros, dijo sentencioso Gustavo.
-Y
a propósito, dejando a un lado el resto de la descripción de Sahagún sobre las cosas que se vendían en el tianguis -obviamente
en su caso el de Tlatelolco- quisiera remitirme al final de ese capítulo de su obra en donde comenta que los que tenían
a su cargo las cosas del tianguis, si no hacían fielmente sus oficios, privábanlos de ellos y desterrábanlos de los pueblos;
y los que vendían algunas cosas hurtadas -ojo, amigos, ojo- como mantas ricas o piedras preciosas, cuando se sospechaba
que aquello era hurtado, si no daba la persona que se lo había vendido, prendíanle y sentenciábanle a muerte por jueces y
señores, y con esto se ponía temor a la gente para que nadie osase comprar cosa hurtada.
-Sentenciados
a muerte? dijo escandalizado Calixto.
-Así
es señor... y los niveles de robos era prácticamente nulos en los tianguis mesoamericanos.
-Eso
no puede ser... por favor...!
-Pues
era! Y quiero decirte que no sólo era ese modelo el que se seguía contra los infractores, había muchos otros de los que hablaremos
en otra ocasión, pero sí te reafirmo que se cumplía.
Incluso,
los tlayacaques era muy jóvenes, lo suficientemente grandes para entender su responsabilidad, pero lo suficientemente jóvenes
para no estar pervertidos o corrompidos, y una mirada de ellos era una orden que debía acatarse enseguida. No había discusión
ante una indicación suya. Pero, si acaso la disputa continuara entre cliente y comerciante, para eso estaban los jueces y
señores.
-Ojalá
y ahora se hiciera lo mismo, dijo Rafael.
-No,
todo eso violaba los derechos humanos... expresó molesto Calixto.
-Que
derechos humanos ni que derechos humanos, dijo casi gritando Rafael. Derechos humanos de quién? Los que siempre reclaman sus
derechos humanos son los delincuentes... y los derechos de las víctimas? No Calixto, eso de los derechos humanos fue
un invento de tu degradado sistema político que busca la forma de fregar a quien no comulga con él...
-Oye....!
Los derechos humanos son de todos!
-Mentira,
dijo Carlos apoyando a Rafael, no he visto a una sola víctima a la que se le defiendan sus derechos. Dejan libre al maldito
violador porque fue golpeado por la muchacha... pobrecito! pero a la muchacha ni quien la defienda del abuso sufrido! En el
60 por ciento de los casos criminales en México, al menos, el acusador pasa a ser acusado; la víctima a victimario y el maldito
delincuente siempre queda limpio...
-Quieren
decir que no existe un estado de derecho?
-Francamente....no!
en México la justicia es de quien la paga... o la pega!
-Bueno,
bueno, pero aquí no venimos a discutir sobre la justicia ni sobre los derechos humanos, así es que mejor le cortamos y seguimos
con Juan Diego, dijo Ricardo cortando por lo sano.
-Tienes
razón, afirmó Calixto encontrando una salida.
-Decía
pues que, a principios de octubre, cuando acababan las lluvias, Teocotl y su familia salían llevando cientos de piezas de
cerámica elaboradas a lo largo del año, con el fin de sumarse a otros grupos de comerciantes que tomaban la ruta del tianguis.
Nadie
se hubiera atrevido a partir sin compañía fuerte y hábil para pelear -dice Escalada- pues los pueblos que rodeaban a Tenochtitlan
los atacaban y despojaban de sus valiosas mercancías.
El
camino hacia el tianguis se hacía como si fuese un ejército en campaña; las armas listas y el ojo avisor eran la consigna
eterna.
Ya
en el tianguis, comerciaban ventajosamente con caracoles dorados, veneras amarillas, conchas de tortuga, cuero de tigre blanco
y negro, plumas ricas -que el señor de Tenochtitlan apreciaba en grado sumo para él y para sus capitanes- telas labradas,
joyas de oro y mil mercaderías más que les servían para el trueque a lo largo del año.
La
alfarería de Teocotl y su familia era muy apreciada, sobre todo después de que Cuauhtlatoac le diera ese brillo tan especial.
Es indudable que alguna que otra vez deben haberse atrevido a llegar hasta el tianguis más grande de mesoamérica: Tepeaca.
Si
en estos viajes cuando niño Cuauhtlatoac no acompañaba a su padre y sus hermanos, ya mayor y a la falta de estos, se convierte
en fiel compañero de Teocotl, mostrando una faceta más en su personalidad: una facilidad asombrosa para el trato comercial
que pronto le trae el respeto de comerciantes, compradores y tlayacaques.
-No
exageras un poco en las bondades de Juan Diego? cuestionó Calixto.
-Bueno,
cuando hablas de alguien que llega a santo es natural que hables de lo bueno que era y lo bueno que hizo, no? Ahora que si
lo que quieres es hablar mal, pues simplemente investiga lo malo que hizo, los errores que cometió, o los deslices que tuvo.
Porque sus detractores, hasta ahora, lo único que han hecho es negar su existencia... y creo que es un argumento a más de pobre, patético, digno de su ignorancia.
-Oye!
Desde hace un rato me siento agredido y no veo por qué? Yo no he dicho nada en contra de Juan Diego...
-Ni
yo en contra tuya... contestó suspicaz Ricardo.
-Que
de verdad soy tan contreras?
De
buena gana todos soltaron la carcajada, dejando aún más sorprendido al exfuncionario.
-Mira
mi querido Calixto. Cuando alguien quiere rebatir un punto, debe conocer más sobre este que su oponente. Algo así como les
digo a aquellos poetas que dicen defender el verso libre: para hacer verso libre se necesita, primero, saber y conocer la
estructura poética, para poder cambiarle o modificarle; si no saben o conocen de estructura poética, son ignorantes de la
poesía y reflejan que, en realidad, defienden el verso libre porque ni siquiera saben rimar y, por ende, mucho menos encontrar
el ritmo y la métrica en el verso.
Me
extraña que tú, teniendo la calidad que tienes por ser el dirigente de esa agrupación cuasi secreta, no tengas argumentos
válidos para rebatir un punto, sea el de Juan Diego o cualquier otro. Me da la impresión de que sólo has venido a jugar con
nosotros, y perdona que lo diga, pero creo que ya es hora de hacerlo.
-No...
eso sí que no, te lo aseguro... jamás he pensado en jugar con sus creencias o conceptos. Dios me libre de ello.... y enmudeció
al darse cuenta de la forma en que se había expresado.
-Lo
ves! dijo Julián triunfante. Llamaste a Dios como tu testigo, luego crees en Dios. No importa cómo se llame o le llames, pero
es Dios. Y si crees... por qué negarlo? Porqué sentirse menos o degradado si se sabe que eres creyente? No Calixto, no...
si no crees, no crees, y si crees... porqué no aceptarlo?
Nuevamente
salió Norma como mediadora.
-Mientras
lo piensa, ahora les toca a Gustavo y a Alfonso traer los tamales...
-Sale...
Julián
entró al pequeño estudio de Ricardo y le encontró sumido en sus pensamientos. Tan abstraído estaba, que no notó la llegada
del sacerdote.
-Un
centavo por tus pensamientos...
-Qué?!
Ahhh eres tú Julián... perdón, pero me quedé pensando en el problema de un amigo, pero no tiene importancia. Oye... yo quisiera
preguntarte algo.
-Como
siempre, amigo mío, estoy para apoyarte en lo que sea necesario....
-Crees
que realmente valga la pena todo esto que hacemos?
-Ah
caramba! ahora sí me asombras! a qué demonios te refieres?... y perdona por lo de demonios....
-Pues
a esto de difundir la palabra... a veces me siento inútil, no sé si estoy haciendo bien... o si de algo vale, o si le vale
a Dios el que lo haga....
-Tú
esperas un pago por lo que haces?
-Bueno....
en cierta forma. Quizá con paz y tranquilidad... pero ciertamente no las tengo; o a lo mejor con una estabilidad económica...
no de lujos, simplemente que alcance a cubrir lo necesario.... pero tampoco lo tengo.... me hace falta... tengo que luchar
día con día por el pan que llevamos a la mesa...
-Vaya!
Así es que tú esperas que Dios te pague por tus servicios, no?
-Pues...
como te dije... en cierta forma...
-Y
no te parece suficiente pago ya la vida?.... y la existencia de tu familia?... y el amor que recibes de todos ellos.... de
tus hijos.... de tus hermanos.... de tus yernos y nueras... de tu esposa...
No
Ricardo, en verdad te digo que no debes pensar así. Si esperas que Dios te dé algo por lo que haces.... esperarás en vano.
Dios no paga... espera que le paguen! Con agradecimiento, con sencillez, con humildad, con amor... y si tú te comprometiste
a divulgar su palabra, el compromiso es tuyo! El no firmó un contrato contigo, como tus biografiados.
Tú
mismo acabas de relatar no hace mucho la parábola de la anciana que da como limosna todo su capital, ante los poderosos que
lucen pomposos sus dádivas de migaja... por qué ahora piensas así?
-No
lo sé... a veces se me vienen tantas cosas encima....
-Me
extraña en ti, amigo mío; se supone que eres un hombre fuerte, firme, indomable...
-Pero
en realidad soy más débil que una varita en cuanto se refiere a sentimientos propios...
-Mira,
sigue con tus charlas; el vaivén cotidiano te ha de devolver la calma. Deja que los nubarrones pasen... que no te espanten
los truenos; y no te dobles, que le haces falta a mucha gente.... aunque tú no lo creas.
-Gracias
Julián. A veces se me olvida que cuento con la gracia de tu amistad... gracias.
-Compadreeee!!!
Sal para que veas lo que traigo... grito Celerino a través de la puerta de entrada.
-Qué
escándalo traes compadre? dijo Ricardo saliendo del estudio seguido por Rafael y Julián.
-Mira...
te lo traje para que no me vayan a salir conque esta noche me tocan a mí los tacos... me adelanté pues!
En
la banqueta, frente a la entrada de la vivienda de Ricardo, estaba instalado un puesto de tacos al pastor, cuyo propietario
ya engarzaba la carne en el asador.
-Pero...
estás loco compadre?
-Pue’que...
pero, a poco no te gustan los tacos al pastor...? mientras nos cuentas otro buen tramo de la Juandiegonovela, aquí el pichanchas
prepara todo para que le entremos a la taquiza al finalizar...
-Y
usted comadre... no pudo detenerlo?
-Ay
compadre! Ya sabe que cuando la mosca le pica ni quien lo haga cambiar de parecer. Ahora que no es tan mala idea... no es
cierto Normita?
-No...
si bien sabe que nos vino a dar en la mera puntilla... pásenle entonces mientras...
Los
muchachos, al ir llegando comentaban la presencia del taquero y hacían bulla al enterarse de que todos ellos serían los agasajados.
-Bueno,
pues empecemos antes de que el pichanchas nos llame a cenar... dijo Ricardo tomando aire.
La
muerte de su hermano Huemac, el sacrificio de su inolvidable Tlalquetzal, la integración de Ayotl al palacio de Ahuitzol,
caída en desgracia y posterior fuga, así como la partida de Mixcoatl a Chiapas, habían dejado a Cuauhtlatoac sumido en un
mar de confusión a sus catorce años.
Sin
embargo, la familia, integrada por su hasta hacía poco desconocida hermana Uapal, su cuñado Coltzin, su sobrino Icpalli, y
su padre Teocotl le vieron brotar de pronto un día con renovados bríos y, más rápidamente de lo que habían imaginado, le volvió
el antiguo temple y llenó casa y taller de risas, bromas y buen humor.
Imitando
a su pequeño sobrino, Cuauhtlatoac hizo un muñeco de barro vidriado que pronto alcanzó gran venta entre los pobladores de
la comarca, lo que le llevó a fabricar otros similares creando así una nueva línea en la cerámica: los muñecos de barro vidriado.
El
cambio de Cuauhtlatoac se iba consolidando. Le gustaba pasar largo tiempo escuchando las palabras sabias de su padre Teocotl
-como ya dijimos uno de los Jefes y Señores de Cuauhtitlán y versado en la espiritualidad y la religión- que mezclaba su dedicación
al trabajo de alfarero con muy sabrosas pláticas que su hijo disfrutaba a más no poder.
Fueron varios años de fértil sementera, recuerda el padre Xavier Escalada,
con estas charlas enriquecedoras, con las cuales se trasvasaba la innata sapiencia del padre a la inagotable ansia del
hijo por saber todos esos temas trascendentes que consolidan la virtud y la personalidad del hombre sensato.
A
Cuauhtlatoac le convencía plenamente la religiosidad de su padre, que sabía discernir, en todos los acontecimientos calamitosos,
la voluntad de los dioses, señores de la vida, que marcaban camino para los hombres débiles y desorientados.
Se
fue haciendo sumamente seguro de que nada sucedía al acaso, que todo venía regulado por una voluntad superior que suavizaba
las maldades humanas con decisiones conciliadoras.
Cada
día miraba menos a los hombres, y buscaba más a un Dios regente, pendiente de nuestras torpes decisiones, protector y guía.
La
adolescencia de Juan Diego le hizo llegar calmo y seguro a la juventud madura; fue entrando en una apacible monotonía plena
de felicidad que, por desgracia, pronto fue disminuyendo al ir muriendo los seres que adoraba.
Primero
fue su padre Teocotl, que murió como había vivido, en la superior serenidad de su alma profunda y bonancible, más atento a
la vida que le esperaba del otro lado de las cosas que a ésta, tan complicada y abundante en sustos y contradicciones.
Luego
fue Uapal que, previsora, había logrado que al morir su padre viniese a vivir con ellos el hermano de Teocotl: Tezoquitl,
tan sólido y espiritual como el primero.
A
la muerte de Uapal, Coltzin, su esposo, se hizo cargo de la casa y Tezoquitl regresó a su casa en Tulpetlac, en donde poseía
una pequeña fábrica de petates y objetos varios que se preparaban con esa misma fibra. Conforme algunos datos registrados,
Cuauhtlatoac se fue a vivir con su tío a Tulpetlac, lugar que ya le tenía marcado el destino, pues ahí habría de conocer a
la compañera de su vida.
Así
pues, sin entrar en mucho detalle, podemos considerar que la adolescencia y juventud de Cuauhtlatoac transcurrió entre las
obras de arte que en alfarería hacía, la venta de estas, la capacitación espiritual recibida a través de su padre, Teocotl,
y su propia búsqueda.
Su
carácter, forjado con el temple que da la vida misma, se fue volviendo más serio y formal, aunque sin abandonar por completo
esa alegría de vida que tanto disfrutaba y que contagiaba a quienes estaban cerca suyo.
El
respeto, ganado al paso del tiempo, y esa seriedad de trato en su vida social, prohijaron a un joven maduro que atraía a las
damitas en edad casadera, considerándolo buen partido tanto por ellas como por sus familias.
Contra
lo que argumentan sus detractores que, repito, como única razón esgrimen su inexistencia, Cuauhtlatoac era ampliamente conocido
en el valle y la altiplanicie por sus idas y venidas, tanto a Cuauhtitlán, para visitar a su familia, como a Tlatelolco al
tianguis, y zonas aledañas en las que impartía sus buenas artes en materia de hierbas o colores con otras gentes, pues no
hubo quien le recordara envidioso o soberbio. Esos ires y venires llegaron a ganarle el mote de “peregrino”.
Mas,
habiendo amado tanto a su madre Quilastli, a su hermana Tlalquetzal, y tardíamente a su otra hermana Uapal, Cuauhtlatoac resentía
profundamente la falta del mimo o la caricia femenina.
Sentía
y sabía que el recuerdo de cada una era un mundo aparte; cada una de ellas le dio algo diferente; con cada una de ellas vivió
experiencias distintas... pero todas inolvidables.
-Le
hacía falta una vieja pues! dijo festivo Carlos con su desparpajo de siempre.
-Naturalmente...
todos sabemos que Juan Diego fue casado. Además, lo interesante de todo esto no es en sí el que la haya conocido, sino la
forma de vida que llevó con ella...
-Dicen
que no la tocó nunca... es cierto? cuestionó Alfonso.
-Falso,
pero ya lo veremos mañana... porque hasta aquí llega el aroma de los tacos al pastor que preparan allá afuera... señaló de
inmediato Julián.
-Vaya...
me voy a desquitar! exclamó Calixto.
-Pues
no puedes comerte más de diez, panzón! advirtió Celerino.
Gustavo,
Rafael, Doña Elvia y Jorge jalaron unas sillas hacia la parte exterior de la vivienda y fueron ordenando.
Riqui
y Eva trajeron platos de cartón que había en la cocina, mientras Carlos y Sonia abrían varias botellas de Coca-Cola familiar.
-Qué
festejamos ahora? preguntó desorientado Abraham a Silvia.
-Nada
mi amor... simplemente a Don Celerino se le antojó traerse este puesto de tacos... para gusto de todos.
-Vaya,
pues alguien podrá calificarlo de prepotente... pero... a mí me da dos órdenes con todo, por favor! pidió riendo con cara
de inocente hacia donde estaba el diputado sentado.
-Uh
uh... dijo pujando Julián codeando a Ricardo que levantó la vista hacia donde el sacerdote le señalaba. Edmundo Barranechea,
el arzobispo, se bajaba de su carro con cara de asombrado.
-Vaya...
vaya... vaya! Así es que de esta forma aprendemos la vida de Juan Diego...! reclamó entre serio y bromista.
-Huy
Su Eminencia, dijo Carlos contestando de inmediato, lo que pasa es que Usted es padrecito, y no maestro... y debe saber que
la letra... con taco entra!
-Muchacho
de porra... es: la letra con sangre entra!
-Ahh
no! si se trata de sangre... que sea en moronga!
Todos
festejaron la gracia de ambos y saludaron respetuosamente al prelado que, ni tardo ni perezoso, pidió también su orden.
El
pobre taquero miró con los ojos bien abiertos a Celerino, como preguntando si le servía en verdad. El diputado soltó la carcajada
y le ordenó:
-Y
con todo, Pichanchas... con todo!
A
la tertulia se sumaron otros vecinos que, curiosos, llegaron al puesto preguntando si vendían.
-Usted
haga su negocio Pichanchas, dijo displicente Celerino, porque ni conque somos muchos nos los hemos de acabar...
Varios
de esos vecinos, al notar la presencia del arzobispo entre los amigos de Ricardo, se acercaban respetuosos a saludarle, extendiendo
el saludo al escritor que estaba sentado a su lado.
-Te
voy a volver famoso, mi querido Ricardo, dijo el purpurado.
-O
se levantarán rumores de mis malas compañías, replicó este con picardía, lo que hizo ponerse rojo de pena a Julián.
-No...
si conforme se me ha informado... esos rumores ya se corren por todos lados, especialmente en la mesa del café... contraatacó
el arzobispo.
-Lo
ve!... pero no se preocupe, de peores he salido!
Edmundo
estiró el brazo por encima de los hombros de Ricardo y le estrechó con profunda sinceridad.
-Me
caes bien... en verdad me caes bien... eres un buen hombre... que Dios te guarde muchos años. Podría invitarte a desayunar
mañana?
-Si
así lo consideras pertinente.
-Bueno...
a las ocho y media, está bien? Te llevas a Julián para que no se sienta desplazado.
-Ja!
Ahora resulta que yo soy el desplazado! dijo en un reclamo jocoso el sacerdote. Pero no importa, de todos modos estoy mañana
allá... un desayuno gratis no me lo pierdo jamás... y menos el de un arzobispo, que lleva chocolatito del bueno!
Nuevamente
todos rieron. Edmundo terminó y, entregando el plato de cartón al Pichanchas, se despidió con un Buenas Noches general.
Tomó
del brazo a Ricardo y se encaminó al coche.
-Dios
sabe lo que hace... y para El nada hay oculto. Sabe de tus necesidades, de las del mundo... y da a cada cual lo que merece...
ten confianza en Dios y, como tú mismo lo pregonas, nada te faltará.
Ricardo
se extrañó ante las palabras del arzobispo. Sabía que Julián no podía haber comentado con él lo confiado en la mañana, pues
no se habían separado en todo el día.
-Gracias
Su Eminencia, sólo alcanzó a decir.
Edmundo,
antes de entrar al auto, le dio la bendición.
-Recuerda
a las aves... siempre recuerda a las aves...
Edmundo
recibió a la pareja de amigos con alegría. Había pedido que cancelaran todas sus citas por esa mañana para desayunar a gusto
con ellos.
-Me
enteré de que escribiste otro libro en esos meses que se separaron como grupo....
-Así
es, aunque ese en realidad fue una novela; se me ocurrió utilizar mucho de lo aprendido y tomé el fin del mundo y la muerte
de Cristo como tema central.
-Y
cómo se llama?
-Quién
mató a Jesús de Nazaret?
-Vaya...
tus títulos son llamativos, no?
-De
eso se trata... y, aunque te repito que es novela, manejo la pasión y muerte de Jesús y las profecías en forma realista, histórica,
por lo que creo que cumple también con la misión que tengo de difundir la palabra.
-Oye
Ricardo... y no te pesa esa responsabilidad que tú mismo te echaste encima?
-A
veces...
-Como
ahora, intervino Julián, que se ha sentido un poco desorientado...
Ricardo
no protestó pues comprendió que su amigo lo hacía buscando el apoyo moral del prelado que, por cierto, no tardó.
-Pues
no debe pesarte. Es, a más de una labor muy hermosa, necesario. No se trata de convertir o rescatar seres o almas descarriadas.
Se trata de hacerles pensar; de poner el dedo en la llaga. Ya ellos solos encontrarán el camino. Además, porqué te pesaría?
Acaso piensas que tu trabajo es en vano? Te desespera no ver la cosecha? Así es esto, no te asombres, y sin embargo tengo entendido que tus charlas han dado más que buenos resultados. Ahí tienes a Gerardo,
ya prácticamente convertido en sacerdote. O las bodas de los muchachos, que conforman una familia al amparo mismo de Dios
y siguiendo sus enseñanzas.
No
mi estimado Ricardo, no; sin sotana, lo tuyo también es un ministerio. Cada palabra, cada frase que expreses tendiente a revelar
la palabra, la presencia de Cristo, es parte de ese ministerio.
-Pues
te agradezco el consejo porque en verdad he estado muy desorientado. Quizá, como me dijo Julián, me he metalizado ante el
propio Jesús y espero mucho a cambio de lo que hago... sin merecerlo...
-Pues
en lo único en que debes de pensar es en que tus libros deben circular, no importa cómo, ni si hay o no ganancia... deben
circular porque ese es su destino, y no por tu fama, sino por la de El, que si bien la tiene ganada, es nuestro deber... tuyo
y nuestro... hacer que permanezca.
-Puedo
hacerte una pregunta?
-Claro...
-Quieres
que escriba algo sobre Juan Diego?
-Es
tu voluntad hacerlo?
-Pero...
quieres?
-Yo
de querer... quiero, y no sólo eso, me gustaría verte escribir sobre muchas cosas de la iglesia. Me gusta tu forma de redactar..
-Entonces...
escribimos Quién demonios es Juan Diego?
-Pues
lo escribimos...
Julián,
que fuera del pequeño comentario del principio se había mantenido al margen, suspiró profundamente y le dijo a Ricardo.
-Dios
quiera darme vida para llegar a conocer tu obra...
-Otra
vez con eso... qué ya no puedes pensar en otra cosa que en la muerte? reclamó el escritor.
-Es
que uno siente cuando va llegando... sentenció el sacerdote.
-A
todos nos llega la hora, comentó el prelado, pero no debemos llamar a la muerte. El momento que Dios designe será. Así es
que, mi querido Julián, dejemos a Dios el momento y disfruta de la vida.
Camino
a su casa, Ricardo quiso animar a su amigo y le propuso programar el viaje a Cuauhtitlán para todo el grupo.
-No
lo creo, contestó aún medio deprimido, es mucho ajetreo.
-Pídele
a Lucita que te ayude... entre los dos pueden preparar todo con calma. Mira, puedes usar mi computadora para hacer las reservaciones
de autobuses y hoteles por Internet.
-Bah...
siquiera supiera usarla.
-Pues
aprendes viejito cascarrabias, que no es cosa del otro mundo...
-Está
bien... está bien... veo que lo que quieres es mantenerme entretenido...
-Y
mucho, porque después de esa, te tengo otra tarea...
-Ahhh
sí? Y cuál es esa tarea?
-Preparar
todo para el bautizo del bebé de Silvia y Abraham.
-Crees
que ya ni lo recordaba?
-El
alemán, viejito, el alemán... contestó sentencioso Ricardo haciendo alusión al Alzhaimer, enfermedad geriátrica que causa
el olvido de las cosas.
-Hola
a todos... a ver señores, que se crucen las apuestas... encontraría Juan Diego vieja o no?... de dónde vino su mujer?... apuesten
señores... apuesten... entró gritando Carlos.
-Pues
mira que ahora sí se te metió el demonio... escuintle canijo! dijo Julián sin mostrar enojo.
-Hay
padre... ya lo conoce... está más loco que una cabra... dígame a mi que tengo que aguantarlo diariamente, se quejó Sonia.
-Ahora
sí te amolaste chiquito... advirtió Calixto entrando con pose triunfante. A ver cómo explicas lo de la mujer de Juan Diego.
No encontré nada sobre ella.
-Tú
no encontraste nada, repeló el escritor, porque yo sí tengo bien documentado el encuentro incluso.
Gustavo
y Alfonso rieron a carcajadas por la nueva derrota del exfuncionario.
-No,
si te digo que para vergüenzas no ganas, mi querido gordo, comentó Gustavo.
-Pues
me gustaría saber de dónde sacó su información, porque yo busqué y busqué y nada...
-Mira,
el sacerdote jesuita Xavier Escalada es quien más se ha adentrado en el tema. Incluso a él le fue informada la existencia
de aquel códice 48 que tanta polémica ha levantado también.
-Qué
es el Códice 48? preguntó Jorge.
-Un
documento fechado en 1548 -de ahí el nombre asignado- que narra las apariciones, pero tiene información extra y, lo más curioso
de todo, una anotación que está firmada por Fray Bernardino de Sahagún... y del que ya hablaremos más tarde.
-Ahhh
esa sí no te la creo! exclamó Calixto.
-Pues
tienes que creerla, porque el documento existe y se ha podido confirmar que la firma de Zumárraga es auténtica, complementó
Julián.
-Bien,
Escalada es el que más ha manejado el tema de Malintzi, nombre autóctono de la María Lucía, que fuera esposa de Juan Diego.
Es de él precisamente de quien saqué la información para esta charla.
-Adelante
pues, y ya dejen de rebatir! reclamó Sonia conciliadora.
-Cuauhtlatoac
no había pensado en casarse. Es más, prefería la soltería. Le hacía sentirse libre para emprender todos sus viajes y recorridos,
para trabajar en el taller lo mismo que irse sin freno o preocupación alguna a los tianguis.
Sin
embargo, el destino le tenía preparada una celada. En una romería a la que asiste para ir a Tianguismanalco, para venerar
a Telpochtli, el fuerte mancebo tezcatlipoca, Cuauhtlatoac se topó con una joven de ojos soñadores, castaños, enormes, que
tras el cruce de miradas baja la suya envuelta en aromas de ternura.
La
muchacha, según Escalada, era como una flor de fragancia exquisita, única, como una criatura ajena a este mundo, donde lo
bello y lo que da horror caminan juntos tan entreverados que muchas veces es imposible separarlos. Era Malintzi toda bondad
y belleza, suavidad delicada de sonrisa perenne que brotaba de sus labios, sus ojos, su ingenio y profundo corazón. Era bondad
sin maldad, delicadeza sin asperezas, dulce miel sin amarga hiel...
-Ya,
ya, ya...! dijo interrumpiendo Calixto, lo que motivó la molestia de los demás. Ni que fuera para tanto. Pues que tan hermosa
era la indita en verdad?
-Ay
Calixto, la amargura que corroe tu alma me conmueve, dijo con voz apenada Julián. No alcanzas a entender que es obvio que
esta descripción no está puesta en palabras y boca de Juan Diego, es la descripción del propio Escalada que imagina en su
beatitud lo que debe haber pensado y sentido el indio agraciado.
-Mira
gordo, quizá la indita no fuese tan hermosa, pero no podrás negar que, cuando un hombre encuentra su pareja, esa mitad que
le corresponde, no ve defecto en ella. Todos aquí hemos estado enamorados. No es verdad que vemos en nuestra pareja a lo más
hermoso del mundo? No es verdad que nuestra pareja es la perfección andando? Al menos así lo vemos y sentimos, agregó Ricardo.
-Oiga
Don Calixto... ya en serio... no podría ser menos contreras? dijo Fidel.
-Está
bien, perdón...pero ustedes dijeron que podríamos rebatir o presentar libremente nuestras dudas o inconformidades....
-Pero
usted se pasa!
-Bueno,
les prometo que trataré de ser más mesurado.
-La
mañana en que conoció Cuauhtlatoac a Malintzi cambió todo para él. No podía dejar de verla, mucho menos cuando al son del
teponaxtle la vio danzar graciosamente. Ella, sin verle directamente, sabía que su mirada estaba concentrada en su danza.
Cuando
la danza terminó, Malintzi se informó con una compañera sobre el joven macehual. Su fama de recto, serio, responsable y peregrino,
fueron cartas indiscutibles para acabar de ablandar el corazón de la bella indígena que, con todo, hasta ese momento sólo
era movida por la curiosidad pues encontraba a los jóvenes de su edad demasiado inclinados a la espada, la guerra, al torpe
guerrear enseñado por los aztecas. Ella prefería un hombre de paz, tranquilo en su vivir, enemigo de la guerra que tantas
desgracias había traído, sobre todo a la llegada de los hombres blancos.
-Es
de Cuauhtitlán, del barrio de Tlayacac, pero ahora vive en Tulpetlac, le dijo la amiga a modo de colofón.
El,
por su parte, jamás había sentido algo parecido por una mujer. Había amado con la misma entraña a sus hermanas y a su madre,
pero con un sentimiento diferente. Ahora era otra cosa. Era algo especial. Una afinidad que le había llevado a seguirla con
la mirada por horas.
Animado
a hablarle, con su plática no hizo más que confirmar en el ánimo de la muchacha lo valioso de su carácter. Le comentó que
vivía con su tío Tezoquitl (barro de alfarero) y que ahora se dedicaba a fabricar petates.
A
las pocas semanas de visitarle a ella y sus familiares, todos pudieron darse cuenta de eran idénticos en su forma de pensar
y actuar, por lo que fijaron la fecha de la boda que, a petición y deseo de ambos, debía ser lo más sencilla posible. Y no
piensen ustedes que era por simple humildad, en algo debió también influir el que Malintzi tuviese ya 42 años y Cuauhtlatoac
49.
-Como
quien dice ya se andaban pasando, comentó Carlos.
-Ella,
dijo Rafael.
-Los
dos, viejito, que a los 49 un hombre no se cuece la primer hervor... intervino de inmediato Norma.
-Sólo
había una piedrita en su camino: Tezoquitl. Si bien aún lúcido y activo, no dejaba de ser un anciano al que Cuauhtlatoac no
podía abandonar y, por ende, la pareja debía vivir con él. Sin embargo, Malintzi sintió una grata acogida por parte del tío
y consideró que no sería gravoso o molesto atender y querer al anciano familiar de quien sería su pareja y amor de su vida.
La
felicidad campeó sobre ese pequeño jacal en que los tres vivían tranquilamente.
El
grupo de hombres blancos que muchos pueblos confundieron con dioses, con los representantes de Quetzalcoatl, había llegado
a Tenochtitlan causando asombro con sus caballos y armas de fuego, pero también un fuerte rechazo casi cuatro años antes y
tenían dos de haber alcanzado el triunfo.
Con
ellos, había llegado otro grupo de hombres, estos humildes, sencillos, que hablaban de una religión si bien no muy diferente
a la suya, sí con una impertinente imposición en materia de deidades.
Pero,
que curioso, su Dios principal era el padre de todos los dioses, al igual que el de ellos; su Madre de los dioses -a la que
llamaban María- era igual a la de ellos -que llamaban Tonantzin-; en fin, que su trato era muy diferente al de los que siempre
andaban envueltos en metal. Ellos eran gentiles, amables, sensibles al dolor. Algunos incluso defendían a los indígenas de
sus compañeros blancos.
La
mezcla de religiones estaba en su apogeo cuando Cuauhtlatoac conoció a uno de ellos: Fray Toribio de Benavente, uno de los
doce primeros frailes llegados a mesoamérica y a quien, por su humildad, le llamaban Motolinía, que en idioma nahuatl quiere
decir pobre.
El
trato y roce con ese hombre cambiaría para siempre la vida de Cuauhtlatoac y Malintzi... concluyó Ricardo cerrando una carpeta
en la que tenía sus apuntes.
-Y
hasta mañana...verdad viejito? adelantó Carlos.
-Así
es... ya es tarde y yo también me canso...
-Anciano...
exclamó Carlos con cariñosa sentencia.
Sentados
a la mesa muy temprano, comentaban la plática de la noche anterior, cuando Julián dijo de pronto:
-Mira,
ya tengo un programa en borrador para ir a hacer el recorrido a México.
El
escritor vio de reojo el pequeño papel que le mostraba el sacerdote y preguntó:
-Ya
calculaste el gasto por persona?
-No,
apenas he marcado el recorrido. Esta mañana me hará el favor Lucita de preguntar por los precios de hoteles y transporte.
-Faltaba
más, dijo Rafael. Ahora me toca a mi ser el anfitrión. Les recuerdo que tengo casa en la ciudad de México y, como nadie la
habita, pues esta lista para recibir a todos.
-A
todos? preguntó asombrado Ricardo.
-Sí,
en verdad, es una casa solariega, ubicada en Xochimilco, bastante amplia. Es de esas casonas de los cuarentas... así es que
ya te imaginarás. Con decirte que tiene 16 habitaciones...
-Vaya!
pues es una verdadera mansión, exclamó Julián.
-Pues
creo que te tomaremos la palabra, sólo que nos quedará de lado a lado de la ciudad... recuerden que la zona de influencia
de Juan Diego en vida fue Cuauhtitlán, Tultitlan y La Villa.
-Y?
contestó retador el sacerdote. No crees que vale la pena ante el ahorro que significa?
-Tiene
razón Julián, agregó Rafael. Además, ya veré si podemos conseguir un par de vagonetas. Mi hijo está muy relacionado.
-Pues
gracias, prácticamente has resuelto el problema total, señaló el escritor. Así, el viaje es una realidad.
-Nada
más pongan fecha, para que hable y ordene me la tengan lista, concluyó Rafael.
Lucía,
camino al mercado, comentó con Norma.
-Julián
ha estado hablando mucho de morirse.
-Sí,
Ricardo también me lo platicó. Pero dice que son ideas de tu hermano, que lo ve muy sano.
-Pues
quiero decirte que, efectivamente, desde que Julián hizo amistad con tu marido la vida le regresó. Sin embargo, me preocupa
que hable de esa manera. Parece como si quisiera morirse, o en verdad previera su muerte.
-Le
diré a Ricardo que hable con él más seriamente. Deja de preocuparte, y roguemos a Dios porque no sea así.
En
el café, Ricardo proponía a los asistentes cotidianos hacer un libro con las biografías de los que conformaban el sesudo y
simpático grupo.
-Pero
te vas a encontrar con un problema, dijo uno de ellos.
-Cual?
-Que
hay quien tiene historia, y quien no! Mira, por ejemplo, el menso de mi compadre... con una hoja de libreta de taquigrafía
alcanza para escribir toda su vida!
Todos
soltaron la carcajada. El que había sido víctima de la broma no se dejó esperar en la respuesta.
-Me
parece muy bien Ricardo... debes hacerlo. Nada más que por favor aclaras que es más importante pasar desapercibido que vivir
haciendo tarugadas... como mi compadre!
Nuevas
risas se escucharon. Celerino, acallando los escandalosos comentarios, señaló:
-Viéndolo
bien, vale la pena. Es verdad que unos han tenido una vida más interesante que otros, pero todos los que aquí se sientan tienen
un algo de intelectuales de la política, filósofos, analistas, periodistas o viles críticos, así es que sería interesante
ver esos conceptos plasmados en un libro. A ver! Los viejitos de la Banca del Zócalo... muchos los mencionan en sus libros,
pero nadie dice el nombre siquiera de alguno de ellos...
-Cierto,
cierto, corearon varios.
-Aviéntate
compadre! Yo te respaldo, y creo que los demás, con todo y su relajo, también lo harán.
El
asentimiento fue general. Gustavo levantó su taza de café y brindó por la idea.
-Salud
viejo amigo, porque nos cuentes de dónde sacas el seso para tus brillantes ideas! Te respeto y te admiro... por eso te quiero!
Esa
tarde, Norma fue la que presentó una duda sobre lo platicado el día anterior.
-Dijiste
que llegaron doce frailes... se tienen registrados los nombres de esos doce?
-Naturalmente,
eran franciscanos y venían encabezados por Fray Martín de Valencia, como Superior de la Orden. El grupo lo conformaban Francisco
de Soto; Martín de Jesús, o de la Coruña; Juan Suárez; Antonio de Ciudad Rodrigo; García de Cisneros; Luis de Fuensalida;
Juan de Ribas; Francisco Jiménez; Andrés de Córdoba; Juan de Palos y Toribio de Benavente.
Cabe
señalar que los doce guardaban el mismo aspecto humilde y desaliñado, por lo que los lugareños dieron en llamarles, en su
primer encuentro, motolinias, que ya dijimos quiere decir pobre; pero fue Fray Toribio de Benavente el que adoptó
ese calificativo como nombre que le identificaba con los indígenas.
Una
de las cosas que les hicieron ganarse el corazón de los indígenas fue el fuerte contraste entre la actitud altanera, agresiva,
y abusiva de los conquistadores, y la humildad y buen trato, pleno de bondad, de los misioneros.
Por
otra parte, asombraba a todos el que los soldados, esos orgullosos de brillante armadura que levantaban la espada a la menor
provocación, y a veces sin ella, se inclinaran, hincando la rodilla en tierra, sumisos y obedientes, ante los desarrapados
frailes. Nuestros antepasados mesoamericanos deben haber deducido que, con todo y su aspecto, aquellos hombres de Dios eran
más poderosos que los caballeros de armadura. De ahí su respeto, un respeto brotado de la rara mezcla de admiración y temor
que provocaba esa contrastante posición del fraile.
Si
tomamos en consideración que el indígena poseía una fuerte inclinación a la religiosidad, llegando incluso al grado de aceptar
-aunque muchos no de muy buena manera- los sacrificios, es pues explicable que se inclinara rápidamente ante el fervor religioso
de los misioneros que, para empezar, rechazaban los sacrificios humanos.
Así
las cosas, cuéntase que fue precisamente Motolinía, el Motolinía llegado primero con los otros once a tierras mesoamericanas,
el Motolinía que fuese parte principal en la fundación de la Puebla de Los Angeles, el que dijese ahí la primer misa e impusiese
ese nombre, acompañado de Fray García de Cisneros, el que bautizara personalmente a más de 400 mil indígenas... el que bautiza
a Cuauhtlatoac, su esposa Malintzi, y al tío Tezoquitl, a quienes impone el nombre de Juan Diego, María Lucía y Juan Bernardino
respectivamente, tras inducirlos tan profundamente a la religión cristiana que ya desde entonces no perdían misa del día o
sermón expresado por alguno de los frailes, pero principalmente por su mentor: Fray Toribio de Benavente, el Motolinía.
El
Padre Xavier Escalada hace una emotiva narración de este suceso, e incluso lo ubica en la Casa de Cortés, tras adjudicar a
la propia Malinche la intervención en su catequización y contacto con el fraile.
Siento
que Escalada se deja llevar en algunos momentos por un romanticismo que va más allá de la mera razón histórica, pues en su
afán por destacar el trasfondo religioso de Juan Diego proclama su bautizo como el primer bautizo que realizaban los doce
apóstoles hacía unas semanas llegados a Nueva España y recibidos con tanto honor por el Gobernador y Capitán General Hernán
Cortés.
Es
más, líneas antes señala que En la mañana del día escogido para el bautizo, la capilla (de la Casa de Cortés) se
vio plena, hasta no caber nadie más. No era en sí muy espaciosa, pero la calidad de la asistencia no se medía tanto por el
número, sino por la dignidad de los presentes. Estaban todos los franciscanos que se encontraban entonces en Tenochtitlan,
entre ellos Fray Pedro de Gante, pariente del Emperador Carlos V; Fray Martín de Valencia, superior de todos los religiosos
de México; Doña Marina, la traductora, con su esposo el Capitán Juan de Jaramillo; varios capitanes de Hernán Cortés; una
hermosa representación de los señores aztecas...
Yo
amo a la virgen de Guadalupe, creo en la bondad y existencia de Juan Diego, pero dudo mucho francamente que el humilde macehual
fuera el primer bautizado y mucho menos que a su bautizo fuesen personajes de esa talla. Incluso, si se aceptase la tesis
de su procedencia regia, entre los personajes no habrían señores aztecas, sino tlaltelolcas o texcucanos, vamos, quizá de
Cuauhtitlán en último caso, pero no aztecas, a quienes repudiaba Cuauhtlatoac. Consigno, sin embargo, la existencia de la
obra de Escalada por la importancia que por sí representa en la difusión de la imagen del indio guadalupano, pues no soy quien
para dejar de reconocerle un valor propio, pero si me permito hacer esas observaciones es porque, a veces, soplarle tanto
a la hoguera en vez de avivarla... la apaga.
-Pues
sí, francamente está un poco fuera de contexto, no? reclamó Gustavo.
-Es
cosa de leerla... dijo Rafael.
-Eso
es, siempre les he dicho que Dios le dio al hombre el don del discernimiento, y para aprovecharlo hay que conocer, que saber,
investigar, escuchar opiniones. Teniendo todos los elementos, seremos nosotros mismos los que saquemos nuestra propia conclusión.
Yo, en lo personal, admiro a Xavier Escalada, considerado como uno de los jesuitas más sabios de la época contemporánea, y
defensor acérrimo de Juan Diego y de la Virgen de Guadalupe, pero siento algunas partes de su narración muy desubicadas...
sin embargo, no quiero influir en nadie, hay que leer su obra para que se formen sus propios conceptos. El libro al que me
refiero, repito, es Juan Diego Cuauhtlatoac, de la Enciclopedia Guadalupana.
-Mañana
me voy a buscarlo, dijo entusiasmado Calixto.
-Ayyy..
por favor! Que ya no opine! exclamó Carlos de repente.
-Y
ahora? pregunto extrañado al igual que los demás, qué dije de malo?
-Nada,
contestó Carlos riendo, pero lo dije para que no pierda la costumbre de ser el más regañado!
Fidel,
Julián, Rafael, Jorge, Sonia y el propio Calixto, se le fueron encima dándole “pamba”.
-Bueno
señores... ya están listos para el viaje a México? preguntó Ricardo más para poner orden que para informarse.
-Nooo...
corearon los alborotadores.
-Mira
nada más... lloriqueó el escritor dirigiéndose a Julián. No te da vergüenza tu actitud? Eres un viejo... y un sacerdote!
-Y
qué? Ya por eso debo arrumbarme en un rincón? No mi’jito! Si le entré a los pambazos es porque este chamaco del demonio
ya se los merecía...
-Y
tú eres el que se está muriendo? cuestionó ladinamente Ricardo.
-Viéndolo
bien... como que me falta mucho por vivir! respondió entusiasmado el cura.
Lucía
sonrió de oreja a oreja y, discretamente, estrechó la mano de Norma.
-Montoneros,
reclamó Carlos.
-Tú
te lo ganaste, acusó Riqui
Eva
aplaudió la afirmación de su marido y Sonia se unió a ella de inmediato.
-Ajá...
ya sé porqué hacen esto! exclamó el socarrón joven. Para zafarse de la cena...!
-Pues
fíjate que no, abrevió Jorge, porque esta noche nos tocó a nosotros traer panuchos y salbutes que, si nos permite Norma, calentaremos
en el microondas.
-Ja!
pues a darle boshito! ordenó Julián imitando la forma de hablar de los yucatecos, zona del país de donde eran esos platillos
parte de la cocina típica.
Calixto
entró al café y con la mirada buscó a Ricardo. Cuando éste le vio, el exfuncionario le hizo señas para que le alcanzara en
otra mesa.
-Qué
pasó? A qué se debe tanto misterio?
-Quería
platicar contigo un poco...
-Pues
adelante...
-Dime...
en realidad soy muy molesto?
-Si
lo preguntas por lo que sucede en nuestras reuniones, me obligas a decirte que sí, francamente sí, pero no porque así lo seas
que te conozco desde hace años, sino porque pretendes ser lo que no eres.
-A
ver... explícame mejor eso...
-Sí
Calixto. Mira, todos saben que eres parte de la masonería, incluso se dice que fuiste fundador de uno de los talleres de Acapulco;
ahora bien, la creencia generalizada entre los católicos es que los masones son sus acérrimos enemigos, que son ateos, que
no creen en Dios y que, por sus secretas sesiones y actividades, son medio diabólicos.
Yo
sé que no es así, que muchos creen en Dios como el Gran Arquitecto del Universo, y que si existe una secrecía es porque viene
de tradición.
Así
las cosas, tu presencia en las charlas ya traía de por sí una animadversión que les predispone en contra tuya, pero eso no
es lo malo... ya han llegado otros y puedes verlos ahora, perfectamente integrados al grupo y sin perder sus propias ideas.
No, Calixto, lo malo es que tú has querido hacer, jugar pues, el papel de malo y con tal de aparecer como tal, como el contreras
como bien te dices, en muchas ocasiones rebates un argumento sin lógica, sin una real razón para rebatirlo, y esto ha degradado
tu imagen ante los demás.
Trata
de ser tú mismo. Sé tú mismo. Si no tienes nada que decir, mejor guarda silencio.... pero si en algún momento tienes algo
que preguntar, reclamar o contradecir, hazlo sin miedo y con razón. De esa forma te ganarás el respeto de los demás...
-Caray...
me abruman tus comentarios... jamás pensé en tomar esa actitud... fue inconsciente... te lo aseguro.
-Bueno,
pues ya estás consciente... actúa.
-Gracias
mi querido amigo... nos vemos por la tarde.
La
puerta se abrió de par en par. Carlos, que había acudido al toque, se hizo a un lado sorprendido. Varias personas entraron
cargando bultos que fueron depositando sobre la mesa del comedor.
Norma,
al llamado de Sonia, salió de la cocina y preguntó qué pasaba.
-Yo
soy el responsable de todo esto, señaló Calixto con un gesto de humildad, y le ruego me perdone Normita pero tenía que hacerlo.
Me he comportado como un verdadero patán y quiero pedirle una disculpa a todos.
-Y
qué tienen que ver los bultos con tu disculpa? preguntó Julián al tiempo que salía de su habitación.
-Mucho,
pues es mi forma de disculparme, si ustedes lo permiten y aceptan, contestó el gordo empezando a abrir uno de los bultos.
Mi madre tiene en Tixtla un taller de máscaras regionales y le pedí que me mandara una para cada uno de ustedes. Sé que todos
aman a esta linda tierra suriana y, como su representatividad es la máscara del tigre, pues... aquí tienen la suya! dijo extendiendo
la primera a Ricardo que le miraba estupefacto.
-Pero...
si están preciosas!
-Gracias,
mi madre es considerada una de las mejores hacedoras de máscaras de la entidad.
-Don
Calixto, intervino Carlos con su sorna de siempre, está Usted más que perdonado!
-Tras
el bautizo de nuestros tres personajes, señaló Ricardo iniciando la charla, las cosas cambiaron. Juan Diego era otro, y se
sentía otro. Si la pareja era feliz con su vida y cuidando del tío, ahora sentía que un torrente de felicidad les bañaba.
Adoptaron la nueva religión con el mismo fervor que practicaban la suya, que al fin y al cabo, como ya lo señalamos, eran
tan parecidas que podrían haberse fundido en una.
Poco
después, en la misma capilla de Cortés, y acompañados por Fray Toribio de Benavente, el Motolinía, ambos juraron un conjunto
voto de castidad que, si bien nadie les había pedido ni tenían que guardar pues eran una pareja casada ante Dios, ellos dos,
de común acuerdo, decidieron hacerlo como una muestra más de su admiración y amor por ese nuevo Dios de amor que ahora adoraban.
Cinco
años pasaron en los que la vida de María Lucía, Juan Diego y Juan Bernardino, transcurrió apaciblemente. Pero los designios
de Dios quisieron que María Lucía empezara a sentirse mal. Un debilitamiento progresivo se apoderaba de su cuerpo. Las labores
más sencillas del hogar se convirtieron en pesada carga.
Ella,
en su amor por el macehual, trataba a toda costa de ocultárselo. En ese afán, y estando cerca el cumpleaños de Juan Diego,
Lucía empezó a buscar qué darle de regalo por sus 55 años de vida.
Había
llegado de Temoayac una dotación de ayates que estaban en casa del vendedor de tilmas. El tiempo de uso normal de un buen
ayate era de cinco años, y el que Juan Diego portaba era de las fechas de su boda con Lucía, por lo que ésta determinó que
una tilma nueva sería un buen regalo para su amado esposo, así es que, acompañada de su amiga y vecina Cuicani, emprendió
el camino a la casa del vendedor.
Fama
era que los de Temoayac eran buenos ayates, de buena trama en el tejido y de hebra brotada de los mejores magueyes. Cada remesa
era numerada para su control, siguiendo ya la costumbre española, con una tinta indeleble de cacauaxochitl o flor de cacao.
El número, muy pequeño, se aplicaba en una esquina del ayate.
Lucía
compró un ayate de la remesa número ocho, y regresó feliz a su casa.
-Oye...
oye... y que tiene que ver el numerito ese...? reclamó Celerino.
-Es
una referencia que guardaba para el final del comentario pero, ya que lo preguntas, les diré que en el ayate en donde la Virgen
de Guadalupe estampó su imagen, aún a la fecha, un poco más arriba del pliegue de su vestido, sobre el pie derecho de la imagen,
está estampado ese número ocho.
-Yaaaa!
Esa no me la sabía, exclamó Carlos.
-En
todas las estampas se puede ver? preguntó Jorge acercándose al cuadro de la Guadalupana de Ricardo.
-Bueno,
en realidad no porque no es un detalle tomado en cuenta por los reproductores, pero en aquellas que provienen de fotos y son
bien tomadas, sí se puede notar.
-Hay
una serie, recuerdo la de mi abuelo Mundo, que es un duplicado oficial de la original... comentó Riqui.
-Y
en esa sí se puede ver el ocho... agregó el escritor.
-Bueno...
y qué paso? porque narrabas que Lucía estaba enferma... urgió Norma.
-Pues
que su mal se fue agravando y la luz de su cuerpo se fue apagando. Murió con una sonrisa en la boca, dejando a Juan Diego
triste como nunca.
Como
un consuelo a su soledad marital, Juan Diego tomó por costumbre ir diariamente a Tlatelolco a escuchar misa, recobrando su
mote de peregrino.
Algunos
autores señalan que sus viajes no eran diarios, que eran semanales, pues la distancia entre Tulpetlac y Tlatelolco es grande,
diez kilómetros aproximadamente, sobre todo si se recorriese a pie. Pero se olvidan de que en ese entonces cruzar por los
campos, valles y montes, acortaba las distancias, a mas de que nuestros indígenas estaban acostumbrados a recorrer todo el
territorio a pie y que, por ende, su andar era a paso tranco -es decir, largo- y tomaban un ritmo que les ahorraba fatiga.
Yo
sí creo que Juan Diego fuese diariamente. El acercamiento con Dios había llegado al grado de querer dedicar su vida entera
a su servicio.
Sea
como sea, Juan Diego estaba a punto de cumplir con la parte más importante de su destino.
Ese
era Juan Diego, el hombre que causó la polémica al saberse que sería santificado. El hombre que tuvo el privilegio de ver
a la Virgen María, en su advocación de Guadalupe, y ahora quieren negar su existencia algunos.
-Compadre...
entonces en verdad sí existió Juan Diego? preguntó aún dudoso Celerino.
-Claro
que existió! ya preguntaba en algún momento quién podría crear un mito tan grande y que perdurara tanto tiempo? Muchos se
asombraron cuando se habló de su santificación, argumentando que era santificado de la noche a la mañana; lo que no sabían
era que el proceso se inició muchos, muchísimos años antes.
De hecho, el estudio preliminar, ordenado por Roma cuando aceptó incoar la Causa de Beatificación y Canonización de
un indio mexicano muerto hace más de cuatro siglos: Juan Diego Cuauhtlatoactzin, se remonta a los finales de los setentas
cuando menos.
El proceso es largo, muy largo e intrincado. De ahí que, por ejemplo, el de San Sebastián de Aparicio no ha llegado
más que a la beatificación, y miren que lleva mucho más tiempo que el del propio Juan Diego.
-Miren ustedes, intervino Julián, dicen que de ver nace el amor. Por eso estamos preparando el viaje a la zona en que
vivió y murió Juan Diego. Ya conocerán ustedes todos esos rincones cargados de una historia que ahora se ahoga entre el hacinamiento
poblacional y la contaminación urbana, pero que se conserva gracias al favor, entereza e interés de unos cuantos que sí consideran
que el testimonio histórico es esencial para la preservación del presente.
-Y cuándo partimos? cuestionó Silvia.
-La próxima semana, posiblemente el lunes, para poder estar toda la semana y visitar lo que se tenga que visitar con
toda calma.
-Bueno, pero qué pasó después de que se le apareció la virgen? porque en el relato inicial, ese que leíste de tu libro
te fuiste de plano muy rápido... dijo Doña Elvia.
-Muchas cosas pasaron, pero la vida de Juan Diego ya sólo estuvo dedicada al cuidado de su madrecita, vivió esos últimos
diecisiete años en la casita que le construyeron a un lado de la ermita, dedicado en cuerpo y alma a su Virgen, a su Guadalupana.
-Entonces... sí es un Santo, dijo admirada Gloria.
-Independientemente
de que pronto comentaremos sobre la polémica más a fondo, y de que les narraré las peripecias que se sufrieron para llevarle
a la Santidad, puedo decirles que antes y después de las Apariciones Guadalupanas ya era tenido Juan Diego en un concepto
de alta santidad entre sus compatriotas. Así lo dicen los ocho testigos indígenas de las Informaciones Canónicas de 1666:
que por su mediación alcanzaban buenos temporales para sus milpas; que los papás lo ponían de modelo a sus hijos y los bendecían
con esta frase: “Que Dios os haga como a Juan Diego y su tío Juan Bernardino”; al que le llamaban el ermitaño
porque gustaba de andar solo, dedicado a la contemplación de las cosas divinas; que era muy amigo de ir a la doctrina y frecuentar
los divinos oficios y que nunca faltaba a ellos; que era amigo de que todos viviesen bien y gustaba de apartarlos de vicios
e idolatrías; que hacía grandes penitencias; que en aquel tiempo le llamaban Varón Santísimo.
No
solamente en su vida mortal, sino también después de la muerte, los indios -afirma la tradición- ponían a Juan Diego como
intermediario para alcanzar de Dios Nuestro Señor y de su Santísima Madre muchos favores, como lo afirma Don Cayetano Cabrera
y Quintero en su Escudo de Armas de México.
Los
testigos de las Informaciones de 1666 depusieron que cada ocho días en domingo, acostumbraban ir muchos indios, paisanos
suyos, a venerar la Imagen aparecida y visitar a Juan Diego, a quien se encomendaban en sus oraciones porque lo tenían
por santo.
En
el refectorio -comedor- de los frailes del Convento de Cuauhtitlán había una pintura en donde estaban representados la Virgen
María en su advocación de Guadalupe, Fray Pedro de Gante, Juan Diego y María Lucía; a Juan Diego lo representaban vestido
como fraile franciscano o sosteniendo la Imagen de la Virgen de Guadalupe en vez del Ángel; lo ponían con aureola. Existen
además imágenes con aureola confeccionadas en madera torneada de fines del siglo XVI y una luz en su cabeza que parece aureola.
Todos
los sermones, del siglo XVII a la fecha, hablan de Santa María de Guadalupe y no dejan de mencionar al santo sin aureola.
(Entiéndase santo no canonizado).
En
la literatura, aparte de las narraciones e interpretaciones del Portento Guadalupano, existen brillantes, altamente sentimentales
y sesudas poesías y música en las que también se desborda el sentimiento en torno a la figura del Mensajero de Santa María
de Guadalupe.
En
nuestra Patria y en el extranjero se le consagran monumentos, templo, y capillas, incluso en lugares especiales, por ejemplo:
en los jardines del Vaticano.
-Entonces no fue canonizado de la noche a la mañana como dicen... señaló Jorge.
-No, repito, el proceso fue largo como lo son normalmente. La historia de su causa está estrechamente unida a la del
hecho guadalupano. Desde un punto de vista jurídico se abrió un proceso en 1666 para reconocer el hecho, como ya vimos, pero
es a partir de 1974, V Centenario de la hipotética fecha del nacimiento de Juan Diego, que los obispos mexicanos y más tarde
los latinoamericanos pidieron su canonización Relatio et Vota de los consultores historiadores.
Durante su primera Visita pastoral a México en 1979 Juan Pablo II presentó también a Juan Diego como un personaje histórico,
importante en la historia de la evangelización de México. Se llegó así a su beatificación en la basílica de Guadalupe en México
por Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990.
Sin embargo, la beatificación fue llevada a cabo con el método de las llamadas beatificaciones equivalentes (equipolenti),
es decir, concediendo el privilegio de la ratificación del culto, lo cual significa que Juan Diego fue declarado beato
desde el momento de su muerte. Esto fue lo que en realidad despertó la polémica sobre la historicidad del acontecimiento
guadalupano y sobre la misma figura de Juan Diego. Dado que muchos obispos pedían su canonización, a principios de 1998 la
Congregación para la Causa de los Santos nombró una comisión histórica encargada de investigar más a fondo la problemática
histórica, y solicitó la cooperación de unos 30 investigadores de diversas nacionalidades que aportaron notablemente con sus
datos en el estudio de la problemática. El P. F. González expuso los resultados en un Congreso Extraordinario celebrado en
el Dicasterio Vaticano de los Santos el 28 de octubre de 1998, obteniendo un éxito positivo en la resolución de las duda presentadas
sobre la problemática histórica.
Parte de los resultados de tal estudio han sido recogidos en el volumen que comentamos de F. González Fernández, sacerdote
comboniano, actual profesor de Historia de la Iglesia en las Pontificias Universidades Gregoriana y Urbaniana, de Roma, consultor
de la Congregación para la Causa de los Santos, Eduardo Chávez Sánchez, historiador, y José Luis Guerrero Rosado, historiador
y eximio guadalupanista. Las dudas y objeciones han sido un catalizador para la investigación y la reflexión más honda. La
obra presenta una serie de documentos de procedencia diversa, que a nuestro entender, afirman de manera convergente tanto
la historicidad de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, cuanto la del mismo Juan Diego. Ha sido preocupación de los
autores examinar críticamente esta documentación. Ofrecen también algunas hipótesis razonables para explicar algunos vacíos,
como el llamado "silencio guadalupano" de algunos personajes eclesiásticos y civiles del siglo XVI.
Por hoy dejaremos las cosas hasta ahí, y ya mañana hablaremos de la documentación, su polémica y otras cosas.... buenas
noches, jóvenes...
-No se les olviden sus máscaras, dijo Jorgito tomando la suya de encima de la mesa del comedor.
-Gracias Don Calixto, dijo Silvia.
-De nada hija... gracias a ustedes.
Ricardo
recibió la llamada de Julián casi al mediodía. Tras informarle a Norma de su salida, partió de inmediato a las oficinas de
la Arquidiócesis.
-Qué
pasó Julián, cuál es el apuro?
-Pues
que aquí, nuestro siempre muy amado Canciller te tiene una sorpresa.
-Hola
padre, mucho gusto...
-El
gusto es mío hijo.
-Y
en qué le puedo servir? dijo el escritor picado por la curiosidad.
-Pues
resulta que me han hablado mucho de Usted. Ya leí su obra sobre Cristo... y me enteré de que prepara otra más sobre Juan Diego...
-Así
es padre...
-Pues
yo también escribo... y quiero darle a Usted para su edición una obrita sobre el Beato Bartolomé Días-Laurel...
Ricardo
vio de reojo a Julián. En su vida había oído sobre el Beato aquel, pero disimuló ante el presbítero.
-Pero
antes me gustaría prestarle, y conste que dije prestarle, con V de vuelta, un pequeño tesoro que me obsequiaron en
el Archivo de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos en Roma, y extendió hacia el escritor un grueso libro,
empastado en gris, que rezaba en latín sobre la carátula:
Congregation Pro Causis Sanctorum
Officium Historicum
184
Mexicana
Canonizationis
Servi Dei
Ioannis Didaci
Cuauhtlatoactzin
Viri Laici
(1474-1548)
Positio
Super Virtutibus Ex Officio Concinnata
Romae MCMLXXXIX
En
el ángulo inferior izquierdo, anotado manuscritamente y con tinta de bolígrafo, presentaba el denominador D 28.
Ricardo
recibió el libro con desenfado pero, conforme fue leyendo, la delicadeza con que le manejaba era de un respeto manifiesto.
-Pero...
dijo tartamudeando, esto es el Positio... la presentación oficial de la causa, de la santificación de Juan Diego...
-Así
es mi querido amigo, y sólo personas como Usted, fuera de la iglesia, valoran la importancia y trascendencia histórica del
mismo.
-Dios
Santo! Por favor... déjeme leerlo!
-Para
eso lo saqué... se lo presto, repito, con carácter de vuelta. Uselo el tiempo que considere necesario...
-No
padre... en dos o tres días se lo devuelvo!
-Puede
incluso fotocopiarlo... sólo trátelo con cuidado. Cuando se presenta el Positio, se entregan trescientos ejemplares para que
sean distribuidos entre todos aquellos que deberán tener injerencia en la causa, los obispos y cardenales, etc. Este es uno
de esos ejemplares. La anotación D 28 que puede observar...
-Sí,
ya la vi...
-...
indica el lugar exacto en que estaba ubicado en los estantes del archivo.
-Padre,
no sabe el honor que esto representa para mí...
-Sí,
lo sé... por eso se lo presto. Y espero que podamos trabajar en mis obras... tengo también una tesis que presenté en Roma
para alcanzar la licenciatura en la Facultad de Derecho Canónico de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz que quiero
publicar como obra, y preparo algo sobre los 450 años de la Parroquia de Acapulco, en la que espero su colaboración como historiador
y amante de Acapulco.
-Padre,
estoy a sus órdenes.
-Soy
Juan Carlos Gómez Divas, Presbítero y amigo suyo.
Durante
más de dos horas se enfrascaron en una charla en la que la historia, y sobre todo la religiosa, fue el tema principal. La
coincidencia de pensamiento, ideas y conceptos, les identificó inmediatamente.
El
sacerdote, sin rodeos, le dijo que los archivos de la mitra local estaban abiertos para él. Y, si quería, los del Arzobispado
Mexicano e incluso los Archivos Secretos del Vaticano, dándole además un instructivo que debía observar fielmente aquel que
aspirase a entrar en ellos.
-Sólo
que deberá ir conmigo para que lo dejen entrar...
-Y
eso qué importa? El puro honor, el gusto, la satisfacción de estar en ellos hace que valga la pena el viaje.
-Pues
cuesta como unos tres mil euros... por cada uno...
-Caray...
no soy rico, pero empezaré a ahorrar... contestó el escritor entusiasmado.
Julián
les dejó hacer. Observaba sin intervenir. Pudo notar la afinidad que nacía entre esos dos hombres amantes de la verdad histórica
y de Cristo. Ambos luchadores, cada cual en su terreno y por sus propias causas, Ricardo con Juan Diego, Sebastián de Aparicio,
y el propio Cristo; Juan Carlos con Bartolomé, Santa Lucía, y Los Tres Reyes Magos, pero ambos del mismo lado.
Ricardo
fue el que marcó la despedida. Consideró que había abusado de la hospitalidad del sacerdote y, aunque deseaba quedarse muchas
horas más, sabía que debían retirarse. Buscó un espacio y se levantó abrazando el Positio y el disquette que contenía las
tres obras del Canciller.
-Pues
mi querido Padre Juan Carlos, este ha sido uno de los días más felices de mi vida.
-A
mí también me dio mucho gusto conocerlo.
Ricardo
iba anonadado. Sin dirigirle la palabra para nada a Julián, atravesó el zócalo porteño y se metió a su auto. Ya circulando,
sin voltear, dijo suavemente:
-Sabes...
me siento mareado. Será mejor que nos vayamos en un taxi.
-Te
sientes muy mal?
-Desde
la oficina de la arquidiócesis...
-Mhhh...
yo sé lo que tienes...
-Qué?
-Emoción,
simplemente emoción... una emoción tan grande que te afectó la presión...
-Creo
que así es... porque debes saber que realmente me emocionó.
-Curiosos
caminos usa el Señor...
La
primera en saber del suceso fue Norma, su amada esposa, que notó lo emocionado del escritor.
-Y
quién es ese sacerdote que tanto te ha sacado de tus ecuanimidades? preguntó curiosa.
-Es
el Canciller del Arzobispado de Acapulco, informó Julián, historiador y muy buen amigo. Los hubieras visto, se entendieron
de maravilla. Con decirte que prácticamente yo era invisible!
-Vaya!
Pues buen amigo has encontrado que hasta te invita a Roma!
-No,
invita no! Si voy... vamos, mejor dicho, será por nuestros propios recursos, agregó el escritor a manera de aclaración.
-Pero
no puedes negar que no a cualquiera se le abren los archivos, y menos así como así... señaló Julián.
-Bueno,
no... eso sí debe reconocérsele al buen Juan Carlos, su buena intención...
La
pareja había quedado de encontrarse para comer con la hermana de Norma y su esposo. Martha era muy apegada a la iglesia y
le gustaba el trabajo que Ricardo realizara sobre Cristo en fechas no lejanas. Andrés, por su parte, era amante de los libros,
los buenos libros, a mas de tener una retentiva sorprendente. No era propiamente un historiador, pero sabía de historia tanto
como cualquier catedrático.
Ricardo,
ni tardo ni perezoso, les mostró el Positio y les tomó una foto con él. Les pidió que le tomaran una igualmente. No era cosa
de dejar pasar desapercibida la tenencia -aunque fuera temporal- de un documento como ese.
Por
la tarde, tras perder varios minutos entre la noticia, los comentarios y las fotos, el escritor inició su plática.
-Antes
de entrar en la polémica quisiera, apoyado en la propia argumentación del P. Dr. Eduardo Chávez Sánchez, postulador oficial
de la Causa de Juan Diego, hacer un breve recorrido del proceso de beatificación y canonización de Juan Diego.
Desde
hace mucho tiempo, como decíamos, se ha tenido la certeza de que Juan Diego ya se encontraba en el cielo, gozando de Dios,
como lo expresaba Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, a finales del siglo XVI, en su escrito llamado Nican Motecpana, donde manifiesta
que Juan Diego es modelo de santidad y que “¡Ojalá que así nosotros le sirvamos y que nos apartemos de todas las cosas
perturbadoras de este mundo, para que también podamos alcanzar los eternos gozos del cielo!”
En
el siglo XVII, uno de los documentos más importantes son las Informaciones Jurídicas de 1666, de las que ya hablamos y en
donde encontramos varias veces la referencia de Juan Diego como un hombre excepcional. Otro importante autor, pero del siglo
XVIII, Cayetano Cabrera y Quintero, expresaba en su libro Escudo de Armas, publicado en 1746, cómo Juan Diego era un verdadero
intercesor para el pueblo: Aún los mismos indios que frecuentaban el Santuario se valían de las oraciones de su compatriota
viviendo y, ya muerto y sepultado allí, lo ponían como intercesor ante María Santísima, para lograr sus peticiones.
El
pueblo siempre expresó su admiración y veneración a Juan Diego representando su figura como un “atlante” y sostenedor
de todo un altar, como en San Lorenzo Ríotenco; como fundamento y sostenedor de un púlpito en la iglesia del Pocito; ángel
a los pies de la Virgen en la fachada del Colegio de Guadalupe; como franciscano, representado en la fachada de la antigua
Basílica de Guadalupe; pintado con aureola en el exvoto del museo de la Basílica de Guadalupe; o esculpido con veneración
en un cáliz de oro, etc.
Don
Santiago Beguerisse publicó Apuntes Biográficos del Venturoso Indio Juan Diego; y el 1 de noviembre de 1895 escribió
al Obispo de Cuernavaca, Fortino Hipólito Vera, con quien lo unía un mismo pensamiento, comunicándole su interés por iniciar
un Proceso para la Beatificación de Juan Diego.
-Desde
1895? cuestionó asombrado Calixto.
-Así
es, aunque debe considerarse que la sugerencia de Don Santiago no pasaba, en ese momento, más allá de una verdadera intención.
Como
la de octubre de 1904, en el Congreso Mariano que se celebró en Morelia, en que se presentó la iniciativa para que se solicitara
iniciar el Proceso para la Beatificación de Juan Diego.
En
1930, el P. Lauro López Beltrán fundó su revista Juan Diego con la que continuamente impulsó la posibilidad de llevar
a los altares a Juan Diego.
El
1 de mayo de 1931, por motivo del IV Centenario de las Apariciones, se publicó en el Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis
de Guadalajara un artículo intitulado La Canonización de Juan Diego donde se pide la canonización de Juan Diego.
El
12 de abril de 1939 se publica una importante Carta Pastoral del Obispo de Huejutla, José de Jesús Manríquez y Zárate: XXI
Carta Pastoral, que dirige a sus diocesanos sobre la necesidad de trabajar ahincadamente por la glorificación de Juan Diego
en este mundo, San Antonio, Texas; para trabajar en la glorificación de Juan Diego.
Como
puede verse, se hablaba de las intenciones, pero hasta ese momento no se había hecho nada con seriedad, o al menos organizadamente.
En
1950, el mismo Obispo de Huejutla, José de Jesús Manríquez y Zárate, cuando asistió a Roma a la Declaración Dogmática de la
Asunción, representando al Arzobispado de México, aprovechó para entrevistarse con el cardenal Nicolás Canali, gran autoridad
del Vaticano, proponiéndole el iniciar la beatificación de Juan Diego.
En
los últimos años esto se expresó con mayor fuerza. En 1974, tanto los Obispos de México como los de América Latina habían
pedido la canonización de Juan Diego, se propuso la canonización de Juan Diego como modelo de laico cristiano. Este puede
ser considerado como el primer real paso del proceso. Una solicitud ya no individual, sino colectiva y organizada.
En
1979, durante su primer viaje pastoral en México, el Santo Padre, Juan Pablo II, habló de Juan Diego como ese personaje histórico
fundamental en la historia de la Evangelización de México. Los Obispos mexicanos insistieron en que la canonización de Juan
Diego es un hecho profundamente querido por la gran parte del pueblo de México; se dieron los primeros pasos y el 15 de junio
de 1981 durante la Décima Asamblea, la Conferencia Episcopal Mexicana pide formalmente la canonización de Juan Diego.
El
Arzobispo Primado de México, D. Ernesto Corripio Ahumada, escuchó estas súplicas y peticiones y con gran empeño inició los
trabajos, escribiendo a la Congregación para la Causa de los Santos en 1981, para informarse sobre los pasos y posibilidades
de canonizar al indio Juan Diego.
-Bueno,
entonces ya no hablamos de 1895, sino de 1981... sentenció Rafael.
-Así
es. Con todo, hacer llegar a Juan Diego a la santidad no fue cosa nada más de papeleo, sino de insistencia. Si lo vemos con
realidad, fueron 86 años de insistencia y 20 más de trámites.
-Un
total de 106 años... dijo Julián en un suspiro.
-Bueno,
ya cállense y dejen que mi papá siga, reclamó Jazmín.
-El
8 de junio de 1982, la Congregación para la Causa de los Santos informó al Arzobispo de México, Corripio, los pasos necesarios
que se tenían que dar para que todo el Proceso fuera conforme al Derecho Eclesiástico.
El
7 de enero de 1984, en la Insigne Basílica de Guadalupe, presidió la ceremonia donde se daba inicio al Proceso Canónico del
Siervo de Dios, Juan Diego, el indio humilde mensajero de la Virgen de Guadalupe.
El
19 de enero de 1984 se nominó para Roma como Postulador al P. Antonio Cairoli, OFM; el 11 de febrero se completó jurídicamente
el Tribunal con la sesión de apertura y se llevó adelante el Proceso Canónico Ordinario que se pide en estos casos; en total
fueron 98 sesiones.
También
se nombró, en ese entonces, una comisión histórica, presidiéndola el Prof. Joel Romero Salinas, miembro de la Academia Nacional
de Historia y Geografía de México, perito en Historia y Archivística para la Causa en cuestión; esta comisión histórica preparó
el material necesario en estos casos. Más de dos años de estudio y trabajo fueron necesarios para concluir la primera etapa
del Proceso; el 23 de marzo de 1986, en solemne ceremonia se concluyeron estos trabajos, y toda la documentación y la investigación
fue enviada a Roma.
Por
fin, la Congregación para la Causa de los Santos aprobó el camino realizado el 7 de abril de 1986.
Todavía
el Arzobispo de México Ernesto Corripio quiso congregar, el 9 de octubre de 1989, en la Sala de Acuerdos de la Curia de la
Arquidiócesis de México, a 21 especialistas en historia, investigadores y estudiosos del Acontecimiento Guadalupano, con la
presencia también del entonces abad Mons. Guillermo Schulemburg, para que ahí se pronunciaran los comentarios, reflexiones
y opiniones a favor o en contra de la Causa de Juan Diego; era importante conocer todos los puntos de vistas y analizar no
sólo la personalidad de Juan Diego, sino también la oportunidad de la continuación de la Causa; con toda libertad se podía
exponer cualquier opinión en contra o a favor. El Ing. Joel Romero Salinas recuerda este momento en su libro Juan Diego.
Su peregrinar a los altares, en donde refiere lo sucedido en este importante encuentro: Ninguna opinión se vertió en
contra de la existencia física del Siervo de Dios y se ahondó positivamente en su fama, virtudes y culto.
-Entonces
Schulemburg todavía no abría la bocota? instó Norma.
-No,
aún no. En ese año de 1989, después de la muerte del Rev. P. Antonio Cairoli, OFM, el Cardenal Ernesto Corripio designó como
Postulador para la Causa de Juan Diego al Rev. P. Paolo Molinari, SJ.
El
Episcopado Mexicano actuaba en gran unidad y conciencia pastoral. El 3 de diciembre de 1989, Mons. Adolfo Suárez Rivera, Arzobispo
de Monterrey y Presidente de la CEM (Conferencia Episcopal Mexicana), escribía al Cardenal Felici, Prefecto de la Sagrada
Congregación para las Causas de los Santos:
Saludamos
a Vuestra Eminencia con respeto y afecto en el Señor:
Con
fecha 17 de noviembre del presente año, los Obispos de México enviamos a Vuestra Eminencia una carta con la cual implorábamos
que el Siervo de Dios Juan Diego sea proclamado Santo en virtud de la continuación del culto a él dirigido.
Para
complementar nuestra mencionada carta, nos permitimos por las presentes letras, asentar las siguientes aclaraciones y declaraciones:
Cuando
fueron emitidos los Decretos de S. S. URBANO VIII (1625-1634), la Jerarquía de México, en debido acatamiento a las disposiciones
pontificias, prohibió toda manifestación de culto público y litúrgico de Juan Diego.
Sin
embargo, la fama de santidad del Siervo de Dios y la auténtica devoción religiosa que se le guardaba, eran tales que, pese
a la observancia de la Norma referente al culto público y litúrgico, el culto popular privado continuó y ha venido a ser más
vivo y creciente en nuestros días.
Las
diversas disposiciones de la Jerarquía Eclesiástica local, referentes tanto a la veneración de la Imagen de la Sma. Virgen
de Guadalupe como al respeto a la casa de Juan Diego, testifican la continuidad de la auténtica devoción hacia el Siervo de
Dios. Todo esto está ampliamente ilustrado en los diversos Estudios hechos para la elaboración de la "POSITIO", en correlación
con los documentos respectivos.
-El
Positio es ese libro que nos enseñaste? dijo Riqui.
-Sí
ese es...
-Pues
vaya que tiene importancia eh?
Monseñor
Suárez Rivera sigue diciendo en su carta: La existencia de la auténtica fama de santidad del Siervo de Dios Juan Diego
está sólidamente confirmada por el hecho de que, desde el año de 1666, las Autoridades Eclesiásticas de México se preocuparon
por llevar a cabo un proceso formal, con la finalidad de solicitar la aprobación de un Oficio Propio en honor de la B. Virgen
María de Guadalupe, para la celebración del día de la aparición preternatural de la Santísima Virgen al Obispo Fray Juan de
Zumárraga, y esto como comprobación de la veracidad de Juan Diego.
En
las actas de tales investigaciones figuran las disposiciones acerca de la vida, las virtudes, la fama de santidad y el culto
a Siervo de Dios Juan Diego.
Las
actas de estos dos Procesos han sido debidamente insertadas en la mencionada "POSITIO".
Además,
ha de tenerse presente que la Jerarquía Eclesiástica de México instruyó un proceso específicamente sobre la vida, las virtudes,
la fama de santidad y el culto del Siervo de Dios en los años 1984-1986.
Teniendo
en cuenta todo esto, se debe afirmar que el período de tiempo en el cual el culto se manifestó y fue vivido en la Iglesia
de México, es suficiente por sí mismo para corresponder a la categoría de "A TEMPORE INMEMORABILI".
Por
lo expuesto, nosotros, los Obispos de México, declaramos que la ininterrumpida fama de santidad atribuida al Siervo de Dios
JUAN DIEGO y la continua devoción religiosa que se le guarda constituye en seguro fundamento para declarar que ha existido
un verdadero culto religioso, pero con la limitación ordenada por la Santa Sede Apostólica.
Esta
declaración es firmada por el suscrito, Presidente de la Conferencia Episcopal de México, en nombre de todos los Excmos. Sres.
Arzobispos y Obispos de nuestra Nación. Nosotros esperamos que esta declaración constituya un documento válido para la "Positio
Super Cultu ab Inmemoriabili Praestito" del Siervo de Dios Juan Diego, elaborada por la Sagrada Congregación para las Causas
de los Santos que Vuestra Eminencia dignamente preside como Cardenal Prefecto.
Los
Obispos de México, junto con nuestro pueblo cristiano, abrigamos la dichosa esperanza de que el Santo Padre Juan Pablo II,
en uso de la autoridad que le asiste, se digne declarar Santo al Siervo de Dios Juan Diego, el laico que fue siervo de la
Sma. Virgen de Guadalupe, en su próxima visita pastoral a México, en el mes de mayo del próximo año.
Este
asentimiento eclesial será de notoria importancia para la Iglesia en México y constituirá un gran impulso para la pastoral
y la vitalidad del laicado católico de México y de América Latina.
Reiteramos
a Vuestra Eminencia nuestros sentimientos de aprecio y estima en el Señor.
Ciudad
de México, D. F., a 3 días del mes de Diciembre del año de 1989.
-Qué
quiso decir con esto en respetable español? preguntó Gerardo.
-Hay
dos formas de canonización, señaló Julián. Creo que ya hablamos de ello, pero por si se ha olvidado ahí les van:
La
primera es por un milagro técnico, es decir, un milagro que contravenga las leyes naturales comprobadamente. La segunda, por
un culto ininterrumpido por determinado tiempo. Parece que son cien años.
-Cien
años son lo que han pasado desde que empezamos esta charla. Hoy sí nos fuimos de frente. No los corro, pero como que ya ahuecan
el ala... dijo el escritor.
-Cierto,
muy cierto... señaló Eva. Ya hasta me estaba entumiendo...
-Pues
hasta mañana... y que Dios les acompañe.
Ricardo
se levantó tarde; la noche anterior se había embebido leyendo la Positio prestada hasta que Norma le reclamó.
Cuando
bajó a desayunar, Julián había salido.
-Dónde
fue? preguntó todavía medio dormido.
-Fue
con Lucita a ver lo de los pasajes...
-Pues
que día es hoy?
-Viernes,
mi amor, si Dios quiere salimos mañana para México.
-Hummm...
que pronto se va el tiempo! Ya te dijeron quienes van a ir?
-Qué
esperabas? ¡Todos!
-Todos?
-Sí...
todos!
-Vaya...
pues va a estar bueno el viaje.
La
entrada de Lucía y Julián fue triunfal. Primero entró Silvia que, haciendo señas de silencio con la mano, se dirigió al modular
y puso la marcha triunfal de Aída. Al son de la música, Julián entró a paso de gala con Lucita del brazo. Atrás, orondo y
con el pecho salido, Abraham, el esposo de Silvia.
-Y
ahora? Qué mosca les picó? reclamó el escritor.
-Paso
a los grandes hombres! dijo Silvia fingiéndose Maestresala de Palacio, que su honra glorifica esta morada!
-Anda!
ahora sí se volvieron locos! exclamó Ricardo levantando los brazos al cielo siguiendo la charada mientras los demás miraban
estáticos lo que sucedía.
-Estimado
embajador de Acapulco, charlista y relator, cuentista y poeta, dijo engoladamente Julián, permítame presentarle al joven que,
tras arduos esfuerzos y problemáticas negociaciones, logró que su ricachón progenitor facilitara tres -sí, oyó usted bien-
tres vagonetas para realizar el viaje desde el mismísimo puerto de Acapulco, ida y vuelta, con choferes a disposición y gasolina
pagada. Cómo la ves desde ahí???!!!
-De
verdad?! preguntó asombrado el escritor.
-Total
y absolutamente cierto!
La
algarabía se hizo general. La palomilla aplaudía y abrazaba al popular joven. También entre ellos mismos se cruzaban abrazos
de felicidad. La propuesta, a más del considerable ahorro, significaría seguridad y más tiempo para sus actividades.
-Pues
dadas las noticias, debo sumarme a la alegría y anunciarles que la casa de Xochimilco ya está lista para recibirles con gusto,
agregó Rafael.
-Bravo!
corearon todos, que volvieron a aplaudir.
-Entonces,
todo está listo para salir mañana por la mañana, señaló Julián. Les parece bien a las cinco de la madrugada?
-Pues
a mi no, dijo abiertamente Ricardo, pero todo sea por Dios...
-Eso
quiere decir que hoy no habrá charla? preguntó medio desilusionada Cristy.
-De
ninguna manera. Ya están todos, ya tienen sus maletas listas... así es que, a sentarse y a escuchar! urgió el sacerdote.
-Bajo
las normas y directrices de la Congregación para la Causa de los Santos, así como las del Relator General Mons. Giovanni Papa
se elaboró la Positio, continuó Ricardo, la cual fue presentada a los Peritos en Historia, así como a los Teólogos Consultores
y al Congreso de Cardenales y Obispos de la Congregación, y se obtuvo el voto afirmativo sobre el culto inmemorial y la fama
de santidad del Servo di Dio Juan Diego. De esta manera se llega a la aprobación de la Positio en 1990; se confirmó, pues,
que a Juan Diego se le daba un culto desde tiempos inmemoriales; manifestado por objetos de todas clases como son imágenes
y diseños de Juan Diego en donde se le representó con aureola; su figura se esculpió en cálices, en púlpitos, en altares,
en exvotos, en ofrendas; son varios los documentos en donde se declara que Juan Diego fue un indio buen cristiano y santo,
como vimos en los testimonios de los ancianos indios de Cuauhtitlán que fueron vertidos en las Informaciones Jurídicas de
1666. Una fama que no se iterrumpió, como también ya vimos que expresaba, en 1746, D. Cayetano de Cabrera y Quintero.
El
9 de abril de 1990, el Santo Padre Juan Pablo II, por medio del Decreto de Beatificación, reconoció la santidad de vida y
culto tributado, de tiempo inmemorial, al Beato Juan Diego. Y el 6 de mayo sucesivo, el mismo Santo Padre, durante su segundo
viaje apostólico a México, presidió en la Basílica de Guadalupe la solemne celebración en honor del Beato Juan Diego, inaugurando
la modalidad del culto litúrgico que se le debía rendir al humilde y obediente indio, mensajero de la Virgen de Guadalupe.
-Oye!
Entonces lo convirtió en santo desde 1990? preguntó Jorge medio sorprendido.
-No...
cuidado! No confundan. En esa fecha fue la beatificación de Juan Diego. Todavía faltaba mucho para que fuese Santo!
El
Santo Padre afirmó: Juan Diego es un ejemplo para todos los fieles: pues nos enseña que todos los seguidores de Cristo,
de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor a la perfección de la santidad por la que el Padre es perfecto,
cada quien en su camino. Juan Diego, obedeciendo cuidadosamente los impulsos de la gracia, siguió fiel a su vocación y se
entregó totalmente a cumplir la Voluntad de Dios, según aquel modo en el que había sido llamado por el Señor, destacando por
su amor tierno a la Santísima Virgen María, a la que tuvo constantemente presente y veneró como Madre y dedicándose con ánimo
humilde y filial a cuidar su casa. No es extraño, por eso, que estando aún con vida, muchas personas le considerasen santo
y le pidieran la ayuda de su oración. Esta fama de santidad ha perdurado después de su muerte, y no son pocos los testimonios
del culto que se le daba, los cuales muestran, suficientemente, que delante del pueblo cristiano se le nombraba con el título
de santo, y tenía hacia él aquellas manifestaciones e veneración que suelen reservarse a los Beatos y a los Santos, como queda
patente por las obras artísticas llegadas hasta nosotros, en las que la imagen del Siervo de Dios aparece representada con
una aureola o con otros signos de santidad. Es cierto que esas manifestaciones de culto se dieron sobre todo en la época más
cercana a la muerte de Juan Diego, pero es asimismo innegable que han permanecido hasta nuestros días, de manera que puede
afirmarse con seguridad que testifican un culto peculiar e ininterrumpido tributado al Siervo de Dios. A petición de gran
número de Obispos y de muchos otros fieles sobre todo de México, la Congregación para las Causas de los Santos procuró que
se recogieran los documentos que ilustran la vida, las virtudes y la fama de santidad de Juan Diego y ponen también de manifiesto
el culto que se le ha tributado. Después de realizar las oportunas investigaciones y de estudiar el material reunido, se elaboró
una amplia relación acerca de la fama de santidad del Siervo de Dios, susvirtudes y el culto que se le a tributado desde tiempo
inmemorial.
La
labor de la Congregación para la Causa de los Santos es sumamente profesional, trabajan ahí los más grandes especialistas
en la materia; quienes llevan todo proceso de una manera meticulosa y detallada, no dejan ninguna duda por aclarar, ninguna
pregunta por responder. Todos sabemos de las dudas y especulaciones que Mons. Schulemburg y un grupo de personas han transmitido,
si bien, no por la vía normal como se debe proceder en estos casos; aún así, la Congregación no desatendió ninguna de las
objeciones que le presentaron.
-A
ver... a ver... podrías aclararnos qué fue en realidad lo que pasó con ese señor chulllberggg? cuestionó Alfonso.
-Podríamos
resumirlo así: tras muchísimos años de estar al frente del fervor guadalupano; tras muchísimos años de vivir de ese
fervor guadalupano -incluso hacer una fortuna que ha sido exhibida en los medios no sólo mexicanos sino internacionales- resulta
que, de pronto, Schulemburg afirma que ni la Virgen de Guadalupe ni Juan Diego existieron!
-Ahhh
méndigo! exclamó Carlos sin la sorna de siempre.
-De
verdad así lo declaró? preguntó Adriana.
-Palabras
más, palabras menos... el caso es que por lo mismo, la Congregación dispuso que junto con la Arquidiócesis de México se formara
una Comisión Histórica que encabezara una investigación apegada al método histórico científico. Esta Comisión fue encabezada
por el P. Dr. Fidel González Fernández, Doctor en Historia de la Iglesia, Consultor de la Congregación para las Causas de
los Santos, catedrático de la Pontificia Universidad Gregoriana y de la Pontificia Universidad Urbaniana, especialista en
Historia de la Iglesia en América Latina; el P. Dr. Eduardo Chávez Sánchez, Doctor en Historia de la Iglesia, Prefecto de
Estudios del Pontificio Colegio Mexicano, Miembro de la Sociedad Mexicana de Histórica Eclesiástica, Investigador especializado
de la Arquidiócesis de México; y Mons. José Luis Guerrero Rosado, canónigo de la Basílica de Guadalupe, licenciado en Derecho
Canónico, investigador y catedrático, hombre de una vastísima cultura y gran especialista en el Acontecimiento Guadalupano.
Para mí, dice el P. Dr. Eduardo Chávez Sánchez, postulador oficial de la Causa de Juan Diego y en el que basamos esta
charla, fue un gran honor el que el Sr. Arzobispo de México me hubiera designado para formar parte de esta importante y
trascendental Comisión Histórica.
Nuestra
Comisión retomó todo lo realizado por siglos, investigó nuevamente en Archivos y Bibliotecas de varias partes del mundo, analizó
no sólo las dudas u objeciones; sino que estudió e investigó desde la tradición oral continua e ininterrumpida que se ha mantenido
hasta el día de hoy en la memoria del pueblo, hasta fuentes documentales como mapas, códices, anales, testamentos, cantares,
narraciones antiguas, los llamados Nican mopohua y Nican Motecpana, la Información de 1556, las Informaciones Jurídicas de
1666, los importantes escritos de los primeros frailes misioneros y otros muchos documentos más. Así como se tomaron en cuenta
las dudas y objeciones, también se tomaron en cuenta las nuevas aportaciones y afirmaciones a favor del hecho histórico, provenientes
de los más variados investigadores, científicos y estudiosos del Acontecimiento Guadalupano.
El
trabajo revistió un esfuerzo de varios años, analizando, estudiando e investigando bajo el método histórico científico, ubicando
cada fuente histórica en su justo valor y naturaleza y en su convergencia; asimismo, se sometió a las normas precisas de la
Congregación de la Causa de los Santos.
El
28 de octubre de 1998, la Congregación aprobó los resultados de la investigación científica, constatando y confirmando la
verdad del Acontecimiento Guadalupano, y la misión del indio humilde Juan Diego, modelo de santidad, quien a partir de 1531
difundió el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe, por medio de su palabra y de su ejemplar testimonio de vida.
Se
dio un paso más al pedir la Congregación que se publicara lo esencial y más importante de los resultados de la investigación
de la Comisión Histórica; gracias a esto, en 1999, se publicó un libro bajo el título: El Encuentro de la Virgen de Guadalupe
y Juan Diego; el cual fue analizado por diversos especialistas. Más adelante, la Congregación encomendó a algunos doctores
y catedráticos de Historia de la Iglesia de las más prestigiosas Universidades Pontificias, especialistas en el tema de México
y América Latina, para que analizaran este Libro de manera detenida y meticulosamente; y todos, de forma unánime, dieron su
confirmación positiva y laudatoria, tanto de la esencia de la historia del Acontecimiento Guadalupano, especialmente del Beato
Juan Diego, como de la metodología científica usada en la investigación.
En
ese año de 1999, nuevamente el Papa Juan Pablo II afirmó con gran fuerza la importancia del Mensaje Guadalupano comunicado
por el Beato Juan Diego y confirmó la perfecta evangelización que nos ha sido donada por Nuestra Madre, María de Guadalupe:
Y América, –declaró el Papa– que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido «en el
rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa María de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización perfectamente
inculturada». Por eso, no sólo en el Centro y en el Sur, sino también en el Norte del Continente, la Virgen de Guadalupe es
venerada como Reina de toda América. El Papa confirmó la fuerza y la ternura del mensaje de Dios por medio de la Estrella
de la evangelización, María de Guadalupe, y su fiel, humilde y verdadero mensajero Juan Diego, en donde Ella depositó toda
su confianza; momento histórico para la evangelización de los pueblos, La aparición de María al indio Juan Diego –reafirmó
el Santo Padre– en la colina del Tepeyac, el año de 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este
influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente. [...] María Santísima de Guadalupe
es invocada como «Patrona de toda América y Estrella de la primera y de la nueva evangelización».
Todos
los sucesores de fray Juan de Zumárraga han promovido ininterrumpidamente el gran Acontecimiento Guadalupano, el cardenal
Norberto Rivera, con un gran esfuerzo y una ferviente oración, ha impulsado de manera decisiva la Canonización del Beato Juan
Diego. Asimismo, el Rector y todos los Canónigos de la Nacional e Insigne Basílica de Guadalupe, han dirigido peticiones al
Santo Padre. El Episcopado Mexicano en pleno ha sido de los más fuertes promotores motivando tanto la investigación científica,
así como la evangelización y devoción popular en una pastoral integral.
Cuando
se aprobó todo el camino recorrido en cuanto a confirmar la historicidad de Juan Diego, se continuó con el proceso, ahora
analizando el milagro que realizó Dios por medio de Juan Diego.
-Después
de todo esto, todavía más? preguntó asombrado Alfonso.
-Claro,
es preciso comprender que no es como se dice, de la noche a la mañana... dentro del proceso para la Canonización de Juan Diego
era indispensable constatar un milagro efectuado por intercesión del Beato Juan Diego y, aunque nos alarguemos un poco más
esta noche, debemos agotar el tema para no interrumpirlo con el viaje a México. Para esto, seguiremos apoyándonos en el relato
del P. Dr. Eduardo Chávez Sánchez, postulador oficial de la Causa de Juan Diego:
Desde
el 20 de noviembre de 1990, en la Curia del Arzobispado de México, se abrió el proceso canónico para recoger las pruebas sobre
el milagro realizado por el Beato Juan Diego, concluyendo el 31 de marzo de 1994.
No
cabe duda, que Dios aprobaba la canonización de Juan Diego al realizar un milagro por medio de la intercesión de este indio
humilde y sencillo, mensajero fiel de Santa María de Guadalupe.
El
caso en cuestión tuvo lugar en la Ciudad de México el 3 de mayo de 1990, cuando un joven de 20 años de edad, llamado Juan
José Barragán Silva, cayó de una altura de 10 metros aproximadamente sobre terreno sólido, con un fuerte impacto valorado
en 2,000 kgs., con fractura múltiple del hueso craneal, y fuertes hematomas. Según la valoración de los médicos, la mortalidad
superaba el 80%. Fue la mamá del muchacho quien le pidió a Juan Diego por la vida de su hijo.
Al
llegar al Sanatorio, intervino el Dr. Homero Hernández Illescas y su equipo de médicos, encontrando que las lesiones que presentaba
el muchacho eran terribles y se esperaba lo peor; nuevamente aquí la madre del muchacho confirmó su confianza en Juan Diego.
Después de dos días, los médicos le tuvieron que dar la mala noticia a la madre, de que su hijo tenía muy pocas esperanzas
de vida y que esperaban sólo su fallecimiento. El 6 de mayo de 1990, exactamente cuando el Santo Padre Juan Pablo II estaba
celebrando la misa de Beatificación de Juan Diego, en el Sanatorio se operó un verdadero prodigio, el joven que había sido
desahuciado se incorporó y, como tenía hambre, comió de lo que encontró en una charola que se había colocado cerca de él;
todo esto ante la admiración de propios y extraños. Los médicos no podían creer lo que estaban contemplando, obviamente los
exámenes de todo tipo fueron muy exhaustivos para tratar de dar una respuesta racional a lo que estaban contemplando; el muchacho
no tenía ya ni frcturas, ni contusiones, ni sangrado, absolutamente nada... tan admirable fue este prodigio, que a los pocos
días salió del hospital por su propio pie. Más de 15 médicos especialistas analizaron este caso, conformando un gran expediente
que sería de gran importancia para el proceso del milagro.
En
primer lugar, se realizó un proceso diocesano para analizar este caso prodigioso y constatar que se podía integrar al proceso
de canonización del Beato Juan Diego, todos los testimonios de los especialistas coincidían que no había una explicación racional
sobre este caso; además fueron claros los testimonios de quienes supieron que la madre del muchacho había invocado a Juan
Diego para que intercediera por la salud de su hijo.
La
Congregación para la Causa de los Santos confirmó que el proceso diocesano fue muy bien llevado; el caso disponía de una sólida
base probatoria. El Decreto de Validez de los actos del proceso es del 11 de noviembre de 1994. En la misma Congregación,
el 26 de febrero de 1998, los médicos especialistas nombrados por la Santa Sede para analizar de manera meticulosa este caso,
lo aprobaron por unanimidad (cinco sobre cinco), sorprendidos de que en el lapso de pocos días la fractura estuviera totalmente
soldada y sin manifestar ningún signo de complicación y con una modalidad de curación rápida, completa y duradera, siendo
que la caída que había sufrido el muchacho era de fatales consecuencias; era una inexplicable curación según el conocimiento
de la ciencia médica.
Por
otro lado, la Congregación para la Causa de los Santos también recibió el resultado del proceso de parte de los teólogos que
analizó con minuciosidad si este milagro se había realizado por intercesión del Beato Juan Diego. El 11 de mayo de 2001, en
Congressus Peculiaris super Miro, los Consultores Teólogos, presididos por el Promotor de la Fe, aprobaron el milagro hecho
por intercesión del Beato Juan Diego Cuauhtlatoactzin, con voto afirmativo por unanimidad. Sin duda alguna, el humilde Juan
Diego es un ejemplo de santidad y un fuerte intercesor de su pueblo.
Pero
todavía faltaban los últimos pasos por dar dentro de este proceso de Canonización.
El
21 de septiembre de 2001 se realizó la «Sesión Ordinaria» integrado por Obispos y Cardenales quienes aprobaron todos los resultados.
Y el 20 de diciembre del mismo año se Proclamó el Decreto del Milagro realizado bajo la intercesión del Beato Juan Diego ante
la presencia del Papa Juan Pablo II. Con ello se dispone a Juan Diego a ser canonizado. Pero todavía el proceso no concluía,
ya que el Santo Padre tenía que consultar a todos los cardenales del mundo para que dieran libremente su opinión; disponiendo
la celebración de un Consistorio para el día 26 de febrero de 2002 en donde el Papa Juan Pablo II, después de la consulta
a los cardenales, proclamaría su resolución.
Por
fin, llegó el día tan esperado, el 26 de febrero del 2002, en una liturgia solemne, el Santo Padre Juan Pablo II proclamó
que canonizaría al Beato Juan Diego Cuauhtlatoactzin el 30 de julio de este mismo año. Por cuestiones prácticas, el día fue
cambiado para el 31 de julio y se confirmó que el lugar en donde se celebraría la Solemne Ceremonia sería en la Insigne y
Nacional Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, y que el Papa en persona vendría a presidirla, tal y como sucedió...
La algarabía de todos abrumaba a los pobres conductores
que, acostumbrados más a la seriedad de sus pasajeros, veían a estos pobres provincianos como niños con juguete nuevo. El
viaje, sin embargo, se desarrolló tranquilamente y con un corto descanso en Tres Marías que sirvió para que Norma presumiera
del sabor exquisito de las quesadillas lugareñas.
La
llegada fue a la casa de Rafael en Xochimilco, una hermosa propiedad solariega que contaba con inmensos jardines a su derredor,
dos fuentes cantarinas y una cascada artificial que igual deleitaba a los visitantes, y 16 habitaciones en las que se acomodaron
a su gusto todos. Los únicos que cargaron con niños fueron Riqui y Eva, debido a la corta edad de sus pequeñas, y Jorge, con
Cristy, Adriana y Jorgito, por el caso contrario, es decir, porque ya tenían edad para viajar con ellos.
No
es necesario decir que, amantes todos de los antojitos mexicanos, el desayuno fue en las cercanías de los muelles de las trajineras,
en donde decenas de campesinas lugareñas habían colocado sus puestos de fritangas regionales.
-Bueno,
pues es hora de partir para visitar nuestra primer escala: la Iglesia de Cuauhtitlán en donde se encuentran los restos de
la casa de Juan Diego y el monumento erigido en su memoria.
-Sí...
sí... exclamaron todos al tiempo que se acomodaban en sus lugares de las vagonetas.
El
trayecto, que significaba cruzar la capital de un lado a otro, les llevó poco más de una hora; sin embargo, para la una de
la tarde ya estaban a las puertas de la Iglesia.
Julián
sabía de antemano que en realidad no había mucho que ver, pero la bondad de la visita misma acrecentaba la fe de aquellos
amigos. Queriendo hacer un poco menos aburrida la visita, les invitó a acomodarse a un lado de las ruinas.
-Quiero
aprovechar el ambiente mismo de este lugar, para comentarles a ustedes sobre el documento más antiguo encontrado sobre la
aparición de la Guadalupana.
El
documento tiene la fecha de 1548 -de ahí su nombre- está firmado por Fray Bernardino de Sahagún, y da fe de la imagen de la
Guadalupana en el Tepeyac.
Como
pueden ver, 1548 es apenas 17 años después de las apariciones de la Virgen, que fueron en 1531, por lo que se puede también
considerar el documento más cercano a la fecha del suceso.
Este
documento fue descubierto en un archivo particular en México por el Padre Xavier Escalada, que le calificó de científicamente
revolucionario.
No hay ningún documento tan antiguo ni tan claro para probar la historicidad de Guadalupe como este Códice que hemos
llamado 1548, destacó al señalar que fue elaborado por manos indígenas en piel
de venado (13.2 por 20 cms.), menciona en dos ocasiones el nombre nahuatl de Juan Diego -Cuauhtlatoactzin- presenta la firma
de Fray Bernardino de Sahagún y contiene el grifo o sello del juez Antón Valeriano, autor del Nican Mopohua, conocido como
El Evangelio de las Apariciones.
Hemos dado a examinar el Códice a los expertos y todos han coincidido en señalar que es auténtico. señaló contundente en una entrevista concedida al Diario
Reforma el 3 de agosto de 1995. La firma de Fray Bernardino ha sido comparada con las que aparecen en otros documentos
y es original, lo que puede afirmarse también del grifo de Valeriano que, entre otros más, se encuentra en el Códice Auban.
En
el documento está representado el cerro del Tepeyac y subrayó que la aparición de la Virgen, bellamente expresada, resulta
reveladora porque carece de corona. La primer pintura que tenemos donde la Virgen aparece coronada está claramente datada
en 1606 y fue pintada por Baltasar de Echave Orio, aclaró Escalada.
En
el documento se hace alusión a la muerte de Juan Diego y está probado históricamente que este murió precisamente en 1548.
-Oiga
padre, y cómo fue que apareció el papelito ese? cuestionó Riqui.
-Los
dueños del documento, es decir, quienes le tenían en su poder, y que pidieron permanecer en el anonimato, se enteraron de
que se hacían esfuerzos por alcanzar la santidad de Juan Diego y de que se buscaban documentos relacionados con la vida y
obra de este. Llamaron al Padre Escalada, le platicaron que su abuelo fue un gran coleccionista y que, cuando murió, repartió
su acervo bibliográfico y documental a sus nietos. A una de ellas le tocó el Códice, pero de momento lo consideró un papel
viejo y sin importancia, aunque cuando se enteraron de la búsqueda juandieguina le recordaron, sacaron del arcón y, al revisarlo,
casi desmayan del gusto al darse cuenta de la real importancia del documento.
La importancia del documento radica -afirmó Escalada- en su capacidad para
probar la autenticidad de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, negadas en el siglo XVIII por el Cronista de Indias Juan
Bautista Muñoz, quien hizo una investigación fragmentada y afirmó que había un silencio sobre el milagro por parte de los
grandes historiadores, la mayoría religiosos del México de esa época.
Quien diga hoy que la Virgen de Guadalupe no se apareció, que el hecho no se puede probar históricamente, no ha visto
este documento; quien lo vea no podrá afirmar esto, aseguró firmemente el jesuita.
-Y
qué tantos documentos existen que prueben la historicidad de Juan Diego? preguntó Celerino.
-Bueno,
muchos, creo que ya hablaremos de estos dentro de poco, aclaró Ricardo, pero puedo adelantarles que son más de 40 que prueban
no sólo la existencia histórica de Juan Diego, sino del ayate, de las apariciones, y llegan hasta demostrar algunos detalles
contenidos en la imagen misma...
-Como
la imagen de Juan Diego en los ojos de la Virgen... señaló Eva.
-Así
es... pero por lo pronto, sigamos nuestro camino porque no nos queda todo el día.
Queriendo
conocer otro de los lugares frecuentados por Juan Diego y que, por mérito propio es uno de los tesoros arquitectónicos nacionales
por excelencia, se trasladaron a Tepotzotlán, donde visitaron el maravilloso templo de San Francisco Xavier y se extasiaron
ante sus admirables retablos, la hermosa biblioteca y todos esos tesoros que guarda como Museo Nacional del Virreinato, atendidos
por el diligente amigo Don Enrique Olano Terrazas, que se dice humilde custodio pero es un profundo conocedor de aquello que
ama: la historia de México y en especial la de Tepotzotlán.
Al
salir del Convento-Templo-Museo, algunos querían recorrer la zona de los puestos de dulces y artesanías.
-Yo
creo que ya es hora de comer... al menos mi estómago así lo reclama, rebatió Jorge.
-Y
tienes toda la razón, apoyó Rafael.
-Pues
vamos al mercado... quieren?... o mejor a un restaurante? cuestionó Ricardo buscando el consenso.
-Al
mercado... al mercado! urgieron todos.
No
bien entraban a la zona de fondas en el mercado de Tepotzotlán, cuando notaron las caras azoradas de las fonderas.
-Qué
pasó? preguntó el escritor.
-Murió
el Papa... contestó apenas en un murmullo la señora a la que cuestionó.
La
televisión daba la noticia extensamente. Apenas unas horas antes se habían cerrado las persianas de las ventanas del departamento
que ocupaba el Papa. Esa era la señal que todos había estado esperando -sin desear- por más de una semana.
Juan
Pablo II había sufrido una larga agonía, pero ya descansaba en paz. El silencio -dentro de la barahúnda del ruido cotidiano
de un mercado- era generalizado. Todos estaban atentos a la información que se vertía por los diferentes canales.
-Papá...
porqué la gente está tan atenta?
-Pues
porque murió el Papa, respondió Carlos.
-No...
hijo, no es nada más eso... es la primera vez que se transmiten al público los diferentes ritos que siguen a la muerte de
un Pontífice...
-Viera
yo algo como esto! dijo asombrado Julián.
-Todos,
sentenció el escritor, todos...
Si
bien comieron, ya el viaje no fue lo mismo. Flotaba en el ambiente el pesar del fallecimiento de Juan Pablo II, el Magno,
como empezaban a llamarle algunos locutores noticiosos que intercalaban etapas de su vida y de su papado con narrativa sobre
sus logros y alcances.
-Uno
de los más grandes éxitos del Papa Juan Pablo II, decía un locutor, fue alcanzar la unidad espiritual de tres de las más grandes
ramas de la religión cristiana, que con todo aún pende de un alfiler, y queda en manos del nuevo pontífice el reforzar o quebrantar
esta unidad...
Ya
en la casa de Xochimilco, Fidel pidió a Ricardo se hiciese un paréntesis en las charlas sobre Juan Diego, y les contara sobre
el Papa.
-Sé
que usted tuvo la oportunidad de tenerlo cerca...
-Así
es, no una, sino tres veces en menos de un día.
-Cuenta,
cuenta, pidió Jazmín emocionada.
-Fue
durante su primera visita a México en 1979. Yo era reportero de un noticiero radiofónico en Puebla y corresponsal de otro
en Oaxaca. Había sido asignado, junto con otros tres compañeros a cubrir la llegada del Papa a Puebla y las actividades en
el Seminario Palafoxiano, en donde se desarrollaría la III CELAM
-Qué
significa CELAM?
-Conferencia
Episcopal Latinoamericana. Enrique Montero Ponce, titular del noticiero matutino en la XEHR, y su gente, cubrirían el paso
por el centro de la ciudad y el trayecto desde la Av. Reforma hasta el Zócalo. A nosotros, los más humilditos y mensos, que
colaborábamos con Gonzalo García Sánchez en el noticiero vespertino, nos tocó el resto. Gonzalo, cómodamente, se asignó el
trayecto de la Av. Hermanos Serdán para luego pasar a las cabinas y coordinar la transmisión del noticiero y sus controles
remotos. A mi compadre Joaquín Ortega y a mi nos asignaron la autopista y la llegada. De ahí, Ortega se iría de inmediato
a alcanzar a Gonzalo a la radiodifusora, mientras yo partiría al Seminario Palafoxiano.
Bien,
muy temprano, prácticamente de madrugada pues desde la noche anterior la gente se había comenzado a acomodar a los lados del
carril derecho de la autopista México-Puebla, nos abocamos al plan establecido días antes. Hicimos Ortega y yo un recorrido
que llegó hasta San Martín, y sólo pudimos regresar gracias a que era un carro de prensa, pues el carril que venía de la Ciudad
de México estaba cerrado al tráfico normal. Era asombroso ver la cantidad de gente que se había congregado a los lados de
la autopista. Millones de seres habían pasado la noche a la intemperie para ganar lugar. En todo el trayecto no había un espacio
desocupado. Hasta los árboles servían de palco.
De
regreso, nos instalamos en un lugar que previamente se había apartado para la XEHR frente al Mesón del Angel. La espera no
se hizo larga, pues de vez en vez nos daban pase para hacer comentarios sobre el ambiente que imperaba, o incluir alguna
información de la que teníamos preparada sobre el CELAM y el mismo Papa Juan Pablo II.
Debo
reconocer que, aunque ya me había cuestionado sobre la bondad divina al salvarme cuatro veces la vida, y si alguna misión
especial tenía que cumplir en este mundo, todavía era comecuras y cuestionaba la religión como organismo. Jamás dejé de creer
en Dios, pero sí en sus representantes en la tierra.
Ya
había oído hablar de Juan Pablo II. Pero resonaba más en mi cabeza el rumor aquel que afirmaba que a Juan Pablo I le habían
asesinado, de ahí su corto, muy corto papado.
Así
las cosas, cubría aquel evento como cubría las giras del presidente o las del gobernador, como un evento más aunque de mayor
importancia que otros.
El
Mesón del Angel era considerado uno de los mejores hoteles de Puebla en ese momento, y era prácticamente la primera construcción
con la que se topaba uno al salir de la autopista para entrar a la ciudad por la vía del Boulevard Hermanos Serdán; así pues,
cuando la comitiva del Papa llegó, hicieron una parada de segundos en la que el Sumo Pontífice dio la bendición a la ciudadanía
angelopolitana. La combi descubierta -proporcionada exprofeso por la planta Volswagen de Puebla- que llevaba al Papa quedó
precisamente frente a nosotros. En ese momento estaba yo transmitiendo su llegada, pero el ardor que se pone en la narración
normalmente se convirtió en algo muy especial. Juan Pablo II volteó a su derecha. Sé que no fue a mí, pero en ese momento
sentí como si me hubiese visto a mí y sólo a mí. Estaba a no más de dos metros, sólo nos separaba la portezuela del auto.
De él emanaba una energía indescriptible. Una sensación de paz entró a mi alma, de golpe, notoriamente...
Un
codazo de mi compadre Joaquín me volvió a la realidad; en el fervor del momento me había quedado callado interrumpiendo la
transmisión. Así lo transmití. Detallé todo ese maremagnum de sentimientos encontrados que experimenté en tanto la combi descapotada
seguía su trayectoria.
Cuando
nos dieron el corte para pasarle la transmisión a Gonzalo, hubimos de movernos de inmediato. Abordamos el auto y, por la misma
autopista, salí raudo hacia la entrada correspondiente al centro. Ahí esperaba otro auto por Ortega para trasladarlo a la
estación. Yo me seguí para doblar por la otra entrada, llegar al Seminario, y ocupar mi lugar entre cerca de 400 periodistas
internacionales que cubrían el suceso.
La
sala de prensa estaba ubicada muy convenientemente a la entrada del edificio principal en donde se realizarían las reuniones
de la III CELAM, así es que, quienes manejábamos radio o televisión nos apostamos en la puerta misma de la sala de prensa.
Debo hacer la aclaración que, en ese entonces y aunque les parezca raro, los controles remotos se hacían por línea telefónica,
así es que la libertad de acción quedaba limitada por el largo del cable del micrófono. De ahí que se nos diera preferencia
de estar en la puerta.
Unos
segundos antes de que entráramos al aire, un compañero se sintió enfermo y me pidió que tomara su micrófono. Lo hice con gusto,
sin malicia alguna. Sería después cuando me enteraría de que la llegada del Papa al Seminario Palafoxiano fue transmitida
en voz de un servidor a todo Colombia.
Cuando
Juan Pablo II entró por la puerta principal del edificio central lo hizo lentamente. A partir de ese momento, todo lo recuerdo
en cámara lenta. Sus pasos, entonces firmes, se hicieron cortos para dar tiempo a saludar a los mandatarios religiosos que
ahí estaban para darle la bienvenida. Precisamente frente a nosotros, frente a la sala de prensa, el Papa volvió a detenerse
por unos segundos. Ahora sí no había duda alguna... me sonrió a mí... directamente a mí... así lo sentí, así lo viví! De tal
suerte que cuando dio la bendición papal -que obviamente daba a toda la prensa- podría haber jurado que me la daba a mí.
Esa
vez no me quedé callado, a través del micrófono expresé todo lo que sentía, y así lo escucharon con igual emoción en el sureste
mexicano y Colombia.
En
lo que el Papa tomaba un respiro en el interior del Seminario, nosotros partimos cargando nuestros cachivaches al exterior,
al patio trasero, que era en realidad un extensísimo campo abierto y en donde se congregaron casi medio millón de católicos
para escuchar misa y la homilía papal.
Para
ese momento, la imagen de Juan Pablo no se separaba de mi mente. Su sonrisa, franca, abierta, sincera, se dibujaba una y otra
vez en la pantalla virtual de mi recuerdo. Dentro, una inmensa paz se apoderaba de todo mi ser.
La
prepotencia de algunos compañeros de las grandes cadenas, siempre se vuelca sobre quienes trabajamos para medios más sencillos
-o humildes si usted así les quiere llamar-. No conformes con que en los eventos se les dén preferencias especiales -como
entarimados elevados exprofeso, o áreas específicas con la mejor vista o colocación- les encanta bloquear el trabajo de quienes
debían ser sus colegas y no enemigos
Sin
embargo, dos cosas se desprenden de esta situación: la primera, es que agudiza el ingenio de quien cubre el evento por vocación
y suple así las carencias de esas preferencias y, la segunda, que a veces el destino parece favorecernos en medida igualitaria.
Al
pie del inmenso tablado, que se levantó para ubicar el altar y el trono papal, nos encontrábamos varios reporteros esperando
la salida de Su Santidad cuando un par de tipejos malencarados, con el logotipo de la televisora monopólica del momento bordado
en su saco, y pasando por encima de las disposiciones de los organizadores que nos habían asignado un lugar especial, nos
dijeron que debíamos movernos porque se veía mal para sus encuadres a la bola de pasquineros.
Molestos,
nos movimos hasta una esquina, junto a una de las escaleras de acceso. Cabe decir que entre el tablado y la masa popular -incluidos
nosotros- había un espacio de cerca de veinte metros libres, lo que permitía ver cómodamente la parte superior de éste.
A
mí me dio tanto coraje que, reflexionando, me dirigí a la puerta por donde debía salir el Papa. No estaba permitido, claro,
pero así lo hice porque a lo largo de mi carrera logré muchas cosas precisamente por hacer lo que no estaba permitido.
El
maldito cable del micrófono era relativamente corto y terminaba en un par de pinzas que conectábamos a los cables de la bocina
del aparato telefónico previamente destornillada. Como el cable no llegaba, busqué con la vista un teléfono más cercano. Ahí
estaba, sobre el escritorio de una abandonada oficina a la que habían olvidado cerrar la ventana. Así es que, con disimulo,
descolgué el teléfono, marqué el número de la estación y, una vez enlazado, destornillé la bocina y conecté mis cables. Listo!
Coloqué una chamarra sobre el cable que entraba por la ventana y rogué a Dios porque nadie se diera cuenta.
No
bien había terminado cuando la puerta se abrió. Los pocos segundos que tardaron en salir los Cardenales y Obispos me permitió
avisar para entrar al aire y, en el preciso momento en que me daban el clásico adelante, Juan Pablo II se paró en el
dintel de la puerta.
Quizá
fue coincidencia, pero por tercera vez sentí que volteó hacia mí. Le vi sonreír y torpemente contesté con una sonrisa y una
leve inclinación de cabeza al tiempo que decía para mis escuchas: no sé, pero tengo la impresión de que estamos ante uno
de los más grandes hombres de la historia moderna contemporánea. Su magnetismo personal es inmenso. Irradia paz, seguridad,
tranquilidad, y su halo de bondad golpea con fuerza el alma de quien le tiene cerca... creyente o no.
Desde
ese momento, la cobertura de la III CELAM ya no fue para mí un evento más. Me metí hasta lo más profundo. No me conformaba
con los boletines que a diario -y a veces en más de una ocasión- nos entregaban. Escarbé cada documento; ventilé cada corriente
y entrevisté, con permiso o sin él, a los más grandes prelados de la iglesia. Dios me ayudó en muchas ocasiones. Por ejemplo,
una tarde, cuando todo estaba de lo más tranquilo; cuando la sala de prensa se encontraba casi desierta pues la sesión terminaba
un par de horas más tarde, vi entrar a un grupo de sacerdotes con toda la finta de guaruras y, unos pasos atrás, a un hombre
menudito, delgado, pero que también irradiaba una personalidad contundente.
Todo
fue uno, ver el color de los ropajes -negros todos- y asociarlos con los jesuitas fue casi automático. Y, si eran jesuitas,
y resguardaban tanto a ese hombre menudito, éste no podría ser otro que el Padre Arrupe, el famoso Papa Negro, líder de los
jesuitas. Así es que, con el riesgo de ser rechazado abruptamente, levanté mi grabadora y me le atravesé resueltamente, logrando
entrevistarlo. Creo de justicia aclarar que él, en lo personal, no mostró molestia alguna cuando interrumpí su paso, no así
los sacerdotes-guaruras que quisieron jalarme, cosa el propio Arrupe evitó.
Así
fue como me fui metiendo al estudio de la religión. Así fue como decidí saber, conocer y estudiar todo sobre aquello que creía,
dijo finalmente el escritor.
-Y
bueno, jóvenes, no es por nada, pero ya es tarde y debemos descansar que todavía nos falta una jornada de visitas, señaló
Julián.
-Hasta
mañana, corearon todos levantándose.
Muchos
se acostaron ya tarde viendo la transmisión especial que hacían las televisoras de los ritos previos al funeral del Papa Juan
Pablo II. Debido a eso, y conscientes de ello, Julián y Ricardo dejaron que se levantaran tarde.
En
el comedor, se reunieron Norma, Jazmín, Rafael, Ricardo y Julián. La muchacha que atendía la casa en ausencia de Rafael les
sirvió café.
Al
poco rato llegaron Celerino y Doña Elvia, que comentaron sobre el tema del momento.
-Le
decía a mi marido que yo ya esperaba su muerte. Esa imagen que publicaron de su última aparición, en la que intentaba hablar,
fue patética y estremecedora, comentó Doña Elvia.
-Bueno,
en realidad yo pienso que desde que le sacaron del hospital fue, más que nada, para que muriera en su cama. Fue demasiado
notoria la falta de información médica... señaló Ricardo.
-Pues
con él se va toda una época cristiana. Fue uno de los papados más largos; fue uno de los que más viajes realizó; fue el que
logró la conjunción de las tres ramas más importantes de la religión... fue un hombre sin par... dijo con un dejo de tristeza
Julián.
-Ahora...
para saber quién será el que viene! exclamó Celerino.
-Sea
quien sea, tiene un gran paquete por delante. Los zapatos de Juan Pablo II son muy grandes... agregó el sacerdote.
Mientras
hablaban, los demás se fueron agregando poco a poco al grupo. Como a las diez de la mañana, la muchacha preguntó si ya servía
el desayuno que Rafael había ordenado: salsa de huevo y frijoles. Rafael contestó que en cuanto llegaran todos.
-Vaya
que estás en Babia! exclamó Alfonso. Qué no te has dado cuenta de que ya estamos todos?
-Vaya!
Pues no... en realidad no me di cuenta. Sirve entonces Margarita, por favor.
-A
mí me sirves en un plato hondo y de los más grandes que encuentres, ordenó jocoso Julián, que recibió un discreto codazo de
Lucía.
-Ni
se preocupe Lucita, dijo Rafael, que ya le conocemos la buchaca al curita...
Terminado
el desayuno daban las once y media de la mañana. El día se había ido rápido. Sin embargo, Ricardo propuso:
-Les
parece que vayamos a La Villa y de ahí salgamos para Acapulco?
-Sí,
sí, dijeron alborozados los muchachos.
-Si
quieren quedarse un día más, por mi parte no hay problema, dijo solícito Rafael.
-Por
mí tampoco, señaló el escritor, pero algunos tienen que trabajar mañana así es que nos regresamos hoy mismo.
Julián
notó cierta molestia en la respuesta de su amigo, pero no dijo nada.
Norma,
por el contrario, dejó que el escritor se separara de los demás para decirle:
-Oye!
qué te pasa? Como que le contestaste un poco grosero a Rafael, no?
-
No... por qué le había de contestar así?
-Oye
amor... que no te diste cuenta en verdad?
-Te
digo que no...! espetó Ricardo dando media vuelta cortando la plática.
Julián,
que había observado todo de lejos, se acercó a Norma y simplemente le palmeó suavemente el hombro.
La
Villa esta abarrotada. Miles de fieles se congregaban para rezar por el Papa. El Abad de la Basílica oficiaba misa y pedía
constantemente por las oraciones de su pueblo.
-Creo
que va a ser difícil entrar, comentó Fidel.
-Pero
ya estamos aquí... hay que ir pasando poco a poco... no? pidió Gloria.
-Yo
quiero dedicarle a la Virgen mi embarazo, advirtió Silvia, así es que si no piensan entrar, les suplico me esperen pues yo
sí quiero ir a sus pies.
Norma
y Julián observaban las reacciones de Ricardo. No decía nada ni comentaba nada ante las palabras de los muchachos.
-Bueno,
reclamó Gustavo, pasamos o no?
-Vamos,
dijo secamente el escritor.
Las
vagonetas se dirigían a la salida de la autopista por Tlalpan. La vía estaba bastante despejada por ser domingo. El ambiente
había cambiado. El regreso encontraba a un grupo mucho más callado y pensativo.
-Te
fijaste que Ricardo andaba molesto? preguntó Alfonso a Gustavo.
-Sí,
pero no me preguntes porqué porque no lo sé.
-Y
tú, Jorge?
-Tampoco...
aunque deduzco que es por el fallecimiento del Papa...
-Oye!
no la friegues! Y que culpa tiene los demás?
En
la otra vagoneta la plática era parecida.
-Oye
Jazmina... qué le pasó a tu papá que viene enojado?
-Sabe!
-Se
peleó con tu mamá?
-El
nunca se pelea con mi mamá... cuando ella se enoja, él se hace el loco hasta que se le pasa... recuerdo que se peleaban cuando
yo era niña, pero ahora... qué va! Con los únicos que lo veo pelearse es con los taxistas o con los camioneros...
En
la vagoneta del frente, por el contrario, todo era silencio. Norma viajaba en el segundo asiento callada. Julián, a un lado
de Ricardo, se hacía el distraído viendo la carretera por la ventanilla.
Doña
Elvia le dio un ligero golpe con el codo a Norma y le cuestionó con un leve movimiento de cabeza. Ella sólo se encogió de
hombros.
Celerino
le ordenó al conductor que se detuviera en la caseta de cobro. Ricardo no objetó nada.
Cuando
el diputado bajaba del vehículo, tocó el hombro del escritor y le hizo seña para que le siguiera.
-Oye,
me vas a perdonar que te hable así pero... qué demonios te pasa compadre? Le contestaste en forma grosera a Rafael, que tan
amable ha sido con todos nosotros, y a tu mujer la dejaste con la palabra en la boca. No conforme con eso has traído a toda
la palomilla en suspenso y, francamente, no voy a permitir que así nos vayamos todo el camino...
-Te
juro que no me di cuenta... es que vengo pensando en algunas coincidencias...
-Entonces
no es enojo... es preocupación...
-Sí...
-Pues
acláralo chiquito porque Norma, Rafael, Julián, tu comadre Elvia y algunos otros ya vienen un poco molestos contigo....
Ricardo
llamó a todos desde lejos y les pidió reunirse a su lado. Todos se bajaron inmediatamente de las vagonetas y se concentraron
a su derredor.
-Me
van a perdonar, sobre todo tú Rafael y tú mi querida Norma, pero no estoy enojado con ninguno de ustedes, es más, ni siquiera
por algo que hicieran ustedes. Es una gran preocupación que me ha entrado por una serie de coincidencias que me hacen pensar
mil cosas... que ya les explicaré en su momento. Por lo pronto, les ruego que, con todo, confíen en mí y me disculpen. Hagamos
el viaje en paz y con alegría.
Los
únicos que lamentaron las palabras del escritor fueron los conductores que vieron nuevamente alterado el ambiente interior
de las vagonetas, pero que pronto se unieron al jolgorio.
Un
nuevo alto se hizo en el parador en que los autobuses de línea detienen sus vehículos, pasando la caseta de Iguala. La noche
había caído y una taza de café caliente fue lo primero que buscaron los viajeros.
En
tanto les servían la cena -un exquisito pollo a la leña que se prepara en ese lugar- el grupo se congregó en una gigantesca
mesa cuadrada que formaron con las mesas plásticas del restaurante.
-Conque...
a ver Don Ricardito, dijo fingiendo exigencia Carlos, vaya usted explicándonos a que se deben sus malas caras...
-Decía
que en realidad es preocupación, debido a una serie de coincidencias. Miren, desde que salieron mis libros de Quién demonios
es Cristo? y Quién mató a Jesús de Nazaret?, muchas de las acciones o sucesos que plasmo en ellos, arrancados de la ilusión
literaria, se ven reflejados en la vida real.
-Huy
compadre....! ahora sí que nos vas a salir con que eres pitonizo! exclamó Celerino.
-No..
no es eso precisamente... pero me acongojan esas coincidencias...
-Cuales
Don Ricardo? instó Fidel.
-Lean
mis libros de nueva cuenta... si piensan un poco, sobre todo ahora que ya han sucedido, podrán reconocer esas coincidencias.
-Y
suponiendo que así fuera, terció Julián, cuál es tu preocupación?
-No
lo sé con certeza... de ahí mi inestabilidad... mi inquietud.... mis dudas...
-El
fin del mundo?
-No...
aunque el tsunami de Asia me dejó pensando...
-Habla
claro carajo, dijo inquieto Alfonso.
-Para
empezar, la llegada del próximo Papa. Se supone que, según las profecías de San Malaquías, Juan Pablo II es el penúltimo Papa,
el Papa Sol; a él, le sigue el Papa Negro, que da a su vez entrada al anticristo, al siguiente y último Papa, con el que llega
el fin del mundo.
-Mas
en tu libro señalas que el fin del mundo no es como lo esperamos...
-Por
eso mismo, estoy seguro de que obviamente el sucesor de Juan Pablo II no será un hombre de color, de raza negra pues, y por
ende lo negro podría ser en sus antecedentes, su carácter, o su misma forma de actuar. Que sea un papado negro... por
su sordidez... como en la época de los Borgia, por ejemplo.
-Oye
papá... tú nos platicaste que uno de los cardenales fue a comer a tu casa en aquella época de la III CELAM, no?
-Así
es. Los prelados organizaron días de convivencia para los purpurados. Un día fue con la familia; otro con las autoridades;
uno más con los empresarios; así, a la prensa también le tocó su día y a cada periodista nos asignaron a un
Obispo y un Cardenal para que comieran con nosotros. Quienes venían de fuera, lo hicieron en un restaurante; mas quienes vivíamos
ahí, la comida fue en casa, en la casa particular de cada uno.
-Y
si ese Cardenal llega a ser el Papa?
-Pos
ya tendrá un cuate de mayor influencia que yo en el Vaticano! dijo festivo Julián.
La
plática misma había relajado la tensión que sufría Ricardo. La broma del sacerdote dio fin a esta y el viaje continuó directo
al puerto de Acapulco.
-Más
tranquilo? inquirió Julián.
-Sí,
pero con las mismas dudas...
-Ya
platicaremos llegando... mejor duerme un rato.
-Lo
intentaré.
Viendo
descansar a su amigo la mente de Julián dio vuelo al recuerdo. El también había tenido dudas alguna vez; fuertes temporadas
de inquietud llegaron a azotar su alma. Igual que Ricardo, llegó a encontrar miles de coincidencias que le llegaron a espantar
casi al grado del pánico.
Un
psicólogo amigo suyo le dijo en una ocasión: si una madre le dice constantemente al niño que se va a caer, el pequeño sufre
efectivamente una caída; la propia madre, con su insistencia, le ha estado ordenando al subconsciente del pequeño que
se caiga. Esa no es una coincidencia, es un hecho.
Pero
él no aceptó sus argumentos; había sucesos en los que no podía invocarse la influencia de una orden subliminal o la casualidad
misma. Eran, simplemente, sobrenaturales...
Ricardo
le había contado de cómo, cuando buscaba un dato relacionado con el tema sobre el que escribía, se levantaba, se dirigía a
uno de los estantes de su biblioteca, tomaba un libro, lo abría... y ahí esta la respuesta! Una vez, podría ser coincidencia,
dos... quizá, pero que sucediera decenas de veces y no sólo al escritor, sino al mismo cura... definitivamente no era coincidencia.
Prácticamente
todo el resto del camino fue pensando, recordando, analizando... y de todas formas encontraba infinidad de situaciones que
bien podría calificar de sobrenaturales. El mismo pensó varias veces en aquello de que curiosos caminos tiene el Señor...
pero ni siquiera esa respuesta le satisfizo.
Al
ver las primeras luces de Acapulco, cortó de plano con sus pensamientos, se estiró un poco, y se persignó dando gracias a
Dios por haberles llevado con bien.
La
llegada de todos por la tarde casi encuentra en pijama a Ricardo. Se había despertado tarde y dedicó el día a descansar de
plano. De esa manera pretendía aplacar el temor que se le había metido hasta lo más profundo del alma... y lo logró.
Norma
hizo lo mismo, no sin antes colocar un letrero en la puerta de la entrada al pasillo que decía enérgicamente: No molesten!
No hagan ruido! No pregunten! Todos obedecieron el mandato.
-Hola
familia! gritó desde la entrada Carlos que llegaba acompañado de Sonia, su hermano Riqui, Eva y las niñas.
-Buenas
tardes, contestó desde el estudio Julián.
-Buenas
curita... y mi jefe?
-Se
levantó hace rato, pero ya viene. Cómo están después del viaje?
-Nosotros
como filo de hacha... listos para seguirle a la Juandiegonovela...
-Hola,
hola, saludaron Alfonso y Gustavo que se encontraron en la puerta con Jorge y sus hijos.
-Van
llegando, van llegando, sentenció Riqui.
-Dónde
pongo las pizzas? preguntó Gerardo que, enterado del regreso, pidió permiso para visitarles.
-En
la cocina, señaló Norma que salía apenas.
Poco
después arribaban el resto de la palomilla, prestos a escuchar la charla de Ricardo.
-Mi
querido amigo, dijo Calixto, con respeto te digo que me he documentado bien respecto a la polémica de la existencia de Juan
Diego, y pido la palabra para comentar sobre ello.
-Bueno,
en realidad creo que para aceptar el blanco, debemos conocer el negro, como siempre he dicho. El dogma es aquel que simplemente
dice cree porque yo lo digo y punto; el raciocinio, el poder divino del análisis, otorgado por Dios al ser humano,
dice: conoce los dos lados de la moneda para sacar tus propias conclusiones.
-Luis
Alfonso Gámez, publicó en el Diario El Correo una serie de artículos titulados Juan Diego, ¿El Santo que Nunca Existió?
y en los que analizaba la polémica, informó Calixto dando inicio a su argumento. En estos da a conocer las opiniones de dos
de los más reconocidos oponentes a la realidad de Juan Diego: el Padre Manuel Olimón, profesor de la Universidad Pontificia
de México, y David Brading, catedrático de la Universidad de Cambridge.
El
padre Olimón, autor de La búsqueda de Juan Diego, publicada por Plaza y Janés en el 2002, señala que En vías de
canonización, se encuentra más un mito y un símbolo que un ser de carne y hueso. Su libro es escrito desde la convicción
de que la mayoría de edad de los católicos mexicanos exige el tratamiento abierto y serio de la historicidad del vidente.
-Oye,
y es un sacerdote?
-Sí,
pero deben recordar ustedes que tanto en la época colonial, como en la actualidad, parte del clero estuvo en contra de lo
que ellos llamaron el mito de Guadalupe. Precisamente, Olimón es uno de los historiadores que, dentro y fuera de la Iglesia,
vieron con preocupación la canonización de Juan Diego, aclaró Ricardo.
-Por
su parte, prosiguió Calixto, Brading afirmaba que no hay pruebas históricas de la existencia de Juan Diego. El catedrático
de la Universidad de Cambridge destaca que, a pesar de que la primera referencia a la imagen que se adora en la basílica de
Guadalupe data de 1555 ó 1556, el vidente - o sea Juan Diego- no entra en escena hasta mediados del siglo XVII.
Hasta 1648, no se sabe nada de Juan Diego, coincide desde Los Ángeles el también
sacerdote e historiador Stafford Poole. Es entonces -1648- cuando el presbítero criollo Miguel Sánchez habla por primera vez
del indígena y de las apariciones en su libro Imagen de la Virgen María.
La de Sánchez es una obra en español y llena de citas. No estamos ante un cuento piadoso, sino ante un libro de teología
en el que se encuentra toda la tradición guadalupana, explica Brading.
Un
año después, en 1649, se publica otra obra cuya parte central, conocida como Nican mopohua, cuenta los mismos hechos. Se trata
de un refundido, esta vez en nahuatl, de lo narrado por Sánchez que se atribuye al sacerdote criollo Luis Laso de la vega.
El estilo resulta sencillo, pero muy atrayente, asegura el ex director del Centro de Estudios Latinoamericanos de Cambridge.
La historia es, en ambas obras, la misma.
Entre
1531 y 1648, hay un gran vacío documental respecto a las apariciones. Ni fray Juan de Zumárraga, testigo del milagro y uno
de los protagonistas de la historia, las menciona en sus memorias. Es más, en un catecismo que publica en 1547, dice: Ya
no quiere el Redentor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester.
El silencio del obispo es muy significativo, indica Poole, quien añade que,
en realidad, nadie escribe sobre las apariciones durante más de cien años. Los primeros franciscanos llegan a Nueva España
en 1524 y emprenden la evangelización en las lenguas nativas. Hasta 1648, se publican muchos textos para convertir a los indios,
pero en ninguno se citan.
Aunque
los juandieguistas consideran la rápida evangelización de los indígenas -se habría pasado de 250.000 bautizados en 1531 a
8 millones siete años después- consecuencia de las apariciones y prueba de su realidad, el padre Poole mantiene que ese alto
ritmo de conversiones es una leyenda. Las investigaciones indican lo contrario, que el progreso de las misiones en aquellos
años fue muy lento. El historiador y paleógrafo ve la figura de Juan Diego como una ficción pía. De los más de cuarenta
documentos que se dice que apoyan la existencia de Juan Diego, ninguno soporta una crítica histórica seria.
El
culto mariano en el Tepeyac, donde los indígenas adoraron antes a la diosa azteca Tonantzin, se remonta a mediados del siglo
XVI. No podemos decir exactamente cuándo la Virgen sustituye a Tonantzin, reconoce Brading. Sin embargo, lo que sí
saben los historiadores es que la ermita no se levantó en vida de Zumárraga. El primer arzobispo de Nueva España murió en
1548 y no la cita ni en su testamento, como era habitual. Las fuentes revelan que el templo se erigió en la década de 1550,
en tiempos del sucesor de Zumárraga, fray Alonso de Montúfar, quien habría encargado la imagen a un pintor local.
-Entonces,
suponiendo sin conceder que así fuera, ¿cuál es el fin que, casi un siglo después, persiguen Miguel Sánchez y el autor del
Nican Mopohua al hablar de las apariciones y el vidente? preguntó Jorge.
-El
de Sánchez es un libro de un teólogo, pero también de un propagandista, advierte Poole, para quien el presbítero no
sólo apoya a los criollos, considerados en la época ciudadanos de segunda, sino que va más allá. Los convierte en el nuevo
pueblo elegido: son los únicos que tienen una imagen de la Virgen pintada por Dios.
El
objetivo, según él, era dotar de identidad a la Iglesia de Nueva España, demostrar que es algo más que una extensión de la
española. Sánchez modela el mito sobre la Biblia, argumenta Brading. El catedrático de Cambridge resalta, por ejemplo,
las similitudes entre el diálogo bíblico de Dios y Moisés y el de la Virgen y Juan Diego: Moisés baja del Sinaí con las
Tablas de la Ley; Juan Diego, del Tepeyac con las flores.
Durante cien años desde 1648, la guadalupana fue una devoción exclusivamente criolla. Después, se empezó a predicar
entre los indios y, tras la revolución de 1810, se convirtió en símbolo nacional,
resume Poole. La historia de Juan Diego -un cuento, como el de Cenicienta, para el padre Olimón- cautivó a los criollos
del siglo XVII y ahora, según Brading, la Iglesia mexicana lo eleva a los altares como el primer santo indígena para hacer
frente al avance de las sectas evangélicas entre los indios.
-Una
cosa quiero hacer notar aquí, señala Julián. Para este señor Brading, si se fijan y de acuerdo a esta última afirmación, seguimos
siendo un pueblo de indios, así, peyorativamente, lo que quebranta de antemano su opinión como autoridad sobre el tema de
Juan Diego, la Virgen de Guadalupe, las apariciones e incluso nuestra historia patria.
-Siempre
sucede así en tratándose de extranjeros, señaló Celerino. Creen conocer todo sobre nosotros y demuestran una total ignorancia
al respecto...
-Un
momento, frenó Ricardo. No se puede culpar a todos los extranjeros de antimexicanos. Muchos nos han dejado beneficios históricos,
sociales, médicos etc. Por otra parte, y repito con énfasis, debemos respetar las opiniones contrarias a la nuestra si queremos
que aquellos respeten esta. Sirva tan sólo para establecer un punto de comparación y sacar, como ya lo he señalado, nuestras
propias conclusiones. Pero dejen que termine Calixto, que ya le tengo la respuesta...
-Gracias
Maestro, dijo ceremonioso el exfuncionario que se sentía ancho porque le habían permitido extenderse tanto. En su libro La
búsqueda de Juan Diego, el padre Manuel Olimón publica, por primera vez, algunas de las cartas que en los últimos años
han remitido al Vaticano el abad emérito de la basílica mexicana, Guillermo Schulemburg, el arcipreste del templo, Carlos
Warnholtz, y el bibliotecario, Esteban Martínez de la Serna, entre otros. En una de esas misivas, fechada el 27 de septiembre
de 1999, los tres clérigos no sólo advierten a Roma del error que supone canonizar al legendario indio Juan Diego,
sino que también añaden que, del examen de la imagen por parte de nuestros mejores técnicos en conservación de obras de
arte, se deduce que reúne todas las características de una pintura hecha por mano humana, con el deterioro propio de
la antigüedad.
El
restaurador José Sol Rosales analizó la imagen en 1982, a petición de Schulemburg, y dictaminó que la pintura es la ejecutada
usando diversas variantes de la técnica modernamente conocida como temple. El técnico llegó a la conclusión de que el
manto -de 1,7 metros de altura y 1 metro de anchura- es una tela mezcla de lino y cáñamo y que los pigmentos -a base de cochinilla,
sulfato de calcio y hollín- son los empleados en el siglo XVI.
-Oye,
creo que ahí si te mandaste... señaló Alfonso. Ya Ricardo nos había platicado sobre la infinidad de exámenes que se le han
realizado a la imagen, y los resultados no coinciden ni de chiste con lo que señalas...
-Bueno,
es natural que te opongas... es más, si ellos sufrieron represalias, no dudo que yo también las sufre aunque sea de parte
de este pequeño grupo de amigos...
-Un
momento, intervino Ricardo, aquí no tenemos represalias con nadie. Así es que no te amarres el dedo antes de cortártelo.
-A
ver... qué represalias sufrieron? instó Carlos.
-David
Brading explica desde su casa de Cambridge: Por un lado, estamos los historiadores; por otro, la jerarquía de la Iglesia
mexicana y un grupo de clérigos. El líder de los juandieguistas es el cardenal Norberto Rivera, con quien se ha intentado
sin éxito hablar, al igual que con monseñor José Luis Guerrero, director del Instituto de Estudios Teológicos e Históricos
Guadalupanos. Ambos han atacado duramente al abad Schulemburg, al arcipreste Warnholtz y al bibliotecario Martínez de la Serna,
entre otros.
Estos
tres clérigos han llamado la atención repetidamente al Vaticano sobre el hecho de que la Congregación para las Causas de los
Santos no actuó con rigor histórico a la hora de demostrar la existencia de Juan Diego. Algunas de las cartas fueron en su
día filtradas a la prensa contra la voluntad de los firmantes, desatándose una tormenta mediática en la que se acusó a los
religiosos de atacar las bases del sentimiento nacional mexicano y monseñor Guerrero les incluyó entre los «racistas antiindios».
A pesar de que los religiosos que se han pronunciado en contra de la historicidad del vidente han reafirmado al mismo
tiempo su fervor guadalupano, eso no les ha librado de lo que fuentes próximas a ellos consideran «represalias». Hospitalizaciones
por depresión, la dimisión forzada de Schulemburg como abad de la basílica cuatro meses después de las primeras críticas y
la expulsión del arcipreste de la casa sacerdotal, ordenada por el cardenal Rivera «a raíz del incidente sobre la canonización
de San Diego», explican el silencio en el que se ha sumido el clero crítico en vísperas de la santificación, termina diciendo.
-Pero
se le olvida decir que Monseñor Schulemburg y los otros dos vivieron de la devoción a la Guadalupana por muchos años y cada
uno de ellos, el que más, el que menos, hicieron una fortuna a la sombre de los devotos guadalupanos... dijo molesto Jorge.
-Y
más, afirmó Julián.
-Mira
Calixto, dijo conciliador Ricardo, en todo tema, en toda polémica, siempre hemos de encontrar defensores y detractores. Eso
ni duda cabe. No importa el tema -en este caso la historicidad de Juan Diego-, lo que importa es saber dilucidar una verdad
-aunque se a medias, que ya se irá perfeccionando- brotada del análisis.
Si
alguien dice que se hizo de noche porque cerró los ojos, no puede evitar que los demás -que tienen los ojos bien abiertos-
se den cuenta de que es de día. Así, regresando a nuestro tema, los detractores -que pueden cargar los más rimbombantes títulos
académicos- no pueden convencer a la gente de que no hay pruebas cuando los defensores muestran infinidad de ellas. Decir
no creo en esta prueba no la invalida.
Te
advierto que los detractores no son sólo los que citas, son muchos, muchos más; pero tantos como estos son los defensores.
Sin embargo, creo que podemos utilizar el Positio, ese invaluable documento que me fuera facilitado por el Padre Juan
Carlos Gómez Divas, y la labor del Padre José Luis Guerrero, para conocer bases, procedimientos y pruebas estudiadas durante
la investigación realizada por la Congregación de la Causa de los Santos.
-Es
decir, el lado de la iglesia...
-Bueno...
para empezar, tú ya diste el lado que te conviene, ahora deja dar el nuestro, dijo Julián. Además, debes recor4dar que son
precisamente ustedes los que siempre están criticando el que la iglesia ponga tantos peros en las causas de los santos.
-Nosotros?
-Sí,
ustedes, que no encuentran cómo estar criticando y molestando... terminó medio malhumorado el sacerdote.
-Hago
un llamado a la cordura! dijo jugando al solemne Carlos. Su llamado, sin embargo, surtió efecto pues ambos se callaron.
-Lo
que dice Julián es verdad, agregó el escritor. La principal opositora a un milagro, o a la beatificación de alguien, es la
propia iglesia. Su rigor permite, sin embargo, que aquel que llegue sea por mérito propio y no por política, favoritismo o
conveniencia sectorial.
La
investigación que nos interesa tenía como objetivo inmediato llegar a un dictamen sobre la historicidad de Juan Diego con
miras a su proceso de canonización. Dadas las características peculiares del tiempo, del ambiente y de la naturaleza de la
documentación, se tenían que estudiar los distintos problemas históricos respetando la índole de tal documentación. Para alcanzar
tal propósito, se siguieron los criterios del método usado en la Congregación vaticana para las Causas de los Santos: investigar
el asunto con los criterios de la metodología crítico-histórica en archivos y bibliotecas; averiguar si las fuentes eran dignas
de fe, total o parcial, y en qué medida; y ver si en tales fuentes se podían encontrar aquellos elementos que pudiesen ofrecer
un fundamento histórico para llegar a un juicio sobre la historicidad del acontecimiento guadalupano de México y de su nexo
con el indio Juan Diego.
Las
fuentes históricas y literarias proceden fundamentalmente de tres matrices culturales distintas: las estrictamente indias
e indígenas, las españolas y europeas, y las mestizas donde se dan cita los dos elementos anteriores en manera diversa. El
tratamiento de cada fuente lo impone la fuente misma y su naturaleza, es decir, el objeto debe prevalecer sobre los "a priori"
del investigador. Por todo ello, hay que tener en cuenta la historia y la cultura mexicana prehispánica, la de los conquistadores
y misioneros españoles y el proceso evolutivo histórico que se da en la Nueva España desde el siglo XVI en adelante. Además,
para dar un justo valor a las fuentes históricas hay que tener en cuenta los hechos de interculturación de los dos mundos:
su lenguaje cultural, el valor de sus tradiciones y el método de su transmisión.
-Ahhhh
bruto! Podrías traducirnos eso? pidió Carlos.
-Permíteme
papá, dijo Riqui extendiendo el brazo como para detener a su padre. Yo le contestaré a este naco ignorante...
-Adelante...
-En
pocas palabras, que se debe tener en cuenta la forma de ser, las costumbres y los antecedentes del titipuchal de razas, etnias,
y grupos tanto locales como extranjeros y sus respectivas mezclas...
-Espérate...
espérate... mejor déjalo ahí...
-No,
déjalo que termine.
-Mira,
en algún momento mi papá nos habló del relajo que era en esa época en que se hablaban decenas de idiomas y dialectos y se
conjuntaban modos y costumbres de españoles, indígenas, criollos, negros, mixtecos, aztecas y demás chimoles...
-Ya...
ya entendí...
-Bien,
siguió el escritor con su explicación, el momento histórico en el que se desenvuelven los hechos guadalupanos -derrumbe del
imperio azteca, transición de una civilización y forma de vida a otra nueva que está naciendo, pero que tardará aún muchos
años en configurarse- motiva la escasez relativa de documentos guadalupanos directos de la primera hora. Sin embargo, tenemos
el recurso de noticias e informes fidedignos tempranos, tanto indígenas como españoles, pertenecientes a los primeros veinte
años tras los hechos, o de otros que, a partir de mediados del siglo XVI, abordaron el tema recurriendo a documentos o testigos
antiguos, como es el caso de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y, sobre todo, las Informaciones Jurídicas de 1666, que
recogieron muchos de estos testimonios, entre ellos de gente que conoció a testigos contemporáneos de los hechos y de sus
protagonistas.
En
la historia de la documentación cobran especial relieve los códices indígenas, por lo que es necesaria su interpretación adecuada.
En una carta, recientemente descubierta, del erudito italiano del siglo XVIII Lorenzo Boturini, se enumeran los documentos
que pretende recuperar, y busca el autor la intervención de personas competentes para que le sean entregados.
Muchas
fuentes indígenas fueron destruidas, como declaran dos autoridades indiscutibles de la primera hora, fray Bernardino de Sahagún
y Gerónimo de Mendieta.
Otras
causas de la escasez de fuentes de archivo son causadas por incidentes fortuitos como robos, incendios (por ejemplo, el del
Archivo del Cabildo de México de 1692), la legislación sobre el papel, su reciclaje para usos comerciales, etc...
Sin
embargo, hay una fuente documental, no siempre debidamente valorada, y que en el caso guadalupano mexicano tiene una capital
importancia: la transmisión oral o la tradición. Ya en el siglo XVI un observador atento, como el jesuita p. José de Acosta,
conocedor de las realidades de México y de Perú, en su correspondencia con el jesuita mexicano Juan de Tovar se preguntaba
sobre el valor de las tradiciones y de la transmisión oral. Un siglo más tarde, el lingüista y catedrático mexicano, Luis
Becerra Tanco, volvía sobre el mismo argumento. Ambos testimonios subrayan el valor positivo de tal tradición y método. En
1578, el misionero dominico fray Diego Durán reconocía el error de haber destruido los códices indígenas y se citan los testimonios
de Sahagún, Duran, Mendieta, Dávila Padilla y Burgoa, entre otros. La validez y fiabilidad de este tipo de transmisión han
sido confirmados por los modernos investigadores nahuatlacos como Miguel León Portilla. Por ello, es necesario tener presente
la importancia de latradición oral como fuente histórica entre los pueblos de cultura principalmente oral, como lo eran los
pueblos mexicanos. La tradición oral en esos casos suele obedecer a cánones bien precisos.
-Pues
tú dirás lo que quieras, pero hasta ahorita son puras palabras... tradición oral, dirías... señaló con aires de triunfo Calixto.
-Pues
te vas a tener que esperar, porque no es así. Sólo que ya es hora de irse a dormir y yo, en lo personal, todavía arrastro
cansancio del viajecito.
-No
te salgas por la tangente...
-No,
no lo hago, simplemente alimento tu curiosidad... sádicamente.
-Mucho
mi Ricardo...! exclamó Gerardo alborozado. Dale su buena revolcada a este ateo gracias a Dios...
-Yo
no soy ateo... yo creo en el Gran Arquitecto del Universo...
-Dios
al final de cuentas...
-Bueno,
Don Ricardo, pero antes de irnos no les vamos a hacer los honores a las pizzas que trajo Gerardo?
-Claro
que sí, válgame! ya se me habían olvidado...
Julián
vio de reojo a Norma y ésta asintió con la cabeza. El sacerdote se acercó al escritor y le tomó del hombro. Su amigo, que
partía en ese momento una rebanada de pizza, volteó a verle sonriente. Estaba ya tranquilo.
A
media mañana regresaron del café Ricardo, Rafael y Julián. Traían la noticia de que Gerardo se consagraría a finales de semana.
-Pues
hay que prepararle una buen agasajo, dijo Norma apuntándose.
-Ay
Normita, tú siempre tan atenta y amigable, reconoció el sacerdote. Y te lo agradezco en verdad porque la consagración de un
sacerdote es uno de los eventos más importantes en su vida...
-Lo
sé... lo sé... y su alegría va acompañada de la nuestra, replicó la maestra.
-Pues
no se diga más y vayamos afinando planes, aseveró Ricardo.
Por
la tarde, Abraham cuestionó a Julián sobre la posibilidad de asistir.
-Es
que, independientemente de que Gerardo es nuestro amigo, jamás hemos presenciado un evento de tal naturaleza, explicó.
-Normalmente
permiten la asistencia de su familia, pero deja informarme sobre la posibilidad de que acepten a toda esta bola de gorrones,
afirmó jocoso el curita.
Ya
reunidos todos y enterados de la noticia, apoyaron la petición de Abraham y rogaron al padre Julián que intercediera ante
el Rector del Seminario y el Arzobispo para que se les permitiera asistir.
-Así
lo haré, aseguró, pero dejemos la palabra a Ricardo porque a Calixto se le queman las habas...
-Ya
dijimos que, a más de la tradición oral, existe información documental que proviene de diversas fuentes. En algún momento
ya también señalamos que esas fuentes fueron indígenas, mestizas, criollas y españolas.
En
lo referente a las fuentes indígenas y sobre las mestizas o mixtas, F. González Fernández, E. Chávez Sánchez y J. L. Guerrero
Rosado presentan 27 documentos o testimonios indígenas guadalupanos de diversa procedencia, valor e interpretación , entre
los que destaca el Nican Mopohua; y 8 de procedencia mixta indoespañola o mestiza, entre los que sobresalen los pertenecientes
a don Femando de Alva Itlilxóchitl y el llamado Códice Escalada, recientemente descubierto.
Debo
aclarar a Calixto que estos no son tradición oral, sino documentos, papeles, pruebas tangibles.
Ante
todo hay que establecer su procedencia, su cronología, y su finalidad. Entre las fuentes indígenas la principal es sin duda
El Nican Mopohua, atribuido al escritor indio Antonio Valeriano, de cuya paternidad hoy día los mejores investigadores
ya no dudan. El Documento tiene una estructura poética y se trata de un testimonio privilegiado del proceso de transculturación
del cristianismo de Nueva España, el cual sigue manteniendo un valor y una actualidad ejemplar para la introducción a filosofías
y teologías mexicanas, así como para la praxis teológica y social y para la pastoral eclesiástica en el México actual y en
otros países de América. Sin embargo, la cuestión acerca de la historicidad de su contenido y de cuanto en él es revestimiento
literario o parte de un entorno cultural, sigue siendo discutido con vehemencia.
El
documento de Antonio Valeriano fue dado a conocer en su texto nahuatl por Lasso de la Vega en 1649. Es un texto complejo
y simple a la vez, que se convirtió en el paradigma para otros relatos posteriores, y que influye decisivamente en el proceso
religioso de México. En este texto en nahuatl lo que más destaca, como ya lo había expresado el historiador y nahuatlaco A.
María Garibay, es el extraordinario mensaje de la maternidad espiritual de María, principalmente hacia lo pobres y los desamparados.
Por
todo ello, hay que estudiar el documento en su contexto cultural, en la configuración literaria del acontecimiento guadalupano,
teniendo presente las reflexiones filosóficas y recensiones teológicas del acontecimiento guadalupano, y la cosmovisión
nahuatl (tolteca-azteca) y cristiana. Cada palabra de los 218 versos del Nican Mopohua tiene sus significados dentro de la
filosofía y mitología nahuas así como dentro de la visión cristiana respectivamente. La complejidad y la amplitud de la
cosmovisión nahuatl y del profundo intento de inculturación cristiana por obra de los misioneros, son temas que necesitan
un conocimiento y un estudio atento. Para entenderlo, hay que tener presente todos los datos que nos ofrecen las fuentes históricas
y literarias de los siglos XVI y XVII en la Nueva España.
En
la interpretación de las fuentes indígenas guadalupanas hay que tener en cuenta también que estas no son puras en el
sentido cultural y lingüístico, sino que proceden ya de indígenas cristianos o que han entrado en contacto con el mundo cultural
español y misionero. Estos contactos se reflejan en las fuentes, sea en el contenido como en el lenguaje. Por ello, para entender
estas fuentes se debe tener presente el rico mundo literario nahuatl de temas religiosos, filosóficos y de ciencias naturales,
producido por indígenas y por españoles después de 1521. No hay que olvidar la procedencia humanista de muchos frailes misioneros
y de muchos conquistadores. Tal humanismo cristiano se encontró con la sabiduría tradicional india. Antonio Valeriano es un
ejemplo. Hay que notar también que la lengua nahuatl es rica en expresiones literarias para hablar poéticamente de la cosmovisión
mesoamericana y narrar hechos de su historia. Esta lengua además era la lengua franca de Mesoamérica usada por numerosos
poetas, cronistas y literatos en tiempos antiguos y en los tiempos inmediatamente posteriores al acontecimiento guadalupano.
Los hechos y el mensaje de la doctrina cristiana fueron también expresados en ella con la misma metodología, los mismos acentos
y el mismo desarrollo del pensamiento filosófico de los antiguos tlamatinime, los sabios mexicanos creadores de cantos,
crónicas y poesía. Este aspecto de la inculturación nahuatl cristiana explica el estilo y el contenido de estos documentos
indígenas.
Son fuentes "mestizas o mixtas indo-españolas" las que contienen algún elemento mestizo
determinante: por razón de su autor, como en el caso de don Femando de Alva Ixtlilxóchitl -descendiente de español y de indígena-
o porque los autores firmantes del mismo documento son un indígena y un español, como en el Códice Escalada -firmas del indio
Antonio Valeriano y del español fray Bernardino de Sahagún- por la lengua usada, el nahuatl, como en el Códice Escalada, o
por otros elementos, como autor, composición o lengua que indican la presencia de un mestizaje cultural, que ya no es ni el
puramente indígena prehispánico, ni el español importado.
-Oye,
preguntó Norma, el Códice Escalada... por el nombre digo... es el mismo descubierto por el padre Xavier Escalada?
-Sí,
poco después de descubierto, se abandonó el nombre digital que se le había impuesto y se le otorgó el de su descubridor.
-Gracias.
-Entre
estas fuentes se catalogan algunas de capital importancia, pero donde hay ya un nuevo tipo de acercamiento y de juicio cultural,
fruto de la nueva situación. Entre ellos, el Nican Motecpana de don Femando de Alva Ixtlilxóchitl, el Inin Huey
Tlamahuizoltica, el mapa del mismo Alva Ixtlixóchitl, el Inin Huey Tlamahuizoltzin [atribuido a Juan González],
el testamento de Francisco Verdugo Quetzalmamalitzin, el llamado Códice Florentino de fray Bernardino de Sahagún, el
testimonio de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl respecto a favores a los habitantes de Teotihuacán, y el importante Códice
Escalada con un testimonio guadalupano directo y una especie de acta de defunción de Juan Diego.
Los documentos del siglo XVI de "procedencia española" a favor de Guadalupe son numerosos;
pero también aquí hay la misma problemática de lectura que en los documentos de procedencia india o mestiza escritos en nahuatl
o en castellano.
La
mayor parte de los documentos presentados en apoyo del acontecimiento guadalupano pertenecen a la segunda parte del siglo
XVI y crecen cada vez más hasta nuestros días. Frecuentemente estos documentos se refieren directa o indirectamente al culto
dado a la Virgen de Guadalupe en la capilla a Ella dedicada en las faldas del cerro de Tepeyac a las afueras de la Ciudad
de México. Tales fuentes no siempre se refieren al hecho directo de las apariciones; a veces se trata de documentos circunstanciales
en los que se recuerda Guadalupe de paso.
En
la obra El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego se presentan y analizan documentos guadalupanos, todos
pertenecientes a la época que va a partir de la mitad del siglo XVI (hacia 1555 en adelante) y llegan hasta 1630: 9 testamentos,
2 documentos relativos a donaciones, 2 de carácter jurídico (controversias), 11 referencias guadalupanas en crónicas de la
época, algunas de especial valor, las Actas de Cabildo entre 1568 y 1569, el llamado mapa de Uppsala, algunos testimonios
iconográficos primitivos, peticiones de indulgencias y privilegios, concesiones de gracias por parte de la Santa Sede a partir
de Gregorio XIII; documentos que muestran la importancia del santuario de Guadalupe en el virreinato de la Nueva España; y
los testimonios de los jesuitas relativos a Santa María de Guadalupe.
-Andale
chiquito...! dijo Carlos gustoso dirigiéndose a Calixto, pa’que no te andes por las ramas...!
-Nuevos
documentos, fruto de una investigación de archivo, continuó el escritor, están enriqueciendo los estudios sobre la historicidad
guadalupana y juandieguina. Esta riqueza de fuentes no impide plantearse algunos problemas, como la falta de documentos conocidos,
anteriores a 1548, es decir pertenecientes a las dos primeras décadas inmediatamente sucesivas a 1531, fecha que la tradición
y el resto de los documentos dan al acontecimiento guadalupano: ¿existen documentos de estos primeros 20 años aún perdidos
en archivos o bibliotecas? Los antiaparicionistas esgrimen este silencio documental como su argumento más fuerte; mientras
que los aparicionistas ofrecen varias hipótesis para explicarlo. De todas maneras habría que aplicar aquí el principio jurídico
de que el silencio no afirma ni niega nada. La cuestión está abierta.
Las
fuentes españolas, o europeas, crecen a partir del segundo arzobispo de México, el dominico Alonso de Montúfar. El guadalupanismo
de los arzobispos mexicanos desde Montúfar es indiscutible. A lo largo del siglo XVII, Guadalupe se une cada vez más
con la conciencia católica mexicana. La experiencia religiosa católica constituye sin duda la base más fuerte de la identidad
católica nacional mexicana. En este juicio coincide la mayor parte de los autores guadalupanos, tanto aparicionistas como
antiaparicionistas. Como escribe un autor: En términos socioculturales, la veneración de la Virgen de Guadalupe permite
a los indígenas, gracias a las circunstancias particulares de su aparición a un pobre indio, la reivindicación de sus reclamos
de respeto y de reconocimiento dentro de la sociedad colonial y de su participación de la esperanza de la salvación. La Virgen
de Guadalupe no fue propiedad de los conquistadores ni de los indios; se tornó en elemento decisivo en el largo proceso de
formación de una cultura mexicana mestiza, con un marcado distanciamiento del mundo hispano de donde provino. Su doble origen
hispano-indio reflejaba la disposición sociocultural de los mestizos, incluso de los criollos en la Nueva España.
Después
de un análisis serio de las fuentes, éstas muestran una convergencia en lo esencial:
En
los inicios de la presencia española en México, y precisamente en el valle del Anahuac, después una conquista dramática y
tras dolorosas divisiones y contraposiciones en el seno del mundo político nahuatl, en un lugar significativo para el mundo
indígena, el cerro del Tepeyac, se levanta en seguida una ermita dedicada a la Virgen María bajo el nombre de Guadalupe, que
con la Guadalupe de España coincide sólo en el nombre.
Con
una fuerza increíble la ermita de Guadalupe se convierte en punto de atracción devocional, en señal de una nueva historia
religiosa y de encuentro entre dos mundos hasta ese momento en dramática contraposición.
En
torno a la primitiva ermita se desarrolla una devoción creciente, ya sea de parte de los indios como de los españoles, criollos
y mestizos, que ninguno -ni los influyentes frailes misioneros mendicantes- pudieron frenar. Esta devoción se convierte en
el punto de convergencia de los diferentes grupos, la casa común de todos que reconocen en María, la Madre de Aquel
por quien se vive (como la llama el Nican Mopohua), la Madre de todos.
Esto
viene progresivamente señalado por las fuentes: con más fuerza por las indígenas y poco a poco por las españolas. Las indígenas
hablan muy pronto de las apariciones e indican con claridad al indio Juan Diego; las españolas son más lentas al principio
en las referencias juandieguinas y subrayan más el centro del evento, que es la mediación de la Virgen María.
Entre
las fuentes, la tradición oral entre los indígenas ocupa un lugar privilegiado.
Las fuentes orales, escritas, pinturas, esculturas y arqueológicas, muestran cómo en
torno al hecho guadalupano se desarrolla una creciente atención y devoción, a la cual va íntimamente ligada la veneración
popular del vidente Beato Juan Diego Cuauhtlatoactzin, considerado como embajador de la Virgen María.
En los lugares vinculados a la vida de Juan Diego se conserva una memoria viva entre
los indígenas, ya a partir del siglo XVI, con signos crecientes de veneración. Sobre el lugar donde la tradición decía que
surgía su casa natal se levantó una iglesia en honor de la Virgen. Las excavaciones arqueológicas han confirmado la existencia
de una casa indígena de finales del siglo XV o principios del XVI debajo y en los aledaños del templo.
Los franciscanos al principio permanecieron más bien hostiles ante la aceptación del
culto de la Virgen de Guadalupe. Hay que leer los motivos de tal hostilidad a la luz de su conocida metodología misionera
frente al mundo cultural y religioso indígena y al miedo de un comprensible sincretismo.
El documento llamado Informaciones de 1666 es uno de los más seguros, por su
naturaleza jurídica, por su objetivo, por su destinatario y por la calidad de los testigos, sobre todo indios, que nos dan
abundantes noticias transmitidas por su tradición oral relativas al Acontecimiento Guadalupano y a su paisano Juan Diego.
La
cultura de un pueblo es la expresión vívida de lo que ha construido ese pueblo. Muchos documentos eclesiásticos de los Papas,
a partir de León XIII, y de los obispos latinoamericanos, a partir del Concilio Plenario Latinoamericano de 1899 y a lo largo
del siglo XX, hablan del catolicismo como un rasgo característico del pueblo latinoamericano.
Desde
los orígenes -en su aparición y advocación de Guadalupe- María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso,
de la cercanía del Padre y de Cristo con quienes ella nos invita a entrar en comunión. María fue también la voz que impulsó
a la unión entre los hombres y los pueblos. Como el de Guadalupe, los otros santuarios marianos del continente son signos
del encuentro de la fe de la Iglesia con la historia latinoamericana.
Nos
hemos alargado un poco, deseosos de hacer ver a todos, pero especialmente a Calixto, que la historicidad del Indio Juan Diego,
inseparable del evento de Guadalupe, está sólidamente fundada en documentos históricos escritos, orales, iconográficos y arqueológicos.
A la luz de tales documentos y del análisis crítico de los mismos, pensamos que las dudas y objeciones levantadas por algunos
historiadores sobre su historicidad quedan razonablemente respondidas. Dichos documentos prueban sólidamente la existencia
del personaje Juan Diego Cuauhtlatoactzin, a quien la Virgen de Guadalupe confió su mensaje oral, recogido en el Nican Mopohua
de Antonio Valeriano, y su mensaje iconográfico, impreso en la tilma del mismo humilde macehual Juan Diego, que se venera
en el Santuario de Guadalupe, en la Ciudad de México.
-Quedó
conforme Don Calixto? preguntó Jorge con cierto dejo de burla.
-De
momento, sí. ya veremos lo que me dice la almohada...
-Pues
a descansar jóvenes...
Faltaban
tan sólo dos días para la consagración de Gerardo. Julián llegó a la arquidiócesis en busca de su ahijado.
-Su
Eminencia... buenos días
-Buenos
te dé Dios... que novedades me tienes?
-Ay
ahijado... alguna, aunque muy superficial...
El
prelado sabía que cuando Julián recurría al ahijado... algo se traía entre manos.
-Digame
usted padrinito... contestó haciendo énfasis en la relación.
-Pues
que la palomilla quiere asistir a la consagración de Gerardo...
-Pues
vaya Usted a ver al Señor Rector... dijo evasivo adrede.
-Así
lo haré... sin embargo, yo creo que una llamadita suya haría más fáciles las cosas...
-Eso,
mi querido padrino, se llama tráfico de influencias...
-Sólo
cuando se busca un provecho económico o propio...
-Será
el sereno... pero a Usted no puedo negarle nada, agregó riendo, y a Don Ricardo tampoco... cuenten con mi recomendación. Aunque...
bien sabes que la última palabra es la del Señor Rector...
-No
se preocupe Su Eminencia que de ese yo me encargo... contestó contento el sacerdote.
Siendo
el Rector del Seminario de los pocos que conocían la relación entre el padre Julián y el arzobispo, no le hizo esperar más
de lo necesario para recibirle. Enterado de la trayectoria de Gerardo, la influencia que en él habían tenido Julián y Ricardo
y de que los que solicitaban asistir eran precisamente los integrantes del grupo, no puso mayor objeción y concedió el permiso.
-Nada
más que esto no es gratuito padre Julián...
-Cómo?
respondió el sacerdote azorado...
-Sí...
a cambio de mi permiso, Don Ricardo deberá venir a dar un par de charlas a los seminaristas y otro par a los laicos... de
acuerdo?
-Bueno,
en realidad yo no puedo aceptar por él, pero no creo que se niegue, se lo aseguro.
Llegando
a la casa del escritor, Julián se dirigió al estudio para dar la buena noticia.
-Hola
Ricardo... hola Rafael... Normita... tengo el permiso para que todos asistan a la consagración de Gerardo.
-Qué
bueno, exclamó Norma con verdadera alegría.
-Felicidades!
dijo Rafael abrazando al sacerdote.
-Pues
yo les tengo otra noticia, dijo sombrío el escritor que colgaba en ese momento la bocina del teléfono.
-Qué?
preguntaron todos expectantes.
-Que
ya nació el bebé de Silvia! anunció cambiando el tono abruptamente.
Todos
aplaudieron con sinceridad. Jazmín, entraba en ese momento y preguntó a qué se debía el alboroto.
-Huy...
pues hay que ir a felicitarla, dijo en cuanto fue enterada del feliz suceso.
-Jesús!
se nos juntaron las celebraciones, exclamó Norma.
-Bueno,
bueno... no tanto, rectificó Ricardo, en realidad el bautizo puede esperar un par de semanas... o más... no es así Julián?
-Claro,
claro... ya lo programaremos con calma... por lo pronto, vamos a verla para que sepa que cuenta con el apoyo de todos nosotros.
Avisados
todos, la cita de la tarde se transfirió al Hospital del Pacífico, uno de los mejores de Acapulco, y en el que le atendiera
personalmente el Dr. Jorge García Leal, uno de los mejores cirujanos de México, amigo de Ricardo.
-Hola
Jorge, cómo están las pacientes?
-Bien,
muy bien, contestó el galeno. Me las visitan de dos en dos...eh? No las abrumen. Los demás que esperen en la cafetería.
-Déjame
presentarte a mis amigos....
Una
larga fila se formó. El escritor fue presentando a todos y cada uno al célebre médico que había venido exclusivamente para
atender el parto desde México, en donde se encontraba realizando una especialidad en transplantes.
-Pues
vaya palomilla la de ustedes, dijo festivo. Espero que ninguno de ustedes vaya a necesitar de mis servicios. Bueno, les dejo
y dejo a sus pacientitas en buenas manos. Espero que podamos tomarnos un café mi querido Ricardo...
-Claro
que sí Jorge... y gracias, muchas gracias por todo...
-No
hay por qué...
La
carita de Silvia se iluminó cuando Norma y Ricardo asomaron a la puerta de su habitación.
-Ya
la vieron? Está bien bonita!
-Sí,
ya la vimos... aunque te diré que no sé de dónde sacó lo bonita, dijo el escritor en una burla sana.
-Pues
de mí! exclamó Abraham que entraba en ese momento.
-Hombres
habían de ser, sancionó Norma. Y tú, cómo te sientes hija?
-Bien,
un poco dolorida, pero bien... el Dr. García Leal es un gran médico... gracias Don Ricardo.
-Las
gracias hay que dárselas a Dios, muchachita... contestó el mismo.
-Y
cómo se va a llamar?
-Adivine!
-Silvia?
-No...
Lupita... por la Virgen de Guadalupe...
-Que
bien, ya programaremos otra visita a la Basílica. Por cierto que esperaremos a que salgas para continuar con las charlas.
Te parece?
-Me
apena que por mi se detengan, dijo seria.
-No
te preocupes. Ya encontraremos de qué hablar mientras tanto.
Efectivamente,
la siguiente tarde y ante la propuesta de Ricardo de esperar a Silvia y Abraham, Gloria pidió:
-Don
Ricardo, háblenos un poco de los templos que ha tenido la Virgen de Guadalupe y de su primer milagro.
-Bueno,
tras la milagrosa aparición de la Virgen en el ayate de Juan Diego, que ya comentamos ampliamente, y habiendo colocado el
obispo Zumárraga la milagrosa imagen en su oratorio, fueron tales los clamores de la ciudad deseando tenerla descubierta para
la común veneración, que lo obligaron a llevarla en procesión y colocarla en la iglesia catedral, en donde estuvo mientras
en cumplimiento de la voluntad de la Virgen y se le erigía el templo en donde fuese de todos adorada.
No
descuidó esto el prelado, sino que luego procuró que se hiciese una ermita o iglesia pequeña, porque no permitía otra cosa
la economía de aquel tiempo pues apenas habían pasado diez años de la Conquista de México.
Señaló
el obispo por sitio el mismo lugar en que, a la falda del cerro, entregó la Santísima Virgen las flores a Juan Diego. Se dieron
tanta prisa los artífices y oficiales, que a los quince días de la aparición milagrosa estuvo la ermita perfectamente acabada,
cosa que ya comentamos. El obispo ordenó que se trasladase a ella solemnemente la soberana imagen y, avisados los dos cabildos,
eclesiástico y secular, se dispuso la procesión para el segundo día de la Pascua de Navidad de aquel mismo año.
Debajo
de un rico palio fue conducida la imagen, esmerándose los indios, que entonces eran innumerables, en festivos bailes y danzas,
resonando al mismo tiempo muchos clarines, trompetas, chirimías, en que estaban ya diestros los indios por el trato con los
españoles. Toda la calzada estaba llena de arcos y ramadas contra los ardores del sol, todo el suelo cubierto de flores que
trajeron de Xochimilco y otros pueblos de tierra templada en que todo el año se ve todo género de flores, como la cercana
Cholula.
Los
religiosos de San Francisco llevaban en hombros la santa imagen, colocada en unas ricas andas. Acompañaban a la procesión
los dos cabildos con el Ilustrísimo prelado, y cerraba la procesión el presidente con los oficiales del rey que había entonces.
Así llegaron a la ermita y, después de las ceremonias santas de la bendición, colocaron la imagen en el altar y luego ofició
misa el obispo Fr. Juan de Zumárraga.
En
esta pequeña iglesia estuvo la milagrosa imagen casi noventa años, hasta que la devoción de los mexicanos, agradecida a los
favores de la Santísima Virgen, recogió tan buena cantidad de limosnas que hubo con qué edificar otra iglesia más grande,
de buena arquitectura y magnífica, si se atiende a la tosquedad de aquellos tiempos, la cual bendijo y dedicó el Ilmo. Sr.
D. Juan de la Cerna, arzobispo de México, por el mes de noviembre del año de 1622, y se colocó la soberana imagen en el altar
mayor en un trono, o tabernáculo, de plata de martillo de más de 350 marcos de peso, que costeó en gran parte la piadosa generosidad
de D. García Sarmiento de Sotomayor y Luna, Conde de Salvatierra, virrey entonces de la Nueva España.
En
esta iglesia fue venerada y continuamente asistida de los mexicanos, así españoles como indios, por otros ochenta y siete
años, hasta que en 1705 se le dedicó otro suntuoso templo.
Aunque
el templo en que estaba colocada la soberana imagen de Nuestra Señora de Guadalupe era bastante capaz y cubierto de artezón
de madera, la devoción mexicana juzgó que no era bastante para los debidos cultos de imagen tan prodigiosa, y trató
de que se hiciese un nuevo y suntuosísimo templo; el licenciado don Ventura de Medina y la señora doña Isabel Picazo, su madre,
contribuyeron con gruesas cantidades para ello. Cuanto antes se trató de hacer una iglesia competente, para que en ella se
depositase la sagrada imagen, mientras se fabricaba el nuevo templo en el mismo lugar en que estaba el antiguo.
Se
hizo la iglesia en donde estaba la antigua capilla que llamaban la ermita, poco distante del milagroso pozo o manantial de
agua del que hablamos antes; y habiéndose depositado en ella la imagen el día 25 de marzo, consagrado al misterio de la Encarnación
del año de 1695, bendijo y puso la primera piedra para el nuevo templo el Ilmo. Don Francisco de Aguilar y Seijas, arzobispo
entonces de México. El cuidado de la obra se encomendó como síndico y administrador de las limosnas que se recogiesen para
la fabricación, al capitán don Pedro Ruiz de Castañeda, que también contribuyó de su caudal con gruesísimas cantidades.
Se
fue prosiguiendo la obra y fue digno de notar que habiéndose acabado todo el recinto de la iglesia de piedra muy sólida y
de apacible color apastillado, cuando ya no fue menester mudó la cantera de color y solidez, pasando a ser cantera de piedra
ordinaria. Aunque al cabo de cuarenta años se descubrió a la parte opuesta, que es al poniente, otra nueva cantera del mismo
género y color de piedra de que se ha fabricado lo que conduce al coro y oficinas de la colegiata.
Se
terminó el nuevo templo de tres bellísimas naves, y en medio de la mayor y principal descuella con hermosa elevación el cimborrio.
La nave de enmedio tiene de largo 59 varas y de ancho 14 varas y dos tercias. Las de los lados, que llaman naves procesionales,
tienen de largo 52 varas y media, y de ancho 10 varas y dos tercias. Iluminase la iglesia con 41 ventanas, con sus rejas de
hierro y vidrieras finas cristalinas, y por la parte exterior dan hermosura y majestad al templo cuatro torres que se levantan
erguidas sobre los cuatro ángulos o esquinas del templo.
-Oye...
oye... qué es una vara?
-Era
la medida oficial en la época de la colonia.
-Y
comparando...?
-Una
vara correspondía a 84 centímetros de la escala decimal tomando como patrón el metro actual.
-Ahhh...
ta’gueno dijo parodiando a un indito Fidel.
-Bien,
acabado el nuevo templo, habiendo muerto el Ilmo. D. Juan de Ortega Montañés, arzobispo de México, quien había cooperado grandemente
a la nueva edificación, la sede vacante de la Metropolitana y el Excmo. Sr. duque de Albuquerque, virrey entonces de la Nueva
España, trataron de su solemne dedicación y se destinó para ella el día primero de mayo, dedicado a los apóstoles San Felipe
y Santiago del año de 1709, continuándose la solemnidad por nueve días, corriendo con los costos de esos días el mismo Excmo.
Sr. y su Excma. esposa y todos los reales tribunales, y repartidos los sermones por el clero y sagradas religiones.
Para
colocar la sagrada imagen se hizo un costosísimo altar, que tiene de altura 25 varas y dos tercias, y de ancho 24 varas; y
en el medio del primer cuerpo, para que fuese el centro de la imagen, se levantó un riquísimo trono de plata sobredorada en
que se emplearon más de 3 257 marcos, y su curiosísima manufactura tuvo de costo 78 178 pesos con cuatro reales. Y para resguardo
de la sagrada imagen se formó una plancha de plata que le sirve de respaldo, en que se emplearon 200 marcos. Después se agregaron
más de 30 marcos de plata para extender el marco de la Virgen, y tuvo de costo 10 317 pesos, y fue limosna del Excmo. Sr.
D. Juan Francisco de Horcasitas.
-Otra
vez tus varas...
-Pues
para que no anden protestando, dijo Julián, les queda como tarea convertir las varas en metros y que me digan cuales fueron
las medidas tanto del templo como del altar.
-Zócalos
pichón... exclamó Carlos. Para que se les quite lo protestantes...!
-También
tú, muchacho de porra, para que no andes de burlón...
-Bueno,
me van a dejar acabar... o lo dejamos ahí...?
-No...
no síguele... pidió Jazmín.
-A
los dos lados del altar mayor, en la frente que hacen las otras dos naves, se erigieron otros dos magníficos altares, el de
la mano derecha, que costeó el licenciado D. Ventura de Medina, dedicado a la Concepción de Nuestra Señora, y el de la mano
izquierda, a devoción del Ilmo. y Excmo. Sr. D. Juan de Ortega, consagrado a Nuestra Señora de Trapana. Y habiéndose cubierto
las dos columnas que median entre el altar mayor y dichos dos colaterales, con finísimos espejos y pinturas de las apariciones
de Nuestra Señora, todos con sus marcos dorados, se viene a formar de los tres un altar solo, que verdaderamente es un embeleso
y admiración de los que lo miran, tanto como los colaterales, y la riqueza de cálices, blandones y candeleros de plata, ornamentos
de todos colores, y todo lo demás que conduce al mayor adorno y celebridad de las fiestas.
No
es para omitir la principal lámpara, que entre otras ardía delante de la santa imagen, y es de las más primorosas y ricas
preseas que se hallan y admiran en la corte mexicana. Se colgó delante del altar de la Señora el día 11 de agosto de 1729.
Desde la argolla de que pende por la parte superior, hasta la perilla en que remata en la parte inferior, tiene cinco varas:
su peso es de 900 marcos de plata, de los cuales los 274 son dorados y, después, para mayor adorno de la parte superior,
se le añadieron otros 31 marcos de plata.
Tiene
-o tenía, porque no se me ha ocurrido constatar si existe aún- repartidos en circuito 54 mecheros o candeleros arbotantes,
para mantener encendidas otras tantas candelas. Tampoco es de omitir la reja del comulgatorio, que consta toda de barandillas
de plata curiosamente labradas y la crujía, formada también de barandillas laboreadas con el mismo primor que las otras, todas
de plata, y van corriendo desde las gradas del altar mayor hasta el coro bajo.
Mas
adelante, con la fatal epidemia que llamaron matlazagual, que tanto infestó a toda Nueva España con muertes innumerables,
pues en sólo México al cabo de ocho meses pasaban ya de cincuenta y ocho mil, entre las muchas plegarias y oraciones que se
hicieron para aplacar la ira de Dios, unidos los dos cabildos, eclesiástico y secular, se comenzó en el santuario de Guadalupe
una solemnísima novena el día 30 de enero de 1737, y se comenzó a tratar con mayor fervor el que se jurase por patrona principal
de toda la Nueva España a Nuestra Señora de Guadalupe.
Habiéndose
solicitado y conseguido poderes de todas las ciudades y obispados del reino, los comisarios de los cabildos, eclesiástico
y secular de México, que tenían los poderes de los demás, hicieron el juramento del patronato el domingo 4 de diciembre de
1746, en manos del Ilmo. y Excmo. Sr. D. Juan Antonio Bizarrón, arzobispo de México, aunque se hallaba en cama muy postrado
de la enfermedad de que murió en el mes siguiente de enero.
Por
su muerte, y la noticia que por aquel tiempo vino de haber también fallecido el rey Felipe V, se suspendieron las fiestas
que estaban prevenidas para celebrar el dicho patronato, hasta el mes de diciembre del año de 47, en que repartidos nueve
días en el clero y sagradas religiones, con asistencia del señor virrey, Real Audiencia y demás tribunales, con misas solemnes
y sermones se predicaron y celebraron las glorias de la gran Señora de Guadalupe como Patrona de la Nueva España.
Mucho
tiempo hacía que para los mayores cultos de Nuestra Señora se deseaba el que se erigiese su santuario en iglesia colegiata.
Años atrás, murió en México, el año de 1707, el capitán don Andrés de Palencia, y dejó ordenado en su testamento que del cuantioso
caudal que dejaba, se aplicasen 100,000 pesos y lo demás que fuese necesario para la fundación de un convento de religiosas
agustinas recoletas; y en caso de no tener efecto la fundación, se aplicasen a la erección de iglesia colegiata en el santuario
de Guadalupe.
Se
solicitó la licencia del rey y de su Real Consejo para dicho convento y, habiéndose negado, se comenzó a tratar con calor
la erección de la colegiata según la mente del testador, cuyos albaceas ofrecieron, fuera de los 100,000, otros 70,000 pesos
y, con las fincas que antes tenía el santuario, eran ya 11,000 pesos los réditos de cada año. Habiéndose dado cuenta al rey,
recibió en silos 170,000 pesos, mandando que los 8,000 pesos de su rédito se pagasen anuales de los novenos que tocan a su
majestad en la Catedral de México, lo cual se efectuó el año de 1726.
Viendo
que aún era poco caudal para el intento, se reconvino a don Pedro Ruiz, el mozo, hijo del otro don Pedro Ruiz de Castañeda,
que había sido testamentario y albacea de don Andrés de Palencia, para hacer efectiva la cláusula del testamento de deberse
exhibir lo demás que fuese necesario. Entregó otros 125,000 pesos, que recibió también el rey, dejándolos situados en los
novenos de la Catedral de México y en la de la Puebla.
Se
recurrió a Roma, y Benedicto XIII expidió la bula del 9 de febrero de 1726, en que concedió se hiciese la erección de la colegiata
parroquial de Guadalupe con el honorífico título de insigne, y en ello convino el rey.
Muchas
peripecias debía aún sufrir la famosa colegiata, cuya construcción se suspendía y reiniciaba al mismo ritmo que morían Arzobispos,
obispos y Papas, hasta que Benedicto XIV, por bula de 15 de julio de 1746, volvió a autorizar y solicitar la erección al arzobispo
de México señalando otros sucesores por su falta y en prevención.
El
arzobispo de México, Sr. Dr. D. Manuel Rubio Salinas, habiendo reconocido que era notable el aumento de las rentas que había,
hizo la erección en la forma siguiente. Un abad con renta anual de 2,250 pesos, diez canónigos, siete de ellos de merced y
los tres de oficio, magistral, doctoral y penitenciario, con la renta de 1,500 pesos cada uno, y seis racioneros con renta
de 900 pesos cada uno, seis capellanes a 250 pesos. Y habiéndose dado la providencia de los demás oficios, sacristanes mayor
y menor, secretario de cabildo, apuntador, contador, pertiguero, todos con sus salarios competentes, se firmó la erección
el día 6 de marzo de 1749. Y, finalmente, el día 22 de octubre de 1750 tomaron posesión el señor abad y los demás prebendados
en la iglesia del santuario de Guadalupe con toda solemnidad, y cantándose en acción de gracias el Te Deum laudamus,
desde entonces se empezaron a celebrar los divinos oficios y festividades que se acostumbran en las más observantes catedrales.
-Y
colorín colorado... hasta mañana chavos que hay mucho por hacer.
Los
nervios traicionaban más a los invitados que al nuevo sacerdote. Casi de madrugada, todo el grupo, emperifollado con sus mejores
galas, se presentaba a la puerta del Seminario de Acapulco.
Les
sorprendió ver la entrada libre tras los comentarios de la casi imposibilidad de asistir a la consagración de su amigo. Sin
embargo, metros adelante, un par de jovenzuelos mocetones altos y fornidos les cortó el paso, aunque con suma amabilidad.
-Vienen
a la Ceremonia de Orden, disculpen?
-Así
es joven, contestó Norma muy seria.
-Pasen
por favor, a la derecha encontrarán la carpa levantada exprofeso...
-Gracias
jóvenes... aceptó Ricardo, que no dejó de sentirse mal ante la mirada atónita de los seminaristas, causada por el largo cortejo
de amistades.
-Oiga
compadre, y usted sabe cómo es la ceremonia?, preguntó Doña Elvia al escritor.
-Pues
le diré, antes de venir estuve estudiando una obra que se llama El Orden Sacerdotal, del Padre Pedro Herrasti, y cuyo Censor
es nada más ni nada menos que el Pbro. D. Luis G. Guerrero, alguien de quien hemos hablado mucho en esta serie de charlas.
Ahí
señala que, desde el principio de su vida pública, Nuestro Señor Jesucristo anunció a sus Apóstoles el hecho de que los llamaba
para un ministerio muy especial, pues de pescadores de peces, los convertiría en pescadores de hombres.
Cumpliendo
su promesa, en la ultima cena les confiere el prodigioso poder de transubstanciar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre
al decirles Haced esto en memoria mía.
Con
esas mismas palabras les ordena ofrecer por la redención del mundo el sacrificio de su Cuerpo y Sangre, como El mismo acababa
de hacer.
Tres
días después, una vez resucitado, confiere a sus Apóstoles la altísima misión de perdonar los pecados: Como el Padre me
envió, así también yo os envío. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis
los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Les
dio finalmente el poder y la misión de enseñar, de bautizar, de gobernar al pueblo cristiano con este explícito lenguaje:
A mí se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra, id pues y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.
-No
hay ceremonia religiosa comparable con las ordenaciones, señaló Julián, sobre todo si se trata de consagraciones de Obispos.
Toda la solemnidad y elegancia de los ritos latinos se conjugan para darle un sentido pleno a lo que el Espíritu Santo está
realizando en la Iglesia. Las tres ordenaciones, del obispo, del presbítero y del diácono, tienen el mismo dinamismo, cuyo
rito esencial es la imposición de las manos del obispo sobre la cabeza del ordenado, mientras se reza la oración consecratoria
específica que pide a Dios la efusión del Espíritu Santo con los dones apropiados para el ministerio para el cual el candidato
es ordenado.
Al
entrar al recinto, la expectación era causante de un silencio que permitía escuchar el batir de las alas de una mosca.
Julián
acomodó a sus amigos y les dijo que regresaría más tarde. Nadie hablaba. Sólo esperaban.
La
ceremonia de ordenación está a punto de comenzar. Los diáconos recogían su alma y se preparaban para el gran día. Para los
casi sacerdotes ha sido: poco dormir y mucho soñar. Será quizás el día más feliz de sus vidas. Algunos no han podido conciliar
el sueño. Se nota en los ojos. Habrán mirado el reloj, el calendario, sus manos...
A
las 10 de la mañana han entrado en la sacristía improvisada, para revestirse los ornamentos propios. Se ayudan unos a otros.
Aguardan en silencio y oración la llegada del Señor Arzobispo que les conferirá el don del sacerdocio. Son momentos para hacer
memoria y recordar la propia historia.
Momentos
después entra el Arzobispo Edmundo Barrenechea. Al llegar los saluda efusivamente, les anima y les felicita. Dice que se siente
muy orgulloso de esta dicha tan particular.
Es
la hora. Se disponen a salir. Avanzarán en fila, de dos en dos, llevando la estola cruzada. Son ochenta y el corazón corre
como caballo. A los lados, los familiares se aprietan y suben a los ojos las primeras lágrimas. Para ellos siguen siendo sus
hijos, unos críos. Y entonces se prueba una extraña sensación: mezcla de agradecimiento, de llegada a buen puerto, de saber
que Dios va a llenar hasta los últimos rincones de la vida. Siguen avanzando. Sólo Gerardo no puede observar a sus padres
entre los asistentes, tiene mucho que se fueron, que partieron de este mundo, pero sabe de seguro que ahí están sus amigos.
Se escucha el canto con que da inicio la ceremonia. A las dos filas de diáconos sigue el Arzobispo. Con una mano sostiene
su báculo de pastor y con la otra saluda cordialmente. El último de la fila, es Julián, a quien precede Narciso, llegado desde
el pueblo a tiempo.
Los
cantos suben y contienen las emociones. Han ido subiendo las gradas. Debajo y como una alfombra humana, se aprietan unas quinientas
personas, entre familiares, amigos y conocidos. El altar está elevado, para facilitar la visión. En el centro campea una imagen
de Cristo. Es un rostro sereno, distinguido, noble. Su semblante respira pureza; su mirada, apacible, reposada; sus labios,
sellos de discreción y gravedad. A su lado, la imagen entrañable de María de Guadalupe. Más que un recuerdo tierno, es un
abrazo, un volver a escuchar las palabras que le dirigió al beato Juan Diego: No tengas miedo. ¿No estoy yo aquí que soy
tu madre?
En
las lecturas han vuelto a escuchar: sacerdote para siempre. Y ellos lo saben. En el Evangelio Jesús les ha dicho que
nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos. Les ha llamado: ¡Amigos! Y les ha recordado que no han
sido ellos, sino Él quien los ha elegido. Es Él y no los hombres. Las palabras de Su Eminencia han sido muy consoladoras y
reconfortantes. El Arzobispo ha recordado el humilde nacer de cada uno. Luego, tomando la imagen de la carpa, la ha comparado
con la tienda del encuentro, donde los antiguos patriarcas se encontraban con Dios. Les recuerda a los diáconos la importancia
de la oración. Por último felicitó y agradeció a todos los padres de familia la donación de sus hijos a Dios. Ha concluido
sus palabras encomendando la fidelidad y perseverancia de los sacerdotes a la solicitud de María Santísima.
Después
de una ovación, el Rector del Seminario lee los nombres y apellidos de los aspirantes al Sacerdocio como signo de la elección.
Acto seguido el Arzobispo les interroga y ellos formulan las promesas de fidelidad. Luego la asamblea se arrodilla y ellos
se postran. La frente toca el suelo, y extienden los brazos en cruz.. Es uno de los momentos más emotivos de la ceremonia.
Ricardo siente recorrer por su cuerpo una corriente eléctrica que le sacude. Juan Pablo II ha escrito que en ese yacer
por tierra en forma de cruz antes de la ordenación, acogiendo en la propia vida -como Pedro- la cruz de Cristo y haciéndose
con el Apóstol "suelo” para los hermanos, está el sentido más profundo de toda la espiritualidad sacerdotal. El
coro entona las letanías, que suben y bajan como oleadas.
Se
levanta el Arzobispo. Seguidamente los diáconos se ponen nuevamente en fila de dos en dos. Avanzan y se arrodillan lentamente
ante él. Les impone las manos sobre la cabeza a cada uno. Así a los ochenta. La asamblea contempla en silencio, un silencio
reverencial y respetuoso. Acto seguido comenzaron a pasar los sacerdotes presentes imponiendo, también ellos, las manos: uno,
dos, tres, veinte... Una lluvia de manos que repite el gesto como signo de comunión sacerdotal.
Luego,
el Arzobispo recita una oración, la fórmula consagratoria. Desde ese momento son sacerdotes para siempre. La ordenación como
tal ha terminado. Siguen algunos ritos secundarios. Monseñor Barrenechea les viste la casulla. Inmediatamente después, el
Arzobispo y los concelebrantes ungen con el santo crisma las manos de los recién ordenados, les entrega el cáliz y la patena
y culmina el rito con un emotivo abrazo de la paz.
Ahora,
los recién ordenados sacerdotes junto con el prelado, continúan la Misa. Será su primera Misa. La recordarán toda su vida.
Algunos
familiares llevan las ofrendas al altar. Es un momento simbólico y muy significativo. Los sacerdotes -escribía un autor- no
caen del cielo con los bolsillos repletos de estrellas y la boca llena de bendiciones. Los sacerdotes nacen en una familia.
Es en familia donde han aprendido a decir padre, mamá, hermanos. Al principio sólo con minúsculas. Luego, sólo luego,
con mayúsculas: Padre nuestro que estás en los cielos, Madre de Jesús y madre nuestra, Hermanos míos. La familia ha
sido la cuna de la vocación y, ahora, ellos llevan al altar las ofrendas que sus hijos consagrarán.
Y
se llega al momento solemne de la consagración. La primera consagración! Cada uno desde su lugar en torno al altar, une su
voz a la del Arzobispo. Juntos, bajo la acción del Espíritu Santo, transformarán el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre
de Cristo.
Después
del Padrenuestro, llega la comunión. Cada uno comulga y reparte la comunión consagrada por los otros a familiares y amigos.
Son momentos muy emotivos, añorados, capaces de conmover al corazón más duro.
Al
final de la Misa, una fotografía recuerdo. En el centro del grupo se sitúan el Arzobispo Barrenechea y el Padre Julián. Una
explosión de flashes y de aplausos. Cientos de brazos y de manos que saludan y abrazan. Los recién ordenados no saben si reír
o llorar. Reparten bendiciones a quienes les besan las manos.
Ricardo
espera con su esposa al lado. Tras él, el resto del grupo. Unos minutos después, el Padre Gerardo se desprende del grueso
de los recién ordenados y se deja llegar hasta el escritor. Le sigue Julián y Narciso.
-Yo
no le he dado la bendición a nadie, dice modesto pero orgulloso. Permíteme ser a tí, mi querido amigo Ricardo, al primero
que se la dé.
El
escritor bajó la cabeza en señal de humildad para recibir la bendición, pero más que nada para ocultar un par de lágrimas
traicioneras que le rasaron los ojos.
Norma,
que hiciese lo mismo, pudo notar el sentimiento de su marido, y sólo atinó a apretarle el brazo.
Tras
el momento solemne, la algarabía hizo presa del grupo al querer todos y cada uno la bendición del nuevo sacerdote. Hasta Calixto
inclinó la testa.
-Pues
si no tienes nada más por hacer, señaló Julián, un exquisito mole poblano nos está esperando en casa...
-Pues
a darle, que es mole de olla! clamó el cura recién estrenado.
-Poblano...
poblano... recalcó el viejo sacerdote.
El
trío de sacerdotes, tomados del brazo, se acercaron al Arzobispo.
-Su
Eminencia, dijo muy serio Julián, venimos a despedirnos porque un mole poblano nos grita desde la casa de nuestro amigo Ricardo...
-Pues
váyanse adelantando... déjenme aquí al Padre Gerardo, que tengo algunas cosas que decirle. Luego se los llevó yo personalmente...
porque ese molito, ni yendo a bailar a Chalma me lo pierdo!
Los
tres rieron de buena gana. Julián y Narciso se encaminaron a donde estaba el grupo y, con un simple guiño, le informaron a
Ricardo de la confirmación del prelado a compartir la sal.
A
fin de esperar a Edmundo, el grupo platicó sobre diferentes tópicos, vaso de refresco en mano. Narciso les puso al tanto de
las novedades en el pueblo, y de lo que ya se tenía programado para el bautizo de la pequeña de Silvia y Abraham.
-El
bárbaro de Don Eustorgio mandará matar dos reses y tres borregos... creen ustedes? dice que como en poco tiempo de un curita
ya tiene tres que son sus amigos, le conviene seguir colmando nuestra mesa...
-Pues
que Dios le dé más, dijo de inmediato Julián que, al tiempo de contestar, dejó el vaso sobre la mesa y emprendió camino hacia
la entrada.
-Es
Su Eminencia, dijo Riqui.
-Viene
a comer con nosotros? preguntó Eva asombrada.
-Claro!
Si es nuestro amigo, dijo presuntuoso el escritor.
-Hola
jóvenes, por ahí me dijeron que sobraba un plato de mole poblano...
-Ay
Su Eminencia, dijo Ricardo fingiendo preocupación, que más nos hubiese gustado, pero tenemos los platos contados y... como
no sabíamos si venía su merced...
-Pues
ni te preocupes, porque ahorita multiplicamos los moles...
Todos
rieron con la ocurrencia que hacía referencia a la multiplicación de los panes, y dieron paso abierto al prelado.
Los
asiento centrales de la mesa principal fueron destinados al arzobispo, el nuevo sacerdote, y al viejo curita que, sin hablar
de ello, se sentía orondo por los resultados de su participación en el cambio de vida de Narciso y de Gerardo.
-Quiero
aprovechar que están todos juntos para anunciarles que ya Gerardo tiene su primera comisión, señaló Edmundo. Será desde mañana
mismo el Coordinador de las Misiones en la sierra de Guerrero...
Ricardo
se quedó frío. Sabía del riesgo que eso representaba. Conocedor de los antecedentes citadinos de su amigo, pensaba que enviarlo
ahí era tanto como mandarlo al matadero.
-Su
Eminencia, dijo recalcando el trato, creo que es demasiado riesgoso...
-Ya
lo hablamos... él fue el que me lo pidió, y yo acepté tras hacerle ver eso que precisamente pensaste. Sin embargo, le iremos
enviando a las zonas suburbanas primero, para que se acostumbre y vaya viendo cómo es el proceder y tratar de nuestra gente.
Además,
no va en plan de guerra, sino de evangelización...
-Pues
de todas formas pienso que es mucho riesgo... creo que habría de foguearlo primero...
-Con
todo respeto, Su Eminencia, podría pasarle lo mismo que a mi, dijo Narciso interviniendo.
-Puede
ser... puede ser... pero me gusta dejar todo en manos de Dios... a ustedes no?
La
posición fue más que clara. Nadie interpeló ya al arzobispo. Pero Ricardo quedó con una pequeña molestia.
En
determinado momento, Gerardo se acercó al escritor y, abrazándole, le dijo:
-No
te preocupes, que no soy haba que se cueza al primer hervor. Ya tuve mis experiencias rurales hace tiempo. No te lo había
platicado, pero cuando tenía 13 años, por una mujer mi padre me envió al rancho de mi abuelo en la Sierra de Atoyac. Yo conozco
a mi gente, pero también me preocupa. Por eso le pedí a Su Eminencia esa responsabilidad. Voy a estar bien... te lo aseguro.
Ambos
amigos se fundieron en un fuerte abrazo que pudieron observar, con un profundo beneplácito, Norma, Edmundo, Julián, Narciso
y el resto del grupo.
-A
ver... Carlos! Sácate el brandy ese que guardo y al que le tienes ganas... vamos a brindar por el nuevo cura!
La
llegada de Silvia con su nena causó, obviamente, alboroto. Fueron de los últimos en llegar, así es que la pobre criatura pasó
de brazo en brazo por más de media hora.
-Todo
listo para el bautizo? preguntó Julián.
-Bueno
padre, al menos la nena ya está lista! contestó el orgulloso Abraham.
-Bueno,
pues entonces les puedo comunicar que Narciso nos espera el próximo fin de semana en el pueblo. Así es que, a preparar maletas.
Mientras
los demás hacían comentarios sobre el nuevo viaje, el sacerdote se acercó a Ricardo para comentarle.
-Te
fijaste que a lo largo de esta charla no ha habido desgracias que lamentar?
-Es
verdad! Hasta ahora nadie ha muerto, a nadie se ha difamado, nadie ha agredido...parece que ya la llevamos tranquila, como
dicen ahora los chavos...
-Pues
que bueno... porque me place ver caritas felices...
-El
único que promete y promete que se muere eres tú!... y no nos cumples! dijo jocoso el escritor.
-Que
más quisieras, verdad? Pero no, no pienso morirme muy pronto... aunque ya podría irme sin preocupación...
-Otra
vez?... vamos, deja ese tono mortuorio y regresa a la alegría que te es tan característica.
-Sea
pues, con tal de que no te enojes...
-Don
Ricardo, urgió Cristy, la hijita de Jorge, y qué pasó durante los últimos días de Juan Diego? se sabe algo a más de que se
dedicó de lleno a cuidar el templo?
-Efectivamente,
Juan Diego se entregó plenamente al servicio de su virgen amada, María Santísima de Guadalupe, pero le apenaba mucho encontrarse
tan distante su casa y su pueblo. Él quería estar cerca de Ella todos los días, barriendo el templo -que para los indígenas
era un verdadero honor- transmitiendo lo que había visto y oído, y orando con gran devoción; por lo cual, Juan Diego suplicó
al señor Obispo poder estar en cualquier parte que fuera, junto a las paredes del templo, y servirle. El Obispo, que estimaba
mucho a Juan Diego, accedió a su petición y permitió que se le construyera una casita junto a la Ermita de la Señora del Cielo.
Viendo su tío Juan Bernardino que su sobrino servía muy bien a Nuestro Señor y a su preciosa Madre, quería seguirle para estar
juntos, pero Juan Diego no accedió. Le dijo que convenía que se estuviera en su casa, para conservar las casas y tierras que
sus padres y abuelos les dejaron.
Juan
Diego, como ya lo hemos señalado, fue una persona humilde, con una fuerza religiosa que envolvía toda su vida; que dejó sus
tierras y casas para ir a vivir a una pobre choza, a un lado de la Ermita; a dedicarse completamente al servicio del templo
de su amada Niña del Cielo, la Virgen Santa María de Guadalupe, quien había pedido ese templo para en él ofrecer su consuelo
y su amor maternal a todos lo hombres.
Juan
Diego edificó con su testimonio y su palabra; de hecho, las personas se acercaban a él para que intercediera por las necesidades,
peticiones y súplicas de su pueblo. Juan Diego nunca descuidó la oportunidad de narrar la manera en que había ocurrido el
encuentro maravilloso que había tenido, y el privilegio de haber sido el mensajero de la Virgen de Guadalupe. La gente sencilla
lo reconoció y lo veneró como verdadero santo; incluso, como decíamos, los indios lo ponían como modelo para sus hijos, y
no había empacho de llamarlo Varón Santo.
El
mismo pueblo fue quien comunicó por todas partes el gran Acontecimiento Guadalupano y, con la característica memoria indígena,
fue transmitido de padres a hijos, de abuelos a nietos.
Una
de estas narraciones que actualmente se escucha y que recoge lo esencial y lo más hermoso del Evento Guadalupano, y en donde
es llamado Juan Diego uno de los nuestros, la tenemos en Zozocolco, Veracruz, pueblecito perdido en las montañas entre
Papantla y Poza Rica, a seis horas hacia la montaña; el padre Ismael Olmedo Casas, párroco del lugar, el doce de diciembre
de 1995 tuvo la idea de preguntar a los fieles indígenas qué era lo que celebraban, antes de predicárselos él:
-¡Buenos
días, Grandes Jefes! Queremos que nos platiquen sobre la Virgen de Guadalupe. Hoy, en la fiesta de la Virgen de Guadalupe.
-¡Señor
Cura, Jefe servidor de las cosas santas, buenos días! Te platico lo que hemos oído a los ancianos, nuestros abuelos: Hace
muchas pascuas de San Miguel, hace casi mil cosechas [dos por año], hace casi 500 vuelos del Palo Volador [un vuelo cada año
durante una fiesta], sucedió que allá en el centro de donde nos mandaban a nosotros, que éramos servidores del Emperador Gran
Señor, que vestía fina manta y hermosos plumajes, y ofrecía por el pueblo al Dios Bueno lo que la tierra producía y la sangre
de sus hijos para que el orden de la vida siguiera adelante, llegaron hombres de cabello de sol, que nosotros ya sabíamos
de su llegada; pero no esperábamos esos malos tratos de su parte, porque los creíamos enviados de los Ángeles, y sólo trajeron
mugre, enfermedad, destrucción, muerte y mentira: Nos hablaban de un Dios que amaba, pero ellos con su vida odiaban.
El
pueblo ya estaba cansado, cuando en una obscura mañana de la media cosecha fuerte del café [mediados de diciembre], a uno
de los nuestros le regaló Dios, Dios Espíritu Santo, un mensaje del cielo. Como lo dijera el Libro Grande de nuestros hermanos
los mayas [el Popol Vuh]: El hombre se había portado mal, y el gran Dios mandaría a alguien para rehacer al hombre del maíz.
También
el Libro Grande de los españoles [la Biblia] dice que después de que el hombre destruyó la armonía que había en el Universo,
manifestado en el vuelo perfecto del Volador, merecía la vida sin felicidad, pero Dios prometió que alguien nacido de una
de nuestra raza, Mujer, nos devolvería la sonrisa a nuestros rostros, nos quitaría el mecapal con la carga en la cuesta más
pesada, y haríamos fiesta días enteros, sin acabarse [la Vida Eterna].
Apareció,
así lo dicen los Jefes, en el Cerro del Anahuac, una señal del mismo Cielo, a donde llega la manzana del Volador: Una Mujer
con gran importancia, más que los mismos Emperadores, que, a pesar de ser mujer, su poderío es tal que se para frente al Sol,
nuestro dador de vida, y pisa la Luna, que es nuestra guía en la lucha por la luz, y se viste con las Estrellas, que son las
que rigen nuestra existencia y nos dicen cuándo debemos sembrar, doblar o cosechar.
Es
importante esta Mujer, porque se para frente al Sol, pisa la Luna y se viste con las Estrellas, pero su rostro nos dice que
hay alguien mayor que Ella, porque está inclinada en signo de respeto.
Nuestros
mayores ofrecían corazones a Dios, para que hubiera armonía en la vida. Esta Mujer dice que, sin arrancarlos, le pongamos
los nuestros entre sus manos, para que Ella los presente al verdadero Dios.
Los
tres volcanes surgen de sus manos y en el pecho, aquellos que flanquean el Anahuac y el que vio la llegada de nuestros dominadores,
que para Ella tienen que ser tenidos y tenerlos como de una nueva raza, por eso su rostro no es ni de ellos ni de nosotros,
sino de ambos. En su túnica se pinta todo el Valle del Anahuac y centra la atención en el vientre de esta Mujer, que, con
la alegría de la fiesta, danza, porque nos dará a su Hijo, para que con la armonía del Ángel que sostiene el cielo y la tierra
[manto y túnica] se prolongue una vida nueva. Esto es lo que recibimos de nuestros ancianos, de nuestros abuelos, que nuestra
vida no se acaba, sino que tiene un nuevo sentido, y como lo dice el Libro Grande de los españoles [la Biblia], que apareció
una señal en el cielo, una Mujer vestida de Sol, con la Luna bajo sus pies y una corona de Estrellas, y está a punto de parir.
Esto
es lo que hoy celebramos, Señor Cura: la llegada de esta señal de unidad, de armonía, de nueva vida.
-Así es reconoció el sacerdote. También el Santo Padre, Juan Pablo II, transmite
con gran fuerza la importancia del Mensaje Guadalupano comunicado por el Beato Juan Diego y confirma la perfecta evangelización
que nos ha sido donada por Nuestra Madre, María de Guadalupe; y América, –declara el Papa– que históricamente
ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido «en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, en Santa María de Guadalupe,
un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada». Por eso, no sólo en el Centro y en el Sur, sino también en el
Norte del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de toda América.
El
Papa Juan Pablo II reafirma la fuerza y la ternura del mensaje de Dios por medio de la estrella de la evangelización, María
de Guadalupe, y su fiel, humilde y verdadero mensajero Juan Diego; momento histórico para la evangelización de los pueblos,
“La aparición de María al indio Juan Diego –reafirma el Santo Padre– en la colina del Tepeyac, el año de
1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana,
alcanzando todo el Continente.
El
Beato Juan Diego continúa difundiendo al mundo entero este gran Acontecimiento Guadalupano, un gran Mensaje de Paz, de Unidad
y de Amor que se sigue transmitiendo también por medio de cada uno de nosotros, convirtiendo nuestra pobre historia humana
en una maravillosa Historia de Salvación, ya que en el centro de la Sagrada Imagen, en el centro del Acontecimiento Guadalupano,
en el centro del corazón de la Santísima Virgen María de Guadalupe, se encuentra Jesucristo Nuestro Salvador.
-Y
ahora que es Santo, preguntó doña Elvia, no hay ya alguna oración para él?
-Claro
que la hay, precisamente anoche imprimí varias copias de ésta. Aquí están. Les ruego que las repartan, dijo Ricardo al tiempo
que extendía pequeños fajos de hojas que rezaban:
Juan
Diego gracias por el mensaje evangelizador que con humildad nos has entregado, gracias a ti sabemos que la Virgen Santísima
de Guadalupe es la Madre del verdadero Dios por quien se vive y es la portadora de Jesucristo que nos da su Espíritu que vivifica
a nuestra Iglesia.
Gracias
a ti sabemos que Santa María de Guadalupe es también nuestra Madre amorosa y compasiva, que escucha nuestro llanto, nuestra
tristeza; porque Ella remedia y cura nuestras penas, nuestras miserias y dolores. Gracias al obediente cumplimiento de tu
misión sabemos que Santa María de Guadalupe nos ha colocado en su corazón, que estamos bajo su sombra y resguardo, que es
la fuente de nuestra alegría, que estamos en el hueco de su manto, en el cruce de sus brazos.
Gracias
Juan Diego por este mensaje que nos fortifica en la Paz, en la Unidad y en el Amor.
AMÉN
-Está
hermosa, dijo Adriana.
-Oiga
Padre Julián, y qué pasó con su santuario? cuestionó Calixto.
-Gracias
a la reciente canonización de Juan Diego, Su Santidad Juan Pablo II bendijo el 31 de Julio de 2002 el lugar donde será la
casa dedicada al Santo. Dicho Santuario Rehabilita el edificio del antiguo cine Lindavista construido en 1942, y ubicado en
Insurgentes esquina Montevideo en la Colonia Guadalupe Tepeyac, Delegación Gustavo A. Madero, en México Distrito Federal,
bajo un proyecto de Mobilart, una reconocida empresa mexicana.
El
concepto arquitectónico del Santuario surge a partir de la imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe. Varios estudios que
se han realizado a la tilma de San Juan Diego, demuestran que tiene una proporción áurea perfecta estudiada durante el clasicismo
por grandes maestros. Rafael conoce este proyecto y, como arquitecto, me gustaría que él se los describiera.
-Con
gusto Julián, con gusto. Dentro de estos estudios, tanto la silueta de la Virgen de Guadalupe como los rayos del sol, se ven
enmarcados por una elipse u óvalo perfecto. El simbolismo que esto representa es el cobijo que da la Guadalupana a San Juan
Diego, y a través de él se manifiesta a todos nosotros. Es por ello que se crea una cubierta escalonada en espiral representando
un atecocoli o caracol que sube en dirección al cielo. Quetzalcóatl, soplo del creador, es también Ehécatl, dios del Viento,
entre cuyas obligaciones está limpiar los caminos para que llegue Tlaloc, dios del Agua. El caracol es el pectoral de Quetzalcóatl
porque hace resonar la voz divina cuando pasa el viento por su espiral; su nombre es Ehecailacózcatl, el Caracol Joyel del
Viento. Tal vez los caracoles que hacían sonar en los templos de Tenochtitlán a la media noche era llamadas a penitencia.
La
importancia del caracol o espiral es de un alto valor simbólico, para nuestra antigua civilización, con esto se pretende representar
la ascensión divina de San Juan Diego al Cielo.
El
proyecto arquitectónico pretende lograr un sincretismo de las formas con antiguos conceptos prehispánicos y las formas modernas,
arraigándonos así en la antigua tradición artístico religiosa mexicana, donde propone que una gran cubierta escalonada en
espiral cree el espacio, y a la vez defina su presencia como un hito urbano revitalizado.
El
proyecto conserva la envolvente del antiguo edificio del cine Lindavista como una forma de respeto al contexto del edificio
original que tiene un alto valor social para la comunidad, además de que recibió la bendición de Su Santidad el mismo día
de la canonización de San Juan Diego, lo cual le suma importancia al mismo.
En
su interior, el Santuario será bañado por la luz del sol representando los rayos de la Virgen, esto para recordarnos el milagro
de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe y el papel activo de San Juan Diego en la evangelización de América.
También
el Santuario contara con un innovador proyecto de iluminación que otorgue un ámbito de reflexión, recogimiento y paz, necesarios
para propiciar el encuentro con los misterios de la fe.
El
proyecto contempla tener una capacidad para más de 1000 personas sentadas, y dentro de los espacios considerados para el santuario
se edificarán alrededor de 23,000 criptas, una capilla de adoración al Santísimo y en forma muy especial se construirá un
centro de atención indígena para poder atender a la gente más necesitada que visite el lugar.
Luis
Barragán en una carta a Louis Kahn, en la colaboración para el diseño de los exteriores del Salk Institute en La Joya California
decía: "If you make this a Plaza, you will Gain a facade, a facade to the sky" " Si usted hace esto una Plaza, ganará una
fachada, una fachada al cielo". Es así que el atrio retoma esta idea de hacer de él una plaza, o una fachada al cielo con
un diseño moderno y limpio provisto solo de lo esencial: Escultura monumental de San Juan Diego recibiendo a los fieles, discretas
jardineras a ras del pavimento con forma inspirada en el símbolo de la flor de 4 pétalos Nahui ollín, quemadores para veladoras;
uno dedicado a la Virgen de Guadalupe, otro a San Juan Diego y un campanario con un planteamiento conceptual neoexpresionista,
como contrapunto al edificio neobarroco existente.
-Acorde
a los cambios que ha experimentado la liturgia en los últimos años a partir del concilio Vaticano II, continuó Julián, y basados
en un estudio minucioso de ella, la solución adoptada para el santuario de San Juan Diego Cuauhtlatoactzin parte en primer
lugar de hacer que los fieles participen de una manera mas cercana al altar mediante la disposición de las bancas, y que quien
presida la misa sea visible de cualquier punto de la nave, por ello se ha cuidado de que el espacio destinado a la sede se
eleve 3 escalones por encima del área de altar manteniendo el mismo punto focal, donde la idea rectora sea una cruz flotando
sobre el altar, visible de todos lados y que el celebrante tampoco le pierda de vista.
El
altar será en una sola pieza pétrea con un diseño contemporáneo con espacio suficiente para poder rodearlo.
La
zona del altar tiene un primer escalón para ceremonias.
Como
remate al altar se tiene un muro dividido en forma de tríptico donde la parte central se maneja revestida con hoja de oro
y los dos laterales con hoja de plata, esto con el fin de enfocar la atención en esa zona en específico del santuario.
El
ambón es fijo, lateral y visible de igual manera desde cualquier punto.
La
pila bautismal será un contenedor transparente bañado de luz indirecta, la cual provendrá de la zona de criptas aprovechando
el espacio en doble altura entre la zona de criptas y la parte posterior del altar y se ubica en un lugar estratégico debajo
de la parte más baja de la cubierta simbolizando el nacimiento a la vida de gracia.
Detrás
del altar se ubica el sagrario y la capilla del santísimo donde, al acceder el celebrante, no se permita que se le pierda
de vista.
Los
espacios interiores de este santuario plantean de manera análoga a la descripción que de los espacios de Luis Barragán hace
el arquitecto Richard England: que sean ricos en misterios de luz tanto natural como artificial. Para lograr esto el proyecto
de iluminación único en su tipo en edificaciones religiosas ayudará a darle carácter y a propiciar un ámbito de reflexión
y a hacer énfasis en aspectos centrales tanto de la zona de altar, la cubierta, la nave de la iglesia y el atrio.
Incluso
en celebraciones nocturnas se iluminará la zona de altar de una manera especial haciendo énfasis en la celebración de la liturgia.
En ese momento el área de fieles se iluminará con matices muy tenues. Franjas de luz tanto natural como artificial bañarán
cada uno de los bordes de las cubiertas escalonadas. Se manejaran tonos cálidos en las partes bajas haciendo la analogía con
tonos más terrestres e íntimos y en la parte superior se manejaran otros tonos en puntos específicos subrayando la idea de
lo celeste.
Del
lado izquierdo de la nave, un muro de mármol con grabados en relieve representara la historia de la evangelización. Especial
cuidado tendrá la iluminación de este muro, enfatizando debidamente cada uno de los elementos.
En
el Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia, la Arquidiócesis Primada de México subraya la importancia de la celebración
de la Penitencia y menciona "además de los confesionarios tradicionales dispuestos en la iglesia, en los santuarios muy frecuentados
sería deseable que hubiera un lugar reservado para la celebración de la Penitencia, que se pueda emplear también para momentos
de preparación comunitaria y celebraciones penitenciales, y que, dentro del respeto a las normas canónicas y a la reserva
que exige la confesión, ofrezca al penitente la facilidad para dialogar con el confesor." Es por ello que el vestíbulo y las
dos cúpulas del acceso serán zonas penitenciales y de recogimiento, donde se cuidará que su iluminación propicie ambientes
de reconciliación que se requieren en los santuarios hoy en día.
La
disposición de las bancas sigue el trazo geométrico de la nueva envolvente elíptica y tiene que ver con una cuestión litúrgica
en si misma: acercar a la gente lo mas posible a la zona de altar, además que con una cuestión de capacidad.
Steven
Holl menciona en uno de sus escritos Phenomena and Idea: "el alma es esencial en la arquitectura", esto es aplicable totalmente
en este proyecto, y su fin primordial es la de que el alma se manifieste y donde el objetivo sea el de "crear espacios de
serenidad y regocijo que permita al alma moderna emerger" y en este caso se busca la conjunción del espacio monumental y la
intimidad del espacio celebrativo para configurar un todo que cumpla con la enseñanza del conocimiento que Santo Tomas de
Aquino desarrolló en el siglo XIII: la conexión directa de alma y percepción manifestada en: "una clara y avistada penetración
del alma dentro de los objetos de percepción".
En
la planta de sótano se ubicaran servicios, oficinas, área de criptas y un pequeño altar a doble altura que será bañado con
iluminación cenital proveniente de la cubierta principal del Santuario y en su parte inferior iluminado artificialmente.
La
disposición de las criptas sigue un trazo elíptico en correspondencia con la planta que la antecede (planta de la nave de
la iglesia).
Históricamente
la arquitectura ha producido espacios de síntesis, tanto cultural, histórica y estilística, hoy toca a nosotros construir
un espacio que integre de manera coherente las tradiciones artístico religiosas que coexisten en México, en el entendido que
toda tradición esta en continua renovación y adaptación.
Como
parte del proyecto de edificación del Santuario de San Juan Diego un grupo de laicos hemos venido trabajando arduamente, interesados
en que este Santuario sea un lugar de encuentro de los pueblos indígenas, no solo de México sino de todo el continente Americano.
-Y
cómo piensan hacerlo? Eso debe costar un dineral...
-Bueno,
hay un Programa de Adopción que se le llama. Este programa surge como una manera de vincular a la comunidad y a la sociedad
civil en la edificación del Santuario De San Juan Diego, mediante su participación por medio de donativos que serán destinados
respecto a los principales conceptos de obra que componen la remodelación del antiguo cine Lindavista.
Como
parte del programa pastoral y de las diversas acciones encaminadas a reunir fondos para la realización del Santuario creemos
que una idea que involucre y comprometa a la comunidad y a los feligreses es importante ponerla en practica, ya que de esa
manera la gente podrá hacer suya esta obra y sentirse identificada con los fines sociales de este proyecto.
Como
antecedente de esta idea podemos mencionar la campaña de la asociación de amigos del Museo Nacional del Virreinato "Adopte
un Cuadro", cuyo propósito era promover la restauración de pinturas que formaban parte del acervo del Museo. De manera análoga,
con este programa se pretende que la participación tanto de personas físicas como morales bajo la denominación "padre adoptivo"
de un elemento arquitectónico y/o artístico del santuario ayude mediante su donativo a optimizar los recursos necesarios para
terminar esta magna obra.
El
programa contempla iniciar una intensa campaña de difusión tanto a nivel nacional como internacional que pueda, de manera
paralela y complementaria a la campaña San Juan Diego Peregrino integrar a diferentes comunidades y grupos, tanto públicos
como privados, interesados en contribuir a edificar esta magna obra. Como parte de la campaña publicitaria se diseñara dentro
de la página web del Santuario un apartado con información para los interesados en adoptar una obra y/o componente arquitectónico
del Santuario.
-Qué
dirección tiene la página web? cuestionó Jorge.
-http://www.ssjuandiego.org/proyectos/adopciones.html
Esta
parte de la página web enumerará los elementos arquitectónicos y artísticos susceptibles de adopción y los mecanismos de participación.
También se contara con la producción de los materiales impresos y electrónicos para la promoción de este programa.
Una
parte importante para generar el interés por participar por parte de los donantes es el de obtener la deducibilidad de impuestos
sobre sus donativos. Otorgándoles un recibo deducible debidamente autorizado por la Secretaria de Hacienda y Crédito Público.
Asimismo se les entregara un reconocimiento al patrocinio de la persona, empresa o institución que contribuyo a la edificación.
Una
vez concluida la obra y como parte integral del diseño del Centro de atención indígena se colocaran los nombres de todos los
donantes en general, y de los donantes del programa "Adopte..." en un espacio destinado para este fin.
El
Santuario de San Juan Diego IAP se encargara de coordinar este programa a través de su red de voluntarios.
-Así
es que, jóvenes, a mover los bolsillos para que participen en tan importante proyecto, dijo seriamente Ricardo.
-Creo
que muchos de los presentes sí nos sumaremos... aceptó el mismísimo Calixto.
Julián
nada más sonrió a Ricardo que le extendió la mano al exfuncionario con beneplácito.
Llegado
el fin de semana, el grupo abordó el autobús que les llevaría a una Atoyac, y de ahí transbordaría a otro que les dejaría
a las propias puertas de la iglesia de Julián.
De
nueva cuenta, el jaleo se dio como norma en la mayor parte del viaje, con la consiguiente molestia del conductor que, a pesar
de todo, no dijo esta boca es mía. No así el chofer del destartalado camión en que terminaron la segunda etapa, pues no sólo
se sumó al argüende, sino que se detuvo en un pequeño caserío en donde llamó a gritos:
-Doña
Cata... doña Cata... prepárese unos huevos y tortillas como para veinte...
La
anciana, que asomó apenas el rostro por la rendija de entre el dintel y la manta que le servía de puerta, nada más asintió
con la cabeza.
En
pocos minutos estaba listo un almuerzo serrano de esos que hacen chuparse los dedos. El huevo con chile, -salsa de huevo en
otros lugares- es el platillo obligado para el almuerzo, acompañado de unos frijolitos o bien caldosos, o bien refritos.
Carlos
denunció a Calixto que se había preparado cuatro tacos más que llevaba como itacate, lo que causó la risa de los demás.
Al
terminar el recorrido, el chofer, conocido del padre Julián, quedó en reciprocidad invitado para el bautizo que se celebraría
al día siguiente.
La
tarde la ocuparon en ir a visitar a Don Eustorgio, el ricachón del pueblo y mecenas de los curas.
-Hola
Don Ricardo, dichosos los ojos...
-Buenas
Don Eustorgio... que Dios le bendiga ante su generosidad...
-Vamos,
no me haga sonrojarme que se me nota la borrachera... porque yo ya estoy celebrando desde ahorita...
-Pues
no lo dejamos solo! dijo enseguida Carlos.
La
consabida hospitalidad de la casa se hizo sentir de inmediato, y los refrescos llegaron acompañados de algunos tragos destinados
a quienes gustaren.
-Ahí
están p’al que quiera... que yo no obligo a nadie a nada... así es que... mátense con su propia medida... dijo contento
el filántropo campesino que efectivamente ya estaba algo achispado, pero controlado.
Ricardo,
Jorge, Rafael, Calixto y Alfonso aceptaron tomarse una copita y brindaron con Don Eustorgio.
Julián
pudo observar que el anfitrión había colocado un altar al final del pasillo que daba a la derecha de la entrada y, ahí, entronizada,
la Guadalupana.
-Bonito
su altar, Don Eustorgio... dijo a modo de comentario.
-Gracias
padre... me lo acaban de hacer. Quise sacar a la Lupita de la recámara de mi hermana. me daba no sé qué entrar ahí a rezarle.
-Pues
qué casualidad... precisamente esta serie de charlas, brindadas por nuestro amigo Ricardo, versaron sobre San Juan Diego...
-No
me diga padre...y seguramente sobre la Lupita, verdad? Porque no se puede hablar de Juan Diego sin mencionar a la Virgen de
Guadalupe, ni a la Lupita con citar al indio Santo.
-Así
es mi querido amigo...
-Entonces
creo que me pueden sacar de una duda...
-Usted
dirá Don Eustorgio...
-Una
vez que fui a la Villa vi un folletito que hablaba del manto y de los ojos y no qué de las estrellas... pero no lo compré
porque me pareció de los esos testigos de quien sabe quién...
-Oye
Jefe, dijo entusiasmado Carlos... porque no aprovechamos y nos hablas a todos sobre eso precisamente...
-Bueno,
no es mala idea... los pueblos mesoamericanos trasmitían la memoria de su historia de generación en generación por medio de
poemas y cantos, que al ser transcritos mediante figuras y símbolos en papel amate o en pieles formaban los llamados códices.
Los expertos coinciden en que la Virgen de Guadalupe quiso mostrarse a los antiguos pueblos indígenas con un atuendo lleno
de símbolos, a manera de códice, que los habitantes de estas tierras pudieron entender fácilmente.
Para
que, desde nuestra visión moderna, podamos comprender la profundidad del mensaje contenido en la imagen Guadalupana, es necesario
conocer el significado básico de los símbolos presentes en la Santa Imagen según estas culturas indígenas.
Don
Eustorgio, veo que la imagen que usted venera es una de las copias originales. Podemos acercarnos a ella?
-Naturalmente
Don Ricardo...
Todo
el grupo se levantó y se acercó a la Guadalupana. Frente a ella, y señalando al ritmo de su descripción, Ricardo empezó:
-La
estatura de la Virgen en el ayate, por ejemplo, es de metro y medio aproximadamente -143 centímetros para ser exactos-
y representa a una joven cuya edad aproximada es de 18 a 20 años.
Su rostro es moreno, ovalado y en actitud de profunda oración. Su semblante
es dulce, fresco, amable, refleja amor y ternura, además de una gran fortaleza.
Sus
manos están juntas en señal del recogimiento de la Virgen en profunda oración. La derecha es más blanca y estilizada, la izquierda
es morena y más llena, podrían simbolizar la unión de dos razas distintas. Lleva el cabello suelto, lo que entre los aztecas
era señal de una mujer glorificada con un hijo en el vientre. Está embarazada. Su gravidez se constata por la forma aumentada
del abdomen, donde se destaca una mayor prominencia vertical que transversal, corresponde a un embarazo casi en su última
etapa.
La
flor de cuatro pétalos, o Nahui Ollin, es el símbolo principal en la imagen de la Virgen, es el máximo símbolo nahuatl
y representa la presencia de Dios, la plenitud, el centro del espacio y del tiempo. En la imagen presenta a la Virgen de Guadalupe
como la Madre de Dios y marca el lugar donde se encuentra Nuestro Señor Jesús en su vientre.
Desde
principios del siglo XX diversos investigadores, fotógrafos y oftalmólogos han afirmado haber descubierto en los ojos de la
Virgen de Guadalupe el reflejo de figuras que parecieran corresponder a siluetas humanas.
Alfonso
Marcué, fotógrafo oficial de la antigua Basílica de Guadalupe en la ciudad de México, descubrió en 1929, al amplificar una
fotografía del rostro de la Virgen, lo que parecía la imagen de un hombre barbado reflejada en el ojo derecho.
En
1951, José Carlos Salinas Chávez, dibujante, descubrió la misma imagen mientras observaba con una lupa una fotografía de la
Virgen de Guadalupe. La vio reflejada también en el ojo izquierdo, en la misma ubicación en donde se proyectaría en un ojo
vivo.
En
1956 el doctor mexicano Javier Torroella Bueno hizo el primer reporte médico de los ojos de la Virgen Morena. El resultado
señalaba que se cumplían, como en cualquier ojo vivo, las leyes Purkinje-Samson, es decir, hay un triple reflejo de los objetos
localizados enfrente de los ojos de la Virgen y las imágenes se distorsionan por la forma curva de sus córneas.
El
mismo año, el oftalmólogo Rafael Torija Lavoignet, examinó los ojos de la Santa Imagen y confirmó la existencia de la silueta
en los dos ojos de la Virgen que había descrito el dibujante Salinas Chávez.
A
partir de 1979, el doctor en sistemas computacionales y licenciado en ingeniería civil José Aste Tönsmann, fue descubriendo
el misterio que encierran los ojos de la Guadalupana. Mediante el proceso de digitalización de imágenes por computadora descubrió
el reflejo de 13 personas en los ojos de la Virgen Morena de acuerdo a las leyes de Purkinje-Samson.
El
pequeñísimo diámetro de las córneas (de 7 y 8 mm) descarta la posibilidad de pintar las figuras en sus ojos, sobre todo, si
se tiene en cuenta el material tan burdo sobre el que está estampada la imagen.
Si
una obra con detalles tan minuciosos como ésta es imposible para el hombre de hoy, a pesar del desarrollo tecnológico actual,
con mayor razón sería algo inalcanzable para cualquier artista del año de 1531.
-Y
si uno de esos personajes era Juan Diego... quiénes son los demás? inquirió Gustavo.
-El
resultado de 20 años de cuidadoso estudio de los ojos de la Virgen de Guadalupe ha sido el descubrimiento de 13 minúsculas
figuras, afirma el doctor José Aste Tönsmann.
La
primera es un indígena que mira con atención. Aparece de cuerpo entero, sentado en el suelo. La cabeza del indígena está ligeramente
levantada y parece dirigir su mirada hacia arriba, en señal de atención y reverencia. Destacan una especie de aro o arracada
en la oreja, y huaraches en los pies.
A
continuación del indígena se aprecia el rostro de un anciano, de calva grande, nariz prominente y recta; ojos hundidos que
ven hacia abajo y barba blanca.
No
se han podido identificar a las trece personas, pero las dos escenas están perfectamente definidas por el Dr. José Aste Tönsmann:
la primera contiene al obispo Zumárraga sorprendido frente al indio Juan Diego, que abre su tilma y descubre la imagen de
María. Otros testigos complementan la escena del milagro, como un traductor de lengua Nahuatl al español, una mujer de raza
negra y otros más. La segunda escena, mucho mas pequeña que la anterior, se ubica en el centro de los ojos y contiene una
imagen familiar típica de indígenas americanos: un matrimonio con varios hijos alrededor. Las dos escenas se repiten en ambos
ojos con una precisión sorprendente, incluida la diferencia de tamaño producida por la mayor cercanía de un ojo respecto del
otro.
Otro
de los aspectos sorprendentes es el manto. Conforme a la obra La Virgen de Guadalupe y Las Estrellas, del Dr. Juan Homero
Hernández Illescas, el Pbro. Mario Rojas, y Mons. Enrique Salazar, del Centro de Estudios Guadalupanos, el martes 12 de diciembre
de 1531 ocurrió la aparición de la Santa Imagen de la Virgen de Guadalupe en el ayate de Juan Diego. La mañana de ese mismo
día tuvo lugar el solsticio de invierno, que para las culturas prehispánicas significaba el Sol moribundo que vuelve a cobrar
vigor, el nacimiento del nuevo Sol, el retorno de la vida. Ya que el solsticio de invierno es el punto en el cual la tierra,
en su recorrido en torno al Sol, da un cambio de dirección en su órbita y comienza a acercarse al astro rey, con este cambio
de dirección se tiene la impresión de que el Sol va recobrando su fuerza y que el invierno va debilitándose.
Para
los indígenas el solsticio de invierno era el día más importante en su calendario religioso, era el día en que el Sol vence
a las tinieblas y surge victorioso. Por esto no es casual que precisamente en ese día la Virgen de Guadalupe haya presentado
a su Hijo Jesús a los pueblos indígenas porque así ellos pudieron comprender que Ella traía en su seno al Dios verdadero.
¿Qué
hay en el Manto de la Virgen de Guadalupe? De acuerdo con el doctor Juan Homero Hernández Illescas se comprueba, con admirable
exactitud, que en el manto de la Virgen de Guadalupe está reproducido el cielo del momento de la aparición: la mañana del
solsticio de invierno de 1531.
En
el manto están representadas las estrellas más brillantes de las principales constelaciones visibles desde el Valle del Anahuac
aquella madrugada del 12 de diciembre de 1531. Allí están las constelaciones completas. Las estrellas se encuentran agrupadas
como en la realidad. Deslumbrantes testimonian la grandeza del milagro.
En
el lado izquierdo del manto de la Virgen -a nuestra derecha, porque la vemos de frente- se encuentran comprimidas las
constelaciones del sur: Cuatro estrellas que forman parte de la constelación de Ofiuco (Ophiucus). Abajo se observa
Libra y a la derecha, la que parece una punta de flecha corresponde al inicio de Escorpión (Scorpius). Intermedias
con la porción inferior, se pueden señalar dos de la constelación de Lobo (Lupus) y el extremo de Hidra (Hydra).
Hacia abajo se evidencia la Cruz del Sur (Crux) sin ninguna duda, y a su izquierda aparece el cuadrado ligeramente
inclinado de la constelación de Centauro (Centaurus). En la parte inferior, solitaria, resplandece Sirio.
En
el lado derecho del manto de la Virgen se muestran las constelaciones del norte: En el hombro, un fragmento de las estrellas
de la constelación de Boyero (Bootes), hacia abajo a la Izquierda le sigue la constelación de la Osa Mayor (Ursa
Maior) en forma de una sartén. La rodean: a la derecha arriba, la cabellera de Berenice (Coma Berenices),
a la derecha abajo, Lebreles (Canes Venatici), a la izquierda Thuban, que es la estrella más brillante de la
constelación de Dragón (Draco).
Por
debajo de dos estrellas (que todavía forman parte de la Osa Mayor), se percibe otro par de estrellas de la constelación del
Cochero (Auriga) y al oeste, hacia abajo, tres estrellas de Tauro (Taurus).
De
esta manera, quedan identificadas en su totalidad y en su sitio, un poco comprimidas, las 46 estrellas más brillantes que
rodean el horizonte del Valle de México.
La
extraordinaria distribución de las estrellas en el manto de la Virgen no puede ser producto del azar. Pues ninguna distribución
al azar puede representar con exactitud y en su totalidad las constelaciones de estrellas de un momento determinado.
De
hecho, un estudio iconográfico de 150 pinturas de la Virgen de Guadalupe de los siglos XVII y XVIII, realizado por el Dr.
Hernández, no encontró ni una sola copia en la cual se pudieran reconocer las constelaciones presentes en la tilma de Juan
Diego.
En
opinión del Dr. Juan Homero Hernández Illescas, la Virgen de Guadalupe aparece completa en el firmamento para ofrecer, con
su manto celestial, protección a todo el mundo.
-Es
maravilloso saber todo esto, dijo respetuosa la esposa de Don Eustorgio. Gracias Don Ricardo...
-No,
a mi no tiene nada que agradecerme. La ciencia moderna se queda sin explicaciones ante las maravillas de la imagen de la Virgen
de Guadalupe. Es una realidad irrepetible. Sobrepasa todas las posibilidades naturales, por lo que se puede decir que estamos
ante un hecho sobrenatural.
Una tilma que no se corrompe. Unos colores que no fueron pintados. Una pupila que contiene
toda la escena y todas las personas del momento del milagro.
Estamos
ante una imagen que ni el tiempo ni los atentados de hombres llenos de odio han podido vencer. La Virgen no se impone, no
reta, no humilla a sus enemigos. El milagro de su presencia en el Tepeyac es real pero muy sutil. Es un milagro que no aparece
como tal a primera vista. Quiere ser mas bien confirmación de la verdad para ayudar a los corazones que se han endurecido
pero que aun buscan.
Para
los sencillos de corazón los milagros no son necesarios para tener fe. Ellos captan por la gracia del Espíritu el amor solícito
de la Madre del Cielo que viene por ellos.
Los enemigos de la Virgen son muchas veces personas muy poderosas, pero pasan y se
hacen polvo. La Virgen permanece como testigo del amor de Dios que es eterno. Ella ha querido ser un faro plantado en el corazón
del continente Americano para atraer a todos a Cristo, Salvador y Vida Eterna, única esperanza ante la ruina en que se encuentra
la humanidad. Ella ha querido darnos un milagro para ayudar a las generaciones incrédulas. Ha querido demostrar con su característica
humildad, que la ciencia tiene su función pero también sus límites. Ella nos recuerda las palabras del ángel: Para Dios
nada es imposible.
Es
por eso que escoge a un indio -y ahora sí lo digo con orgullo- para mostrar su presencia en nuestra patria, en nuestro continente.
Es por eso que, digan lo que digan, aleguen lo que aleguen, Juan Diego fue privilegiado y por ende Santo. Ahí está, grabado
en la pupila de la propia Guadalupana. No hay mejor ni más real prueba. Fue y es, estuvo y está, le escogieron y aceptó, pagando
el privilegio con su dedicación y amor.
Quizá
su imagen pueda ser falseada, algo españolizada, algo indigenizada, mucho o nada correspondiente a su semblanza fiel y verdadera,
pero es él, es lo que representa y evoca.
Alguién
se atrevió a llamarle indio ignorante sin saber que fue esa ignorancia, ese tierno sabor de la ignorancia, el que le
llevó al alma la pureza necesaria para alcanzar la suprema gracia de ver así, frente a frente, a la mismísima Madre de Dios.
De
esos indios debiera estar plagado México. De su ejemplo de virtud, de entrega, de sacrificio, de obediencia, de rectitud,
de templanza, de todo aquello, en fin, que le llevó a ser San Juan Diego!
Nadie
habló. El respetuoso silencio evocó aquel otro ante el altar mayor de la iglesia de esa apartado pueblo suriano. A Julián
y a Gerardo, sacerdotes y todo, se les rodaron las lágrimas ante la vehemencia de su amigo escritor.
La
pequeña iglesia estaba colmada. Muchos de sus habitantes querían volver a ver a los amigos el padre Julián, y ahí estaban
como invitados sin invitación en el bautizo de la pequeña Lupita.
Narciso
pidió al padre Julián que encendiera la vela que representaba el compromiso de apadrinar a la pequeña y novísima hija de Dios.
Tres
veces hizo el intento; tres veces el cirio aquel se negó a prender.
Julián
se pudo pálido. Lucía le sostuvo por detrás. Ricardo se acercó a auxiliarle.
Narciso,
a pesar de todo, tras que Norma prendiera la vela que sostenía el sacerdote, empezó a decir:
Ego te bautizo in nomine patris, filis, et spirit sancti...
La
pequeña, al recibir el agua, sacudió su pequeño cuerpecito y soltó el llanto.
Cuando
Narciso dio la bendición a todos, Julián se hincó con grandes trabajos para recibirla, lo que sorprendió a todos, pero especialmente
al propio Narciso que de inmediato le urgió a levantarse ayudándole.
-Vamos
Padre Julián... quienes debiéramos hincarnos somos nosotros ante usted... usted que ha sabido unir a esta grey tan arrebatada
y dispersa en su momento. Ante usted, que es el alma de esta comunidad. Por favor...
-No
preguntes hijo mío... no preguntes... contestó con voz apenas audible el viejo sacerdote.
La
fiesta fue, como siempre, fenomenal. Todo el pueblo asistió sin preguntar siquiera. Total, era su párroco y sus amigos...
no?
Ya
pardeando la tarde, Lucita señaló que las habitaciones estaban listas para ir a descansar a la hora que desearan.
-Que
se vayan a dormir los viejitos, dijo festivo Carlos que abrazaba amoroso a Sonia, porque nosotros todavía vamos para largo,
verdad Don Eustorgio?
-Y
vaya que sí.... contestó el otro.
-Pues
nosotros sí nos vamos a descansar, señaló Ricardo haciendo señas a Norma.
-Que
descansen, dijo Jazmín, yo me quedo otro rato.
-Oye
viejito, grito Riqui desde el fondo del corral en que se festejaba a la nueva cristiana, antes de que te vayas a dormir...
me podrías decir... Quién demonios es Sebastián de Aparicio?
Este
libro,
registrado
con el número 136
dentro
del
Programa
de Financiamiento
para
Escritores Iberoamericanos,
se
terminó de imprimir,
con
un tiro de 500 ejemplares,
el
día 30 de mayo del 2005,
en
los talleres de
Editorial
Sagitario S.A. de C.V.
ubicados
en
Av.
Palma Sola L60B No. 4
Fracc.
Princess del Marqués II
CP
39917 Tel. 744-401-9096
Acapulco,
Gro.
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