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Fco. Xavier Ramírez y sus obras

Paíto, apóstol y misionero

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Vida y Obra de Monseñor Rafael Bello Ruíz, primer Arzobispo de Acapulco.
 
 

Mi eterno agradecimiento a:

 

Mi adorada Norma, de siempre.

 

A Don Antonio Trani Zapata;

Don Vicente Andrés y su adorada Luchi;

a los sacerdotes Blandino Barcenas Agatón,

Pedro Torres García, Antonio Jiménez

y Jesús Cortés; y a las hermanas

Ma. Isabel Cuevas Saldaña y

Angélica Oliva Martínez

Misioneras Catequistas de San José,

por su respaldo durante la

realización de esta biografía.

 

Y muy especialmente a Lita,

Margarita Bello Ruíz,

por su atingencia y celo en

la verdad histórica contenida,

que falleciera conociendo el texto final

de esta biografía, pero antes de su publicación.

In Memoriam.

 

 

 

A MANERA DE PRESENTACION

 

Curiosos son los caminos del Señor! Hace cuarenta años rechazaba cualquier contacto con la iglesia -que no con Dios porque de El jamás me alejé- y tenían que sucederse no uno sino cuatro eventos extraordinarios para que me preguntase a qué había venido... porqué me había salvado no una, sino cuatro veces.

No tuve respuesta a mis preguntas o, como siempre digo, no supe interpretarla; con todo, ofrecí escribir -mi única forma de retribución- y siempre citar a Dios, a Cristo, a María Virgen. Como periodista, así empecé a hacerlo, sin embargo sentía que debía más pero... también pude darme cuenta de que no sabía gran cosa sobre mi propia religión, y lo poco que sabía tenía un alto porcentaje de degradante. Y empecé a estudiarla.

En 1979, como reportero de un Noticiero radiofónico en Puebla -donde vivía por entonces- que se transmitía por la XEHR y que dirigía Gonzalo García Sánchez, se presentó la oportunidad de cubrir la llegada de Juan Pablo II, a quien tuve cerca, a no menos de dos metros, tres veces el mismo día. Ese halo de bondad que irradiaba me ganó la gana, y me cimbró el espíritu.

Su presencia, y conocer la iglesia desde su entraña misma en la cobertura de los trabajos de la Tercera Conferencia Episcopal Latinoamericana -III CELAM- me hizo interesarme cada vez más en mi religión, su historia, su iglesia y el Cristo mismo, base fundamental de esta. Me hizo ver que no todo es malo, por el contrario, que había quien sinceramente luchaba por el amor universal.

Poco después me enteré casualmente de la realización de un Curso Bíblico para laicos que se brindaría en la Casa de la Cristiandad en Puebla. El horario era bastante accesible a mis actividades -de seis a ocho de la noche- y me inscribí de inmediato. Al salir, en un tablón de letreros de la propia Casa de la Cristiandad estaba un anuncio que ofrecía otro Curso Bíblico, pero brindado por la corriente de la Teología de la Liberación, tan de moda en ese momento. Me interesó sobremanera conocer los dos puntos de vista. Un sólo obstáculo había: el curso, brindado en una parroquia, era de ocho a diez de la noche... al otro extremo de la ciudad!

A pesar de todo, y llegando cotidianamente tarde unos minutos al segundo curso, seguí ambos estableciendo comparaciones. En este momento no importan esas diferencias; lo interesante es que, a partir de ahí, tomé el estudio filosófico-religioso mucho más en serio, tanto, que le he dedicado -incluyendo los estudios iniciales- los últimos treinta años.

Así las cosas, vino un nuevo ofrecimiento a Dios: escribir sobre su obra, su palabra, su vida. Y comenzó a formarse, poco a poco y con el tiempo, lo que hoy es la Serie que ostenta la aparentemente irreverente expresión de Quién demonios es...?, que brota de una pregunta de mi hijo muy al estilo de la juventud moderna. A la que difunde la vida de Cristo, le siguieron otras como la dedicada a Juan Diego y la de Sebastián de Aparicio, intercalando mi novela Quién mató a Jesús de Nazaret?, y preparo Historia de la Iglesia vista por un laico objetivo.

 

Por otro camino diferente, surgieron las biografías. Recién iniciados los trabajos de Editorial Sagitario -1996- preparamos Personalidades Contemporáneas, un compendio semi fallido en cinco tomos con las semblanzas biográficas de 237 acapulqueños distinguidos, de la que brota cuatro años más adelante -impulsada por mis afanes historiográficos- la idea de crear la Serie Personajes de mis Recuerdos, biografías completas a tomo entero de aquellos a quienes conocí con méritos suficientes para ser biografiados, seres que han dejado huella en su comunidad.

Así se preparan y publican las de Beto Barney, impulsor internacional de la imagen de Acapulco en la época dorada; Susana Chávez Paulsen, exitosa empresaria tapatía y promotora del rescate de la cocina mexicana; Antonio Trani Zapata, empresario, político y cabeza de una generación de audaces porteños; el Dr. Jorge García Leal, joven emprendedor de la medicina moderna y lider monitor de los transplantes en Guerrero, o la del también Doctor Marco Antonio Terán Porcayo, entregado galeno al combate contra el cáncer, entre otros.

 

Y así, se juntan esos dos caminos, cuando un día, sentado en el rincón de la antesala del Dr. Arturo Silva Gómez, célebre oftalmólogo acapulqueño, encuentro a un hombre que parecía pasar desapercibido, pero que desde ya deja sentir un fuerte olor a santidad: Monseñor Rafael Bello Ruíz, Primer Arzobispo de Acapulco, y uno de aquellos a quienes yo añoraba biografiar.

Verlo, saludarlo, y proponerle la idea de hacer su biografía fue uno al parejo de su respuesta entusiasta y positiva.

Lita, su hermana, me confió algo que me parece una casualidad más significativa: muchos cronistas, historiadores y periodistas se habían acercado a Monseñor, pero únicamente para investigar pequeños tramos de su vida o sus quehaceres, mas nadie, absolutamente nadie, para proponerle realizar su biografía.

Tener el honor de escribir sobre Monseñor Rafael Bello Ruíz es de por si harto satisfactorio; hacer su biografía, es entender ahora el porqué de los designios del Señor. La distinción vale, por sí misma, tantos años dedicados a las letras -43 para ser exactos- y al estudio de mi religión y su historia.

 

 

                   Sea, como siempre, por El y para El.

 

 

                               Fco. Xavier Ramírez S.

                                           Dr. Ltt.

 

 

 

 

CHILAPA:

CHILE Y TORTILLITAS

 

Las puertas del seminario se abrieron para dar paso al grupo de nuevos seminaristas. Un leve chirrido de los goznes hizo voltear a uno de ellos. Otro, elevó la vista hacia el techo inmenso del recinto más grande aún.

 

La sobriedad del edificio sobrecogía al más pintado. Uno siempre se imagina esos lugares lóbregos, misteriosos. Pero Paíto no lo veía así. Su corazón saltaba de gusto, de un gusto muy especial, conforme se acercaban a Chilaba, la fértil tierra de la zona centro que era casi puerta de sierra y alojaba a uno de los Seminarios de más fama en la época.

La alegría de sus once años estaba desbordada. Frente al edificio, se detuvo unos segundos y vio la férrea hermosura de sus líneas y aristas. Los anchos muros se le antojaban murallas que resguardaban los más celosos secretos... que ellos estaban a punto de conocer.

Ya dentro, al observar los grupos que trabajaban callada y fielmente, vino a su mente aquel otro grupo, el grupo escolar Baretti del maestro Perboni, en el que Enrique pasara tantas tribulaciones y alegrías, en aquella primera obra que Paíto leyera de cabo a rabo: Corazón, Diario de un Niño, de Edmundo D’Amicis.

Como Enrique, a Paíto no le arredraban estudios ni Seminario, cuantimás el sobrio edificio y sus austeros y reservados maestros, por el contrario... era la culminación de sus deseos, esos deseos manifiestos desde pequeño en que, en infantil confidencia, dijera al sacristán de su parroquia: Chanito, quiero ser sacerdote!

 

El Padre Bernardo García urgió a Paíto a emparejar el paso, casi al tiempo en que Monseñor Don Constantino Arizmendi, Canónigo y Rector del Seminario Menor de Chilapa, se paraba frente al pequeño grupo proveniente de Tecpan de Galeana, rinconcito provinciano enclavado en la Costa Grande de Guerrero.

La voz de aquel hombre le sonó a paternidad pura a Paíto cuando dijo solemnemente:

-Que bueno que han llegado hijos... bienvenidos sean al Seminario Conciliar de Chilapa, lugar en que les enseñaremos a conocer los designios de Dios, a amarle, y a difundir su palabra y obra.

La figura misma del anciano Rector reflejaba un respeto cariñoso y abierto al chamaco costeño que, del grupo aquel, finalmente sería el único en terminar consagrado.

 

Asignado el dormitorio, Paíto, Pepe Muñiz, y otros tecpanecos más llegados en el grupo, entraron al amplio galerón que hacía esas veces y daba cupo a no más de una veintena de camastros, todos de carrizo, cubiertos de raquíticas sábanas, y un cobertor que no se daba por vencido en su eterna lucha contra el frío que se colaba, insistente, por el resquicio de la puerta y con mayor saña por las noches.

La flaca maleta fue desempacada para acomodar los tres o cuatro trapos traídos y... se soltó el llanto.

Primero fue derramado por un pequeño que llegase reticente, pero cuyas lágrimas obligaron a las de los demás a brotar profusamente.

Las penumbras acentuaron la añoranza, y en la obscuridad, en silencio, Paíto se negó a dejar escurrir las que anegaban sus ojos. Sería fuerte. Era lo que quería, y el amor a Dios le impulsaba.

 

El sueño le transportó a Tecpan, su rinconcito del alma, y vio a sus padres traerle al mundo ese 7 de marzo de 1926. Ella le miraba amorosa, él orgulloso. Era el tercero de los hermanos que llegarían a siete. Su padre, Don Calixto Bello Rizo, era talabartero, y de los buenos, de los que conocen y realizan el proceso desde el curtido mismo, de los de alma de artista a quien el pequeño Paíto ayudara años más tarde a bordar la pita, blanca, pura, límpida, llegada del lejano Yucatán. Vio al viejo llevar sus pieles hasta las pilas, para meterlas al remojo con cal y demás hierbas que acostumbran los que saben, para curtirlas.

Se vio tendido en la cuna, para luego sentado en el pupitre de la Plutarco Elías Calles, única escuela primaria del pueblo, donde el maestro Edrulfo Romero se asombrara de que Paíto ya supiera leer, técnica poco popular en ese entonces que el chamaco aprendiera gracias a los afanes de su señora madre... y el silabario de San Miguel.

No... si leer es bueno! le decía el tío y le repetían sus mentores en el seminario cada que le pasaban a leer la lección para beneficio de sus compañeros, muchos de los cuales todavía no tenían esa gracia de Dios.

Y en ese sueño también aparecía el río, ese cauce de aguas mansas que abriera sus aguas para acogerle cariñoso en sus aventuras natatorias, que rivalizaban con las basquetboleras, ambos amores en cuestión de deportes del costeñito aquel. Pero era el río Tecpan también testigo -pa’cuando llegue a santo- de su primer milagro, ese del que ya se habla y cuando Noé Muñiz, picado por venenoso alacrán, perdía sus facultades físicas al ritmo en que lloriqueaba que le iban a regañar por andar donde no debía, y que Paíto le llevara con urgencia al río para -ya grave- sumergirlo tres veces urgiéndole a pedir, en cada una, el favor del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, gracia concedida ipso facto.

 

El frío de la madrugada y el estruendoso sonar de un llamado obligó al pequeño a cortar el sueño y despertar bruscamente. Sus ojos buscaban la luz, pero aún no la había, el sol no sabía de llamadas o despertadores, él salía a su hora y ya. Ellos, por el contrario, debían levantarse a las cinco en punto de la mañana, con sol o sin él, para rodear la fuente del patio del seminario y, a jicarazos, tomar el baño del día que piel, músculos y mente rechazaban por lo gélido del agua, pero la determinación entibiaba al tercer jicarazo.

Cuando se calzaba, el recuerdo volvió a asaltarlo. Miró con detenimiento los zapatos que, de un número más grande a su talla, había recibido de su hermano mayor como regalo, y motivo de burla de los demás hermanos, amigos, y hasta de él mismo, pues hasta ahora no olvida los “zapatotes” que le congraciaban con una estampa dispareja.

 

Yo le vi llegar al Seminario -recuerda el Padre Antonio Jiménez, compañero suyo en Chilapa- era un niño inocente, muy bueno, que siempre se portó bien y muy dedicado a los estudios.

 

Antes que otra cosa sucediera, los seminaristas hacían oración. Los rezos eran dirigidos por un santo sacerdote, Don Tomasito Herrera, uno más de los que dejara huella indeleble en Paíto.

Se rezaba por la paz, por las misiones, por los sacerdotes, por los seminaristas, por la salvación del mundo. Había mucho por qué rezar... hay, mejor dicho, porque el mundo sigue siendo mundo y el hombre, hombre.

Si a alguno incomodaba tanto rezo, a Paíto le encantaba. Desde siempre había tenido esa comunicación con Dios; al principio en sus propias palabras, después con las enseñadas por su párroco Don Bernardo García. Entre una actividad y otra, siempre había tiempo para una oración... incluso caminando.

Cuando el grupo de seminaristas entró en la modesta capilla del seminario, Paíto evocó aquellas clases del catecismo que recibiera en su parroquia y que quedaron grabadas indeleblemente en su memoria. Las catequistas se apoyaban con el Catecismo del Padre Ripalda, ese con el que millones de mexicanos puedo asegurar nos preparamos para nuestra Primera Comunión.

Todo buen cristiano está obligado a tener devoción a la cruz de Jesucristo, nuestra luz, pues en ella quiso morir para redimirnos de  nuestros pecados y  alejarnos del enemigo malo... es por eso que nos santiguamos haciendo tres cruces, la primera en la frente para que nos libre Dios de malos pensamientos, la segunda en la boca para que nos libre de malas palabras, y la tercera en el pecho para que nos libre de las malas obras, pensaba para sí mismo en remembranza de aquellos días.

 

El estómago le recordó que había prisa para estar en el comedor, y apuro los actos para encontrar ahí, en la mesa, las mismas tortillitas con sal y chile reforzadas con frijolitos que dejara en casa; sólo que allá estaban rodeadas de amorosos familiares y aquí... sacudió con determinación la cabeza y terminó la frase: ... aquí con nuevos amigos y compañeros en la senda del servicio a Dios. Se asombró cuando pudo notar que el sabor era el mismo, agradable, casi exquisito con el sazón de la fe, la esperanza, y la caridad, gracias de las que él desbordaba indudablemente. La misma pobreza del alimento era un acicate para seguir adelante, recuerda con ternura el propio Paíto.

 

Tras el desayuno, el rato de solaz rebotando la pelota, driblando al contrario, para lanzarla con pericia hacia el tablero y encestar con éxito demostrando que en Tecpan también hace aire. Una voz coreaba el aplauso en su mente, la de su madre, Doña María de la Luz Ruíz, que festejaba cada triunfo del pequeño y le instaba a gozarlo, pero igualmente a usarlo como impulso para seguir adelante. Por eso estaba ahí, por la firme determinación de hacerse sacerdote, de entregarse a su obra redentora, ejemplo de compañeros y mecenas al poco tiempo.

 

Las aulas resguardaban celosas unos viejos pupitres que, en ese momento, eran grandes para Paíto. Pero igual de ágil se montaba en el que le correspondía para poner atención a la lección del maestro-sacerdote, aunque de vez en cuando los pupitres también nos servían para hacer algunas diabluras, comenta con una sonrisa pícara.

 

La una de la tarde marcaba la hora del alimento fuerte del día: Chilate, un platillo chilapeño que consistía en un caldillo rojo con tortillas pero que a ellos le sabía a cielo puro en gajos.

Durante la comida, se hacían lecturas de pasajes de la Historia de México, tomadas de la obra del insigne Fray Niceto de Zamacois. Los responsables de leer los fragmentos eran los seminaristas que mejor leyeran, así es que el turno de Paíto se repetía una y otra vez. Me subían a un púlpito y desde ahí leía, dice orgulloso.

 

La primera visita que hicieron fuera del seminario fue a la hermosa catedral de Chilapa, entonces en construcción, y en donde conoció personalmente a un hombre que ya admiraba y fuese una de sus motivaciones para hacerse sacerdote: Monseñor Leopoldo Díaz Escudero, el Señor Obispo.

La grandeza del monumento le dejó absorto. Esa era la grandeza con que veía a Dios... y aún más grande!

 

 

Allá en la casa de Tecpan, la vida transcurría tranquila, aunque no sin los sinsabores cotidianos que si bien alteraban ritmo y alma, no causaban mayores daños en la convivencia familiar.

La partida de Paíto al seminario había llenado de orgullo a los amantes progenitores

Juanita y Epifanía, hermanas de Don Calixto, el papá de Paíto, colaboraban en el quehacer del hogar afanosamente, y amando a los sobrinos con ese cariño tan especial que sólo las tías o los abuelos pueden dar.

Epifanía se había casado y tuvo a Gilberto y a Lucrecia, pero enviudó y Gilberto tomó su camino. Lucre jamás la abandonó quedando soltera.

Don Calixto y Doña Ma. de la Luz veían crecer a sus hijos en el seno de una familia muy religiosa. El era un buenazo, un hombre de bien para hablar apropiadamente, dedicado a su trabajo de talabartería que, aunque se encontraba en el mismo corredor de su casa, bien que habían aprendido a separarle de las labores y sucesos del hogar. Sus operarios le ayudaban fielmente. Era cantador y tenía muchos amigos. Uno de ellos, Don Rutilo, como vivía en la casa de junto, se tomaba sus ratos de descanso en la carpintería para sentarse a platicar con Calixto. Unos minutos después, cada quien regresaba a lo suyo, el talabartero cantando, el carpintero sonriendo ante el buen talante del amigo. Aunque mayor que su esposa, fue un esposo y padre amoroso que dejó esta vida a los 85 años.

Ella, Doña Ma. de la Luz, era la dura, la enérgica, la que ponía las reglas y el orden con santa mano que bastante necesitaba ante el pequeño ejército que tenía por herederos. Pero era muy piadosa. Formaba parte de una hermandad y asistía diariamente por las mañanas a la iglesia. De regreso, se ocupaba de los quehaceres del hogar y la comida, quedándose por la tarde a convivir con sus hijos, escuchar sus quejas y atender sus infantiles sufrimientos.

Jamás, que yo recuerde, dice Lita, hermana menor de Paito, escuché a mi mamá acusarnos con mi papá. Ella era la que imponía el castigo si nos lo merecíamos. Y hasta alguna que otra nalgada... comenta sonriendo ante la evocación, pero era bonita... era bonita mi mamá... la recuerdo peinada toda hacia atrás con un  chongo que se hacía y le daba un toque muy especial. Ella se fue a los 92 años.

Varias anécdotas brotan de aquellos días, como el porqué de Paíto, apócope que viniese del medio hablar de uno de los hermanos.

Los mayores llamaban al niño Rafaelito, pero su hermano Casto, que aún no pronunciaba bien, le decía en su media lengua aphaito, aphaito, de donde se derivó Paíto, apócope que al paso del tiempo y por la popularidad que llegara a adquirir aquel primer Paíto, ahora aplican en Guerrero a todos los que se llaman Rafael.

Cuando Graciano terminó la primaria, y dado que en Tecpan no había secundarias, la tía Juanita decidió irse a radicar a Acapulco para que el jovencito pudiese seguir con sus estudios, y más tarde los demás sobrinos.

La tía Llalla, como le decían a Juanita, podía mantenerse sola, para eso bien le servía su arte de la costura y así lo demostró.

Llegaron a Acapulco asentándose en el Barrio del Hueso con la hermana de Doña Ma. de la Luz, la tía Chepita, pero Llalla no estaba a gusto en ese barrio. Un amigo de la familia, Don Chema Sotelo, paisano que vivía en el puerto, les dijo que no podían quedarse ahí, que él tenía unas habitaciones extras en su casa, por La Quebrada, y se las ofreció de buena gana.

La casa estaba ubicada frente a lo que es ahora la Casa Diocesana, y Llalla recibió como sus clientes a todos los amigos de Don Chema, creándose muy buena fama y llegando a ganar lo suficiente para que, algunos años más adelante, cambiaran a la casa que ocupara una de las maestras más insignes de Acapulco: Felícitas V. Jiménez, la famosa Señorita Chita, donde vivirían muchos años.

Ya bien instalada Llalla, varias veces le rogó a Nía que se viniese al puerto, pero esta se negaba. Don Calixto, al notarlo, preguntó directamente el porqué de su negativa.

-Mira hermano, contestó ella con timidez, yo estoy muy encariñada con la pequeña Lita y no quisiera dejarla o alejarme de ella.

El buen hombre, entendiendo el vinculo que había crecido entre tía y sobrina, habló con su amada esposa Doña Ma. de la Luz -que por entonces ya tenía a Jorgito en brazos- y le explicó la situación. Ella comprendió perfectamente amor y necesidades y aceptó de buen grado que Nía se trasladara a Acapulco llevándose a su cuidado a Lita, que apenas contaba con cuatro añitos.

 

Paíto y Margarita, Lita como le dicen de cariño, ya eran muy unidos. El gustaba de contarle cuentos, y ella se complacía en escucharles.

-Cuéntame un cuento Paíto, rogaba la pequeña.

Y Paíto no se hacía del rogar empezando relatos que se llevaban su buen tiempo y que seguramente sacara de aquel Corazón Diario de un Niño, o de otras lecturas que ya había realizado pues desde entonces fue muy afecto a los libros.

Por eso mismo, cuando Paíto venía de vacaciones desde el Seminario Conciliar de Chilapa, Lita saltaba de gusto pues bien sabía que serían días de alegría y aventura.

Visitábamos a los amigos, platicábamos, nos llevaban al mar, en fin... eran días de fiesta prácticamente, evoca Lita.

 

Un año hubo de pasar para que Paíto despejara la añoranza por su casa. Ocho meses para ir a sus primeras vacaciones, viajando a caballo de Chilapa a Tecpan, cruzando por la sierra y desembocando en San Jerónimo, muy cerquita de su pueblo. Dos días de viaje con pernocta en Carrizal de Arteaga, para llegar a estrenar el traje de baño que su tía Llalla le había comprado para que se bañara en el río y que, cuando alguien reclamara que se lo hubiera comprado antes de entrar al seminario, el respondiera orgulloso:

-También allá hay río y también allá vamos a nadar en él!

Y es que Paíto era un nadador de campeonato. Le gustaba nadar, y ver nadar al que sabía para aprender.

Pero también llegó a trabajar en su descanso, ayudando a papá en la talabartería bordando con pita las monturas, y a demostrar al pueblo entero, con su seriedad y prosapia, que estaba en el seminario y que seguiría en él porque quería y sería sacerdote. Que caray!

El propio Padre Alberto Vivanco, que estaba a cargo de la iglesia de Tecpan para ese entonces, le lució ante sus feligreses llevándole a ayudar en el catecismo... y a cazar conejos!

En ese año logró demostrar que aquellas inmejorables calificaciones, sacadas en la primaria, no eran casualidad.

 

Cruzó sin más que la añoranza la preparatoria, o preparatorio como llaman a esa etapa en el seminario, y empezó el Latín, materia de un contraste pintoresco para Paíto pues, mientras era la materia que más le causaba problemas y dolores de cabeza, era también la que más le atraía por el misterio que encierra su clasicismo, y la facultad que brinda, al saberla, de entender mejor nuestra propia lengua.

No en balde se esforzaban sus maestros para pulir ese diamante en bruto, como Don Justino Salmerón, Don José Gutiérrez o Don Moisés Carmona, seguidos afanosamente por D. Alfonso Díaz, Angel López, Gregorio Bello, Cándido Contreras y Jorge Parra, Modesto García, o Galdino González, citando con especial énfasis a Tomasito Herrera, todos ellos presbíteros, mentores y ejemplo.

 

Ya se había acostumbrado a las camitas de carrizo o bambú en las que dormían, a la frugalidad del alimento, al inolvidable baño de fuente que no de tina, y a la severidad amable de sus mentores, entre quienes se contaban verdaderos servidores de Dios.

Sus compañeros, unos sesenta u ochenta en total, se perdían con el tiempo y en el tiempo, y tomaban sus lugares nuevos aspirantes que llegaban igual de temerosos y añorantes.

Al término de las vacaciones de primer año, sólo cuatro regresaron. Uno de ellos fue Jesús Cortés, enojón y alebrestado jovenzuelo de Ometepec que, dentro de su gallardía, siempre defendía a Paíto, sobre todo cuando jugaban a las canicas y le hacían trampa.

-A mi paisano no le hacen eso! era su grito de guerra, que alguna vez se repitiera cuando Paíto, inocentemente, se pusiera los guantes con audaz contrincante que, osado, le sacara el mole de la nariz. Chucho Cortés, ni tardo ni perezoso, se midió con el ahora asustado abusivo diciéndole:

-Paíto no es de pleito... pero aquí estoy yo cabresto!

Esa amistad perdura hasta el presente, y conserva la sinceridad y ternura de siempre.

 

La familia le enviaba una mesada de ocho o nueve pesos que le ayudaban a sostenerse. Los jesuitas, por su parte, les apoyaban en todo lo que podían pero también les pedían ayuda, y todos colaboraban con algunos trabajitos que les encargaban a los clérigos, principalmente de mecanografía, otra de las artes dominada por Paíto.

Cada quien mandaba a hacer sus sotanas, baratas y no. La tía del Padre Antonio Jiménez les cosía las sotanas que les daba a doce pesos. Eran negras y había que contar con un par al menos para poderlas lavar y usar, aunque algunas veces andaban en ropa de calle.

Pero todas las carencias se aliviaban cuando ayudaba en misa a Don Leopoldo Díaz Escudero, el Obispo de Chilapa, ayuda que brindaba enfundado orgulloso en su sotana negra de seminarista.

Tuve buenos compañeros, buenos amigos, todos fueron generosos conmigo, relata contrito.

 

Al Segundo de Latín, ya veía lejanos los días en que saliera de su amado Tecpan, acompañado de Calixto su padre, Doña Angelina Cañedo y su hija Oliva, montado en una carreta a falta de transporte, que partiera de la casa de Don Puyo, como llamaban cariñosamente a Don Refugio Sánchez, y despedido por toda la familia.

Buscaba en la Virgen de Guadalupe, veneración que heredara de papá y mamá, el consuelo y el apoyo para seguir adelante... y hacerlo bien.

Pero el camino que iniciara gracias a la simpatía que le despertaran tanto el Obispo Leopoldo Díaz Escudero como el párroco Bernardo García, ya se había abierto de lleno.... y era feliz por ello.

 

El largo trayecto en el Seminario Conciliar de Chilapa había sido cursado con magníficas calificaciones por Paíto, vencedor de Humanidades durante cuatro años. Es merecedor de varios Premios a la Excelencia y gana automáticamente su pase al Pontificio Seminario de Montezuma, en Nuevo México, USA., donde continuaría una segunda etapa: Filosofía, durante otros tres largos años.

 

El primer paso fue informar a la familia. Una breve carta les indicó que sólo podría ir a Acapulco y por un par de horas a verles. Su mamá no pudo ir por cuestiones de la casa, pero Don Calixto si fue a alcanzar a los que ya de por sí vivían en el puerto. La reunión fue más que emotiva. El poco tiempo asignado pasó rápidamente, y Sergio Ramírez, su acompañante, urgió la salida.

 

Cinco pilluelos, unos más chicos, otros más grandes, partieron para la capital del país a tramitar los documentos necesarios para el viaje: Luis Acevedo, Eladio Camacho, Rafael Romero, Antonio Jiménez, y Rafael Bello Ruíz, Paíto. Iba al frente del grupo el P. Antonio Jiménez, apenas tres años mayor. Llevaban la recomendación especial para el Padre Rodrigo Valle que, egresado también de Chilapa, debía atenderles con amor cristiano y asesorarles en el trámite de los pasaportes y demás.

“Ahhh... si tan sólo nos llevó al edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, nos dijo aquí es la oficina de pasaportes... y jamás le volvimos a ver” recuerda simpático el Padre Antonio Jiménez.

Como apenas llevaban unos cuantos centavos, unos se hospedaron en la casa de los nacientes Legionarios de Cristo, y otros, los más chicos, en el rancho El Mayorazgo de Juan Andrew Almazán.

El más grande, Luis Acevedo, les llevaba al cine para distraerles de la agonía en la espera. Y es que si los trámites son en sí engorrosos, con mayor razón cuando falta un documento y estando tan lejos de la tierra. Antonio Jiménez necesitaba la copia de su acta de nacimiento original, pero los archivos se habían quemado en un incendio sucitado en el Registro Civil de Chilapa y no era posible, así es que le pidieron una copia certificada y protocolizada de su fe de bautismo, lo que solicitó de inmediato a Chilapa.

Por su parte, Paíto y otro de los pequeñuelos adolecían de un documento obligado: el permiso de sus padres para salir del país. Aquí fue en donde la inventiva de Luis Acevedo resultó más que efectiva, pues él mismo redactó los documentos... y firmó en nombre de los padres!

 

Solucionados los problemas migratorios, abordaron el tren que les llevaría sin prisa alguna a lo largo de más de mil kilómetros. Su destino: Ciudad Juárez.

La trayectoria fue un verdadero tormento, recuerda el Padre Antonio, pues cuando llegamos al desierto de Chihuahua el polvo se metía por todas partes.... horas enteras sufrimos respirando polvo y sólo polvo, pero nos aliviaba un poco reirnos de los demás que estaban todos pambaceados de polvo.

Poco antes, en Celaya, compramos una canastita de limas para paliar un poco la sed. Cuál sería nuestra sorpresa al darnos cuenta, ya con el tren en marcha, que la famosa canastita tenía hundido el fondo hacia arriba y en realidad apenas llevaba unas cuantas limas! evoca jocoso.

En Ciudad Juárez transbordaron a uno de los famosos autobuses Greyhound.

 

 

MONTEZUMA:

ENTRE COBERTORES GRINGOS

 

Un pujante grupo de jesuitas esperaba la llegada del costeñito destacado. Despuntaba 1939 y no había quedado tiempo para saludar o despedirse de la familia. Apenas unas líneas les escribiera con anticipación a su salida de México.

Desde el autobús, en que veía pasar raudas las líneas centrales equidistantes y blancas como la nieve que le esperaba, Paíto no daba crédito a su viaje. Cómo podía ser que un chiquillo costeño, de la clase social más baja de la escala, humilde como sólo Dios le había designado, fuese camino a uno de los Seminarios de mayor fama en América Latina. Cómo? se repetía y se congratulaba.

 

La última población mexicana que vio fue Ciudad Juárez. El paso de la frontera le hizo estremecerse. Dejaba su México querido; atrás quedaban su Guerrero y su Tecpan cobijando a sus más amados seres. Sentía la mirada de todos ellos en el Greyhound que le trasladaría hasta Nuevo México. Curiosa cosa, dejaba atrás una vida para iniciar una nueva vida... y dejaba un México para encontrar un Nuevo México. Significativo suceso que ahora tiene un mucho de certificación.

 

Muchas fueron las horas de viaje, horas en las que se mezclaron los recuerdos con las especulaciones sobre lo que encontraría, lo que sucedería, sobre su futuro mismo, un futuro planeado en su mente, pero que dejaba en manos de Dios.

Si de niño sabía que sería sacerdote, su paso por Chilapa lo reafirmó y, ahora, frente al sobrio edificio del Pontificio Seminario de Montezuma, lo confirmaba, nada detendría su camino. Venía de un entorno pobre y su visión era la evangelización a los pobres. Así sería.

 

La elegante construcción contrastaba fuertemente con su Seminario de Chilapa, sin menosprecio de éste último más que en la obra material. Un remolino de sentimientos agitaron su alma: orgullo y satisfacción se enfrentaron con compromiso y entereza.

El Seminario Pontificio Interdiocesano de Montezuma es un centro que nació después de la persecución religiosa, cuando cerraron todos los colegios católicos y, naturalmente, los seminarios, cuenta el Padre Samuel B. Lemus en su libro Así aprendí a vivir.

Se inauguró en el mes de septiembre de 1937 en una hermosa región de Nuevo México, entre Albuquerque y Santa Fe, muy cerca de Las Vegas en Estados Unidos. Ha sido  en la historia de la iglesia mexicana una de las más bellas aventuras que ha marcado toda una etapa de renovación en el pensamiento y en la vida social de la iglesia, señala agregando que Montezuma fue misterio, poesía y canto... la impresión de una eterna juventud.

 

 

El Reverendo Padre Luis Guizar S. I. Rector de Montezuma quiso recibir personalmente a Paíto y sus compañeros, su magnífico desempeño e inmejorables calificaciones les recomendaban ampliamente, independientemente de los conceptos vertidos por sus bienhechores y padrinos.

La maleta del pequeño mexicanito era mejor surtida que aquella que llevara a Chilapa. Y mejor fue el entorno que encontró en Montezuma. Los dormitorios eran más acogedores, sólo para ocho seminaristas, y con literas acondicionadas con por lo menos tres cobertores gringos.

Había baños con regaderas... y agua calientita que reconfortaba el cuerpo. Lo mismo sucedió en el comedor. Las tortillitas con chile se convirtieron en hot dog’s y guisados en los que la carne abundaba. No! No menospreciaba a su querido México... simplemente que aquí era otra cosa. Si no abundancia, se cubrían las necesidades con largueza. Mas algo era igual de firme y profundo: la dedicación, el respeto, la entrega, el compañerismo.

 

Durante las primeras semanas conoció a sus maestros, destacando entre ellos Luciano Rivas Piccorelli, Fco. Javier Garibay, Salomón Rahain, y Felipe Pardinas, además de Pedro Rivera, Alejandro Garcíadiego, Enrique Cárdenas, Marcos Gordoa, Daniel Olmedo y Angel Savarino, sin olvidar al Hermano Brito o al Padre Díaz Barriga.

Todos ellos por igual de una entereza espiritual sólo comparable con su dedicación a la pedagogía clerical. Dignos ejemplos de aquellos jovenzuelos.

Sus guías espirituales fueron los presbíteros Luis Godseelis, Camilo Argueyo y Casto Ibarrechevea.

 

Contra lo que esperaba, no se sintió fuera de lugar pues prácticamente todos los seminaristas eran mexicanos llegados de diversas partes del país. Algo supo de que Montezuma tenía dos seminarios, uno ubicado por otro rincón americano abierto a los gringuitos -como él gustaba de llamarles- y otro, ese en el que estaba, destinado a la comunidad latina pues algunos llegaban de Colombia, de Venezuela o de otros países sudamericanos.

Eramos mexicanitos viviendo al estilo americano, recuerda con cierta picardía.

 

Poco tiempo después contemplaría con asombro algo que jamás imaginó ver: su primera nevada.

La blancura con que el paisaje se vistió le llenó el alma de un sentimiento muy especial. Le gustó la nieve y esa sería la marca con que recordaría siempre a Montezuma y esa etapa de su vida.

Disfrutaba no sólo el jugar entre la nieve, sino hasta el palearla para hacer caminitos que les permitieran circular por los diversos edificios y zonas del seminario. Era la única tarea que diferenciaba a Montezuma de Chilapa, en lo que a su programa cotidiano se refiere.

En invierno precisamente, cuando se congelaba el Río Gallinas que atravesaba la propiedad y donde el Padre Savarino acostumbraba pescar, los seminaristas se daban vuelo patinando sobre su gélido curso convertido en gigantesca pista de hielo, y acosando a los compañeros con los garnuchazos en el lóbulo de la oreja, tan dolorosos por el frío mismo. Ahí aprendió a patinar Paíto... y a esquiar en la nieve, sufriendo lógicamente las consabidas y aparatosas caídas.

Tenía también sus satisfacciones muy personales, como el canto. Formaba parte del coro y recuerda con mucho agrado aquellos cantos a Montezuma, pero especialmente los villancicos que, en época de Navidad, cantaban recorriendo diversos puntos de la ciudad y que el público aplaudía no sin dejar de ver con curiosidad al grupo de seminaristas latinos.

 

Una noche, meditando con la mirada fija en el infinito, se dio cuenta de que por muy lejos que estuviese de su casa, un solo cielo les cobijaba. Así, en realidad estaba a la vuelta de la esquina, como aquellas noches en que la grillería dejaba escuchar su rítmico son en el campo fértil y abierto de la Costa Grande. Sólo un recuerdo relacionado con su tierra empañaba la felicidad que le causaba estar ahí, en Montezuma: la pobreza. Y junto al recuerdo llegaron las imágenes de aquellos costeñitos recorriendo a pie las veredas que surcaban el rostro de la montaña para trasladarse y venir de lugares que no tenían más comunicación que eso, la vereda. Algunas poblaciones, muy contadas, quizá las más importantes, contaban con un incipiente camino de terracería. Ah! cuanto daría por que Sebastián de Aparicio se hubiese dado una vueltecita por estos lares...!

 

La rutina en Montezuma era similar, eso sí, a la de Chilapa. Tempranito, a las cinco, a bañarse y hacer talacha; luego, a meditar, desayunar y a clases. Había sus tiempos para jugar y dar buenas caminatas o charlar con amigos y maestros.

La filosofía absorbía el entorno, pero le gustaron aquellas clases de Historia de México basadas en los episodios grabados por Zamacois, tanto como sumergirse en el silencio obligado de la fastuosa y rica biblioteca.

 

Una novedad llamó poderosamente su atención: había un órgano! Y no sólo eso, pronto pudo darse cuenta de que recibirían clases para aprender a tocar ese instrumento, compañero inseparable del canto gregoriano y la solemnidad del santo sacrificio.

Con todo, el ambiente era ya más universitario, más académico y sobrio. Jóvenes al fin, aprendieron prontamente a separar el momento alegre propio de esa juventud, con el de trabajo y estudio. De vez en vez podían visitar la ciudad más cercana: Las Vegas, Nuevo México.

Yo no quiero imaginarme del conflicto espiritual que se desataba entre esos jovencitos ante la forma de vida de una ciudad americana. Con todo, Paíto apenas alcanza a decir en baja voz y con cierta picardía: íbamos a ver gringuitas!... pero de lejos.

 

Uno de los gustos particulares de Paíto era subirse al torreón del edificio del Seminario de Montezuma para contemplar las estrellas. Las contaba, las identificaba, incluso las bautizaba para platicar con ellas y pedirles que, a su vez, informaran a su gente de lo bien que la pasaba y el beneficio espiritual que recibía. Era algo así como ahora la comunicación satelital, pero sin instrumentos, a pura alma.

En verano, era hermoso. La pradera se vestía de colores y salían de día de campo al Pico del Ermitaño, lo que hacía recordar a Paíto que todas esas tierras habían sido mexicanas.

 

Por alguna razón recordó a Pepe Muñiz y le dolió su abandono del Seminario de Chilapa y del sacerdocio. La familia de Pepe la conformaban sus padres y sus hermanos: Nefthalí Antonio, Luis, y Josefina Alicia Muñiz Soberanis.

Y el recuerdo se enlaza con el presente cuando Alicia a su vez evoca: Allá -en Tecpan- se acostumbra que a toda persona que fallece se les rece un novenario. La mamá de Paíto era muy religiosa y le llamaban mucho para que fuera a rezar los novenarios. Mi mamá iba con ella. Cuando yo empecé a crecer, me mandaba a mí para acompañar a Doña María de la Luz. Ella me decía “Mi compañerita”. Así fue hasta su muerte. Eramos pues una familia sin serlo, y ese sentimiento fraternal abarcaba a todos, incluyendo a Paíto.

Fue un niño muy entregado a la iglesia. Todo mundo lo quería. De por si querían a su familia, sobre todo a su mamá, que fue maestra.

 

Tres años pasarían sin que Paíto hiciera pie en casa, sin ver a sus amados padres, a sus hermanos, a sus tías inolvidables. Pero fueron tres años de alegría, no de sufrimiento, pues sabía que estaba al servicio de Dios, que algún día, no muy lejano, estaría al servicio de mi propia comunidad, señala enfático al recordar que la vida del seminario, para otros de encierro, para él era el luminoso camino de un futuro de entrega total, absoluta.

Durante las vacaciones, mientras sus compañeros partían a sus respectivos terruños para visitar a sus familias, Paíto aprovechaba para estudiar y leer, sobre todo leer, leer mucho, o inscribirse en los cursos que se brindaban a tono con los estudios regulares. Como el francés, por ejemplo, que tanto le serviría a Paíto en el futuro cercano, y que es uno de los seis idiomas que llegaría a dominar.

Le gustaba caminar por los terrenos aledaños, ver la pródiga naturaleza de Nuevo México. Alma y carácter del costeño se templaban al paso, despacio, como los machetes en la fragua de Ayutla que, así forjados, quedaban más fuertes y adecuados.

 

 

Terminada la segunda guerra mundial, un hombre recorría toda América otorgando becas a los seminaristas. Así, un día anunciaron la llegada de Javier Baeza, Rector de la Universidad de Comillas, que visitaría Montezuma para platicarles cómo era su universidad y otorgar sólo dos becas. Eran más de cuatrocientos alumnos. El interés de Paíto se despertó de inmediato. Su entusiasmo no pasó desapercibido para los dos Rectores que, tras larga charla, decidieron incluirle, junto con su compañero Alberto Carrillo, en esa nueva aventura. Su destino le acercaba al viejo continente... y por ende a Roma.

Paíto estudiaba filosofía y pertenecía a un grupo de oradores. Su grupo fue espontáneo en su organización y formaban parte de él: Alberto Carrillo, Jorge Eugenio Ortíz, Agustín Ayala, Salvador de la Cruz, y el propio Samuel Lemus, que recuerda con agrado a Paíto.

 

Sin embargo, no fue luego su partida, como lo comenta en su carta enviada a Llalla y que reproducimos a continuación, no sin antes aclarar que mucha de la correspondencia aquí publicada es dirigida precisamente a su tía, por la que sentía un gran cariño, pero más abundante fue la enviada a su madre, misivas que se perdieron en la inundación motivada por el embate del Huracán Tara en 1960.

El texto de aquella carta señala:

 

Montezuma, Diciembre 22 de 1946

 

Sta. Juana Bello

Quebrada No. 199

Acapulco, Gro.

 

Muy estimadas Llalla, Nía, Lucre, Lita y Estimado Casto:

 

De mandarles una tarjeta, en este tiempo de Navidad, mejor prefiero escribirles una carta ya que hace tanto tiempo que no nos hemos visto las caras.

Supongo que mi Papá les habrá enterado de mi viaje y que se trasladó para el próximo año. Ya se me hizo pasar de las montañas de Guerrero a estas montañas nevadas de Nuevo México; a ver si Dios quiere que conozca también las de Santander. Por esto, ruéguenle mucho para que quiera. En caso de que se verifique el viaje tendré que ir a México y también oportunidad de estar con Uds. algunos días.

Una noticia: hay probabilidades de que en Marzo, aquí en Montezuma, o en Junio en Chilapa, reciba las primeras órdenes. Entre ellas, la que conocen Uds. está la Tonsura o sea la Coronilla que los Padres llevan en la cabeza.

Como ahora estoy en vacaciones, he tenido tiempo de escribir a Tecpan y a Fito. Hace ya días que me escribió Angel Custodio de Coyuca y me decía que Graciano había ido a Tampico, también me contó la muerte de su Papá. Pobre! quién sabe cómo le habrá ido. Yo me figuro que estará trabajando en la carretera Acapulco-Zihuatanejo, pues su dirección es Nal. de Caminos, Coyuca.

Llalla, que por favor le lleven esas tarjetas a mi Padrino y a mi Tía, ya que nunca les escribo.

Termino diciéndole a Casto y a Lita que me ayuden a juntar “money’s” para comprarme un traje porque no tengo.

Bueno, Llalla, pues pasen alegre esta Navidad y que Dios los bendiga en el próximo Año Nuevo.

 

                                                       Rafael Bello Ruíz

Dos aspectos destacan en su misiva: la posibilidad de ir a México antes de partir a España, y la gran necesidad de apoyos que reforzaran su raquítica economía.

Pero lo más importante, es su entusiasmo por la cercanía de la recepción de las primeras órdenes.

Cuatro meses más tarde, se comunicaría nuevamente con Llalla para agradecerle y anunciarle:

 

                               Montezuma, Abril 15 de 1947

 

Srta. Juana Bello

Acapulco, Gro.

 

Estimada Llalla:

 

Ayer recibí tu carta junto con los 22.50 dólares que hiciste la caridad de mandarme, te lo agradezco mucho. Y aunque tú estimas como pequeña esta cantidad, es para mí sin embargo muy grande. Que Dios te lo pague, Llalla.

Me dices que si voy a Chilapa, te avise con tiempo para que puedas ir a verme allá. Mira, si se realiza esto, yo creo que el Sr. Obpo. me dará permiso de ir a ver a mis Papás y por tanto tendré que pasar por Acapulco, de suerte que no hay necesidad de que te muevas de tu máquina.

Yo también tengo muchísimas ganas de llegar al Sacerdocio para “echarles muchas bendiciones”, como dices, pero más que eso para Celebrar la Misa, Confesar y Predicar.

Acabo de recibir carta de Tito. También él ya va a terminar su carrera. A ver si pronto chocamos las manos con ese Señor Ingeniero.

Aquí paro de escribir porque ya tocaron la campana para estudio y los exámenes finales ya están tocando las puertas.

Adiós pues, y saludos para Tecpan, cuando escribas, y para Nía, Lucre y mi hermana.

Es cuanto te dice tu Sobrino

 

                                                       Rafael Bello R.

 

 

De esas épocas, Lita guarda con amor una vieja postal que tiene en el anverso el sobrio edificio del Seminario Pontificio de Montezuma, emblanquecido por el alba nieve del invierno, y reza al reverso de puño y letra de Paíto:

 

Montezuma del recuerdo, que vive en tu corazón.

 

                               En el invierno de 1947, Nov. 23.

 

 

Efectivamente, antes de partir a España, Paíto llegó a Chilpancingo, en donde el Sr. Obispo Leopoldo Díaz Escudero le dio las primeras órdenes, junto con Sergio Ramírez, otro seminarista, y que consisten en La Tonsura, ese pequeño corte circular que le hacen a los sacerdotes en la coronilla y que significa, simbólicamente, su entrega a Dios.

 

Más tarde, primero en Acapulco y luego en Tecpan, el encuentro con la familia fue hermoso. La alegría desbordaba en todos, amigos y familiares. El pueblo, que no sabe de rangos ni cargos, empezaba ya a llamarle Padre Paíto, lo que él rechazaba aclarándoles que aun no era sacerdote y por ende no debían llamarle así. Sin embargo, desde entonces es, para todos, el Padre Paito.

 

Por fin, a mediados de 1947, se traslada de Montezuma a Santander. Le lleva el también sacerdote y mexicano Marcial Maciel. El viaje, quizá por coincidencia, lo realizan en aquel famoso buque español: El Marqués de Comillas.

Eran seminaristas con las ilusiones muy altas, que procuraban guardar toda la prosapia y dignidad propia de un prelado, pero el destino, el mar y el bamboleo del barco les jugaron una mala pasada: echamos la peseta! dice emocionado y con picardía al recordar la forma en que los españoles le llaman a vaciar abruptamente el estómago gracias al mareo.

 

 

 

COMILLAS:

DEL TORREON

AL ACANTILADO

 

Cuando el barco zarpó, Paíto vio hacia el horizonte. Ya no lo vio tan lejos... quizá un poco, pero más a la vista, más cercano.

En aguas norteamericanas, el estómago estaba asentado, que al fin y al cabo a todo se acostumbra el hombre. Disfrutar estancia, admirar el panorama, y pensar en la familia, fue uno en Paíto que presto enviaba a su querida tía una tarjeta postal del Bajo Manhattan visto desde la Isla del Gobernador:

 

                   (New York, a bordo) 9 de julio de 1947

Llalla, el lunes a las 6 de la tarde nuestro barco pasaba frente a estos rascacielos. El otro día, los muchachos del P. Maciel y yo bajamos a tierra, tuvimos la suerte de visitar al Cardenal Spellman y nos regaló unos medallones de bronce. Después visitamos la Catedral de San Patricio y el Edificio “Rockefeller”; subimos hasta el piso 52. Por la tarde fuimos a contemplar toda la ciudad desde el edificio más alto del mundo; subimos al piso 102. Dentro de pocos minutos iremos de nuevo a tierra para conocer algo más de esta ciudad. Mañana saldremos para España.

 

       Saludos para todos.

                                           Rafael Bello

El arribo a España lo dejó sorprendido. Quizá por el idioma, quizá por palpar ese profundo sentimiento religioso que tiene el pueblo español, por lo que sea, Paíto se sintió más identificado con ellos que con los vecinos gringuitos de Montezuma.

Primero, la ciudad, Santander, un puerto de mar precioso en el que pululaban los pescadores que surtían del producto todo el año a Comillas. Aunque de diferente forma en el vestir, aquellos pescadores le recordaban insistentemente a Acapulco. Luego, la propia universidad.

La Universidad de Comillas era hermosa. Una serie de edificios que resumaban prestigio, prosapia, dignidad... y recuerdos, evoca frunciendo el ceño y enderezándose en su asiento.

Aunque estaba becado y tenía derecho a habitación en las instalaciones de la propia Universidad, a invitación especial del Padre Marcial Maciel, miembro de la orden, se hospedó con los Legionarios de Cristo en la vieja casona que construyera precisamente el Marqués de Comillas. Era una orden incipiente, ahí serían cuando mucho unos veinte. Paíto recordó que él ya se había alojado alguna otra vez con ellos, aquella en México cuando iba rumbo a Montezuma.

 

El vetusto edificio, cercano a las instalaciones universitarias, estaba profundamente ligado con Claudio López Bru, segundo Marqués de Comillas, nacido en Barcelona en 1853, que fuese un empresario español propagador de las corrientes sociales de la Iglesia católica, hijo del primer Marqués de Comillas, Antonio López y López, destacado naviero de quien heredó el título nobiliario y sus importantes negocios, que acabaron por incluir también empresas mineras, ferroviarias y bancarias, además de unas 23 mil hectáreas de tierras.

López Bru promovió, de su propio peculio, la creación de organizaciones obreras de carácter católico en oposición al movimiento socialista, de acuerdo con la encíclica papal de León XIII Rerum Novarum de 1891. Su relación con los jesuitas quedó plasmada en la Universidad Pontificia de Comillas, iniciada por su padre. Murió en 1925 en Madrid, dejando tras de sí toda una tradición entre los hombres bien nacidos.

 

Quizá sintiéndose solo, tan lejos de su familia, por primera vez al otro lado del mundo, Paíto escribió una larga carta a Llalla:

 

Universidad de Comillas

Santander, España.

                                                       23 de julio de 1947

 

Querida Llalla, Nía, Lucre, Lita y Jorge:

 

                   En todo el camino que he recorrido desde Acapulco hasta Comillas me he acordado mucho de Uds., por eso acabando de llegar al término de mi viaje les escribo para que den gracias a Dios porque he llegado perfectamente bien y además quiero contarles algo de lo mucho que vi en mi largo camino de 18 días.

Tanto mi viaje por avión como por barco fue excelente debido a la buena compañía del P. Maciel y sus 13 muchachos, todos ellos muy amigos míos. El día 2 a las 5 de la mañana, Tito me llevo al aeropuerto de Balbuena y por poco no me vengo. Fíjense que el revisor de pasaportes había decidido definitivamente que yo no saldría del país por no tener la cartilla del servicio militar; invoqué a la Virgen de Guadalupe y me hizo el milagro, en efecto, una oficinista intercedió por mí y logró que me dispensaran ese requisito. El vuelo a la Habana duró 5 horas y media; pero por la novedad de ir volando a 2000 y a veces 3000 mts. de altura, contemplar desde ahí la Sierra Madre, el Popo, el Ixta, el Pico de Orizaba cubierto de nieve, después el Golfo de México y la península de Yucatán; desayunar a bordo tan tranquilamente como si estuviera en la mesita que tienen Uds. en el corredor, por todo esto, el tiempo se nos hizo un momento y, cuando menos lo pensamos, ya nuestro avión había aterrizado en el gran aeropuerto de La Habana. Todavía tuvimos que recorrer 22 kilómetros en coche para llegar a la ciudad. Nos hospedamos en un gran colegio que hay en la colonia “Marianao” donde se nos recibió muy bien y por la tarde fuimos en camión o en una “huahua”, como dicen los cubanos, a visitar el malecón, la avenida principal y el centro de la ciudad. Les diré que es muy bonita y muy grande. En La Habana estuvimos tres días y tres días dilatamos para llegar a Nueva York; una vez aquí salíamos por la mañana y volvíamos en la noche a dormir en el barco. La impresión que no se me olvidará fue sin duda la visita que hicimos al Cardenal Spellman. Conversamos con él casi media hora; entiende bastante bien el castellano, aunque no lo habla tan bien. Para despedirnos nos regaló a cada uno una medalla de cobre con su efigie por un lado y su escudo por el otro. Enseguida visitamos la Catedral de San Patricio que es muy hermosa, pero no se aprecia lo suficiente por estar rodeada de rascacielos. También estuvimos largo rato en la casa Rockefeller que es una serie de edificios enormes con un gran jardín por delante y una fuente de agua clara. Se nos permitió subir al más alto de ellos.

 

En la tarde, dos compañeros y yo, entre los cuales iba Sergio, fuimos a visitar el “Empire State” que tiene 102 pisos; la visita cuesta 1.50 dlls. por el tiempo que uno guste. Si vieran qué panorama se contempla desde el último piso! Se ve toda la ciudad y que es grandiosa ya lo podrán ver por las tarjetas que les mandé.

 

El día 10 salimos para España; la travesía duró 9 días y durante ellos todo es ir viendo agua y cielo. A veces se entretiene uno con la vista de algún buque que pasa cerca o con los tiburones y peces voladores que se ven; yo no podía leer porque al instante me sentía mareado. Por lo demás, tuve un viaje excelente; sólo estuve mareado el 2o. día de haber salido de La Habana; después venía perfectamente bien.

Por fin el día 18 vimos tierra, el primer puerto español que tocamos fue La Coruña. También bajamos a visitarlo. Al día siguiente, a las 12 desembarcamos en Santander y de ahí un camión nos trajo a Comillas, donde estoy para servirles en el cuarto  84.

 

La mayoría de los alumnos están en sus casas pasando las vacaciones; solamente encontré en la universidad a los venidos de América; todos son muchachos alegres y jaladores, como decimos. Ha sido una grande ventaja para mí encontrarme con tres muchachos de Montezuma conocidos míos; ellos me han orientado en la vida de la casa, así es que no he resentido tanto el cambio de seminario, de reglamento y de compañeros. Todos me dicen que descanse bien porque durante el curso fuerzas me faltarán para llegar al fin de él.

 

Espero que ya se hayan secado las lágrimas, que recen mucho por mí y sobre todo se conserven con buena salud para que todos asistan a mi CantaMisa.

Lucre, no se te olvide mandarme las fotografías que nos sacamos con Sergio para enseñárselas.

Ya mandé una carta que escribí a mi papá y se me olvidó decirle que se retraten todos los de la casa: mamá, papá, Casto, Genaro, y D. María, porque siquiera deseo verlos en fotografía y no tengo ninguna de ellos. Por favor, cuando les escriban a Tecpan dígale eso.

Jorge, cuando veas a mi Tía Chepita y a sus familiares les dices que me he acordado de ella y que le mando saludos.

Tú, Nía, me saludas a Rosita. A Lita no tengo qué encomendarle; pero sí desearle que se conserve bien en unión de todos los demás.

 

Un adiós y un abrazo a todos juntos y que Dios los bendiga.

                                           Rafael Bello R.

 

Los muros de la Universidad de Comillas, como se le conoce popularmente, albergaban en ese entonces cerca del millar de alumnos, llegados de la misma España, pero también de Cuba, de México, de Colombia, Venezuela, y prácticamente toda Sudamérica.

Era Rector el Padre Fco. Javier Baeza S.I., ese mismo españolito que llegara hasta América buscando seguidores eméritos, y hombre de santa paz y buen talante.

Los guías espirituales de Paíto fueron el Padre Nieto y el Padre Sotillo, alegres y serios, duros y blandos, fuertes y débiles en su momento tal y como lo necesita el joven.

 

Como buen padre, Calixto pensaba en la soledad anímica de Paíto. No podía sino apoyarle en el mismo plano. Así entonces le envía una emotiva misiva para levantarle el ánimo.

 

                               Tecpan. Octubre 8 de 1947

 

Estimado y querido Paíto:

 

                               Heme aquí ante mi carcomido tablón, con la pluma en la mano, dispuesto a trazarte estos renglones con toda la alegría del corazón. No nos arredra la distancia que nos separa pues como dice el Señor Arizmendi: estamos tan cerca de Dios tanto tú como nosotros y la oración nos conforta y nos alienta. ¿Qué más? rogad al Ser Supremo nos conserve la vida para que nos volvamos a ver; no porque te encuentres detrás del mar pisando aquella tierra de Pelayo, aquella tierra del Cid Campeador, donde los cristianos clavaron la cruz en la morisma.

Animo Paíto, estudia sin preocupaciones; todos tus compañeros forman ahora la familia; serán hermanos por ser todos Hispano-Americanos, y también los Españoles, pues de allá depende nuestra lengua y nuestra mezcla de raza; todos seremos hermanos en nuestro Señor Jesucristo, así es que fuera la tristeza. La alegría y el contento que reinen en tu ser, nosotros estamos buenos y contentos, con la esperanza de que algún día, Dios mediante, besaremos tus ungidas manos, las manos de un Sacerdote íntegro que esperamos todos los del pueblo y que un día con otro vendrá para que nos dé su bendición.

Estoy enterado de que celebraron el día de la Patria, 16 de septiembre, que entre la alegría de los Hispano-Americanos victorearon aquel grito que en la boca de Hidalgo se hizo símbolo de aspiración que se resuelve a vencer: ¡Viva la Libertad! Tilín tín (Discurso pronunciado por el Seminarista Mexicano Rafael Bello Ruíz) venga el atole, vengan los tamales, para recordar la Patria. En aquel tiempo, bajo la presidencia de Lerdo de Tejada, había un Cónsul mexicano en países extranjeros; cuenta la crónica que el día de la Patria reunía a la Colonia Mexicana que, aunque había olvidado el idioma, no había olvidado la costumbre; tenía metate, comal, molcajete, y se comía a la mexicana; sólo el pulque faltaba por lo distante de las tlachiqueras. Tal vez a Uds. también les faltara algo como es decir panocha, chiles de chichalaca y... otras cosas.

Animo Paíto, nada de tristeza eh? todos tus hermanos te saludan cariñosamente: Casto, Naro, Dulce María, (Jorge y Lita en Acapulco). De tu mamá un especial abrazo y de tu papá el cariño de siempre.

 

                                                       Calixto

 

Canto y órgano volvieron a la vida del mexicanito que reunido con otros entusiastas, a falta de su torreón, encontraron en los acantilados cercanos el rincón perfecto para entonar sus rimas musicales internacionales, y mojar imaginariamente los pies en esas olas de mar que bramaban al azotar la roca, en un tono más de complicidad que de reto.

Ese mismo mar se dejaría escuchar, feliz cómplice, hasta el lugar en el que Paíto recibía, en ese Dominica IV de Adviento del 48, las órdenes menores de manos del Excelentísimo Señor Don José Eguino Trecu, ante la mirada respetuosa de sus maestros Don Joaquín Salaverri, Fernando Regatillo, Gumercindo García y aquellos presbíteros cuyo primer nombre, a fuer de costumbre y por el tiempo, se borra dejando sólo el epíteto cotidiano: el Padre Prado, el Padre Céspedes, el Padre Domínguez, el Padre Prieto y el Padre Brandaríz.

 

La única nube gris en tan feliz suceso, es la lejanía de sus seres queridos. Y así lo manifiesta, impertérrito, en su misiva a Llalla, y en donde hace gala de su don narrativo.

 

                               Comillas, 21 de enero de 1948

 

Muy Querida Llalla,

Mía, Lucre, Lita y querido Jorge:

 

                               Con mucho gusto me estaría largos ratos escribiéndoles de las cosas que les quisiera contar, pero tengo tan pocos ratos libres que no me lo permiten. Por eso ahora les mando estas fotografías para que ellas suplan un poco lo corto de mi carta.

Gracias a Dios yo vivo por acá muy contento y con muy buena salud; por las fotos verán que estoy más gordo... ¿Será por el clima o los alimentos?... pues el clima de Comillas es “húmedo-frío”: llueve semanas enteras y con el frío la humedad penetra hasta el hueso; no nieva porque estamos muy cerquita del mar, pero en los montes vecinos llega a alcanzar más de un metro de espesor.

No obstante les diré que el frío ni me va ni me viene porque se encontró con un costeño muy “bien abrigado”: para dormir tengo tres sarapes y para andar en la Universidad tengo camiseta de invierno, suéter y una “dulleta” o abrigo que llega hasta los talones. En la foto estoy con dulleta.

¿Y la comida? pues como en toda Europa hay grande necesidad de alimentos, aquí también se siente. Es muy común el platillo de papas y garbanzos; pero se dice que pronto pasará esta crisis.

El día que recibí las órdenes menores yo hubiera querido que estuviesen conmigo como estaban los familiares de varios compañeros españoles que se ordenaron junto conmigo; pero me tengo que resignar hasta que cante mi primera misa en Tecpan. Entonces sí, estarán todos junto a mi.

La colonia mejicana me celebró ese día con vino y con galletas. Aunque los mejicanos no nos conocíamos (yo sólo conocía a tres de Montezuma) sin embargo nos queremos como hermanos pues la lejanía de la patria nos une.

La colonia mejicana es la más numerosa en esta Universidad. Tiene 54 alumnos, Cuba tiene 20 alumnos, Argentina 5, Chile 2, El Salvador 4, Guatemala 2, Honduras 3, Nicaragua 4, Panamá 2, Paraguay 2, Perú 3, Portugal 8, Santo Domingo 2, y Venezuela uno solamente.

Todos los demás alumnos son españoles y serán unos 500.

En la clase, los profesores explican en Latín y los alumnos preguntan y dan la clase también en Latín. Esta mañana me tocó repetir una tesis o lección muy larga y según mis compañeros salí bien.

De las Navidades les diré que las celebramos por acá muy alegres, con una semana de vacación y con cuatro películas españolas. Durante las comidas nos daban un dulce que llaman “Turrón de Alicante”. Es el dulce navideño español. El día de Reyes, muy de noche, una comisión de muchachos va por los cuartos de cada alumno llenándole los zapatos de dulces y pasas.

¿Y Uds. qué tal celebraron las Navidades? Muy alegres en compañía de Tito ¿verdad? Según sé el Sr, Obpo. de Chilapa por este tiempo andaba haciendo la visita pastoral por aquellas tierras.

Recibí sus tarjetas de felicitación. Y ya me despido de Uds. hasta otra carta. Que ya te hayas aliviado de tu brazo Llalla; te he bendecido muchas veces. Un abrazo para todos.

 

                                           Rafael Bello R.

 

A mi Tía Chepita le mando una fotografía.

 

Paíto, a más de sus obligaciones en la Universidad, participaba en eventos complementarios o paralelos, como las peregrinaciones que se hacían cada año a Santiago de Compostela para rendir homenaje al Apóstol Santiago.

Los orígenes de la ciudad se deben al hallazgo en 813 de la tumba del apóstol Santiago, responsable de la primera evangelización de Galicia.

Según cuenta la leyenda, un anacoreta llamado Paio vio unas luces sobre el monte donde se asienta hoy la Catedral y acudió al Obispo Teodomiro de Iria Flavia para comunicárselo. Se descubrió el sepulcro del apóstol en el campo sobre el cual Paio viera las luces. De ahí procede el nombre de Compostela: campus stellae, “campo de la estrella”.

A partir del siglo IX Santiago se convirtió en centro de peregrinación europea, en lo que se ha dado por llamar Camino de Santiago, lo que contribuyó a su desarrollo artístico y económico durante toda la edad media. El punto neurálgico de ese movimiento material y espiritual fue la Catedral, donde se guardan los restos del apóstol, mandada construir por el Obispo Diego Gelmírez en el siglo XI. En el siglo XII se instituyeron los votos en homenaje al patrón de España.

En la Catedral, entre los ornatos interiores, destaca el enorme incensario conocido como botafumeiro, que pende de la cúpula y en las ocasiones más solemnes oscila sobre la nave principal, y las excepcionales capillas barrocas, especialmente la capilla Mayor y la capilla de la Virgen del Pilar.

Fue precisamente junto al botafumeiro que Paíto y otros seminaristas se sacaron infinidad de fotos.

A los mexicanos nos querían muchos los gorditos, cuenta Paíto refiriéndose a la forma en que los seminaristas llamaban a los robustos canónigos de ahí, pues se habían dado cuenta de que México sentía una predilección muy especial por Santiago de Compostela, y cuando íbamos nos llenaban de recuerdos y regalitos.

 

Vigo, importante puerto de la provincia de Pontevedra, fue otro de los lugares que Paíto aprovechó para conocer durante su estancia en Comillas, y cuya importancia para él residiera en que era una ciudad conectada profundamente con el milagro de Fátima, y que fuese la ciudad del caudillo: Francisco Franco. También ahí el cariño por los mexicanos es notorio y manifiesto.

 

Apenas un mes después de su anterior carta, Paíto le escribía a Lucre:

 

                               Comillas.- 20 de febrero de 1948

 

Estimada Lucre:

                               Me dices que ya están listos los regalos y que Tito regresa hoy a México; pues mándaselos, porque el Padre Maciel no vuelve a España sino a fines de marzo, por tanto queda mucho tiempo para que Graciano los recoja y los entregue al Padre.

       Me da mucho gusto saber que mi Llalla ya casi se alivió del brazo debido precisamente a mis bendiciones. Pues Llalla, encomiéndate a Dios que ahora mismo te voy a echar una... a ver si es la definitiva.

       Te participo que Sergio ya se ordenó Sacerdote. Lo ordenó el Obpo. de Madrid el día 8 del presente. Hace ocho días, tres compañeros suyos en Montezuma, fuimos a pasar el día con él en la casa donde viven los religiosos del Padre Maciel (Misioneros del Sagrado Corazón) que no está muy lejos de la Universidad. Espero en Dios que dentro de tres años tendré el gusto de verme revestido de tan alta dignidad. Uds. no dejen de pedir a Dios que así sea.

En tu carta no me dices si llegaron algunas fotografías que mandé. Miento... volví a ver la carta y veo que sí las recibieron. De todos modos mando esta donde estamos todos los Americanos que estudiamos en Comillas. No les digo dónde estoy yo para que se entretengan un rato.

Como ya se acercan los exámenes finales, les ruego que me encomienden a la Virgen de Guadalupe y al Sdo. Corazón para que me vaya bien y deje plantada en alto la bandera de mi Seminario de Chilapa y Montezuma.

Saludos para todos, a todos los recuerdo, a mi Llalla, a Mía, a Lita, Jorge y a ti.

 

Que se conserven bien.

                   Tu hermano

                                           Rafael Bello

 

Cabe aquí hacer el señalamiento de que si las cartas de Paíto enriquecen ampliamente su biografía y por ende el archivo histórico de la arquidiócesis, mucho más valioso hubiese sido el acervo de no perderse las dirigidas a su señora madre.

Las guardaba en una cajita de cartón con mucho celo y cuidado, recuerda Lita, y eran tan interesantes que los amigos de la familia se las pedían prestadas a mi mamá para leerlas una y otra vez. Siempre las regresaban. Les gustaba cómo escribía. Lástima que se perdiera todo por Tara.

 

Paíto se había dedicado al estudio. No tenia conciencia de los conflictos o actividades políticas. Y vaya que vivió tiempos de revuelta. En México, de niño, la persecución cristera; en Chilapa, los primeros escarceos de una segunda guerra mundial que se sucede en tanto está en Montezuma. Ahora ahí, en España, vive en medio del florecimiento falangista sin saberlo siquiera así, de lleno, con información precisa, apenas superficialmente.

Fechado el 26 de agosto de 1948, un  opúsculo titulado Juventud, con el encabezado de Un Mejicano en el Campamento, y un subtítulo que reza Mil camaradas en los turnos del “Carlos I” de Laredo, señala en el cuerpo de su texto:

 

“La geografía de Santander es una tentación para la vida de Campamento. Tiene, desde luego, una apretada historia campamental. Cóbreces, San Vicente de la Barquera, Comillas, Ucieda, Reinosa, Laredo, Suances, Somo, Castro Urdiales... son lugares donde una o varias veces se han alzado las colmenas bulliciosas de nuestras tiendas. Saben de nuestras actividades cara al mar, las estrellas y el sol, signadas aquellas con las notas, recias y exactas, de lo castrense, de lo religioso, de lo político y nacional, de lo cultural, de lo deportivo y viril, y, a veces, de lo heorico.

Casi mil camaradas montañéses de la Legión de Flecha -a más de trescientos por turno- vienen acampando en Laredo, la Villa Esmeralda, que recuerda con orgullo la presencia del César Carlos.

Podríamos citar más datos estadísticos y hacer otras interesantes referencias, como a la “Gran Feria Campamental”, genial novedad, que ha incorporado al Campamento “Carlos I” los puestos de helados, castizamente servidos por acampados de sotana; las casetas de “pin-pan-pun” y las de la “pesca milagrosa” y las de tiro...

Queremos ya aludir tan sólo al acampado de honor, categoría atribuida por mérito personal y por fuero de hospitalidad, al seminarista mejicano Rafael Bello Ruíz.

La figura física y la figura moral y temperamental de R. Bello Ruíz no desmiente la excelencia de su origen racial; en sus ojos y en su aire está Méjico, llama de hispanidad, optimista, generoso y bravo.

Así, este Rafael, conocido y amado en la camaradería del Campamento “Carlos I”, a quien le espera la próxima sublimación del sacerdocio,  parece intrigado y modelado con ingredientes del alma de Montezuma y de nuestro -y suyo- Hernán Cortés.

Hace tiempo tiró de él el deseo de sentirse en el seno de la Madre Patria, y llegó a Comillas para prepararse en su Universidad Pontificia a la categoría excelsa de “Alter Christus” (Otro Cristo)

Por unos días ha dejado los graves y profundos problemas de la Teología para vivir con gozo la hermandad hispánica en nuestro campamento de Laredo. El ha sido uno más entre los seminaristas que le han acompañado y uno más entre los acampados. Pero distinto, camarada y huésped de honor al mismo tiempo.

Entre nosotros ha pasado por la curiosidad, por la satisfacción y por el entusiasmo. Al despedirse era más nuestro, más español y más mejicano; dentro nosotros ha encontrado nuevas razones para su orgullo de hijo de Méjico.

Nos interesaban sus opiniones sobre cosas nuestras, y las hemos provocado “en el campo, bajo la sombra de un árbol, en la intimidad”... que diría José Antonio. La hora de siesta y el amparo de los eucaliptus nos han dado ocasión para el diálogo.

¿Puedes decirme tu impresión sobre los Campamentos del Frente de Juventudes?

-Yo creía que se daba a los acampados únicamente formación militar. Me ha sorprendido y alegrado ver que se atiende a la forma integral del muchacho, y me ha emocionado ver cómo se les inculca la idea de España, que es cosa que los mejicanos sentimos como nuestra. Es magnífico el momento de arriar banderas.

-¿Qué se sabe en Méjico del Frente de Juventudes?

-Allí se cree que el Frente de Juventudes es una entidad militar al estilo de las juventudes hitlerianas. Pero fuera de los sectores de influencia comunista y de los exilados españoles, Méjico siente y se alegra del Movimiento falangista, aunque no lo comprende totalmente.

-¿Hay ambiente español en Méjico?

-Te contaré una anécdota: Cuando llegó a Veracruz en su primer viaje el vapor “Habana”, se destacó un mejicano de entre el público que le esperaba, y dijo a un oficial, mientras le abrazaba: “este es un abrazo que Méjico da a España”.

-Para terminar, ¿qué se dice allí del Generalísimo Franco?

-Franco tiene muchas simpatías en Méjico, y se le agradece que expulsara al comunismo de España y que defienda a la Iglesia Católica. Al despedirme de mis superiores, cuando salí para España, me dijo uno de ellos que también él vendrá dentro de un año a ver a Franco.

Y terminó así el seminarista Rafael Bello Ruíz:

-Como mi paisano al oficial del barco español “Habana”, yo también te digo que, en mi admiración y cariño a vuestra Patria ilustre, que la considero mía, Méjico abraza a España.

 

                                                       X. Castro.

 

Antes de cualquier análisis, debe tomarse en cuenta que era un mexicano que gozaba de la hospitalidad española y, suponiendo sin conceder, jamás habría contestado a las preguntas de forma menos diplomática y cordial por lo mismo. Pero el propio Paíto da la pauta cuando, inmediatamente después del texto, en la misma página y en forma manuscrita estampada posiblemente un año más tarde, lo que se desprende de su contenido, hace una observación en calidad de nota:

 

NB.- Los “Campamentos Falangistas” son la juventud del que podríamos llamar “partido” que apoya decididamente a Franco. En el verano organizan campamentos donde pasan 20 días, recibiendo un cursillo de instrucción política, religiosa, deportiva, castrense... con  el fin de entusiasmar a la juventud por la vuelta a la España imperial de Isabel la Católica, Carlos V y Felipe II.

En el Campamento, donde estuve el año pasado, recogí muchas lecciones que pueden beneficiar a las personas que trate el día de mañana.

Yo creía que la vida en estos campamentos era semejante a la de los “Boys Scout” =(Niños Exploradores); esto es, una escuela de formación más recia, más militar. Por ella pasan niños de 14 años hasta hombres maduros, antiguos comunistas mata-curas y quemadores de Iglesias.

Como digo, muchas cosas buenas tiene este movimiento  dignas de imitación -por eso pienso volver otra vez- aunque también tiene otras que no me parecen tan buenas; como la constante presencia del sacerdote en un movimiento netamente político.

 

                                                                   R. Bello R.

 

Si bien es cierto que la práctica religiosa tiene ingerencia en la política en casi todo el mundo, en  México la separación Iglesia-Estado vetaba al clero el terreno político en ese entonces, y Paíto no era la excepción. De suyo y por motu propio, supo desde aquellos días marcar una sana distancia entre el quehacer divino y el humano, que empezaba a distinguir y comparar.

 

Es quizá su estancia en Comillas el primer paso de una carrera plena de actividad. Chilapa fue la calma iniciadora, el sentar las bases para fincar el futuro espiritual del costeñito, Montezuma los cimientos filosóficos, pero Comillas... Comillas fue el inicio de su grandeza.

 

El mismo día que está fechado el opúsculo que contiene la entrevista, Paíto escribía a casa:

 

                               Cóbreses.- 26 agosto de 1948

 

Muy querida Llalla, Mía, Lucre, Lita, Jorge:

 

       Quiera Dios y la Virgen Sma. que todos estén sin novedad. Yo por acá muy bien y ahora de vuelta ya en el Seminario, porque hacía más de un mes que andaba viajando por estas tierras de España.

Al volver me encontré con carta tuya, de Tito, de mi tía Chepita y de mi Padrino José. Todos me han causado grande alegría porque veo que están sin novedad y firmes en la esperanza del día de mi Sacerdocio que anhelamos con verdaderas ansias. Lo único que me preocupa son las circunstancias críticas por las que atraviesa ahora nuestra Patria, pues se sabe por acá que todas las cosas han aumentado de precio debido a una baja que sufrió nuestra moneda nacional y que esto fue causa de que se atentara contra la vida del Presidente de la República. Sólo la Virgen de Guadalupe nos puede librar de los graves males que esto nos puede acarrear. Por eso debemos acudir a Ella en estos momentos tan graves.

Ahora les voy a contar algo de mi vida en estos días. Poco tiempo después de los exámenes finales, tuvo lugar la esperada excursión a las regiones de Asturias, Galicia y León. Eramos 28 seminaristas de 12 repúblicas Americanas, y pusieron a nuestra disposición un cómodo autobús que nos hizo un excelente servicio durante los 25 días que duró el viaje.

El primer sitio que visitamos fue Covadonga, donde está levantado un hermoso Santuario de la Virgen que según una tradición antigua, se apareció en una cueva. Este lugar es también famoso porque en él derrotó a los moros el primer Rey español D. Pelayo.

De aquí pasamos a Oviedo, Capital de Asturias, ciudad muy célebre en la pasada guerra española porque estuvo sitiada por los rojos un mes sin que lograran rendirla. Todavía se ven muchos edificios destruidos por la metralla.

El día 22 pasamos a Gijón, importante puerto en el mar Cantábrico. Esta ciudad no tiene ninguna particularidad más que la de ser muy industrial. Toda está llena de altas chimeneas y su bahía cubierta de grande barcos. Era hermoso contemplar una enorme estatua del Sdo. Corazón que con los brazos extendidos se elevaba sobre todos los edificios y chimeneas, como indicando que quería reinar en toda la ciudad, en todos los hogares y en todos los corazones.

El día 24 llegamos a Lugo, ciudad antiquísima y ya famosa desde que los romanos dominaban en España, es decir, muchos siglos antes de que Nuestro Señor viniera al mundo. Su Catedral es muy hermosa y tiene el privilegio de tener constantemente expuesto el Santísimo.

De aquí partimos a Santiago de Compostela, de donde les escribí una carta. Como saben, aquí está la tumba del primer evangelizador de España: el Apóstol Santiago. En la antigüedad este sitio era visitado por millares de peregrinos de toda Europa y por eso levantaron una Catedral de las más hermosas y antiguas del mundo.

La ciudad es muy antigua y conserva las casas y edificios del siglo doce. Entramos a ella a pie rezando y cantando himnos de España y América. Nos acompañaban 50 jóvenes universitarios representantes de las 12 universidades españolas. Las autoridades, el pueblo y la banda de música nos salieron a vitorear por las calles.

El día de Santiago, el Cardenal de Toledo celebró una misa pontifical a la que asistió el Generalísimo Franco con gran parte de su gabinete. Después fuimos a saludar y besar el anillo del Cardenal.

Aquí corto mi relación para seguirla después en otras cartas.

No dejen de encomendarme a Dios para que me ilumine y sepa aprovecharme en mis estudios.

                   Saludos y abrazos para todos.

                               No los olvida:

 

                                           Rafael Bello R.

 

Una de las ventajas que tenía ya el nivel universitario, era que había una libertad más abierta en lo que a los seminaristas-estudiantes se refiere. Podían, por ejemplo, salir libremente del recinto universitario. Paíto, que tenía que hacerlo obligadamente para trasladarse a la casona de los Legionarios de Cristo, no por esto dejaba de gozar de esas pequeñas libertades que no tenían más taxativas que las que el mismo seminarista se imponía; otra manera de templar el carácter del joven: guiándole para que asuma sus propias responsabilidades.

Santander, como ciudad sede de la universidad, obviamente era el sitio de paseo más fecuente. Salíamos de compras, a contemplar los aparadores, las novedades comerciales... pero principalmente a los toros! exclama con un dejo muy especial al recuerdo.

Me fascinaba ver la emoción de la gente ante el arrojo del torero, y más cuando se trataba de Manolete.

Cuenta que una de las cosas inolvidables para él era el grito de la multitud cuando reclamaba un mal toro: Este toro no vale la pena... es ciego! ... es ciego! Pero el toro sí que veía... agrega mordaz.

 

Los partidos de fútbol organizados entre la Universidad de Comillas y otras instituciones, era otro de los escapes para los jóvenes estudiantes de teología.

En los encuentros, la fuerza de la juventud se imponía y, muchas veces, se olvidaba la sotana por unos segundos en algún momento álgido, pero al final prevalecía la camaradería y el compañerismo.

 

En Comillas, como en Chilapa y Montezuma, Paíto formó parte del Coro. Pero aquí ya no fue tan amateur. Ser integrante del Coro implicaba un severo aprendizaje de solfeo y canto. Era más profesional el asunto, señala enfático.

En materia de instrumentos, el órgano vuelve a ser su preferido, pero también rasguéa la guitarra... mexicano al fin!

Aquel grupo bohemio del que hablamos un poco antes, que se reunía en los acantilados al caer la tarde, después de clases, y se daba el lujo de hacer sus propias composiciones, o entonar aquellas que les hacían vibrar el alma en la lejanía de su tierra.

Para Paíto, había un canto maravilloso que le inspiraba, a tal grado, que se convirtió en un himno para él y su gente, aún ahora, en toda festividad lo entonan febrilmente en su honor: Estella Maris - Estrella de los Mares, dedicado a la Virgen María.

 

Estrella de los Mares

Estrella de los Mares

cuyos reflejos

cuyos reflejos

en mis ojos de niña resplandecieron

resplandecieron

Te acuerdas Madre?

Te acuerdas Madre?

A tus pies cuántas veces

recé la Salve

recé la Salve

Del mundo en los peligros

del mundo en los peligros

Ay, no me dejes

Ay, no me dejes

Y a recoger mi alma

ven en mi muerte

ven en mi muerte

Pues sólo quiero

pues sólo quiero

asido de tu manto

volar al cielo

volar al cielo.

 

Entre una cosa y otra, el tiempo pasaba volando. Paíto no olvidaba a los suyos, por el contrario, les tenía más presentes que nunca, más en el momento de blandir la pluma y rimar el pensamiento. Fue poeta, porque poeta es el que rima con finura palabra y obra, sentir y duelo. Como muchos, a esa edad no se le da importancia a la letra plasmada y al tiempo se pierde. De aquellos poemas sólo recuerda el nombre de uno: Cabo de Oyambre, dedicado a un pequeño cabo que era el orgullo de Santander.

Se terminaba la primera etapa de esa bella época, y su propia letra describe mejor el momento:

 

Universidad de Comillas. 13 de octubre de 1948-

Mi querida Llalla:

                               Aquí me tienes de nuevo siquiera para darte un saludo, ya que espero hacerme un campito para escribirte después más largo de las cosas que vi por acá el verano pasado.

Puedo decir que no ha pasado un día en que no los haya recordado a todos: Mía, Lucre, Beto, Lita, Jorge y María, a todos, uno por uno, los recuerdo con mucho cariño y los encomiendo a Dios con todo mi corazón.

Llalla, hace mucho que Tito me mandó en cheque los centavos que le enviaste para mi. Muchas gracias, Llalla, eres demasiado buena conmigo. Te pagaré pidiendo a Dios muchas bendiciones para tí y tus trabajos, te prometo también que no me olvidaré nunca de tí.

El día 11 del presente comenzó el nuevo curso. Yo estudiaré 2o. de Teología, es decir, me faltan sólo dos años exactos para ordenarme de Sacerdote. ¿Poco tiempo, verdad? Ya mi mamá con Lupe Acosta y las Soberanis me piensan preparar algunas piezas de los ornamentos. Yo quisiera que tú y Lucrecia me hicieran el Hamito, que es la prenda que se pone el Sacerdote para celebrar  misa y consiste en un cuadro de medio metro cada lado con una Cruz en medio. Después les daré indicaciones más claras.

Desde allá ayúdenme con sus oraciones a alcanzar del Sdo. Corazón de Jesús y de la Virgen de Guadalupe estas tres gracias: 1a.- Gracia abundante para conseguir la Santidad Sacerdotal. 2a.- Luz para dar feliz término a mis estudios y, finalmente, buena salud para no tardarme tanto tiempo en ser Sacerdote.

Bueno, Llalla, por ahora nada más.

       Un abrazote para todos.

                   No te olvida:

                                           Rafael Bello R.

 

Ya al segundo curso! Con todo, Paíto seguía conociendo apenas esa bella tierra. Esto me hace recordar que alguien por ahí afirmaba que un mismo paraje puede ser visto de manera diferente por varias gentes, y es cierto, muy cierto. Y no es que el paisaje cambie, sino la perspectiva. Para un indolente, un árbol no puede pasar de ser un árbol. Para un sentimental, la sombra que cobija el amor. Para en creyente, ejemplo de la obra de Dios. En fin, que enciclopedias, guías de turistas e incluso geografías pueden hablar de España, pero escuchar a Paíto hablar de ella, su gente y su vida... es otra cosa!

Así lo podemos constatar en la carta escrita desde Comillas a su gente amada:

 

                                           18 de noviembre de 1948

Muy querida Llalla, Mía, Lucre, Lita, Jorge y D. María:

Espero en Dios N.S. y en la Virgen Sma. que todos estén sin novedad; yo por acá estoy muy bien de salud y muy contento, pues me he entendido bien con los seminaristas españoles y los muchos mejicanos que estudian aquí.

Ahora tengo un rato libre y lo voy a aprovechar para platicarles algo de mí, ya que hace mucho tiempo que no les he visitado con una carta. Ya recordarán que les estaba haciendo una relación de mi viaje por España durante el verano pasado y les contaba el recibimiento que nos hicieron en Santiago de Compostela. Digo “nos hicieron” porque éramos 24 seminaristas Americanos los que hacíamos el viaje en un camión especial.

Al día siguiente de nuestra llegada, 25 de agosto, hubo una Solemne Misa Pontifical celebrada por el Cardenal de Toledo y a la que asistió el Generalísimo Franco con todo su estado mayor. Nosotros también asistimos y así pudimos conocer a Franco.

La Catedral de Compostela, donde está enterrado el Apóstol Santiago, es muy antigua y de una hermosura incomparable. Por allá en América no tenemos estos monumentos tan grandiosos y tan llenos de arte.

La misma ciudad es antiquísima, con casas de piedra muy bajitas y de calles tan estrechas que apenas caben cuatro hombres a la par. Nuestra ciudad de Taxco tiene cierto parecido con ésta.

Aquí nos detuvimos cinco días, durante los cuales conocimos la ciudad y organizamos paseos por los alrededores, a los cuales íbamos con nuestra comida preparada para comer en el campo. Uno de estos paseos lo hicimos a una isla llamada Toja. La travesía marítima la hicimos en una barca de vela durante una hora y media. En la isla hay casas de veraneo muy bonitas que me recordaban los chalets de Caleta; hay también una fábrica de jabón muy famosa en el mundo. Se llama “La Toja”. Todos estos lugares se llaman “Las rías bajas” de Galicia y es lo más hermoso que tiene España en cuanto a paisaje.

En los pueblecitos la gente es sencilla y  buena, se dedica a laborar el campo y a cultivar la uva, el maíz y las patatas. A mi me impresionaba ver grandes extensiones de terreno sembrados de uvas negras y rubias, y ver cómo entre las hojas de la planta asomaban los racimos maduros. De esta uva fabrican los famosos vinos españoles. Las gentes, aunque pobres, visten bien y nunca andan descalzos, saben ahorrar su dinero y son de costumbres muy puras y muy cristianas. Tienen especial cariño por los latinoamericanos y sobre todo por los mejicanos, ya que es el pueblo más conocido por acá. En el pueblecillo más insignificante se oyen tararear las canciones mexicanas -ahora anda una de moda que se llama “Plegaria Guadalupana”, Hirma Vila se ha lucido cantándola por toda España-.

La comida típica de esta región es algo parecida a la de por allá. El primer platillo es una sopa de fideos con una especie de lechugas que llaman berzas; el segundo es arroz frito en aceite de oliva, con camarones, caracolillos y almejas; al tercero le llaman “tortilla” y consiste en una torta de papas y huevos frita en aceite. A todo esto hay que añadir el pescado que nunca falta ni en la comida ni en la cena, y el vino que se toma en lugar de agua. Suple a nuestra tortilla el pan blanco de harina que suele hacerse en tortas tan grandes como un comal; las frutas que nos ponían eran siempre uvas, manzanas y duraznos.

En fin, así vamos conociendo a esta querida España, hogar de aquellos conquistadores que forjaron a nuestro querido Méjico.

Para otra carta reservo lo que pasó en el resto del paseo por esta tierra de Galicia.

Ahora voy a pedir a Lucre o a Jorge un favor: a ver si me pueden conseguir un mapa de México, de la República entera, de esos que se les suele proporcionar a los turistas; a ver si me pueden conseguir también una bandera tricolor pequeña -de género- y todo me lo mandan envuelto en un cartón delgado. Que venga por correo ordinario, porque, como saben, por avión cuesta mucho.

Cuando me escriban no dejen de contarme las nuevas que haya habido por allá.

Me despido de todos y cada uno con un fuerte abrazo.

No los olvida:

 

                               Rafael Bello R.

 

La amistad con el Padre Maciel se acentuaba con el tiempo, a pesar de que él era el Superior de los Legionarios de Cristo y Paíto apenas un seminarista.

Compartían esas exquisitas comidas en las que menudeaba el Bonito, pescado de carne magra pero buen sabor, y en las que algunas veces se degustaba un potaje, o una fabada, y en los festejos la siempre excelente Paella, comida de lujo en México, pero de consumo cotidiano en España.

Dentro de su seriedad, Monseñor Bello Ruíz no deja de recurrir a la broma y, cuando le preguntamos cómo preparaban el Botino, simplemente contestó:

-Bonitamente!

Un platillo igualmente especial era la sardina, allá pequeña y noruega que aquí llegaba hace años enlatada y que hoy hemos cambiado por la de Baja California, de mayor tamaño y menor sabor, pero siempre suculenta.

 

Uno de los rincones internos de la Universidad de Comillas que Paíto gustaba de frecuentar, era la capilla. Su arquitectura, de estilo mudéjar, le daba un aire de solemnidad y recogimiento que a él le placía para meditar y ponerse en contacto con Dios, con ese Dios que tanto había seguramente escuchado ya del costeñito aspirante a Buen Pastor. Y ahí estaba el Padre Nieto, el director espiritual que ya en vida consideraban un santo, para alentarle y guiarle.

Ante Dios y a Dios, Paíto pedía, Paíto rogaba. Pedía por la santificación de los seminaristas, de los teólogos principalmente pero, ante todo, rogaba porque mi familia pudiese esperar a que llegara yo a oficiar mi CantaMisa, porque yo mismo pudiese regresar a mi tierra, a Chilapa, a Guerrero, para entregarme a la gente, sobre todo a los pobres...

Ya en Comillas, desde Comillas, tenía plena conciencia de su compromiso con su pueblo, con los pobres; un compromiso que en vez de asustarle le alegraba. Un compromiso contraido por él mismo, no impuesto por algo o alguien. Sólo Dios sabía que Paíto estaba destinado a ser la guía espiritual de millones de surianos.

 

Desde aquel Corazón, Diario de un Niño, que leyera de muy pequeño, Paíto se había convertido en un ávido lector. Muchas fueron las obras de grandes escritores que pasaron por sus manos, aprovechando al máximo las posibilidades que ofrecía una biblioteca como la de la propia universidad, o las aledañas que de eso España da ejemplo.

Dos fueron sus lecturas más apreciadas: El Quijote... y la Biblia. Aunque no en ese orden precisamente. El Quijote representaba para él la entrega ciega, incondicional, en beneficio de los demás aún a riesgo de ser calificado de imprudente o demente. La Biblia, manejada como libro de texto y estudio desde antes incluso del seminario, en España se volvería su libro de cabecera. Encontró en ella, con su nueva y más pulida forma de pensar, la verdad de su fe. El mandato de ejemplo que faltaba para, si no justificar, sí comprender ese afan de entrega que le agobiaba amablemente.

 

Una de las temporadas de mayor espiritualidad a lo largo y ancho del mundo, es la época de Navidad. Paíto le relata a su familia cómo se celebra en España:

 

                               Noche Buena de Comillas 1948

 

A mi Llalla, Nia, Lucre, Lita, D. María, Jorge y Tito:

       Que el Divino Niño les haya traído a todos en estas Navidades el testimonio más cierto de su predilección y en este Año Nuevo les conceda una lluvia de bendiciones y gracias.

Feliciten y saluden de mi parte a Rosita y a sus familiares.

Háganme favor de mandar en un sobre pequeño esa tarjeta a mi Padrino José.

De paso les diré que por estas tierras españolas vivo muy contento, gozando de perfecta salud gracias a Dios.

En el Seminario se celebran las Navidades muy alegres, sin dar lugar a uno de echar de menos las de su tierra.

Se acostumbra adornar un gran salón resguardado del frío, donde todos los estudiantes pasamos la noche buena compartiendo hermanablemente el dulce español típico de este tiempo llamado “turrón”. Además allí se cantan canciones, hay representaciones teatrales y se echan a rodar varias películas.

En fin, los días de vacación que nos dan se pasan volando.

El Año Nuevo se celebra en España de una manera muy curiosa, sobre todo en las ciudades: las gentes se apiñan en la plaza y allí esperan la entrada del nuevo año, mirando al reloj público. Y a medida que este va dando las campanadas, las gentes se echan una uva a la boca y así hasta doce uvas, correspondientes a las 12 campanadas.

Supongo que Graciano tendrá vacaciones y se las pasará con Uds. De no ser así, ya Uds. le felicitarán por mí. ¿Qué tal le fue en sus exámenes finales?

Y a Dulce María cómo le va por allí?

También quiero tener noticias de Beto.

Mi mamá me avisó de la muerte de mi tía Chepita. Aquí, dos Padres mejicanos celebraron dos misas por su eterno descanso y yo le he mandado a hacer a mi tío Bache una carta de pésame.

Que Dios N.S. los bendiga y los conserve hasta que vuelva ordenado Sacerdote para que me vean.

                   No los olvida:

 

                                                       Rafael Bello R.

 

Con toda seguridad los exámenes finales de Graciano, Tito, como le llamaban, fueron exitosos porque un par de meses después escribía desde Poza Rica al hermano seminarista, contestando una misiva suya. Reproducimos esa respuesta porque en ella deja ver la influencia del petróleo en la vida del México de aquellos años y de la economía por la que tanto se preocupaba Paíto.

                               Poza Rica, Ver. febrero 15 de 1949

 

Sr. Rafael Bello Ruíz

 

Querido hermano:

                               Con muchísimo gusto te voy a contestar tu carta porque platicaré contigo de algo que yo conozco. Me preguntas que si fue benéfica para México la expropiación y te diré sin temor a equivocarme que sí lo fue, el error estuvo en entregar a los trabajadores una cosa que no sabían manejar, pero por esas ideas raras del General Cárdenas así se hizo y el resultado fue que a los 4 años Petróleos Mexicanos estaba en quiebra.

Más tarde hubo una reorganización y el gobierno volvió a restringir las facultades de los trabajadores de la industria, al grado que Pe-Mex (que es como se le designa) ha adelantado mucho pues nada menos el año pasado Pe-Mex enteraba a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público la cantidad de Un millón de pesos diarios por concepto de contribuciones; quiero decir con esto que la vida de nuestro país depende en un 80% del “Oro Negro”. Los yacimientos que se encuentran en México son lo suficientemente grandes como para que se convirtiera en el primer país productor de petróleo, si no fuera que los E.U. restringen el envío de material de perforación y refinación pero aun así, aparte del petróleo que se refina en ésta sobrepasa el gasto de México y se exporta el “crudo” a E.U. que hasta hace poco era el único país con quien México comerciaba, pero hace 7 días salió de Tampico el primer barco con petróleo rumbo a España (me parece que llevaba 63,000 barriles; un metro cúbico tiene 1.8 barriles)

No sé si te parezca exagerada la suma anterior pero te diré que un pozo aquí en Poza-Rica producía 100,000 bls diarios pero le redujeron la producción a sólo 400 así es que imagínate cuánto tiempo estará produciendo, ahora si te dijera que actualmente son 79 pozos los que están en producción te formarás una idea de la cantidad de crudo que se extrae diariamente del sub-suelo.

Creo que ya te habré cansado pero en la próxima te hablaré de otras cosas respecto al petróleo, ahorita no lo hago porque estoy escribiendo en la oficina y creo que van a ocupar la máquina.

De Acapulco me acaban de escribir y me dicen que Lucre estuvo enferma pero que ya está mejor; mi Llalla y ella se fueron a Atoyac, pues el Dr. le recetó el cambio de clima. Por lo demás no hay novedad.

Si quieres contestarme esta lo puedes hacer pues todavía estaré aquí 15 días más, pues mis clases darán principio en los primeros días del mes de Marzo y como aquí me van a dar una gratificación, la cual será mayor entre más días esté aquí, me esperaré para así poder comprar mis libros y alguna otra cosa que me haga falta.

Bueno Paíto me despido de tí con un abrazo y espero volver a escribirte muy pronto.

 

                   Tu hermano

                                                       Graciano (rúbrica)

Seis meses más pasarían para conocer nuevas noticias suyas, al menos de las que subsisten. Seis meses en los que Paíto se hacía estimar más y más por sus protectores, maestros y compañeros. No es fácil destacar entre mil, y cuantimás entre tanta mente brillante, como él mismo les califica en su narración a lo largo de esta investigación.

Al cabo de esos seis meses, alcanzaría el primer peldaño de las órdenes mayores, como lo cuenta a su Hermano Tito:

 

                                           Comillas 4 de julio de 1949

Querido Hermano:

                               Te participo con profunda alegría que el 17 del corriente recibiré D.M. el orden del Subdiaconado, primera orden mayor en la que he de hacer públicamente voto de perpetua castidad y perpetua obediencia al Obispo de la Diócesis, y en la que también contraeré la obligación de rezar el Oficio Divino todos los días de mi vida. Graves obligaciones todas ellas, cuya violación implica pecado mortal gravísimo; pero que traen a mi espíritu una alegría muy honda inexplicable para quien no tiene ni la más vaga idea del Sacerdocio Católico. Cuando vuelva tendré ocasión amplia de hablar contigo sobre el estado de vida que he escogido, porque es imposible exponer por carta una cosa tan sublime.

Mi papá me ha enterado de tu triunfo con una poesía a la Costa Grande. A toda la casa y a mí nos has dado un gusto “padre” como dicen por allá; muy bien  hombre! sigue cultivando ese arte tan fino.

Por acá estoy bueno -un poco cadavérico por la preparación de mis exámenes finales- y a estas horas ya examinado satisfactoriamente, gracias a Dios. En este verano me voy a dedicar a engordar para poder hacer frente a los años que me faltan. Espero que tú no la pases mal en ese México tan babilónico y en el cual se siente uno tan solo.

Te recomiendo que cuando tengas tiempo y humor vayas a platicar con unos amigos míos españoles -no son Sacerdotes sino seminaristas que pronto volverán a España- Su dirección es: Río 2, Tlalpan D.F. Lo mismo te digo acerca de otro amigo mexicano que acaba de salir para la Patria y a quien le he avisado que irías a verlo alguna vez. Este vive en: Tacubaya, Cerrada del Sr. Foublanc 48. Que ya conoces.

Te mando este artículo que escribieron sobre mí en el periódico “Juventud”, cuando escribas a casa lo mandas.

Tu hno.

 

                   R. Bello R.

 

Al margen izquierdo de la misma carta, Paito anotaría una especie de post data a lo largo de la hoja:

 

Hace mucho recibí los mapas que me enviaste junto con aquel aviso que me dio tanto gusto de tu cumplimiento con Pascua. Por ahora nada más. De mis órdenes, ya están avisados todos los de casa. No dejes de rezar por mí en ese día y si te es posible ir a la Villa, no dejes de hacerlo para que me encomiendes a nuestra Madre de Guadalupe.

Saludos a todos los amigos.

 

El tiempo transcurrió sin mayor novedad, mientras Paíto estudiaba y conocía mejor nuevas formas y costumbres.

Es indudable que muchas de sus misivas, así como las de su señora madre, se perdieron por gracia del tiempo y a pesar de los esfuerzos de Llalla, Lita y Doña Ma. de la Luz por conservarlas lo mejor posible, pues sabían que algún día serían reliquia.

Ellas no perdían la fe como aquella negrita que, ante las travesuras de Felipillo, el hijo de sus amos, renegara de éste al grado de que, cuando le dijeron que se iba de frayle a lejanas tierras y que a lo mejor sería santo, dijo más profética que burlonamente: Felipillo santo!... hummm... cuando la higuera revereca!

Su media lengua quería señalar que Felipillo sólo llegaría a santo cuando la higuera seca que se mantenía en el medio del patio... reverdeciera.

Pasaron los años y, un día, la negrita entró gritando y llorando a la casa para asombro de sus amos: Felipillo Santo!... Felipillo Santo!... señalando hacia el patio.

Al mismo tiempo que sus padres veían aquella vieja higuera reverdecer al centro de su casa, Felipe de Jesús entregaba la vida en manos de sus asesinos allá en Nagasaki.

 

La pasividad que la entrega al estudio de uno, y a las labores cotidianas los otros, se aletargara en la cotidianidad por varios meses, se vio de pronto desplazada por una noticia que removió los corazones de Paíto y todos los suyos.

Pocas veces el seminarista costeño perdía el aplomo, la seriedad que -aunque con algún toque de buen humor- imprimía en sus cartas. Cuantimás permitir que la alegría se desbordara a niveles casi infantiles... pero la noticia lo justificaba.

 

                               Comillas, 16 de octubre de 1949

 

Srta. Juana Bello:

 

                               Casi a continuación de la carta que te escribí ayer, dirijo esta para darte un notición mayúsculo: El Sr. Obpo. de Chilapa me ha dado orden de trasladarme de Comillas al Seminario de San Sulpicio de París. Fíjate pues, Llalla, ¡a París, a París, la capital de Francia!...

A penas si lo puedo creer, pero así es la realidad. Acabo de recibir carta del Sr. Obpo. en que me autoriza para salir rumbo a Francia en esta semana misma, para alcanzar el curso que empezó el día 1o. del presente.

Así pues Llalla, te voy a pedir el inmenso favor de que me manden de sus ahorros, por lo menos la cantidad de diez dólares para cubrir los muchos gastos que voy a hacer necesariamente en este viaje. Es un gran sacrificio que se impondrán, estando ahora la vida tan cara en México ¡pero Dios se los premiará porque se trata de la formación de un Sacerdote suyo!

Cuando me contesten esta carta ya no me encontrarán en Comillas, por eso diríjanme la carta a la siguiente dirección:

 

                   Seminaire Saint-Sulpice

                   59 bis, Rue Général Leclerc

                   ISSY LES MOULINEAUX (Seine)

                   París - France

 

Les volveré a escribir tan luego como llegue a mi nueva residencia. Encomiéndenme mucho a Dios para que me vaya bien por allá.

Espero pronto su contestación.

 

                   Recibe un abrazo de Paíto

 

Indudablemente que era una noticia sensacional, sobre todo para un hombre que había entregado todos sus esfuerzos en ello. Un par de días después, Paíto escribía a su hermano la buena nueva. Debemos recordar que Llalla y sus hermanos radicaban en Acapulco, sus padres en Tecpan, y Graciano, a quien también llamaba Tito, en la ciudad de México en donde culminaba sus estudios de ingeniería. En la carta, Paíto retorna a la mesura tras el estallido de alegría.

                               Santander, 18 de oct. de 1949

 

Sr. Graciano Bello

 

Mi estimado Hermano:

 

                   Desde la capital de La Montaña te escribo la presente para darte un gustazo enorme. Es lo que te anunciaba en mi carta anterior.

Fíjate, Tito, que el Sr. Obpo. de Chilapa me ha dado orden de marchar a París a terminar mis estudios. Ya te puedes imaginar la alegría que esto me causa porque allí, sin duda ninguna, me formaré mejor y además conoceré esa gran nación Francesa que es el cerebro de la humanidad y, por lo mismo, tiene infinitas cosas que podemos aprender.

Ahora estoy en Santander, arreglando los papeles necesarios para cruzar la frontera. El día 22 del presente pienso salir de España.

Como comprenderás, esto me ocasiona muchos gastos, por eso con mucha pena te voy a pedir un sacrificio: a ver si puedes juntar cinco dólares y me los mandas a la siguiente dirección:

                   Seminaire Saint-Sulpice

                   59 Bis Rue Général Leclerc

                   Issy les Moulineaux

                   París - France

Cuando me contestes ya estaré en ese seminario. Te ruego por favor que si no puedes juntarlos [no te preocupes], pues tendré dinero suficiente con el que he pedido a otras personas de Tecpan. Tan luego como llegue te escribiré dandote más datos sobre mi nueva residencia. Al mismo tiempo escribo a la casa y a mi Llalla.

Que Dios te bendiga y te conserve bien.

Tengo mucha esperanza de que cuando empieces a ganar dinero, me ayudes con algo como lo hacías cuando yo estaba en Chilapa. Te advierto que todos mis gastos corren por cuenta de la Diócesis. Sin embargo, yo necesito para gastos personales.

Ayúdame a dar Gracias a Dios por este nuevo favor que nos ha hecho.

 

Adiós

Te abraza tu Hno. Paíto

 

 

Fechada en México, D.F. el 26 de octubre, Paíto recibía inmediata contestación de Tito, que reflejaba indudablemente el sentir de toda su familia, amigos y compañeros.

 

Querido Paíto:

                               No sabes el gusto que me causó tu noticia. Ya la esperaba porque hace 10 días fui a Chilapa con unos amigos hijos de la Sra. Elvira de García que festejó sus bodas de plata. Estos muchachos los conocí en Acapulco y siempre hemos sido buenos amigos. En mi estancia en Chilapa, (1 día y medio) visité al Sr. Obispo quien se puso muy contento, estuvimos platicando y me dio la noticia de que te irías a Francia.

Ese día recibió un cable tuyo en donde le pedías su autorización. Yo por supuesto que no cabía de gusto, se lo platiqué a todos mis amigos, pero no quise escribir a mi mamá para que tú le dieras la noticia, ahora sí lo haré así como a mi Llalla y a todos los de la familia.

El dinero que me pides te lo mandaré, no lo hago ahorita porque 5 dólares significan $45 pesos mexicanos y ahorita no los tengo, pues he hecho muchos gastos porque me acabo de cambiar de casa, ahora vivo en la dirección que adjunto escribo.

Vivo con esos muchachos de Chilapa de que te hablé antes, estoy muy contento ahí porque ya no como en la Escuela, ya te había platicado antes que era un martirio...

 

...recibe un abrazo muy fuerte de tu hermano

 

                                                       Tito.

 

 

 

SAINT SULPICE,

TRAS LAS HUELLAS DEL

SANTO CURA DE ARS

 

Paíto buscaba información sobre Saint Sulpice. Sabía que era uno de los seminarios de mayor prestigio y antigüedad en el mundo, pero quería saber más sobre la que sería su próxima casa.

 

El origen de la Compañía está vinculado íntimamente al gran movimiento de evangelización y renovación que se desarrolló en Francia en el siglo XVII, y muy ligada a la actividad misionero-pastoral de Jean-Jacques Olier.

Discípulo de San Vicente de Paúl y del Padre de Condren, Jean Jacques Olier (1608-1657) participó en las misiones organizadas por ellos en Francia, especialmente en las de Auvernia y los alrededores de Chartres. Descubrió que este esfuerzo apostólico sería raquítico sin una reforma del clero. Ahora bien esta reforma suponía la aplicación de las decisiones del Concilio de Trento acerca de la formación de los sacerdotes.

Este deseo de trabajar en la reforma por la formación de los sacerdotes, Jean Jacques Olier lo debía a la influencia del Padre de Condren, sucesor del cardenal de Bérulle a la cabeza del Oratorio de Francia. Pedro de Bérulle quería "restaurar el estado de prêt" (del sacerdote), entonces deteriorado. El Padre de Condren disuadió a Jean Jacques Olier de aceptar el episcopado que le proponían y se le orientó hacia la obra de los seminarios. Jean Jacques Olier se sintió destinado "a llevar la contemplación dentro el sacerdocio".

Esta preocupación se incorporaba a la de numerosos obispos que veían con buenos ojos la fundación de seminarios. Estas pruebas generalmente habían fallado. En Francia, la aplicación del Concilio de Trento parecía chocar con obstáculos insuperables.

En realidad, es una nueva concepción del seminario que, en torno a 1642, iba a desarrollarse a partir de una experiencia original, la de los "ejercicios", o jubilaciones.

Con otros dos sacerdotes, Olier fundó, en diciembre de 1641, un seminario en Vaugirard, entonces pueblo próximo a París. Vuelto algunos meses más tarde cura de Saint-Sulpice, transportó a esta pequeña comunidad a París, cerca del presbiterio. Otros sacerdotes se adjuntaron a él para el servicio de seminario y parroquia. Así se constituyó la Compañía de los Sacerdotes del Seminario de Saint-Sulpice.

Como él mismo explica, la intención no era fundar "congregaciones", con sus casas propias, más o menos numerosas. Esta es la razón por la que el Seminario y la Compañía tomaron el nombre de la parroquia de la que Jean Jacques Olier era cura.

Como la parroquia, el seminario dependía de la Abadía Saint-Germain-des-Près y se encontraba libre de la jurisdicción del arzobispo de París. Jean Jacques Olier observaba al Papa como su superior.

El seminario de Saint-Sulpice le parecía destinado al servicio de la Iglesia de Francia: formaría a los candidatos al sacerdocio que los obispos le enviarían. Además, los sacerdotes vinculados al seminario, muy dados a la formación de los sacerdotes, se pondrían a disposición de los obispos para trabajar en la fundación y en la dirección de los seminarios diocesanos. Así pues, viviendo incluso de Jean Jacques Olier, la Compañía de los Sacerdotes del Seminario de Saint-Sulpice aceptó tomar la dirección de cuatro seminarios. Pero debió ser en dependencia del obispo del lugar y sin espíritu de propiedad: se debería estar dispuesto a volver de nuevo "a la casa" que era el seminario Saint-Sulpice.

 

En el pensamiento de Jean Jacques Olier, esta "pequeña Compañía" debía limitarse a un grupo de sacerdotes poco numeroso, vinculados no por deseos, pero sí por la caridad sacerdotal y la subvención de ellos mismos al servicio de la formación de los sacerdotes. Porque el sistema de beneficios suponía un obstáculo a la reforma del clero, debían renunciar a los beneficios que los habrían descartado de este Ministerio. Debían animarse a una vida espiritual caracterizada al mismo tiempo por "el espíritu apostólico", el sentido de la adoración, y la "vida interior". Centrada en la comunión con Jesucristo, Verbo Personificado, esta vida espiritual debería alimentarse con la Escritura, y constantemente renovada por la eucaristía y la oración. La devoción a la Virgen María y a los apóstoles tenía un gran lugar.

La concepción del seminario aplicada por Jean Jacques Olier a Vaugirard y Saint-Sulpice, y expuesta en el "Proyecto de un seminario diocesano" que presentó a la asamblea del Clero de Francia en 1651, difiere profundamente del seminario tridentino de San Carlos Borromeo o incluso del seminario parroquial de Bourdoise. En vez de recibir adolescentes para conducirlos poco a poco al sacerdocio, el nuevo seminario sólo acoge hombres de probada vocación, o eventualmente sacerdotes deseosos de formarse, que vienen a compartir la vida de esta comunidad de sacerdotes para iniciarse al espíritu apostólico y desarrollar las virtudes y disposiciones interiores que hacen el alma sacerdotal. El seminario constituye, sobre todo, una comunidad donde las distancias se suprimen en la medida de lo posible entre los candidatos al sacerdocio y los profesores; éstos son, sobre todo, profesores espirituales que ejercen el "Ministerio de Dirección".

 

El desarrollo de la Compañía se operó a partir del seminario Saint-Sulpice y su experiencia original. Obispos de Francia recurrieron a sus miembros para asumir ellos su propio seminario.

Louis Tronson, Superior General de 1676 a 1700, da a la Compañía su organización, con la voluntad de guardar así una exacta fidelidad a las grandes orientaciones recibidas de Jean Jacques Olier. 

La Compañía está presente en el Canadá a partir de 1657, año de la muerte de su fundador.

La víspera de la revolución francesa la Compañía dirige, en Francia, una quincena de seminarios. El número de sus miembros pasó de 70 en 1704 a 140 en 1789.

La revolución francesa prueba duramente a la Compañía, pero favorece también su implantación fuera de Francia. En 1791, en respuesta a la llamada de Monseñor Carroll, primer obispo de los Estados Unidos, el Sr. Emery envía a cuatro sulpiciens a Baltimore, para la fundación de un seminario. 

Durante el siglo XIX y a principios del siglo XX, la Compañía se desarrolla al mismo tiempo en Francia, en el Canadá y los Estados Unidos. 

En Francia, el Sr. Emery, que fue superior general de 1782 a 1811, agrupa a sus colegas y acepta la carga de diez seminarios.

Suprimida por Napoleón en 1811, se restablece la Compañía pronto. Es aprobada por Luis XVIII en 1816 como "congregación autorizada". El número de sus miembros aumenta regularmente. Poco a poco va a asumir una veintena de seminarios en Francia.

En el Canadá, donde tenía desde el principio de su presencia la responsabilidad de la parroquia Notre Dame, y la capellanía de varios comunidades religiosas, la Compañía funda varios órganos colegiados y, en 1840, el seminario de Montreal, que tendrá el estatuto de Universidad Pontifical. Al siglo XX, la Compañía estuvo a cargo del seminario de San Bonifacio, en Manitoba.

En los Estados Unidos, la Compañía tiene una amplia radiación. Pasado el período difícil de los principios, el seminario de Baltimore reúne un gran número de estudiantes. Varios sulpiciens reciben la carga episcopal. Los directores del seminario están en relación con Santa Élisabeth Seton y lo ayudan en sus obras y sus fundaciones. El sulpicien funda una comunidad de religiosas negras. La Compañía toma la carga de cuatro seminarios fuera de Baltimore. 

 

Una nueva etapa de la historia de la Compañía se caracteriza por el reanudación del movimiento misionero, con la salida de dos colegas franceses en Vietnam en 1929, de dos canadienses en Japón, en 1933, de dos franceses en China, en 1934, y la fundación de seminarios de Hanoi, Fukuoka y Kunming. A partir de 1950 la Compañía asume varios seminarios en América Latina y en África.

 

Así lo señala, en su página web, el propio Seminario de Saint Sulpice -salvo algún mexicano error en nuestra incipiente traducción del francés- en la parte correspondiente a Historia. Paíto, sin embargo, debe haber obtenido la información por otras vías pues esa modernidad de la carretera de la información aún no se daba.

 

El último día de octubre, Paíto llegaba a París. Los nervios carcomían su habitual ecuanimidad. Montezuma era territorio norteamericano, donde se habla el inglés -que él ya dominaba- pero como su comunidad era mexicana, no había problema en la comunicación. En Comillas, no se diga; tierra española al fin, la comunicación estaba dada hasta la risa. Pero en París... vamos! París era otra cosa! Había que hablar francés, idioma que jamás había practicado Paíto... pero que de modo alguno sería freno para continuar el camino trazado por Dios.

Alguien ha de hablar español o inglés se decía a sí mismo para darse seguridad. Pero... la cosa no fue tan fácil.

 

Al día siguiente dos cosas fueron las primeras que hizo una vez instalado: escribir a casa, y salir a conocer la ciudad.

Así lo cuenta en sendas tarjetas postales -la primera de la gruta de Lourdes, y la segunda de la esplendorosa Torre Eiffel- enviadas a Llalla y a sus hermanos:

 

                                           París 1 de nov de 1949

Mi querida Llalla:

 

                               Ayer llegué a París y me cuesta creer que estoy en él, tan rápido fue mi viaje... En Lourdes pasé un día inolvidable. Allí donde la Virgen ha hecho tantos milagros, los encomendé a todos. El viaje a París lo hice en tren eléctrico acompañado de un padre paraguayo. En el Seminario de San Sulpicio me han recibido con mucho cariño. Soy el único mejicano entre franceses, escoceses, coreanos, libaneses y tres colombianos. Obligado por las circunstancias tendré que aprender pronto el francés.

El Seminario está a las afueras de la ciudad, pero hay un día en la semana en que los seminaristas salen en grupos para visitar los lugares más célebres de París.

Encomiéndenme mucho a N. S. Yo no me olvidaré de Uds.

Saludos cariñosos para todos.

 

                                           Rafael Bello R.

 

La segunda, reza:

 

                                                       2 de nov. 49

 

A Lucrecia, Nía, Lita, D. Ma.,

Jorge, Beto y demás amigos:

 

                               Ayer salí a visitar la ciudad de París. Desde una basílica llamada “Montmartre”, dedicada al Sdo. Corazón, se contempla gran parte de la ciudad; es indescriptible el panorama... qué edificios tan preciosos, qué movimientos de coches por las calles, con que buen gusto visten las personas y los niños, qué escaparates y qué tiendas tan ricas y tan lujosas; en fin, se ve aquí la más refinada civilización y adelanto a que ha llegado el hombre.

       En esta foto está la “Torre Eiffel” de acero y una de las más altas del mundo, después del “Empire State” de New York.

Desde la corona se domina toda la ciudad de París.

En el remite está mi dirección.

                   Se despide de Uds.

 

                                                       R. Bello R.

 

Un nuevo mundo se abría a los ojos -y la experiencia- de nuestro costeñito que, con todo, ya viste, habla y comporta, más como sacerdote que como lego. La dura talla del divino escultor está dando su fruto.

Ese primer mes, e inicio de curso al que llegara retrasado, significan adaptación y esfuerzo para alcanzar a sus compañeros. A esto, debe añadirse el estudiar a marchas forzadas el idioma local pues, para todo y en todo, el francés es el que se habla.

Está tan cerca su ordenación que no pierde tiempo ni escatima sacrificios, y se adapta a la rígida disciplina del primer seminario del mundo.

Pero también se da tiempo para no olvidar al mundo con su ignominiosa marcha, y a la vida con sus suspiros.

 

                                           París 28 de nov. 1949

 

Mi estimado Jorge:

 

                   No quiero dejar pasar esta oportunidad sin decirte una palabra de saludo y hacer partícipe a mi Llalla, Nía, Lucre y Lita.

Aunque vivo muy lejos de Méjico, tengo el gusto de recibir las cartas de la casa que con frecuencia me vienen a llenar de alegría, y a estar con Uds. en el recuerdo. Sois los únicos con quienes hablo castellano, pues fuera de mi cuarto tengo que hablar francés para todo.

No soy el único extranjero en S. Sulpicio; hay también muchos seminaristas de distintas partes de Europa: Ingleses, Italianos, Belgas...

Los miércoles podemos salir a visitar París. Como es tan grande y para evitar tantos ruidos por las calles, los tranvías están por debajo de tierra como en New York. Allí también hay sus estaciones y cada quien debe ponerse muy “chango” para bajar en la estación que le corresponde. En los 1os. días andaba en estos tranvías -o metros, como se les llama aquí- como los rancheros que van por 1a. vez a México... ya ahora me he acostumbrado y puedo decir que conozco lo principal de París.

En otra ocasión platicaremos más. Saludos cariñosos a todos. Por si no recibió Lucrecia mi aviso, recibí el cheque que me mandó. Mercí bien = Muchas Gracias.  Ou revoir = Adiós.

 

Llamaba a Paíto la atención de la mención frecuente de San Juan María Vianney, a quienes otros citaban como el Santo Cura de Ars.

Si bien en clase no se había mencionado, pudo despejar la duda inicial con algunos de sus maestros, quienes comentaron, entre otras cosas, que era el patrono de los sacerdotes.

Tiempo después, llegó a sus manos un resumen de la historia del anciano sacerdote que supo entregar su vida a la gente de su pueblo... tal y como Paíto quería y planeaba!

Vaya! Dos coincidencias impresionantes. Era el patrono de los párrocos... y vivió en plena entrega. Quería saber más de él.

No conocemos con certeza la fuente de información de Paíto, pero nosotros encontramos la de Lamberto Echeverría, publicada en Madrid a finales de los cincuentas y que, sin su autorización pero esperando su comprensión ante tan noble intención, reproducimos en resumen aquí:

Oficialmente, en libros litúrgicos, aparece su verdadero nombre: San Juan Bautista María Vianney. Pero en todo el universo es conocido con el título de Cura de Ars.

Ars tiene hoy 370 habitantes, poco más o menos los que tenía en tiempos del Santo Cura. Al correr por sus calles parece que no han pasado los años. Únicamente la basílica, que el Santo soñó como consagrada a Santa Filomena, pero en la que hoy reposan sus restos en preciosa urna, dice al visitante que por el pueblo pasó un cura verdaderamente extraordinario...

 

Nace el Santo en tiempos revueltos: el 8 de mayo de 1786. En Dardilly, no lejos de Lyón. Estamos por consiguiente en uno de los más vivos hogares de la actividad religiosa de Francia.

Es aún niño Juan María cuando estalla la Revolución Francesa. Al frente de la parroquia ponen a un cura constitucional, y la familia Vianney deja de asistir a los cultos. Muchas veces el pequeño Juan María oirá misa en cualquier rincón de la casa, celebrada por alguno de aquellos heroicos sacerdotes, fieles al Papa, que son perseguidos con tanta rabia por los revolucionarios. Su primera comunión la ha de hacer en otro pueblo, distinto del suyo, Ecully, en un salón con las ventanas cuidadosamente cerradas, para que nada se trasluzca al exterior.

 

Qué curioso, piensa para sí Paíto. Muy parecido a esa etapa de mi vida: la persecución cristera, la suspensión de cultos, las misas a escondidas... y hasta su primera comunión a puerta cerrada, aunque en el caso de Paíto fue el bautizo, pero en las mismas condiciones.

 

A los diecisiete años la situación se hace menos tensa. Juan María concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin son vencidos. Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero... el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino.

Por un error no le alcanza la liberación del servicio militar que el cardenal Fesch había conseguido de su sobrino el emperador para los seminaristas de Lyón. Juan María es llamado al servicio militar. Cae enfermo, ingresa en el hospital militar de Lyón, luego al de Ruán y, aún convaleciente, es destinado a combatir en España.

Solo, enfermo, desalentado, le sale al encuentro un joven que le invita a seguirle. Oculto en las montañas de Noës, pasará desde 1809 a 1811 una vida de continuo peligro, pero de altísima ejemplaridad, pues también en este pueblecillo dejó huella imperecedera por su virtud y su caridad.

Una amnistía le permite volver a su pueblo. Como si sólo estuviera esperando el regreso, su anciana madre muere poco después. Juan María continúa sus estudios sacerdotales en Verrières primero y después en el seminario mayor de Lyón, pero... falto de los necesarios conocimientos del latín, es despedido. Intenta entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas, sin lograrlo. La cosa parecía no tener solución cuando, de nuevo, se cruza en su camino aquel cura excepcional: el padre Balley. Él consigue del vicario general, después de un par de años de estudios, su admisión a las órdenes. Por fin, el 13 de agosto de 1815, el obispo de Grenoble, monseñor Simón, le ordenaba sacerdote, a los 29 años. Había acudido a Grenoble solo y nadie le acompañó tampoco en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, el Santo Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, y a pesar de tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones, había tenido que conseguir: el sacerdocio.

Muerto el padre Balley, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyón le encarga de un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars. Todavía no tenía ni siquiera la consideración de parroquia, sino que era simplemente una dependencia de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Normalmente no hubiera tenido sacerdote, pero la señorita de Garets, que habitaba en el castillo y pertenecía a una familia muy influyente, había conseguido que se hiciera el nombramiento.

Ya tenemos, desde el 9 de febrero de 1818, a San Juan María en el pueblecillo del que prácticamente no volverá a salir jamás. Habrá algunas tentativas de alejarlo de Ars... pero siempre se interpondrá, de manera manifiesta, la divina Providencia, que quería que San Juan María llegara a resplandecer, como patrono de todos los curas del mundo, precisamente en el marco humilde de una parroquia de pueblo.

 

Mientras no se inició la gran peregrinación a Ars, el cura pudo vivir enteramente consagrado a sus feligreses... visitándoles casa por casa; atendiendo paternalmente a los niños y a los enfermos; empleando gran cantidad de dinero en la ampliación y hermoseamiento de la iglesia; ayudando fraternalmente a sus compañeros de los pueblos vecinos. Todo esto acompañado de una vida de asombrosas penitencias, de intensísima oración, de caridad, en algunas ocasiones llevada hasta un santo despilfarro para con los pobres. Pero San Juan María no excede en esta primera parte de su vida del marco corriente en las actividades de un cura rural.

Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo: la guerra a las tabernas, la lucha contra el trabajo de los domingos, la sostenida actividad para conseguir desterrar la ignorancia religiosa y, sobre todo, su dramática oposición al baile, le ocasionaron sinsabores y disgustos. No faltaron acusaciones ante sus propios superiores religiosos. Sin embargo, su virtud consiguió triunfar, y años después podía decirse con toda verdad que «Ars ya no es Ars».

Ya hemos dicho que el Santo solía ayudar, con fraternal caridad, a sus compañeros en las misiones parroquiales que se organizaban en los pueblos de los alrededores. En todos ellos dejaba el Santo un gran renombre por su oración, su penitencia y su ejemplaridad. Era lógico que aquellos buenos campesinos recurrieran luego a él, al presentarse dificultades, o simplemente para confesarse y volver a recibir los buenos consejos que de sus labios habían escuchado. Éste fue el comienzo de la célebre peregrinación a Ars.

 

Lo que al principio sólo era un fenómeno local, circunscrito casi a las diócesis de Lyón y Belley, fue tomando un vuelo cada vez mayor, que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aun en Europa entera. De todas partes empezaron a afluir peregrinos, se editaron libros para servir de guía, y es conocido el hecho de que en la estación de Lyón se llegó a establecer una taquilla especial para despachar billetes de ida y vuelta a Ars. Aquel pobre sacerdote, que trabajosamente había hecho sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado en uno de los peores pueblos de la diócesis, iba a convertirse en consejero buscadísimo por millares y millares de almas. Y entre ellas se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo.

Aquella afluencia de gentes iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que el Santo Cura desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras tablas de su confesonario. Entonces se producirá el milagro más impresionante de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir con aquel género de vida.

Porque aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias. Después queda un rato a disposición de los peregrinos. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él. Al ir y al venir a la casa parroquial, pasa por entre la multitud, y ocasiones hay en que aquellos metros tardan media hora en ser recorridos. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho. Sólo un prodigio sobrenatural podía permitir al Santo subsistir físicamente.

 

Por si fuera poco, sus penitencias eran extraordinarias. Aun cuando los años y las enfermedades le impedían dormir con un poco de tranquilidad las escasas horas a ello destinadas, su primer cuidado al levantarse era darse una sangrienta disciplina...

Dios bendecía manifiestamente su actividad. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, sin tiempo para prepararse, y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Es más: cuando muera, habrá testimonios, abundantes hasta lo increíble, de su don de discernimiento de conciencias. A éste le recordó un pecado olvidado, a aquél le manifestó claramente su vocación, a la otra le abrió los ojos sobre los peligros en que se encontraba, a otras personas que traían entre manos obras de mucha importancia para la Iglesia de Dios les descorrió el velo del porvenir... Con sencillez, casi como si se tratara de corazonadas o de ocurrencias, el Santo mostraba estar en íntimo contacto con Dios Nuestro Señor y ser iluminado con frecuencia por Él.

 

No imaginemos, sin embargo, al Santo como un ser completamente desligado de toda humanidad. Antes al contrario. Conservamos el testimonio de personas, pertenecientes a las más elevadas esferas de aquella puntillosa sociedad francesa del siglo XIX, que marcharon de Ars admiradas de su cortesía y gentileza. Ni es esto sólo. Mil anécdotas nos conservan el recuerdo de su agudo sentido del humor.

Pero donde más brilló su profundo sentido humano fue en la fundación de «La Providencia», aquella casita para acoger a las pobres huerfanitas de los contornos. Entre los documentos humanos más conmovedores, por su propia sencillez y cariño, se contarán siempre las Memorias que Catalina Lassagne escribió sobre el Santo Cura. A ella le puso al frente de la obra y allí estuvo hasta que, quien tenía autoridad para ello, determinó que las cosas se hicieran de otra manera.

Pero la misma reacción del Santo mostró entonces hasta qué punto convivían en él, junto a un profundo sentido de obediencia rendida, un no menor sentido de humanísima ternura. Por lo demás, si alguna vez en el mundo se ha contado un milagro con sencillez, fue cuando Catalina narró para siempre jamás lo que un día en que faltaba harina le ocurrió a ella. Consultó al señor cura e hizo que su compañera se pusiera a amasar, con la más candorosa simplicidad, lo poquito que quedaba y que ciertamente no alcanzaría para cuatro panes. «Mientras ella amasaba, la pasta se iba espesando. Ella añadía agua. Por fin estuvo llena la amasadera, y ella hizo una hornada de diez grandes panes de 20 a 22 libras». Lo bueno es que, cuando acuden emocionadas las dos mujeres al señor cura, éste se limita a exclamar: «El buen Dios es muy bueno. Cuida de sus pobres».

 

El viernes 29 de julio de 1859 se sintió indispuesto. Pero bajó, como siempre, a la iglesia a la una de la madrugada. Sin embargo, no pudo resistir toda la mañana en el confesonario y hubo de salir a tomar un poquito de aire. Antes del catecismo de las once pidió un poco de vino, sorbió unas gotas derramadas en la palma de su mano y subió al púlpito. No se le entendía, pero era igual. Sus ojos bañados de lágrimas, volviéndose hacia el sagrario, lo decían todo. Continuó confesando, pero ya a la noche se vio que estaba herido de muerte. Descansó mal y pidió ayuda. «El médico nada podrá hacer. Llamad al señor cura de Jassans».

Ahora ya se dejaba cuidar como un niño. No rechistó cuando pusieron un colchón a su dura cama. Obedeció al médico. Y se produjo un hecho conmovedor. Éste había dicho que había alguna esperanza si disminuyera un poco el calor. Y en aquel tórrido día de agosto, los vecinos de Ars, no sabiendo qué hacer por conservar a su cura queridísimo, subieron al tejado y tendieron sábanas que durante todo el día mantuvieron húmedas. No era para menos. El pueblo entero veía, bañado en lágrimas, que su cura se les marchaba ya. El mismo obispo de la Diócesis vino a compartir su dolor. Tras una emocionante despedida de su buen padre y pastor, el Santo Cura ya no pensó más que en morir. Y en efecto, con paz celestial, el jueves 4 de agosto, a las dos de la madrugada, mientras su joven coadjutor rezaba las hermosas palabras «que los santos ángeles de Dios te salgan al encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén», suavemente, sin agonía, «como obrero que ha terminado bien su jornada», el Cura de Ars entregó su alma a Dios.

Así se ha realizado lo que él decía en una memorable catequesis matinal: «¡Dios mío, cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos? Entonces diremos al buen Dios: Dios mío, te veo y te tengo, ya no te escaparás de mí jamás, jamás».

 

Lo canonizó el papa Pío XI el 31 de mayo de 1925, quien tres años más tarde, en 1928, lo nombró Patrono de los Párrocos.

 

Así, así quería ser Paíto! Bueno... no un santo, pensaba para sí... pero sí como él en la entrega, en el amor por su gente, en su afán por servir, aconsejar, guiar al pobre, al más necesitado. No.. de plano... así sería! El Santo Cura de Ars sería, de ahora en adelante, no sólo su patrono, sino su guía espiritual.

 

 

 

ANTE EL

CON EL

Y PARA EL

 

Paíto había definido su proyecto espiritual. Si desde niño sabía que sería sacerdote, ahora sabía qué tipo de sacerdote sería. El Santo Cura de Ars no le abandonaría jamás. Al fin y al cabo había tanto parecido.

La persecución religiosa y la revolución francesa; la penalidad económica; la trayectoria decidida... es más, Paíto tenía una ventaja -dicho sea con el mayor respeto- sobre el Santo Cura de Ars: a él no se le había dificultado -fuera de lo normal- estudio y aprendizaje.

Ahora sí estaba preparado para quedar de frente a Dios. Ofrendar su vida ante El, con El y para El.

 

Ante la ceremonia que podríamos considerar previa a la ordenación sacerdotal, recordaba aquel 17 de julio del año anterior en Comillas, cuando emocionado recibía el Subdiaconado de manos del Excmo. Sr. Don Francisco Lauzurica. Ahora, el 8 de abril, recibiría del no menos Excmo. Emile Blanchet, en la Iglesia de los Carmelitas, en ese fascinante y culto París, el Diaconado, paso previo como dijimos, a la unción sacerdotal, al triunfo más grande a que puede aspirar un hombre religioso, independientemente de posteriores nombramientos, responsabilidades u honores.

El propio Paíto escribiría una reseña del acto como si la estuviese relatando en el momento mismo del suceso:

En estos momentos el obispo acaba de imponer su mano derecha sobre nuestras cabezas, quedando así consagrados diáconos. En seguida nos impondrá los ornamentos propios de la orden. Todos mis compañeros son franceses. Al fondo, un sacerdote lee al pueblo en francés lo que el Obispo nos dice en latín. Después de mi ordenación -del diaconado, obviamente- he repartido varias veces la Santa Comunión. La primera vez fue en uno de los estadios más grandes de París, donde 70 mil jóvenes de Acción Católica celebraban un congreso.

 

Por una divina coincidencia, Su Santidad Pío XII había proclamado ese año, 1950, Año Santo.

Dios! Qué poco falta para alcanzar el sueño! Y renueva esfuerzos, y cambia el ceño, y goza de antemano la realización cercana. Pero ya no es sólo el sueño de llegar a ser sacerdote, el alma encuentra nuevos derroteros y metas.

Es en Francia en donde, al conocer el hermoso seminario, evoca la grandeza de espíritu de quienes han sido sus compañeros en los últimos años y, recordando las necesidades de su pueblo suriano, decide abrir, algún día, un semillero de sacerdotes, un seminario!

 

Pero el tiempo vuela y, a poco menos del mes de recibido el diaconado, Paíto escribía a su Llalla y a Tito:

París, 5 de mayo de 1950

 

Mi estimado hermano: Antes de darte las nociones de geografía eclesiástica, quiero hablarte de mí un poco. En efecto, el día 3 de junio recibiré el Presbiterado, lo cual es también para mí un grande gozo esperado después de tantos años de trabajo.

Quisiera que para la casa fuera un día de alegría en familia, por eso propongo a tu consideración la manera de festejar ese día. Por ejemplo, me parece que a todos gustaría verse reunidos en Tecpan y al día siguiente -que celebraré mi primera misa- asistieran a una misa del P. Vivanco para después tener un “repas”, como dicen los franceses, o un banquetito fraternal si te place, no tienes más que ponerte de acuerdo con Casto para determinar el nombre y número de invitados, así como de la manera de alojarlos si es que tengan que hospedarse algunos en la casa. Por supuesto que no deben faltar mi Llalla y todo su Cortejo, mi Padrino José, alguna representación de la casa de Tía Chepita, acaso algún pariente de Atoyac. También pueden invitar a otros amigos.

Por otra parte, me parece conveniente mandar imprimir una centena de tarjetas, anunciando mi ordenación para que las envíen a familiares y amigos. Tú que estás en la capital eres el mejor indicado para encargarlas a una imprenta -aunque no sé si tengas money suficiente-. De todas maneras te voy a dar un modelo de redacción, dejando a tu iniciativa y a tu gusto el tamaño, la forma y manera de colocar las letras.

 

Calixto Bello y Luz Ruíz de Bello

tienen el honor de participar a Ud (s). que su hijo

Rafael

recibió la unción sacerdotal

de manos del Sr. Mauricio Feltin,

Arzobispo de París

el día 3 del presente en el

Seminario de Saint Sulpicio, Francia.

 

Tecpan de Galeana - Junio de 1950

 

Aunque la carta de Paíto es más extensa, le dejaremos hasta ahí para no romper la secuencia que estamos viviendo respecto a su ordenación. En la otra carta, de la misma fecha, decía a Llalla:

 

Muy estimada Llalla: aprovecho el viaje de esta carta de Tito para dirigirte (y en tu nombre a toda la casa) una palabra. Me estoy preparando para la ordenación sacerdotal que tendrá lugar el 3 de junio próximo. Como es natural, siento grande alegría al terminar mi carrera, pero también tengo cierta pena de que Uds. no vean estas ceremonias tan magníficas y tan raras. Sin embargo procuraré que me saquen fotografías para que puedan imaginarse siquiera cómo son.

El fotógrafo aún está revelando unas fotos que me tomó en mi ordenación de Diácono. Ya les mandaré algunas tan luego como me las entregue. De Tecpan les mandarán una invitación para que ese día lo pasen juntos en nuestra querida casona. Yo los veré desde aquí y les acompañaré en mi recuerdo, deseándoles un día muy feliz, que sea un anuncio de la fiesta que haremos cuando vuelva definitivamente al hogar.

Según las últimas instrucciones que he recibido de Chilapa, tengo que permanecer por acá aún tres años más para realizar el programa de estudios que me señalaron. Esto me alegra mucho porque me dan oportunidad de formarme mejor y de conocer otros países del viejo mundo...

 

Llalla, apresurada, cosía aquellos ornamentos que Paíto le había pedido, y que cruzaron raudos el extensísimo océano Atlántico para llegar apenas a tiempo para la ceremonia que, por razones de la voluntad divina, no sería sino hasta el 29 de junio y no en el Seminario, sino en el esplendoroso marco de la Catedral de Notre Dame, uno de los edificios más suntuosos de la religión católica y de la historia francesa.

 

Veinticinco jóvenes seminaristas desbordaban dicha y nervios. Desde muchos días antes habían preparado sus ornamentos, repasado el protocolo y el canon. Sus maestros y guías espirituales compartían el nerviosismo. La ciudad de París, entera, estaba atenta del suceso.

El 28 por la noche nadie pudo dormir. El que no rezaba, daba vueltas sobre su cama, o se levantaba una y otra vez a revisar que todo estuviera en orden.

La noche se hacía eterna. Era una noche límpida, como toda noche de verano, que daba la oportunidad a millones de estrellas de lucirse en todo su esplendor. Hasta ellas estaban pendientes de la ocasión.

La luna, por las fechas llena y luminosa, parecía reírse de la inquietud de aquellos jóvenes y, cómplice a la vez, guiñaba un ojo al sol que se resistía a salir haciendo más largo el padecer por la espera.

 

Por fin, las primeras luces de la aurora aparecieron. El movimiento en el Seminario era tan intenso como en la propia Catedral donde trabajadores y auxiliares daban los últimos toques que remozaban los interiores para mayor lucimiento del acto.

La sonora voz de las campanas de Notre Dame llamaba al pueblo parisino a presenciar una ceremonia que no se da todos los días.

La alfombra roja era extendida a lo largo del ancho pasillo central, y el órgano mayor dejaba escuchar que estaba en buenas manos al chequeo de sus notas.

Familiares y amigos de los que en unas horas más serían nuevos sacerdotes, hicieron su arribo desde muy temprano. Había que ganar lugar para no perder detalle.

 

Poco a poco todos tomaron sus posiciones. La curia local les acompañaba desde las bancadas, cada una ejemplo del maravilloso arte del tallado en madera que competía justamente con el barroco de sus muros.

Paíto se sentía solo, a pesar de estar enmedio de tanta gente. Su inquietud se justificaba, la familia lejos, su patria más allá del mar... era, repetimos, el único mexicano que sería ordenado. Pero... en sus movimientos inquietos, al voltear a un lado, su vista se encontró de frente con la imagen de la Virgen de Guadalupe, la santa madre de Dios vertida en madre de los mexicanos por gracia propia. Desde su nicho, en una capilla lateral, parecía sonreír dándole confianza. Paíto recobró la entereza.

 

En el 2004, quizá recordando ese momento, Rafael Bello Ruiz, ya Arzobispo Emérito, escribía su

 

Loa a la Virgen de Guadalupe

 

Cuarenta y seis estrellas

sobre su manto,

tiene mi Morenita

mi dulce encanto,

en el vestido

cinco ramos floreando.

 

La mirada piadosa,

sus manos juntas,

y por único adorno

en la cintura,

siete listones pardos

como su Luna.

 

Virgen resplandeciente

GUADALUPANA

quisiera de tu manto

y tu vestido,

quedarme como el Angel

suspendido.

 

Cuando se anunció la llegada del Arzobispo, todos nos pusimos de pie, la Catedral se iluminó profusamente y el órgano entonó una marcha triunfal que hacía estremecer los espíritus de quienes éramos actores del drama que se iba a desarrollar: nuestra ordenación sacerdotal! recuerda franca y abiertamente emocionado.

 

Lentamente, fueron pasando uno a uno para postrarse, boca abajo y con los brazos extendidos, a los pies del Creador en simbólica entrega al servicio de su palabra y obra.

Paíto lucía orgulloso el Hamito que le enviara Llalla, cortado y cosido por sus propias manos. Sobre él, fueron colocando los demás ornamentos que le daban, junto con la ordenación y la imposición de las manos, la dignidad de sacerdote. Recibía su consagración de manos del Emmo. Sr. Cardenal Mauricio Feltin, Arzobispo de París.

 

Por fin! Por fin era sacerdote! Las lágrimas corrieron abiertamente, sin pena, por el rostro de aquel costeñito, pobre sí, pero no mugroso que por algo su madre siempre le traía bien limpiecito, aquel que le dijera al campanero de su pueblo: Chanito, voy a ser sacerdote... Era la culminación de sus anhelos, sería el orgullo de su familia y de su gente, estaba seguro de ello... pero apenas era el principio del largo camino que habría de recorrer en favor de sus hermanos y de la palabra divina con la que se había comprometido ese día. Dios le aceptaba francamente, Dios esperaba mucho de él. Pero Dios era... y seguiría siendo, su guía y fortaleza.

 

Tres días después tendría uno de los honores -y gusto- más grandes de su vida. Ofició su primer misa en la misma parroquia en que viviera y actuara el Santo Cura de Ars, frente al altar que conserva sus reliquias. Pero no sólo eso, por intervención divina seguramente, se le permitió usar todos los ornamentos originales del Santo Cura, y hasta el cáliz que utilizara en sus propias celebraciones litúrgicas.

 

El 15 de julio decía a Llalla:

 

Espera pronto una carta más larga y unos recuerditos de esta tierra que te mando con un sacerdote mexicano que ha estado conmigo por acá.

Recibí muy a tiempo los ornamentos que me mandaste y que te agradezco muchísimo. Los estrené el día de mi ordenación y de mi primera misa. Me quedaron exactamente a la medida.

Tan luego como me entreguen unas fotos que me sacaron en la ordenación, te las mandaré; por ahora recibe estas dos.

Todos estos días me los paso pensando en Uds. imaginándome que estarán muy contentos por mi ordenación.

Espero que me han de decir algunas intenciones por los que quieren que celebre misas. La primera que celebré en Ars, fue para Uds. La celebré en el altar del Sto. Cura, frente a su cuerpo incorrupto, con su cáliz y su casulla. En la tarde di la bendición con el Smo. Yo entonces pensé en todos los de la casa y le dije: “Señor bendice a mis familiares que al otro lado del Atlántico se alegran y rezan por tu Sacerdote”.

Los bendigo a todos, con el corazón. Mis recuerdos a Nía, Lucre, Beto y su familia y a todos mis hnos.

                               Tu Sacerdote

 

                                           Rafael

 

Faltaba su pueblo, su querido Tecpan. Ahí celebraría su primer CantaMisa. Pero aún faltaba mucho para que llegara ese día. Sus derroteros estaban programados de distinta manera.

Se le daba la oportunidad de continuar sus estudios para perfeccionarse. Ahora sería el Doctorado en Derecho Canónico, que retrasaría tres años más su regreso a México. Así lo comunicaba ya en una de sus cartas anteriores. La familia se sintió desalentada, pero al mismo tiempo orgullosa, su Paíto ya era Sacerdote, y seguía estudiando... Dios! Con toda seguridad el futuro de Paíto era ser Obispo, o hasta Arzobispo! pensaban con entusiasmo, y por eso aceptaban los designios del Señor tanto como el propio Paíto que, desde hoy, ya no sería más Paíto, sino -ahora sí y justamente ganado- el Padre Paíto!

 

Quede como mero registro el que su segunda misa fue oficiada ante el altar mayor de la propia parroquia de Ars, y la tercera en la capilla de las madres que atendían la cocina del seminario.

 

En uno de los más importantes órganos de difusión de principios de la segunda mitad del siglo XX, Catedral, el 20 de agosto de 1950, Z. Medina firma un artículo titulado “La Obra de Monseñor Díaz Escudero más allá de los Mares” que reza:

Sabe Dios con cuantos sacrificios sostiene el Excmo. y Rvmo. Sr. Obispo Diocesano a los alumnos que se forman en el Seminario Conciliar Diocesano y cómo se acrecienta este sacrificio para sostenerlos lejos de la Patria, con la ilusión de dejarle a la Diócesis de Chilapa sacerdotes modelos de santidad y de ciencia. El confía en no haberse equivocado en la elección.

Este año, AÑO SANTO, año de tantos y dulces recuerdos para la Iglesia Universal, recibe en medio de sus penas, como un regalo de Dios, una noticia que le proporciona especiales consuelos.

El P. Rafael Bello acaba de ordenarse sacerdote en París. El 29 del próximo pasado junio, día de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, recibió la unción sacerdotal. Notre Dame y Ars recibieron las primicias de su sacerdocio. Su PRIMERA MISA ante el cuerpo del Santo Cura de Ars, usando el cáliz y la casulla del Santo, durante el Augusto Sacrificio. Qué de afectos y pensamientos, los adivinamos en el nuevo sacerdote, los que lo conocemos desde su niñez y fuimos testigos de los sentimientos que lo sostienen lejos de la Patria y de sus sacrificados y ancianos padres, manifestados cuando se marchó primero a los Estados Unidos, después a España y ahora lo mantienen en la Ciudad Luz. Es seguro que pidió por esta su Diócesis de Chilapa; por su Obispo, a quien debe de mirar como Padre; por su Seminario Diocesano, tan desconocido y que quizá tenga especiales méritos delante de Dios; por nuestro venerable Clero Diocesano, sacrificado en general, y que esconde, bajo su sencillez, la preparación que necesita un Apostolado fecundo en nuestra Diócesis, donde tesoneramente, calladamente, lo desarrolla en estos campos del Señor.

El P. Bello ha caído de rodillas ante los altares de los principales Santuarios de España y de Francia y dondequiera ha llevado la obsesión de Cristo reinando en su Patria. Ha visto una Hostia Pura, Santa e Inmaculada, salvadora de las almas, envuelta en los pliegues tricolores de la bandera de México y ha rogado mucho por la Iglesia y por la Patria de Santa María de Guadalupe. Lo sé y puedo escribirlo.

Cuando regrese a la Patria, que venga a sumarse a la juventud sacerdotal de esta Diócesis y siga siendo el Cirineo de su Obispo. Los educados fuera y los formados en este Seminario, llegados al Sacerdocio, debidamente preparados por la lucha en esta Diócesis suriana, sepan ocupar el puesto que les corresponde, para darle gloria a Dios y salvar almas, aunque cueste la vida; lo mejor para que se vive.

Que el P. Bello venga amante apasionado de su Dios, de su Iglesia, de su Patria, de su Diócesis; que venga hijo bueno y fiel a su Obispo; que el espíritu de San Juan Bautista María Vianney, que es el que necesita esta Diócesis, se haya incrustado en El y que como El atraiga a todos para ganarlos a todos para Cristo.

Así lo pensaban igualmente D. Andrés Beauffin P.S.S. Rector del Instituto Católico de San Sulpicio, y sus maestros: el Canónigo Osty, el Padre Henry S.I., Danielou S.I., el Padre Tesson S.I., Monsieur Enn y Monsieur Tollu, que tuvieron al ahora Padre Paíto en sus austeras aulas. Pero si de orgullo hablamos, seguramente el más satisfecho era Monsieur Pineau, su guía espiritual.

 

 

Los viajes ilustran, dice el refrán que no es otra cosa que la sabiduría popular... y es más que cierto. Así, la Divina Providencia no olvidaba que Paíto, perdón, el Padre Paíto, necesitaba algo más que los meros estudios académicos y, utilizando sus siempre extraños caminos, ponía al frente del nuevo y flamante sacerdote las oportunidades necesarias para el pulimento de su formación.

 

Datada en Madrid el 1o. de agosto, apenas dos meses después de la ordenación, el Padre Paíto notificaba a Llalla:

 

Estimada Llalla: Con gusto te saludo junto con todos los de la casa que imagino estarán de fiesta por el recibimiento del anillo profesional de Graciano -según me contaba Lucre en su última-. Te habrás dado cuenta por el membrete que te escribo desde Madrid, pues se trata de una de esas “chanzas” que la Providencia tiene costumbre de darme.

Hace un mes que tuve el gusto de saludar en París a dos jóvenes estudiantes del Tecnológico de Monterrey que venían con el encargo de comprar un coche mientras otros compañeros suyos les esperaban en Roma. Como no sabían francés, yo les serví de intérprete y les presté generosamente mis servicios para el arreglo de su asunto. Ellos me correspondieron, invitándome a que les acompañase a Roma. Por desgracia no pude arreglar mi pasaporte pronto y tuve que verlos partir con pena.

Pero días después volvieron todos juntos en compañía del P. Carlos Alvarez y me reiteraron su invitación para que les acompañara a España y Portugal. Acepté, claro está, y ya hoy hace 8 días que andamos sobre el camino, atravesando toda Francia de norte a sur y en estos momentos, visitando por menudo la capital de España. Ya te imaginarás las infinitas cosas que habré visto y lo mucho que he gozado junto con los simpáticos “monterreyenos” que son hijos de los industriales más ricos de la ilustre ciudad norteña y además son muy alegres. Cada día dedicamos un buen rato a cantar canciones y echar gritos a la mexicana hasta quedar roncos.

Por otra parte nos damos unas verdaderas matadas recorriendo cada día 400 kilómetros, lo cual nos obliga a comer en el camino como lo hacían los judíos: con un báculo en la mano y con los piés calzados.

Bien querida Llalla, yo quisiera platicarte más cosas, pero hay que tener paciencia y esperar un poquito. Mi recuerdo cariñoso para todos y cada uno.

                   Tu sobrino Sacerdote:

 

                                                       R. Bello. Pbro.

 

El 14 de septiembre, desde el mismo Madrid, el Padre Paíto ampliaría su información sobre el viaje a Llalla y a Graciano:

 

Mi querida Llalla: Aquí de carrera te envío un saludo, deseando que te encuentras bien juntamente con Nía, Lucrecia, y mis hermanos. Dios ha sido muy bueno conmigo: Fíjate, acabo de llegar a este lugar apacible después de haber recorrido miles de kilómetros en 40 días a través de las principales naciones de Europa: Francia, España, Portugal e Italia. me parece que ya te conté que anduve con unos peregrinos de Monterrey, quienes se portaron conmigo muy generosamente y por eso nos quedamos buenos amigos.

La ciudad que más me gustó fue Roma, tanto por las bellezas que encierra como por ser Capital de la Cristiandad. Allí está el Papa, Vicario de Jesucristo en la tierra.

Hay tanto qué decir de Roma que sólo me remito a dos cosas: La Audiencia con el Papa. Tuvo lugar en la monumental Basílica de S. Pedro que estaba totalmente llena de peregrinos venidos de todas partes del mundo. El Sto. Padre habló en seis idiomas y enseguida la multitud le aclamó con delirio. El Sto. Padre es un anciano de 78 años; pero tiene un prestigio sin igual en el mundo. El día 1o. de noviembre definirá “ex cathedra” = (de manera infalible) que la Sma. Virgen subió al cielo en cuerpo y alma.

Nuestra peregrinación a Roma fue por ganar la indulgencia del Año Santo.

No me olvidé de Uds. al celebrar la Sta. Misa y en mis demás oraciones.

No los olvida

                               Rafael Bello Pbro.

 

Con esa misma fecha, y enviada en el mismo sobre, la dirigida a Graciano señala:

 

En un minuto voy a contestar tu carta del 5 porque ando corriendo arreglándole al P. Carlos Alvarez la venta de la camioneta en que nos paseamos y que ahora ha dejado a mi cargo.

Espero que como viste al P. Manuel H. también veas a estos buenos amigos de Monterrey. Así tendrás noticias más vivas de mí. Como bien sabes, ahora estoy en Cóbreces, pasando unos días con el P. Maciel.

No te he mandado la bota porque he tenido pena de molestar a las personas que he visto. Generalmente vienen en avión y siempre pagan “sobre-carga”. Todo se hará cuando yo me vaya.

Dime en concreto el año en que terminas tu carrera. Yo ya me hacía la ilusión de que ya habías terminado y que ya empezarías a trabajar. No creas que sólo yo estoy interesado en ello sino por otros amigos míos a quienes naturalmente les comunico las noticias de casa, aún las más mínimas.

Que te conserves bien. Yo, gracias a Dios, estoy muy bien siempre con el recuerdo puesto en todos los de casa.

Te abraza tu hermano Sacerdote:

 

                                           R. Bello R. Pbro.

 

A fines de octubre regresaré a París al nuevo curso que empezará el 1o. de noviembre.

Me dices que tienes muchas ganas de hablar conmigo. Y yo no tengo menos, pero en vista de que falta aún algo de tiempo para que nos veamos, entendámonos por carta. Todo es que tú quieras.

P.D.- Gracias por las flores que me echan en ese barroco artículo del “Trópico” de Acapulco.

 

Siempre con el apoyo y respaldo de sus mentores, Monseñor Arizmendi en México, y el Padre Marcial Maciel en Europa, el Padre Paíto seguía su camino preparándose con ahínco y gusto.

 

A pesar de lo distanciado de sus letras, entre el contenido y sus comentarios se reconstruye una vida de esfuerzo y tesón que le llevarían a los planos más altos. A principios de 1951, robando tiempo al estudio, escribe a Llalla:

 

                                           París, 30 enero 1951

 

Muy estimada Llalla: Espero en Dios que todos estén bien de salud y que el primer mes de 1951 les haya traído suerte. Esta vez mi saludo va acompañado de una fotografía que hace muchísimo tiempo les prometí. Ojalá que les llegue en buen estado. Se las dedico a todos y a cada uno, con el grande deseo de verlos muy pronto.

De tiempo en tiempo voy teniendo noticias de la casa y por ellas me entero de que Uds. están sin novedad en el puerto más bello de México. Me figuro que cuando vuelva voy a encontrar a Acapulco convertido en una ciudad moderna.

Por mi parte no tengo sino buenas noticias. Sigo estudiando con grande interés y noto casi cada día, que me voy enriqueciendo con nuevos conocimientos. Trato de aprovechar bien mi estancia en este país porque una vez que pise las playas de México, no tendré la oportunidad ni los medios de volver por acá...

 

Recibí todas sus felicitaciones de Año Nuevo.

Reciban todos un cariñoso abrazo de su Rafael que no los olvida.

 

El programa de estudios era agotador. Cuando los jóvenes sacerdotes y seminaristas empezaban un curso, prácticamente se olvidaban de todo y de todos. De ahí puede comprenderse que, cuando llegaba la temporada de vacaciones, programaran estas con todo cuidado a fin de aprovecharles al máximo.

Es por eso que se llega el mes de mayo para que el Padre Paíto vuelva a escribir a casa.

 

                                           París, 20 de mayo de 1951

 

Muy estimada Llalla, Nía, Lucre, Lita, Jorge y D. María:

 

Hace mucho tiempo que no les escribo debido al mucho trabajo que he tenido durante todo el curso escolar. Este año es el más difícil en una Universidad; las materias que tenemos que preparar son bastante numerosas y eso nos obliga a trabajar cada día sin descanso. Esto mismo me ha impedido de darme cuenta de la vida de París durante este año.

Para las vacaciones de Julio y Septiembre se están preparando grandes fiestas para la celebración del dos mil aniversario de la fundación de la ciudad de París. En ese tiempo, el “gran mundo” hará derroche de modas, brillantes y perfumes en los ricos salones... y el pueblo se divertirá con la iluminación de los jardines de Versalles y otros espectáculos, como un banquete gigantesco que ofreció el Alcalde de la ciudad a dos mil ancianos.

En el mes de septiembre voy a ir a pasar unos días al pueblo de Barceloneta, que está en la famosa cordillera de Los Alpes, cerca de la frontera italiana. La mayor parte de la colonia francesa de México son originarios de ese pueblo. Voy allá invitado por un amigo mío llamado Jean Rebattu, que nació en México, pero a la edad de 4 años se volvió con su padre y así no habla español. Su mamá está enterrada en el Panteón Francés de México. Jean me dice que Barceloneta es un pueblo completamente mejicano: en la Iglesia se venera a Nuestra Señora de Guadalupe, una calle lleva el nombre de D. Porfirio Díaz, en muchas casas se ven sarapes mexicanos, jarros y jícaras y hasta el mole de guajolote es la comida preferida en las fiestas.

Cuando esté por allá tendré mucho gusto en contarles más cosas de ese pedacito de tierra mejicana.

Encomiéndenme a Dios para que tenga buen suceso en mis pruebas finales. Yo les encomiendo todos los días en mi Misa y procuro alargar la bendición hasta Uds.

Les recomiendo mucho que me escriban. Ya casi va a completarse un año que no recibo una sola carta de Uds.; la última que recibí fue una de Jorge en el mes de noviembre de 1950; en ella me pedía una reliquia que hasta ahora puedo mandarle. Es un pedacito de tela tocado al cuerpo incorrupto de Sta. Teresita del Niño Jesús.

 

                               Los abraza cariñosamente Paíto.

La santa, favorita de muchos latinos, entre ellos mi padre Edmundo, que en gloria esté, a más de adeptos que le seguían y veneraban, inspiraba a los seminaristas por su paciencia y candor.

Por ahí está una foto del Padre Paíto con el Padre Manuel Herrera frente a la basílica de Sta. Teresita en Lisieux, a cuyo respaldo anota de puño y letra que -para esas fechas- aún vivía una hermana de la santa que se llamaba Inés y era monja Carmelita. La casita de su familia, con todos sus recuerdos, se conserva muy bien.

Mientras corría el tiempo, Paíto cantaba, con sus compañeros, un canto a Santa Teresita del Niño Jesús, que aún entona y cuya letra dice:

 

Teresita, flor preciosa

con pétalos de azucena,

niña de un nombre que suena

como canción melodiosa.

 

Teresita, Carmelita,

con tu Cristo y con tus rosas

entre las flores hermosas,

eres tú la Margarita!

(París 1951)

 

Por cierto que, ya que tocamos el viaje aquel que hicieran el Padre Paíto y el Padre Manuel Herrera, no podemos pasar por alto la visita a París en la que el Padre Herrera quiso conocer la capilla de la Catedral de Notre Dame en la que estaba la Virgen de Guadalupe que Paíto viera a los ojos el día de su consagración sacerdotal. Cuentan que la emoción y fervor del Padre Herrera fueron de tal intensidad que, al tener a la vista la imagen, soltó el llanto, un llanto abundante y piadoso.

 

Para el mes de julio encontramos al Padre Paíto asignado como vicario por unos días. Era la célebre Iglesia parisina de St. Germain-l’Auxerrois, en el corazón mismo de la Ciudad Luz, lo que le ayudaría a enriquecer su experiencia y conocería la vida parroquial de la ciudad.

Era ese sabio método de ir mezclando la teoría con la práctica.

 

La curia parisina le asignó, mientras terminaba su curso de Teología, y en auxilio del Padre Mealaveuf, la capellanía del convento de Chevilly,  sede de las Hermanas de la Congregación de San Juan Eudes, a quienes oficiaba misa y confesaba, a más de atender su guía y consejo espiritual.

La bondad y humildad con que les servía sería su pasaporte para poder ir a América, a México, y a su querido Tecpan.

 

 

ROMA Y LA GREGORIANA

 

Sorpresivamente, el Padre Paíto escribía desde la capital de Italia, sede de la Iglesia Católica y del Papa.

 

                               Roma 16 de diciembre de 1951

 

Querido hermano, te escribo con el corazón rebosante de alegría porque la Providencia de Dios me acaba de conceder uno de los favores más señalados y más codiciados por los clérigos de la Iglesia Católica: hacer los estudios en Roma.

Así es amigo, un día del mes pasado recibí carta del “gran jefe”, el Sr. Obpo. en que me permitía estudiar el Derecho Canónico en esta célebre ciudad.

Estoy como un pobre muchacho que se ha encontrado un tesoro y que lo disfruta a sus anchas sin temor de que nadie se lo arrebate. Cómo quisiera saciarme en este mar de ciencia, acumulado aquí por tantos y tantos siglos de historia

¡Roma, la ciudad Santa; Roma, la cuna de la civilización occidental! Roma, la fuente que da vida al mundo...

La satisfacción que me causa verme enmedio del Coliseo o de la Basílica de San Pedro, o en las aulas de la Universidad Gregoriana, no me hace olvidar que esto es un don gratuito que Dios hace a nuestra familia. Yo lo considero como una exaltación de la pobreza y el trabajo de todos nosotros. Por eso debemos levantar la mirada hacia arriba, dando infinitas gracias al Dador de todo bien que dentro de pocos días va a nacer pobre de unos padres aldeanos de Nazaret. ¡Bienaventurados los pobres!

Ojalá que mi estancia en Roma dé nuevas fuerzas a todos los de la casa para que sigan esperando con paciencia optimista a este fraile andariego.

Te abraza de todo corazón tu hermano Rafael.

P.D. Saludos a Tío Alfonso y a José el chiquito.

 

Ahí estaba, a las puertas de Roma. Para el Padre Paíto, con todo y que ya le había visitado fugazmente como turista, todo era novedad y exaltación. Cada piedra resumaba un pasaje de la historia, efectivamente.

Lo señorial de El Vaticano, de los edificios arcanos de su derredor, la propia Universidad Gregoriana, con esa inmensa sensación de respeto que infundían, le hacía sentirse parte del exclusivo mundo de los salvadores de almas. Ya era Sacerdote; estaba en camino de ser Doctor en Derecho Canónico.

Se tomó fotos frente a todas partes, se veía pequeño al lado de tal magnificencia, pero ahí estaba, formando parte del todo!

Cuán orgullosos debieron sentirse sus padres, sus hermanos, sus amigos, sus viejos maestros.

De los nuevos no se diga. Todos y cada uno de ellos era un sabio. Estaba al frente de todos ellos, como Padre Superior, el Padre Marcial Maciel Degollado, su amigo, protector y confidente. De la planta de catedráticos sólo recuerda los ilustres apellidos de los PP. Capello, Bertrams, Creusen, Choeneger, Bidagor, y el Padre Menéndez O.P.

La Universidad Gregoriana estaba considerada como una de las mejores del mundo no sólo religioso, sino educacional. El soberbio edificio y sus anexos invitaban a la reflexión y el estudio.

No fue fácil, pero tampoco difícil estar ahí.

 

Ya asentado en Roma, les dijo a sus padres que les llevaría a conocer esa maravillosa ciudad. Así les narra, paso a paso, y con una descriptiva hermosa y contundente, todos y cada uno de los rincones de Roma. La carta, dirigida a su madre, podría haber sido uno de los tesoros narrativos más importantes de la historiografía de Paíto; por desgracia, fue uno de los documentos perdidos ante el embate del Ciclón Tara el 11 de noviembre de 1961.

 

Sin embargo, 1952 seria un año de profunda confusión y penas personales.

 

                                           Roma, 18 de febrero de 1952

 

Mi estimado hermano:

                   Hace apenas ocho días que te escribí y aquí me tienes de nuevo para decirte que estoy enterado de la enfermedad de Papá y de su restablecimiento. El mismo me acaba de escribir sin decirme nada naturalmente de que había estado enfermo. Espero en Dios que su salud se prolongue tan sólo siquiera por 16 meses. Escríbele muy seguido y en todas tus cartas recomiéndale reposo absoluto. Pero dícelo claro: REPOSO ABSOLUTO porque la última enfermedad que le ha atacado es muy grave, cualquier esfuerzo que haga puede ser mortal. Por otra parte, recomienda a Lita y a Jorge y a Llalla que le escriban con frecuencia y que le repitan lo mismo, reposo, reposo. Hace un mes que le escribo CADA OCHO DIAS y tengo el propósito de seguir haciéndolo así en adelante. Nuestras cartas le darán al pobrecito la vida que ya se le va yendo con la edad, las enfermedades y el trabajo continuo que ha soportado durante toda su vida.

Sería muy oportuno escribirle al Dr. que lo atiende para que vea que gran parte de nuestra esperanza la tenemos fundada en él, y así se esmere en atenderlo mejor. Para eso te ruego que me mandes su nombre y a ser posible su dirección para escribirle pronto. Esto es muy importante creemelo.

Ahora que fuiste a la casa me puedes contar cómo está Casto y su familia, en qué trabaja, le va bien, qué es de Beto? De muchos miembros de la familia no sé ABSOLUTAMENTE NADA como si hubieran muerto ya, y es que todas las cartas que me escriben son tan cortas que no llenan ni siquiera una página y suponen que yo estoy enterado de todo y en resumidas cuentas no me dicen más que los saludos. A veces siento desesperación al no saber ni una sola noticia de Nía, por ejemplo, de Lucrecia, de Beto, de Lita, sabe Dios qué es lo que han venido a ser.

También de tu vida en el PEMEX quisiera saber un poco más, por ejemplo las condiciones de tu trabajo, el sueldo que te pagan, el ambiente obrero, etc. Todas estas cosas me interesan como si fueran propias, como que llevamos la misma sangre en las venas y por lo mismo nuestros intereses son comunes.

Aquí adjunto dos palabras a Jorge -en contestación a su ultima carta- ya se las mandarás cuando escribas a Acapulco.

Con el vivo deseo de que vivas bien y contento, me despido con un abrazo lleno de cariño.

                                          

                                           Tu hermano Rafael.

 

Las primeras vacaciones que tuvo el Padre Paíto quiso despejar un poco ese peso tan enorme que se le había acumulado en el alma. Las responsabilidades, la lejanía, las pocas noticias y la enfermedad de su padre le llevaban a la desesperación. El tono de su última carta lo denota.

Un grupo de amigos le invitó a visitar Alemania, mochila al hombro, y se fue con ellos. No fue el clásico recorrido de conocimiento y estudio, sino de reflexión. Se desconectó del mundo entero. Quería estar solo en el medio de la nada. Sopesar el camino andado y vislumbrar con mayor claridad el futuro, promisorio sí, pero pleno de cargos y responsabilidades que se le presentaba obvio ante sus ojos.

Fue quizá un poco como aquellos 40 días en que Jesús sufrió vejaciones y tentación, mas no como castigo, sino como medio para frenar sus decisiones, para evitar por miedo enfrentara su destino. Así Paíto, no rehuía al compromiso, pero la confusión revolvía su cabeza, su entendimiento, su razón.

Conocer otras tierras, fraternizar con otra ideología, tener la oportunidad de alejarse para aclarar la mente era necesario, urgente.

Si el Papa se retira de El Vaticano los meses de Junio-Agosto, encontrando en Castell Gandolfo refresco del agobiante calor de Roma, Paíto también quería refrescar un poco el alma.

 

 

El 6 de junio de 1952, Paíto redactaba, pero no enviaba, una serie de postales de la Pontificia Universidad Gregoriana. En algunas de ella plasmaba una descripción, con esa muy particular característica suya.

 

La fachada de la Universidad Gregoriana.- Es un espectáculo único el que ofrece esta placita a las 12 en punto, cuando las tres puertas de la universidad, abiertas de par en par, empiezan a vomitar un torrente de seminaristas y de Sacerdotes estudiantes, que acabando las clases se marchan a sus respectivos colegios situados en todo lo largo de la ciudad de Roma. Estas piedras de la universidad oyen cada día las lenguas que se hablan en toda la tierra.

 

En este magnífico salón -señala al referirse al Atrio- solemos pasar los ratos de recreo que hay entre clase y clase. El fondo lo ocupa una estatua de Jesucristo que tiene grabada en la peana las famosas palabras que dijo un día a sus discípulos: “Vosotros teneis un sólo Maestro: Jesucristo... fuego vine a traer sobre la tierra, y quiero que arda” Decía esto refiriéndose a su doctrina que es como fuego que debe inflamar a toda la tierra.

 

En la correspondiente al loggiato interno, dice: La puerta del fondo, señalada con una flecha, es la clase de Derecho Canónico. Allí asisto cuatro veces al día. Los salones son tan grandes y el auditorio tan numeroso, que los profesores deben dar sus clases a través de un micrófono para ser oídos por los estudiantes. En mi clase tengo compañeros sacerdotes que son del centro del Africa y son negros como un tizón. También hay chinos con los ojos tan rasgados que apenas se les ven. En fin, aquí se da cita el sacerdocio del mundo entero.

 

Finalmente, al referirse a la Biblioteca, suspira por su Seminario de Chilapa y reclama: En los centros de educación la biblioteca tiene un papel muy importante; ella es el termómetro para medir el nivel cultural de un plantel. Chilapa necesita una grande y magnífica biblioteca para cumplir plenamente con su misión de Cabeza de la diócesis.

Ya más tranquilo, a su retorno escribió a casa sin saber el efecto que causaría su misiva. Su corta pero inadvertida desaparición causó inquietud en toda la familia, pero especialmente en su madre, Doña Luz, que le contestaba así:

 

                                           Tecpan, 17 de octubre del 52

Señor Pbro. Don Rafael Bello Ruíz

Queridísimo y bien recordado Paíto:

 

                               Ayer recibimos tu muy deseada carta la que con ansias vivas esperábamos por momentos; ya estábamos muy angustiados pero ya llegó, ya estás aquí, como un nuevo amanecer, como una primavera, ya florecieron otra vez nuestros ánimos, ya trajo el bálsamo curativo de nuestro vivir. Después de leerla dos veces, me fui a mi humilde cuartito donde hago yo oración, a darle las gracias a San Rafael que tantas novenas recé a tu intención para obtener tus noticias; también por intención de la salud de tu Papá que tan enfermo se encuentra pues sufre una lesión cardiaca. Ya el Dr. le puso los rayos X para verle el corazón; tiene la aorta inflamada y una dilatación en el corazón ya cansado, y de allí le viene el cansancio y la inflamación de los pies, pero con un tratamiento de unas inyecciones que es diurética se vacía la aorta, que se llena de agua, y por medio de la orina se vacía; además de unas gotas para el corazón, vitaminas y otras cosas más para enriquecer la alimentación, queda normal, sin molestias por algunos días, y vuelve a sus padecimientos; a base de medicinas y la gran misericordia de Dios N.S. y de la Sma. Virgen lo tenemos. El pobrecito de Tito es el que nos sostiene de un todo; cada 8 días o 10 su giro, si no, quién sabe que sería de nosotros. Dios los bendiga a todos en cada momento y la Sma. Virgen nos socorra con la limosnita que escoja su corazón.

Ruega por nosotros Paíto a la Sma. Virgen, que interceda por nosotros ante el trono de su gloriosísimo hijo, que aclare nuestra humilde petición, pues ya la esperanza está muy cerca de que nos reunamos todos contigo para descansar en paz. Casto y Lucrecia te mandan abundantes saludos y sus dos hijos infinitos besitos. Naro te abraza muy cariñosamente y que enseguida te escribirá.

Tristemente y con la esperanza en Dios, te abraza tu mamá:

                               Luz.

 

Diez días más tarde, el Padre Paíto recibía una carta de su señor Padre, cuya letra distaba  mucho de ser la normal, como bien puede apreciarse en otras misivas anteriores.

 

                               Tecpan, 27 de octubre de 1952

Sr. Pbro. Rafael Bello Ruiz

Mi inolvidable y estimado Paíto:

                               Estoy enterado de tu anterior y nos alegra que estés  bueno, sano y contento, con nuevos bríos para enfrentarte con el Doctorado. Todo esto nos llena de satisfacción, dando gracias al Todopoderoso. De eso de la pared dices que son unos cuantos meses, pues ya casi no es pared. Estoy algo quebrantado de salud; no salgo a ninguna parte, pero mi atención médica es diaria. El 10 del pmo. pdo. me trajo la comunión el P. Angel y ayer, día de Cristo Rey, me la volvió a traer. Esto me alienta mucho.

No te escribo más Paíto, voy a descansar. Pídele a Dios en esas catacumbas por la salud de tu papá que no te olvida.

                                           Calixto.

 

En algo tenía razón Don Calixto: el Padre Paíto había regresado con nuevos bríos a enfrentar su responsabilidad, pero el tormento de ese año aún no había terminado.

Tres semanas después, nuestro personaje recibía una carta más de su señor Padre.

 

                               Tecpan noviembre 10 de 1952

Mi estimado Paíto Pbro.

 

                   Estas letras te dicen que estoy aliviado, listo para esperarte pues Dios Nuestro Señor es tan misericordioso que en él confío. No te preocupes, estoy contento porque ya te veo cerquita. ¿Qué tantito es 7 u 8 meses? Así es que no te “amilanes Bermudez que aquí va Acosta”.

En el río revuelto se ahogaba Bermúdez, pero Acosta lo salvó.

Así yo ya estoy salvado gracias a Dios, así es que un abrazo muy apretado.

Tu mamá, Naro, y Casto, te escribirán enseguida. Saludos de todos tus amigos.

Dame tu bendición y que te conserves sin novedad son los deseos de tu papá que no te olvida.

 

                                           Calixto.

 

Que nobleza de hombre! Digno ejemplo de la nobleza mexicana, mesoamericana, de ese corazón tan grande que nuestra raza hereda. Se decía aliviado para dar esperanza al hijo en su via crucis pastoral, cuando la propia letra le traicionaba y mostraba los momentos en que el dolor traspasaba el alma y los sentidos.

Paíto lo intuia y le dolía. Fueron momentos de angustia que sólo paliaba el mismo estudio, en el cual se refugiaba desesperadamente.

Buscó la capilla, se postró ante el sangrante Cristo que enseñoreaba el altar, y rezó, rezó con todas sus fuerzas. Rogó por la salud de su padre, pero también porque los designios de Dios se cumplieran y, de ser así, que le acogiera en su Santo Seno por el mérito de haberle dado un hijo al Señor y su obra.

 

A mediados de noviembre, uno de los hermanos de la casa de Los Legionarios de Cristo en que se hospedaba, gracias a la bondad y apoyo del Padre Maciel, le hizo llegar un sobre conteniendo una carta más de México.

 

Paíto buscó la soledad de un corredor para, recargado en la pilastra que tantas veces le viera deambular por ese pasillo libro en mano, abrir la misiva con franca preocupación.

Rasgó el sobre con mano temblorosa. Tenía miedo de su contenido, aunque lo esperaba.

 

       Nov. 17 de 1952 Tecpan de Galeana, Gro.

Sr. Pbro. Rafael Bello Ruíz

Roma, Italia.

 

Querido hermano:

                   Mi mamá no quería que te escribiera, pero te considero lo suficientemente fuerte para soportar esta noticia: nuestro querido papá ha muerto. Después de esto ¿qué quieres que te diga? todos estamos con el corazón destrozado.

El jueves 13, faltando diez minutos para las diez de la noche falleció en plenas facultades mentales; minutos antes reunió a toda la familia para darle la bendición y despedirse de ellos; a todos los vecinos que vinieron a esa hora los conoció y les habló. Dos días antes te soñó y dijo: si me muero me voy contento porque anoche vi a Paíto, pero tan claro como si hubiera estado de verdad aquí. El único que faltaba era yo y con tan mala suerte que ya no lo alcancé. Lo velaron dos noches para esperarme pero fue imposible, llegué diez minutos tarde, todavía había gente en el Camposanto cuando yo entraba al pueblo.

Bueno hermano, no puedo escribirte más, después te darán detalles.

Yo regreso esta semana a Poza Rica porque no pedí permiso.

Te abraza tu hermano

                                           Tito

 

Cómo puede narrarse el dolor que se siente al perder a un padre? Paíto no habla de ello. Sólo dice que le recuerda con mucho amor.

Unos días más tarde, anotaba al pie de la carta recibida de su padre: última carta de mi Papá. Murió 3 días después de escribirla. R.I.P. Roma, 21 de nov. 1952.

El sacrificio de Calixto no sería en vano. En su primer CantaMisa, que oficiaría en Tecpan, las intenciones serían por él, por el hombre que, dentro de su pobreza, supo inculcarle la dignidad, el decoro, la honestidad, y el amor por el prójimo.

Con mayor ahínco se dedicó al estudio.

Las navidades fueron tristes, pero intentó despejarse en recuerdo mismo del hombre que pensó en él hasta su propia muerte.

Así llegó un nuevo año: 1953. Rogaba a Dios porque este viniese con mayor prodigalidad y misericordia para su humilde hijo.

 

Faltaban tan solo dos años para regresar a la tierra que le vio nacer. Ya esperaba con ansias el momento. Mas Dios mostraría que a entereza premia con gozo.

Ma. de Jesús Lelevie, Madre General de la congregación de San Juan Eudes, aquella congregación a quien auxiliase como capellán en la Capilla del Convento de Chevilly, en París, Francia, le comentó que debía trasladarse a Saltillo, Coahuila, para recoger a tres aspirantes, y que irían acompañándole otras dos monjas parisinas y una española, pero que para facilitar las cosas, había pensado en la posibilidad de que les acompañase -con todos los gastos pagados y aprovechando las próximas vacaciones- para auxiliarles como guía, traductor y consejero en los trámites a realizar.

El Padre Paíto no daba crédito a lo que escuchaba. La Divina Providencia intervenía nuevamente a su favor. Podría ir a México! Eran los meses de vacaciones y podría celebrar su CantaMisa aprovechando el viaje! Podría ver a su familia, tan lejana de él por tanto tiempo!

Aceptó casi con un grito que se quedó en la garganta.

Los preparativos se hicieron de inmediato y el Padre Paíto avisó a casa. Oficiaría su CantaMisa por fin! Iría a casa!

 

 

 

DÉJENME VERLE!

DÉJENME VERLE!

 

El Padre Paíto era -y es- un hombre de infinita paciencia. Con todo, ésta se vería puesta a prueba por la bondadosa insistencia de sus acompañantes a seguirle por todo el territorio mexicano, independientemente del cumplimiento de su cometido principal: recoger a las novicias mexicanas.

 

El viaje a México transcurrió sin inconveniente alguno. El grupo, conformado por las cinco hermanas y el sacerdote, llegó a Saltillo, Coahuila sin novedad.

Arreglado lo de la dote -porque toda novicia debe entregar una dote- quedaron en que el Padre Paíto pasaría por las novicias en un mes más o menos, tiempo en que las monjas regresarían a París y el flamante Sacerdote se dejaría llegar hasta su amado Tecpan para oficiar su CantaMisa.

 

Sin embargo, comentado el hecho de que para llegar a Acapulco debía pasar por la ciudad de México, la Madre Lelevie insistió en acompañarle a la entonces ciudad más transparente del aire, donde ya le esperaban su mamá, Lita, Tito y Llalla.

Una vez ahí, el Padre Paíto debió -por cortesía propia de quien está en su tierra con amigos extranjeros- llevarles a pasear y conocer los principales puntos de la capital del país, debiendo regresarse la familia al puerto y a empezar con los preparativos para la CantaMisa.

En cierto momento, cuando consideró Paíto pertinente, intentó despedirse de ellas. La Madre Lelevie, haciéndose eco del entusiasmo de sus compañeras, anunció a su guía y amigo la decisión de acompañarle a Acapulco para poder conocer a su familia y las bellezas del puerto, e incluso pensaban acompañarle a Tecpan.

El Padre Paíto, haciendo de tripas corazón, sabedor de que día con ellas era día perdido para estar con sus seres queridos tras tan largos años de ausencia, no tuvo más remedio que hablar por teléfono a casa para anunciar que llegaría acompañado y que debía conseguir hospedaje para tan ilustres personajes. Sin embargo, condicionó la aceptación a que las hermanas sólo llegasen a Acapulco, pero no a Tecpan.

Yo quería estar con mi familia -dice acongojado aún- y la presencia de ellas me obligaba a atenderlas.

Llalla, que tenía mucha amistad con las Señoritas Aragón, que se dedicaban a administrar casas, habló con Andrea para pedirle ayuda.

-Mira, viene mi sobrino de Europa...

-Cuál?... el que te escribe esas cartas tan bonitas?

-Sí... el sacerdote... y viene con unas monjitas... tendrás algún lugar para hospedarlas?

-Naturalmente Llalla... claro que sí!

 

De inmediato le asignaron a las visitantes un chaletito que tenían por Cumbres de Caletilla, desde donde se dominaba una vista completa de Caleta y Caletilla.

Consiguieron una sirvienta, una buena cocinera, y llenaron el refrigerador y la despensa. No se podía pedir más.

Todos fueron a recibirles a la terminal de la Estrella de oro, que en ese entonces se encontraba en la Costera, cerquita del edificio de la CROM.

Cuando bajaron del autobús, una chamaca de buen ver se les quedaba mirando a las monjas y al sacerdote.

-Y esta muchachita? preguntaron las monjas seguidas por la misma interrogación de los ojos de Paíto.

-Es Dulcita, Paíto, tu hermanita, la más pequeña! dijo Llalla recordando que, cuando Paíto partiera para el seminario, Dulce era una bebita apenas.

El Sacerdote abrazó a la chiquilla que le veía con adoración. Las monjas, chulearon a la jovencita que para entonces tendría ya unos quince años y la Madre Lelevie dijo abiertamente:

-Esta niña se va con nosotros... júrenlo!

 

Yo no lo conocía -reconoce abiertamente Dulce María- cuando él se fue yo apenas tendría unos tres años, así es que todo lo que sabía de él era lo que escuchaba decir en la casa. Mamá y Papá hablaban mucho de él. A mí me daban unas poesías bien largas que se supone me debía aprender de memoria. Dios mío! decía yo... cuándo me voy a poder aprender todo esto! Se me figuraba que iba a venir luego, pero pasaba el tiempo, yo me las aprendía... y él no llegaba.

Lo fui conociendo en fotografías. Creció para mí en fotos. Me contaban que era muy apegada a él cuando chiquita.

Ese día, cuando llegó, estaba un poco retirada porque estaba azorada. Me sentía orgullosa de él. Pero no sabía qué hacer o decir... sólo empecé a llorar!

 

Las Señoritas Aragón llevaron un vehículo que trasladó a monjas y sacerdote al chalet destinado para su hospedaje. Paíto les acomodó y, despidiéndose, les dijo:

-Bueno, las dejo en buenas manos, yo tengo que ir a ver algunos asuntos de familia, así es que... si me permiten...

-Claro que sí Padre Bello, pero esta niña bonita se queda con nosotras... dijo la Madre Lelevie refiriéndose a Dulce, que les había acompañado.

-Sí... sí... me quedo con ellas, dijo entusiasmada la muchacha, lo que no agradó mucho al sacerdote que, al final, tuvo que aceptar a regañadientes.

Ya en casa, las preguntas bombardearon a Paíto. Sus hermanos querían saber todo, qué había hecho, qué había dicho, qué le habían enseñado...

Mientras tanto, las hermanas Aragón, Altagracia, Male y Andrea, paseaban a las monjitas por todo Acapulco y, cada vez que les hablaban para preguntarles cuándo se iban las religiosas, simplemente contestaban:

-Es que... no se quieren ir...

 

Finalmente, el Padre Paíto debió ponerse un poco enérgico con ellas y, una mañana que preguntaron entusiasmadas

-A dónde vamos a ir hoy?

Paíto les dijo seriamente:

-Ustedes se van ya a su lugar de origen... yo me voy a quedar con mi familia porque necesito estar con ellos. Así es que... Adiós!

-Bueno, dijeron, pero nos llevamos a Dulce...!

-Nooo! cómo creen que se la van a llevar, dijo asombrado el sacerdote.

-Queremos que estudie en Europa...

-Sí, pero no...

-Entonces, dijo la Madre Lelevie, usted se la lleva cuando regrese.

-Esta bien, yo me la llevo, dijo Paíto para quitarse de encima el ruego.

 

Los siguientes días fueron plenos de felicidad. En Tecpan, ya todos estaban enterados de que el Padre Paíto estaba en Acapulco y que iría a oficiar su CantaMisa en unos días más.

Todo mundo se preparaba. Las muchachas se pusieron a hacer cadenas de papel y banderitas; otras guirnaldas de flores de zempoazuchitl, y los vecinos a arreglar el frente de sus casas.

Chanito, el campanero de Tecpan que había seguido de cerca la trayectoria de su amigo, aquel chamaco que le confiara su deseo de ser sacerdote, ofreció que le cambiaría mecate a las campanas... para que sonaran mejor!

-En cuanto llegue... tú te arrancas tocando lo más fuerte que puedas, le dijeron.

-Y cómo voy a saber cuando llegue...?

-Mira, cuando vaya a dar la vuelta, cuando llegue a El Corte, vamos a lanzar una bomba -cuete pirotécnico llamado así por su estruendo- que de seguro escucharás hasta acá.

 

La llegada a Tecpan del nuevo y flamante sacerdote Rafael Bello Ruíz, fue todo un acontecimiento. Desde muchos kilómetros antes de la entrada de su pueblo -desde Alcholoa, dicen algunos- miles de rostros esperaban con ansia su arribo. En su tierra, en su propia tierra ofrecería su CantaMisa, una de las principales funciones de un recién ordenado.

Las cadenas de papel de china y de zempazuchitl adornaban ya postes, cables, y fachadas. Del interior de las casas habían sacado macetas y flores para hacer un camino de cielo que recibiera al prelado.

Una ancianita, Fidela, tía del sacerdote, urgió a su prima Juanita que le detuviera al pasar.

-En este tumulto no voy a poder verle, decía la mujer preocupada.

Cuando pasó el Padre Bello, la anciana clamaba:

-Déjenme verle!... déjenme verle!

La comitiva se detuvo a la puerta de la casa de la tía que, rápidamente, tomó uno de las decenas de cocos que habían acumulado para saciar la sed de la gente gratuitamente, le partió, y el sobrino agradecido con ella, con la vida y con Dios, tomó de su fresca agua hasta agotarla.

La tía Fidela olvidó su autoridad como tal, y dobló hasta donde pudo la rodilla para recibir, con la mayor humildad, la bendición del sobrino investido en salvador de almas.

Llegaron de todas partes, de todas las regiones, pero principalmente de Costa Grande, de Acapulco y de Chilapa. Vamos, incluso el Rector del Seminario, Monseñor Arizmendi, estaba presente con todo y Coro, que al fin y en Tecpan no hay y este es bastante bueno, tanto, que hasta el Padre Bello cantaba en él.

 

La comitiva, plegada toda en San Jerónimo, pueblo cercano a nos más de veinte minutos de Tecpan, se sumó al vehículo proporcionado por Don Chema Sotelo -padrino de bautismo del nuevo curita- para transportar a Rafael Bello Ruíz, el primer sacerdote que Tecpan tenía brotado de su propia simiente. Le acompañaban Monseñor Arizmendi y su querida Llalla.

Coches, camionetas, y hasta camiones de redilas conformaron la comitiva que se alargaba varios kilómetros tras el vehículo principal. Sobre algunos de estos últimos, guardando el equilibrio con audacia, tocaban a todo pulmón varios grupos de música de viento -Chile Frito, como le llaman por acá- y el resto, pletórico de habitantes de la zona que no dejaban de corear vivas al sacerdote... “su sacerdote”!

La llegada al propio Tecpan fue apoteótica. La bomba, lanzada muy a tiempo para avisarle a Chanito que soltara las campanas a rebato, surtió el efecto deseado y todas tañían con orgullo. Incluso la Campana Mayor, esa que sólo se toca en celebraciones muy especiales, dejaba escuchar su sonoro vibrar anunciando la buena nueva.

 

Yo sentía una emoción muy grande -cuenta Monseñor- al ver el cariño con que me recibía la gente, mi gente! Sentía orgullo, un orgullo sano al ver ahí reunidos a mi familia, mis amigos y mis mentores, porque ahí estaba Monseñor Arizmendi que, al encontrarme, me dio un fuerte abrazo y me felicitó con afecto.

Entre el gentío que esperaba la llegada del sacerdote, estaban todos los párrocos de la zona y sus auxiliares. La clerecía completa del lugar se sentía agradecida con Dios por ese nuevo compañero, primero oriundo de esas tierras.

El Padre Alberto Vivanco, párroco de la Iglesia de San Bartolomé de Tecpan, como anfitrión, saludó con respeto de pares al Padre Paíto, ahora a más de su amigo, su compañero, su homólogo.

Si bien la CantaMisa no sería ese mismo día, le mostró los ornamentos que había seleccionado para que la oficiara. Eran los de mejor clase que tenían. Como que un hijo de Tecpan se lo merecía!

La muchedumbre ocupaba las principales calles del centro del pueblo, inundando el atrio y la nave principal de la iglesia. Todos querían tocar al sacerdote, saludarlo, felicitarlo.

Un detalle guarda aquel satisfecho sacerdote en su memoria con afecto: el momento en que su amigo del alma, Pepe Muñiz, se abrió paso entre la gente para llegar hasta él con un ramo de flores del río, de ese río que tantas y tantas veces les vio corretear y juguetear de chamacos.

 

De ahí pasó a su casa, donde le esperaba la familia toda. Sólo había un hueco que no había sido llenado: el de su padre, recién fallecido.

En realidad, el pueblo todo se trasladó a la casa de los Bello. La música resonaba dejando escuchar las canciones populares de la región y un repetir constante de las mañanitas guerrereses que -si bien no su onomástico- sí se acostumbran para cualquier celebración importante.

En casa, ya dentro y con un poco de más calma -relativamente- se sirvió un opíparo banquete para familiares y amigos.

Agregada por su cuenta, estaba Doña Chenchita Sotelo, amiga tecpaneca que vivía en Acapulco, y dejó todo atrás para seguir a Llalla y sus sobrinos hasta Tecpan y festejar la llegada del Padre Paíto.

Ella y Doña Luz ya no soltarían para nada al sacerdote. Una de cada brazo y al mismo ritmo de paso, se convirtieron en sus acompañantes durante el tiempo que estuvo por ahí.

Era la fiesta de todo el pueblo! Bendito el que viene en nombre del Señor¡

 

Su CantaMisa la ofició en Tecpan, en el templo de San Bartolomé Apóstol el 23 de agosto de 1953, al día siguiente de su llegada.

El templo se adornó con puras flores blancas. El Dr. Don Tomasito Otero, un amigo de siempre de la familia y químico de profesión, tomó dos frascos grandes de la fragancia más costosa que fabricaba en Acapulco y, ante la vista atónita de los demás, regó el templo de la aromática esencia por todos los rincones habidos y por haber, dejando toda la iglesia perfumada, lista para el evento y oliendo a “Brisas de Acapulco”.

La solemne ceremonia, que duró poco más de una hora y media, tuvo como intención principal el eterno descanso del alma de Don Calixto, el desaparecido progenitor del oficiante, y el agradecimiento por haber alcanzado el favor de su ordenación. La homilía estuvo a cargo de Monseñor Constantino Arizmendi, Rector del Seminario de Chilapa.

Bancas, atrio y calles adyacentes, estaban a reventar. Seguían la misa con devoción y respeto, pero más que nada con orgullo: estaba oficiando el primer sacerdote tecpaneco!

Un verdadero remolino de sentimientos se apoderó del espíritu de Rafael Bello. Los cantos del Coro, cuyas bellas voces eran respaldadas por las de las madres carmelitas, pregonaban la felicidad que embargaba a pueblo y sacerdote.

Concelebran con Paíto, Monseñor Arizmendi y los párrocos de las poblaciones cercanas, cuyos nombres se pierden en la patina del tiempo.

 

La comida fue para todo el pueblo. Los pobres músicos ya no daban de sí, pero la gente les pedía más y más música que, al fin y al cabo, la alegría y el contento habían sentado sus reales en el pueblo. La casa de los Bello estaba con la puerta abierta de par en par.

Desde cerca de la una, que terminara la misa, los personajes más importantes de la región se acercaron a Don Rafael Bello, el Padre Paíto, su sacerdote, para felicitarle lo mismo que para pedirle su bendición. Algunos hicieron uso de la palabra recordando anécdotas de la vida del sacerdote, otros simplemente se levantaban y gritaban levantando su copa: Viva el Padre Paíto...! Viva nuestro sacerdote...!, petición que era secundada por el resto de los asistentes con otro Viva! como respuesta, seguido de un profuso aplauso. Así es nuestro pueblo, así se estila en sus celebraciones.

 

Casi un mes pasó el Padre Paíto entre su gente. Pero no se crea que el reposo tuvo tiempo de acomodarse en la cotidianidad de nuestro amigo, no, las invitaciones a una y otra casa, a uno y otro poblado de los alrededores fue constante. A todas y cada una atendió Paíto llevando de guardaespaldas a su señora madre Doña Luz y su querida amiga Doña Chenchita Sotelo.

Ofició misas, atendió confesiones, ofreció consejos y escuchó quejas. En ese momento era el guía espiritual de toda la región. Los párrocos le recibían en sus iglesias con afecto. Los principales de los pueblos eran sus anfitriones. Fue un mes de fervor en la zona.

Pero el tiempo vuela y el Padre Paíto regresó a Acapulco para planificar su retorno a Roma.

 

En el puerto, entre algunas de las actividades realizadas durante su estancia, Paíto le otorgó la Primera Comunión a su sobrino Alejandro Bello Reyes, hijo de Beto, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad. Alex tuvo como padrinos a Jorge Bello Ruíz y Celia Garay, una buena amiga de la familia.

La Madre Lelevie le escribió al Padre Paíto, antes de su partida, para recordarle que debía llevarse a Dulce María. Para eso, debemos anotar que la religiosa le había dejado al Padre Paíto el importe de su pasaje y gastos necesarios para la jovencita.

Finalmente, se fue con él. Fueron a Saltillo, para recoger a las tres aspirantes. En los famosos Greyhound cruzaron Estados Unidos para llegar a Nueva York, pero el transporte estaba en huelga. Así las cosas, debieron tomar un tren pullman para pasar a Canadá, y ahí, en Halifax, se embarcaron en el Queen Mary rumbo a Europa.

 

 

LA NUEVA ESPAÑA EN ROMA

 

El Padre Paíto, su hermana Dulce María, y las tres novicias, desembarcaron en Cherburgo el 12 de octubre de 1953, fecha significativa que señala el sacerdote en una de las cartas extraviadas, pero que recuerda vagamente Lita:

Es 12 de octubre. Mientras Ustedes celebran el avenimiento de dos razas, Dulce descubre el viejo mundo...

Pasarían ahí sólo la noche, para trasladarse a París al día siguiente muy temprano. Después de todo, la distancia no es muy grande.

 

El encuentro de Dulce con la Madre Lelevie fue cordial, pero impactante. Como eran monjas de clausura, Dulce debió quedarse dentro del convento los primeros días, lo que le impresionó mucho. Hasta que solicitó a su hermano que la sacara de ahí.

Me gustaba el convento, pero no quedar encerrada, y menos al enterarme de que unos días antes había fallecido una monja, dice recordando ese momento.

Así, por intervención del Padre Paíto, Dulce pudo entrar y salir del convento y el colegio. Su presencia era propiamente de visita, pues era apenas una adolescente y las jóvenes que estudiaban ahí eran mayores que ella, de tal suerte que no podría estudiar en ese mismo colegio.

Un mes escaso estuvieron en Chevilly. De ahí se fueron a Roma, pues el Padre Paíto estaba ya en los últimos escalones de su doctorado y, como bien lo saben Ustedes, son los más problemáticos y difíciles.

 

Llegaron a un hotel provisionalmente, y el Padre Paíto le ofreció a su hermana enseñarle la ciudad eterna. Así lo hizo los primeros días, pero... una mañana, le dijo que le esperara ahí, que tenía algo que hacer y se fue...

Cerca del mediodía, y cuando Dulce estaba ya francamente preocupada, Paíto llegó con una noticia: la había inscrito en el Liceo de Santa Dorotea, ubicado en el Gianicollo, una de las siete colinas de Roma, a cuyo respaldo podía verse El Vaticano.

Estudiaría ahí la Tercia Media, o equivalente a la secundaria en nuestro México.

 

Para mediados de enero de  1954, Paíto le enviaba a Lucre una bella postal de la tumba de San Francisco en la Catedral de Asís:

 

Lucre, no tengo a mano otra cosa con qué corresponder a la tarjeta de Navidad que me mandaste, que esta fotografía de la tumba de S. Francisco de Asís, el Santo más popular en Italia. Hasta hace pocos años se desconocía el paradero de sus restos; pero últimamente los han encontrado en un viejo convento franciscano de la ciudad de Asís. En la fotografía se ve claramente la caja de piedra que contiene sus huesos (está señalada con cruces). Dulce y yo te saludamos cariñosamente y mandamos este recuerdo para todos.

 

Las cosas caminaban  con la santa paz de Dios, a pesar de las carencias. Paíto se había llevado a Dulce para paliar un poco las responsabilidades de su madre, a raíz de la muerte de Don Calixto, pero... de qué vivían Paíto y Dulce? Sobre todo considerando que el joven sacerdote aún estudiaba.

Dios no abandona jamás. Su familia les mandaban dinero de México y Paíto oficiaba misas y realizaba algunos trabajos religiosos que le ayudaban económicamente. El que proveía más era Tito, que ya trabajaba para Pemex y ganaba un sueldo bastante holgado. Del Seminario de Chilapa también le enviaban pequeñas aportaciones para sus gastos, pero estos eran destinados religiosamente a su carrera. Y no olvidemos el eterno respaldo del inolvidable Padre Maciel.

Hay quien tiene la idea de que los curas tienen la vida comprada y que sobra el dinero, cuando la verdad es que, como cualquier otro joven responsable, las carencias y los sacrificios son los principales compañeros de cuarto de los seminaristas y aún de los sacerdotes que continúan su doctorado o maestrías.

Los viajes en barco no significaban recreo sino economía, como lo señala Paíto en una carta que leeremos más adelante. Así es, jamás podía compararse el costo de un pasaje de barco al de un avión. El transporte marítimo siempre fue el más barato, de ahí que millones de emigrantes llegaran en busca del sueño americano en buques. Algunos de ellos, tan pobres, que hasta en los más destartalados barcos de carga viajaban.

 

Dulce era muy lista. En tres meses ya hablaba perfectamente el italiano, y se había echado a la bolsa a todas las monjas y sus compañeras. Como era internado, los días de salida, cuando Paíto no podía ir, enviaba al Padre Juan Manuel Abascal por ella.

Eran tan diferentes -recuerda Dulce- que contrastaban. Paíto siempre serio... el Padre Abascal juguetón y dicharachero. Aunque juntos el carácter del Padre Abascal absorbía el de Paíto. Me llevaban al cine y, para entrar, por pena, se quitaban las sotanas que siempre portaban.

Pero no siempre estaban uno u otro disponibles. Así es que Dulce hizo amistad con los papás de sus compañeras Aiello, parientas de Al Capone, cuyo apellido era precisamente Aiello. El padre de las muchachas era de origen argentino y su mamá italiana. La quisieron muchísimo y, para poder sacarla y que se fuera a pasar algunos días con ellos cuando su hermano sacerdote tenía mucho trabajo, se convirtieron en sus tutores. Así, los fines de semana, la pasaba como una tercera hija de Don Mino y Doña Renata.

 

Una noche, recostado en su camastro, Paíto recordaba las palabras de su mentor, el Obispo Leopoldo Díaz Escudero, vertidas en anuncio a pocos días de su regreso a Roma: Es pronta tu vuelta ya, Payito, y varias responsabilidades te esperan. Sé que eres muy joven, pero para eso te hemos mandado a prepararte con fruición y empeño. A tu retorno, te harás cargo de varias cátedras en el Seminario de Chilapa,  mientras te ambientas, porque tu posición final será la Dirección Espiritual...

Sí, era una gran responsabilidad. Pero se sentía preparado para ella. Efectivamente, había estudiado con ahínco. No desaprovechó el tiempo. Su cúmulo de conocimientos le permitirían fácilmente encarar tan tremendo encargo.

Mientras tanto, borraría provisionalmente ese compromiso de su mente a fin de no distraerla de los últimos meses de preparación.

Pero esa noche un recuerdo daba paso a otro. Venía a su mente la figura de Don Calixto, frente a su viejo tablón, manejando con destreza las herramientas propias de la talabartería para dejar finamente terminadas lo mismo sillas de montar que talabartas, es decir, fundas de espada o machetes, que de ahí precisamente viene el nombre de la especialidad: talabartería. Y se veía a sí mismo sentado a un lado del viejo, con los piecillos volando al aire sobre la banquetita de madera desde donde le observaba con admiración.

Y veía a su pueblo, y a sus vecinos, y escuchaba los comentarios y las consejas en las que la mujer siempre salía mal parada, abandonada o no, y los hijos víctimas obligadas de las sinrazones de la razón que cada quien argumentaba en su defensa.

Su familia era muy unida, pero veía la de otros desmoronarse... y muy seguido. De ahí que le preocupara el tema, que hubiese sido tema del tema de siempre y a lo largo de sus años de estudio y preparación. Dos cosas le preocupaban y de las que quería ocuparse: la evangelización de los pobres... y la familia.

La Familia era precisamente el tema de su tesis que ya preparaba bajo la supervisión y dirección del R.P. Severino Alvarez Méndez, su Director de Tesis.

Había escogido una época en la que el futuro y vida de la pareja, del matrimonio pues, sufriera un embate terrorífico: la llegada de nuevas costumbres y normas.

Hablaría sobre la legislación matrimonial en la Nueva España, en la etapa comprendida desde la conquista plena de mesoamérica hasta la determinación disciplinaria contenida o emitida por el Tercer Concilio Provincial de 1585.

Qué no daría porque la estabilidad social alcanzara a esa sagrada institución: la familia. Pero la vida es cruel y la afrenta permanente, de ahí la necesidad del trabajo y existencia de hombres como él.

 

Las aulas de la Universidad Gregoriana le parecían cada vez más pequeñas; sus compañeros más cercanos. Las calles mismas de Roma eran ya tan propias y conocidas como las de Tecpan o Acapulco.

Le fascinaba perderse en los vericuetos del Vaticano. Sentirse dentro. Tuvo tres veces la oportunidad de estar a los pies de Pio XII, y las aprovechó. Llegó a hacerse tan conocido de los Papas que, años después, Juan Pablo II, al verlo, exclamaba: “Acapulco!.... Acapulco...! en vez de su nombre.

Charla y roce dieron a su carácter el toque de diplomacia propio de quien está a punto de convertirse en líder espiritual de muchos surianos.

Qué cúmulo de saberes! Ya hablaba seis idiomas sin darse cuenta! Qué cúmulo de relaciones! Ya tenía conocidos y amigos en toda Europa!... y en muchos otros países del mundo, sede todos y cada uno de algún colega presbítero o seminarista, hasta donde había llegado el buen trato y la relación amable que siempre brindaba.

En su pequeño cajón de la mesita de noche se acumulaban, a más de las cartas de la familia, las misivas y tarjetas postales de amigos y compañeros.

Ya se había dado el lujo de oficiar misa en una capilla del Vaticano en donde otro santo daba alojamiento a nuestra soberana Virgen de Guadalupe que, en ese entonces, todavía no tenía capilla propia pero sí presencia en la curia vaticana.

Indudablemente que Paíto estaba impregnado de la enjundia del Padre Marcial Maciel que, también al paso del tiempo, llegara a estar tan cerca del Santo Padre como el que más.

El arduo trabajo de su tesis le llevó a frecuentar, con mayor asiduidad de la que acostumbraba, las hermosas y ricas bibliotecas del Vaticano, y la de la propia Universidad Gregoriana, pero igualmente dio tiempo al tiempo para atender a varias amistades y viajeros compatriotas que llegaban a la Ciudad Eterna y les servía de guía -que también él necesitaba esos momentos de distracción- como aquella vez en que llevara a Don Manuel Muñuzuri y su esposa por todos los rincones bellos de Roma.

A mediados del año, el 4 de mayo de 1953, escribía a casa:

 

Muy estimados todos:

                               Hace ya varios días que no les escribo, pero ya se han de imaginar lo ocupado que estoy con mi tesis. Gracias a Dios que ya terminé de pasarla en máquina y sólo me falta defenderla, lo cual será a mediados de julio. Dulce acabará sus exámenes más pronto, pues el 15 del presente termina todo. Con el fin de ahorrar dinero y de que aproveche más, estoy tratando de llevarla a España tan luego que termine sus clases, para dejarla allá con la mamá de una de las monjitas españolas que fueron a México conmigo. Esta señora vive en Bilbao y tiene con ella otra hija, con ellas la dejaré durante los meses de junio y julio en que yo todavía tengo clases y exámenes. Cuando yo termine todo me iré a España, pasando antes por París para ver si se le ofrece algo a la Madre General. En España pienso embarcarme para Méjico, porque el viaje así sale más barato.

La devaluación del peso ha sido una mala noticia porque así nuestra pobreza se aumentó y ya no hay lugar a pensar en ningún paseo ni en comprar alguna cosilla para llevar. El costo de la vida, de por sí caro, se nos ha doblado. Por todo esto ya quiero terminar cuanto antes para irme. Rápidamente hay que ir preparando el viaje de regreso de Dulce. Por lo que a mi toca, ya he avisado a Chilapa que me manden mi pasaje...

...así que ha llegado la hora de ahorrar para todos. A ver si en julio ya tenemos reunido el pasaje de Dulce. Esperemos en Dios que sí.

No me queda más que darles un abrazo y decirles que muy pronto nos volveremos a ver.

 

                                                                   Paíto.

 

Bajo la constante supervisión del R.P. Severino Alvarez Méndez O.P., Decano de la Facultad de Derecho Canónico en el Pontificio Ateneo Angelicum, español de procedencia pero de espíritu universal, el Padre Paíto redobló esfuerzos para presentar la defensa de su tesis.

El aula magna anunciaba en el pizarrón de entrada el suceso a realizar en su sobrio interior:

 

Tesis: Tres Etapas de la Legislación Matrimonial en la Nueva España, y que comprende desde la conquista del país [México] en 1519, hasta la fijación de la disciplina en el Tercer Concilio Provincial en 1585.

Ponente y defensor: Rafael Bello Ruíz, Pbro.

 

Las bancadas laterales eran ocupadas por maestros y amigos del ponente, a más de otros estudiantes universitarios interesados en la ceremonia misma, el tema o el futuro del defensor.

La solemnidad de un acto como este, es de primer nivel en las universidades europeas que, como parte de su prestigio y prosapia, conservan a fin de engrandecer sucesos tan trascendentes en la vida del profesionista.

El cuerpo de Sinodales entró y se acomodó en la gran mesa ubicada frente al solitario pasante. El silencio fue total y respetuoso. El presidente del jurado examinador citó los nombres del ponente y de la tesis, levantándo la vista por encima de los espejuelos hacia el alumno, sin mover un ápice el rostro interrogante. Un leve movimiento asertivo de cabeza contestó la cuestión afirmativamente.

El Sinodal de la izquierda dijo simplemente: Adelante... tiene el uso de la palabra.

 

El Padre Paíto habló con firmeza y seguridad:

-Fundada la Iglesia cuando aún en Méjico se practicaba la bárbara costumbre de la poligamia, vióse ésta obligada a propugnarla mediante dos aludidas Constituciones, reafirmando la unidad e indisolubilidad del matrimonio, proclamando la igualdad moral de ambos cónyuges, imponiendo en igual grado a marido y mujer, el deber de la fidelidad, formando, en suma, la verdadera familia que no puede existir donde la poligamia trae consigo, como forzoso acompañamiento, la esclavitud y la degradación de la mujer.

Reseñar esta labor trascendental de la iglesia en Méjico, es el objeto del presente estudio. Su título... indica suficientemente que su objeto no es tanto el aspecto histórico, cuanto jurídico de la cuestión. También delimita el cuadro geográfico y cronológico en que nos mantendremos:

El Primero: La Nueva España, en el sentido que tenía en el siglo XVI, es decir, el territorio comprendido por la entonces archidiósesis  de Méjico y las diócesis de Tlaxcala-Puebla, Michoacán, Nueva Galicia y Antequera (Oaxaca), o sea el actual Méjico, menos los Estados del sur: Chiapas, Tabasco, Campeche y Yucatán.

El Segundo: los años de 1519-1585, comprenden el período en que tuvo lugar el “Clash” de la civilización Hispano-Mejicana, de que hablan los etnólogos, porque entonces, los elementos religiosos, culturales, raciales, económico-sociales de ambas civilizaciones, se cruzaron y fundieron en una síntesis final: Méjico. En este período precisamente, y como parte de esta gestación nacional, se encuentra el objeto de nuestro estudio.

 

En su primera parte, presentaremos las circunstancias históricas en que tuvieron lugar las primeras uniones de los conquistadores españoles con las indígenas de la nueva tierra....

Las circunstancias históricas y el ambiente social a cuyo remedio fueron dirigidos estos singulares privilegios, al mismo tiempo que su genuina interpretación, serán objeto de la segunda parte.

Para la tercera y última parte de nuestro trabajo, reservamos la fase definitiva de la legislación matrimonial en la Nueva España, caracterizada por la fijación de la disciplina conforme a lo dispuesto por el Concilio Tridentino. Esta fase definitiva se cierra en el Tercer Concilio Provincial celebrado en Méjico el año de 1585. Con este Concilio Provincial, en efecto, termina la evolución de la legislación matrimonial en la Nueva España y con él termina también mi trabajo.

 

A partir de ese momento, explicaciones y cuestionamientos se cruzaron entre los actores del suceso. El Padre Paíto se dio el lujo de señalar detalles de la propia historiografía y la bibliografía e incluso de hacer observaciones personales sobre algún punto de estos.

La intervención de sus Sinodales, varones justos pero que actuaban en forma enérgica ante el papel jugado, fue copiosa y curiosa. Todas y cada una de sus dudas fueron despejadas con éxito por el sacerdote mexicano que hablaba con pasión sobre su tierra y su tema.

Largo fue el evento. Corto el final. Una breve consulta entre los pares arrojó el resultado: Rafael Bello Ruíz recibía su Doctorado en Derecho Canónico Suma Cum Laude, es decir, con los más altos honores que puede recibir un ponente.

El rostro de sus jueces cambió al ponerse de pie. Con una satisfecha sonrisa, todos ellos extendieron la mano para felicitarle en tanto el Presidente decía:

-Muy bien hecho... Doctor!

 

La tesis del Padre Paíto está dedicada al Excmo. y Rvmo. Sr. Dr. D. Leopoldo Díaz Escudero, Obispo de Chilapa Guerrero, México “En prenda de veneración y agradecimiento”.

 

 

 

DE VUELTA A LA PATRIA

 

En el convento de San Juan Eudes, de El Paso, Texas, recibieron con cariño al Padre Paíto y su hermana en su camino de regreso a casa.

Tras arreglar los asuntos que le llevaron al convento, continuó su camino. Quería tomar unos cuantos días para estar con su familia, y así lo hizo.

De paso por la Ciudad de México, visitó a su hermano Tito, a quien abrazó con mucho cariño. Tito ya era un funcionario de Pemex, la paraestatal productora y explotadora de petróleo del gobierno mexicano, en la que destacaría ampliamente por sus conocimientos y entrega.

Años después -y siguiendo aquello de que nadie es profeta en su tierra- se le rendiría un sencillo homenaje en reconocimiento a su labor, con un reportaje aparecido en un medio de circulación regional que ya comentaremos más adelante.

 

Visité la Basílica de Guadalupe -recuerda emocionado el Padre Paíto- para darle gracias por su protección durante el tiempo que estuve lejos de mi patria y de mi familia. De ahí, se trasladó a Acapulco en donde vino el encuentro con sus queridas Llalla, Lucre, Nía, Lita y Jorge. Le esperaban con ansias pues sabían que ya no se iría lejos del hogar. La reunión fue más que emotiva. Todavía se tomó unos días para ir a Tecpan a visitar a su señora madre que, acompañada sólo por Casto, se negaba a venirse al puerto.

Tras esos cortos días de asueto intermedio, el Padre Paíto partió a Chilapa, reportándose de inmediato con su Obispo y el Rector del Seminario.

 

Su llegada ese 1o. de septiembre de 1954 causó gran gusto, tanto a los prelados como a él mismo, pues Chilapa era la meta que había alentado al Padre Paíto a seguir adelante con sus estudios.

Obispo y Rector le recibieron con cariño. Tras los comentarios de rigor respecto a sus experiencias que, si bien les adelantaba por carta, y ahora tenía la oportunidad de detallar ampliamente, recibió las indicaciones de sus próximas obligaciones. Para empezar, compartiría con los seminaristas los conocimientos adquiridos en sus largos años de estudio.

 

Pocos días después, estaba al frente de un grupo de seminaristas. Se le habían encargado las cátedras de Latín, Historia de la Iglesia, Historia de la Literatura e Historia de México, Filosofía, y Teología.

Don Leopoldo Díaz Escudero, Obispo de la diócesis Chilapa-Acapulco, y Don Constantino Arizmendi, Rector del Seminario, estaban más que satisfechos de su obra. Entre más le observaban, más se convencían de que sería un destello de luz en la labor pastoral suriana.

 

Le ubicaron en una pequeña celda, donde había como menaje una cama con alma de metal; un colchón que, haciendo a un lado sus deformidades podría ser cómodo; un pequeño librero; una mesa y una silla que bien podrían servirle como escritorio de trabajo, y un aguamanil, esas viejas palanganas que eran sostenidas por una estructura de fierro en cuya base estaba la jarra con agua para lavarse las manos y la cara. No necesitaba más. Eso y menos habían tenido los padres de la iglesia, forjadores de la fe. Mucho menos de eso algunos de los que alcanzaron la santidad, como San Francisco de Asís, o a ese apóstol que visitara en Compostela... o como el propio Santo Cura de Ars, ejemplo espiritual que había adoptado desde unos años atrás.

 

Su horario sería aquel que ya conocimos cuando el mismo Paíto fuese alumno dentro de esas mismas instalaciones. Se levantaba al alba, y descansaba al ocultarse el sol.

 

El primer día que se colocó frente a grupo, el sacerdote se quedó momentaneamente callado. Era curioso. No hacía mucho que él estaba sentado en un pupitre, escuchando la cátedra. Ahora, estaba del otro lado. Vio la cara de aquellos jovenzuelos y se preguntó si esa expresión pondría él alguna vez ante sus mentores.

Cada rostro era una historia diferente. Cada expresión un carácter propio. Muchos de los ahí presentes desertarían, pero los que se ordenaran habrían pasado por un largo proceso de purificación, de preparación. Así le habían formado a él. Así le tocaba formar a otros.

Hubo un segundo de duda. Sería capaz? Habría alcanzado el nivel de preparación suficiente para  cincelar esas almas? Por su mente cruzaron en segundos fracciones de sucesos ahí mismo, en Chilapa, en Montezuma, en Comillas, en París... hasta llegar a Roma. La respuesta fue contundente y surgida de su propio albedrío: sí, estaba preparado!

 

Su desempeño como catedrático fue ágil y comprensivo, ganándose el cariño de sus alumnos y el respeto de sus compañeros maestros y clérigos.

De las cátedras encargadas, hubo una que llenó de satisfacción su labor magisterial y formadora: Filosofía. En ella podría enfrascarse en profundas charlas con sus alumnos, sacar de ellos lo mejor de sí mismos y hacerles ver, con los ojos del alma, que el hombre es hombre por fuera... porque por dentro no es otra cosa que un espíritu destinado al Creador.

 

Cuando Monseñor Díaz Escudero le propuso ir a continuar sus estudios en la Universidad de Comillas, en Santander, España, también forjó un compromiso con él: dada su entrega, su esfuerzo, su dedicación y aprovechamiento, le apoyarían en todo, pero contraería dos compromisos fundamentales: terminar su carrera, y regresar a Chilapa para entregar algo de lo mucho que recibiría. Paíto lo aceptó, el Padre Paíto regresó a cumplir su palabra.

 

De ahí en adelante, la formación de los jóvenes seminaristas quedó en las manos del Padre Paíto. Pero él mismo traía otros compromisos, como aquel que se propusiera cuando vio la magnífica biblioteca de San Sulpicio: pugnar por que el Seminario Conciliar de Chilapa tuviera una realmente digna.

El Padre Paíto organizó a un grupo de jóvenes y se dio a la tarea de conseguir libros en donación, lo que logró de manera regular pues, por desgracia, la lectura no es uno de los fuertes de nuestra idiosincrasia mexicana, y por ende la compra de libros -sobre todo de calidad e importancia- es más que raquítica.

Sin embargo, la cifra del acervo bibliográfico del Seminario prácticamente se duplicó. Cuando llegara el nuevo catedrático, la biblioteca tendría un poco  más de diez mil volúmenes; tras la campaña y tres años de estancia por ahí, alcanzó la cantidad de los veinte mil ejemplares.

 

Su popularidad pronto se generalizó entre el alumnado del Seminario Menor. Todos querían que el Padre Paíto fuera su mentor, su asesor, su tutor incluso. Fuera de clase no faltaba aquel que se le acercaba en busca de consejo, de la guía. Para todos tenía tiempo y paciencia.

Pronto sería designado Director Espiritual del Seminario Menor. Muchos comentan que el cargo es muy delicado pues con facilidad puede entrar en conflicto con el del Rector. Y es que ambos se complementan, pero este se asigna a la administración física y humana, mientras que aquel es más la formación espiritual. Dos disciplinas diferentes, la escolar y la espiritual.

 

Chilapa había sido, desde tiempo inmemorial, la diócesis única de Guerrero, y su Seminario Conciliar el camino marcado para todo suriano que aspirase a la vida sacerdotal.

El P. Blandino Barcenas, párroco de San Antonio en Acapulco, recuerda una participación que tuvo en la obra Guerrero 1849-1999, publicada por el gobierno estatal.

En ella narra que la fundación del Estado y la de la Diócesis de Chilapa corren parejas en la historia. Guerrero se funda el 27 de octubre de 1849 y la Diócesis se crea el 26 de enero de 1862. Esta se conforma con 29 parroquias de la diócesis de Puebla, 22 de la de México, 9 de Michoacán y 5 de Oaxaca.

En 1957, a raíz del terremoto que no sólo asoló las costas de Guerrero, sino al propio Distrito Federal, cuando el Delegado Apostólico Luigi Raimondi visitó la zona, incluyendo al mismo Seminario de Chilapa, llegó a la conclusión de que toda la franja costera podría ser una nueva diócesis, y así lo informó al Papa Pío XII.

 

El tiempo corrió con la misma rapidez con que acostumbra y, de pronto, el Padre Paíto era designado Director Espiritual pero ahora del Seminario Mayor.

No por nada son las cosas. La verdad es que Paíto continuaba su formación, sin saberlo. Sólo Dios sabía los designios que le tenía preparados.

 

Joven y fogoso, convirtió en enseñanza todo aquello que había experimentado en el aprendizaje. Si de niño corrió por esas canchas rebotando una pelota y lanzándola certera a la canasta, así lo revirtió entre sus jóvenes alumnos. Si a él lo llevaban a caminar muy temprano para forjar el carácter, lo mismo hizo con sus educandos. Y no se diga la participación en la Misa en la Catedral, oficiada, obviamente, por Monseñor Díaz Escudero.

 

Otro de sus amores era el Coro, ese coro que le acompañara entusiasta a su tierra, Tecpan, aquella vez que viniera desde Roma tan sólo para oficiar su CantaMisa.

El grupo de jóvenes que integraban el Coro del Seminario Conciliar de Chilapa ya había cobrado alguna fama. Sus presentaciones en otras ciudades, como Taxco, Iguala, Acapulco y aún la misma capital del país, la ciudad de México D.F., le allegaron prestigio por su profesionalismo y virtud.

Dos grupos corales dejaban huella ya en nuestro país: los Niños Cantores de Morelia, y los Niños Cantores de Puebla. Pero Chilapa era otra cosa. Para calificarle, había que escucharle.

Por ahí también metió la mano el Padre Paito, aunque suavemente, pues los responsables eran otros.

 

El Seminario de Chilapa se mantenía, pobremente, con las aportaciones del Señor Obispo Don Leopoldo Díaz Escudero, a las que reforzaban donaciones de algunas de las familias bien cimentadas económicamente, como los Villalba, que por cierto formaban varias familias, todas ellas aportadoras del Seminario, principalmente Don Chanito Villalba.

El P. Antonio Jiménez recuerda los nombres de algunas de esas familias, entre las que se encuentran las de Don Cirilo y Don Calixto, ambos de apellido García.

 

En esta etapa, las cartas entre el Padre Paíto y su familia dejan de circular. Estaban tan cerca ya, que la comunicación telefónica se vuelve costumbre que complementa las visitas, multiplicadas por la misma cercanía.

Era una felicidad tenerlo tan cerca, dice Lita, su hermana, sobre todo porque venía seguido a Acapulco. Mi mamá venía desde Tecpan y aquí se encontraban. Llalla le tenía preparada la comida que le gustaba. Todos le atendíamos con cariño. Era el orgullo familiar... es el orgullo familia, dice corrigiéndose de inmediato.

 

Tres años pasan raudos, pero no en balde. El Padre Paíto ya se había formado. Sus estudios le había hecho un hombre conocedor... faltaba hacerlo sabio. Su estancia como alumno le había enseñado disciplina; su retorno como maestro le daba la oportunidad de aprender a disciplinar, pero no a base de golpes o coacciones, sino con amor y comprensión. Su forja de un lado y otro de la línea templaba el carácter del que, más allá de los deseos de sus benefactores, tenía marcada una senda mucho más larga, más profunda, de más responsabilidad.

Si en ese momento no podría asegurarse de cuál sería ésta, bien puede afirmarse que Rafael Bello Ruíz, por su equilibrio, dedicación, pujanza y espiritualidad, era el hombre adecuado para cualquier encomienda, por grande que ésta fuese.

 

En marzo de 1958, el Papa Pio XII crea la diócesis de Acapulco. Fue designado como su Primer Obispo, el Excmo. Sr. José Pilar Quesada Valdés, originario de Totatiche, Jal., que toma posesión de la diócesis el 24 de enero de 1959. Al día siguiente, 25, es consagrado en el hasta ese momento templo de Nuestra Señora de La Soledad de ese puerto que, con el evento mismo, adquiere al carácter de Catedral.

Ante la falta de instalaciones para que la nueva diócesis funcionara, el Obispo se instaló para formar su equipo de trabajo en la Iglesia de Costa Azul, sitio en el que incluso vivió.

Poco tiempo después, el Padre Paíto es solicitado por Monseñor Don José Quesada Valdés, para irse como Rector fundador del Seminario Conciliar del Buen Pastor de Acapulco, Gro. Eso generó un conflicto cordial entre los dos Obispos: Monseñor Fidel Cortés Pérez, Obispo de Chilapa, y Monseñor Quesada. El primero no quería dejarlo ir, el segundo lo exigía porque consideraba que era de esa diócesis al haber nacido en Tecpan.

Al preguntarle a Monseñor Bello qué sentimiento experimentaba ante esa situación, contestó bromista:

-Se sentía muy sabroso...

 

 

EL BUEN PASTOR

 

Dejar Chilapa fue un verdadero conflicto emocional para el Padre Paíto. Tenía un compromiso con el Seminario de Chilapa, pero debía obedecer los designios de Dios que le exigían venirse a Acapulco. Amaba Chilapa, pero soñaba con estar en Acapulco, donde ya radicaba la mayor parte de su familia. Incluso ahora, cuando se le pregunta cual fue más importante para él, si el Seminario de Chilapa o el de Acapulco, contesta sin dudar: Chilapa, cuna de mi formación y de cariño.

Con todo, al final de cuentas, el Padre Paíto se vino a Acapulco para hacerse cargo de la creación del nuevo seminario.

 

El Ing. Federico Luna, el 1o. de sept. de 1959, les prestó una casa en Costa Azul para alojar a los seminaristas. Tenía una especie de bungalow que se utilizaba para dar clases, y es donde inicia propiamente operaciones el Seminario.

 

El Padre Blandino Bárcenas fue el primer sacerdote ordenado del Seminario Conciliar del Buen Pastor. Pero no sólo eso. Fue el primogénito de Monseñor Quesada -es decir, el primer sacerdote ordenado dentro de su episcopado y de la diócesis- el primogénito del Seminario, y el primogénito de su pueblo -San Marcos-. Tras su ordenación, fue asignado como ecónomo al Seminario del Buen Pastor.

El mismo nos cuenta sobre la compra del terreno que actualmente ocupa el Seminario del Buen Pastor.

-El terreno lo vendió la Compañía Inversiones Anahuac S.A. de C.V., propiedad del General Gilberto R. Limón, en 1971, por medio de su representante, el Ing. Federico A. Luna. La compra fue hecha por Colegio Acapulco, que era la sociedad civil de la diócesis, representada por Roberto Nogueda.

Les vendieron una parte y les donaron otra mucho más grande.

Tenía una superficie total de:  52 367 mts 2

El precio fue de 317,557.50 y los pagos mensuales eran de 2,225 pesos.

 

Cabe aquí hacer la aclaración que la fecha de 1971 quizá sea la correspondiente a la protocolización de las escrituras ya pagado el terreno, pues desde muchos años antes los seminaristas estaban ya ubicados en esa propiedad.

 

Realizado el trato y entregado el terreno, las primeras construcciones fueron endebles. El comedor era de palapa con horcones de madera. Se levantó, con la  misma técnica, un salón de usos múltiples en lo que ahora es el patio, que se usaba para dar clases e incluso para pláticas, conferencias, y los retiros del clero, que entonces no llegaban a cincuenta. La casa de Monseñor era un pequeño cuartito con techo de lámina en pleno monte, al igual que las instalaciones. Todavía hace una década, cuando cierta dama de sociedad visitara las instalaciones del Seminario, hizo la siguiente observación:

-Sus instalaciones son fabulosas; hermoso es el conjunto. Sólo hay algo que desentona, esa casucha que está ahí al lado... debieran tirarla!

Alguien le dijo que no podían hacerlo, a lo que ella preguntó extrañada:

-Y porqué no?

-Porque es la casa en donde vive Monseñor Rafael Bello Ruíz, Obispo de Acapulco...

 

La Revista Seminario, cuyo editor fue el P. Antonio Jiménez, cuenta que el primer curso empezó el 1o. de septiembre, pero oficial­mente se inauguró el lo. de octubre de 1959, según la Carta Pastoral No. 2 del 9 de agosto de 1959.

Por ser seminario diocesano dependía del Obispo, el Excmo. Sr. Dr. José Pilar Quesada. Los alumnos inscritos fueron 64. Todos, menos 2, ori­ginarios o radicados en las Costas de Guerrero.

Hubo dos cursos regulares. El Previo (equivalente al 69 de Primaria) que tuvo una inscripción de 32 alumnos; y el Primero de Latín, que alcanzó la cifra de 26. Además, hubo alumnos de 2o y 3o de Latín. (el Latín o Estudio de Humanidades y Ciencias, equivale a la Secundaria).

 

En esa misma revista, histórica ya por su contenido y antigüedad, el nuevo Rector confirma algunos de estos datos, al referirse al Seminario Menor de Acapulco, en un artículo titulado Erección, Utilidad y Necesidad:

“Los Seminarios deben ser como la pupila de vuestros ojos, Venerables Hermanos, que compartís con Nos el gobierno de la Iglesia, y el objeto principal de vuestros cuidados”. Así escribía el Papa Pío XI a todos los obispos del mundo en su carta encíclica "Ad Catholici Sacerdotii" el año 1936.

Respondiendo a la solicitud del Pontífice de las Misiones y sabiendo, por otra parte, que del Seminario, semillero de sacerdotes, depende la conservación y difusión de la vida cristiana en su diócesis, nuestro Prelado erigió un Semi­nario Menor en Acapulco, bajo la advocación de “El Buen Pastor”.

Siete meses después de haber tomado posesión de su diócesis, nuestro Obispo emprendió esta obra trascendental, con tanta mayor urgencia, cuanto más escasos e insufi­cientes son los operarios para el cultivo de su extensa viña. Esta abarca todo el litoral de la costa guerrerense con una extensión de 25.000 Km2. equivalente al territorio de Palestina, comprendiendo 29 parroquias con una pobla­ción aproximada de 400.000 fieles, (muchos de ellos, separados de la vida civilizada por dialectos y por caminos intransitables, que impiden el cultivo apropiado de la vida cristiana). En tan apretada situación trabajan 35 sacer­dotes.

Como si fuera poco, acentúa el problema la vida com­plicada del Puerto, centro turístico de renombre mundial, en donde se cruzan gentes de variadas creencias e ideologías. Sobre todo, de costumbres exóticas y licenciosas que van contaminando poco a poco el ambiente de toda la dió­cesis. Es verdad, por otra parte, que en la avalancha de turistas vienen excelentes católicos, cuya vida ejemplar va extendiendo su influencia benéfica entre los porteños.

Estas circunstancias exigían con premura el estableci­miento de un Seminario que asegurara, no solamente la continuación de la obra sacerdotal emprendida, sino que también preparara a los apóstoles del mañana que sepan llevar a lo más hondo de la vida moderna, la levadura transformadora del Evangelio.

En medio de estos afanes, no faltó la intervención amo­rosa y palpable de la Providencia divina, que se manifestó al ofrecer el Sr. Ing. D. Federico Luna una casa del Frac­cionamiento "Costa Azul" para alojar a los seminaristas­

Para el día 1o. de septiembre la afluencia de muchachos era tal, que superó los pronósticos más optimistas. Muy pronto se hizo sentir la necesidad de construir un dormi­torio más, de añadir otras dependencias a la casa, de ampliar la capilla y de abastecer mejor la despensa.

Los alumnos anotados en el Registro del Seminario son actualmente 64. Repartidos en tres cursos: Previo. Primero y Segundo año de Latín, equivalentes a Sexto año de Primaria, a Primero y Segundo de Secundaria res­pectivamente. Estos muchachos proceden, en su mayoría, de la Costa y de pueblos tan apartados como Cuajinicui­lapa y Las Mesas, lo cual prueba que en estas regiones, con un poco de cultivo, pueden florecer muchas vocaciones.

La conducta que han observado durante estos tres pri­meros meses en el Seminario, es la de niños o jóvenes que han comprendido perfectamente la dignidad de la vocación sacerdotal. Pasan los días en un ambiente de alegre con­vivencia y serio afán.

La piedad, fomentada por los recientes Ejercicios Es­pirituales, las prácticas cotidianas y la dirección espiri­tual, tiende a desarrollar en ellos el espíritu interior que ha de animarlos en su futuro apostolado. El estudio ordi­nario de las asignaturas escolares va despertando sus dotes y los va enriqueciendo de conocimientos para que más tarde puedan asimilar los estudios superiores del Seminario Mayor y finalmente entrar en contacto con las gentes para darles enseñanza, remedio y vida. La belleza física del pai­saje: el verde esplendente de las montañas vecinas, los atar­deceres que incendian el horizonte, la bahía serena donde se deslizan las pesadas embarcaciones, la "Bocana" de su­gerencias misioneras... Todo esto unido a los deportes sa­nos, como la natación, fortalecen sus cuerpos y crean en torno suyo un ambiente de fecundo bienestar y alegre en­tusiasmo.

Este es el escenario variado y simpático en que se ha iniciado el proceso, lento y gradual, de la formación de los primeros seminaristas de Acapulco, declaraba el Padre Paíto.

 

 

Mucha gente veía con simpatía la instalación de un Seminario en Acapulco, sobre todo por la fama de excesos que había cobrado a niveles internacionales. En ese momento, el puerto más hermoso del mundo era un foco de perdición en el que el licor, el desvelo, las mujeres y las francachelas eran la mirada principal de quienes buscaban vacacionar en la Perla del Pacífico.

Así las cosas, varias de las familias más importantes del puerto apoyaron abiertamente con sus donaciones y participación al Padre Paíto y su obra misionera.

Fueron tantos los que nos apoyaron, que sería injusto mencionar a unos cuantos y olvidar a muchos otros; pero desde aquí y ahora, vayan mis más fervientes bendiciones a todos aquellos que pusieron, unos más otros menos, su granito de arena para que el Seminario pudiese trabajar en su delicada y necesaria misión, comenta Monseñor Bello en la entrevista grabada que sobre el tema hicimos como parte de su biografía.

Entre esas personas, sin embargo y en lo personal, podemos citar a tres que destacan por su entrega: a Don Pedro Kuri, a Don Maximiliano SanPedro y a Don Pepe Bustamante que, a más de ser dedicados colaboradores de la obra del Padre Paíto, llegan a formar parte de otro esfuerzo generado por nuestro sacerdote amigo ya como Rector del Seminario: la fundación del Club Serra, una agrupación nacida en los Estados Unidos, cuyo nombre recuerda a Fray Junípero Serra, y dedicada a promover las vocaciones sacerdotales. En Acapulco, el servicio prestado por sus integrantes, ha sido invaluable.

El Sr. Don Casimiro Alvarez, por su lado, como integrante de la Colonia Española, promueve el apoyo de esta a la obra seminarista y logra no pocos respaldos. Toño Tordesillas ya formaba parte de la sociedad porteña y, obviamente, de la Colonia Española. Le saludamos citando su amplia obra editorial en los talleres municipales, y recordando su participación en apoyo a la gran obra de la que hablamos.

 

Así, no pasó mucho tiempo sin que los seminaristas vieran terminada la primer construcción de mampostería: el Salón de Actos. Seguida a esta, la del comedor; más tarde la Capilla y los dormitorios. La obra es dirigida por el Arq. Federico Madrigal y se realiza en el lapso de tres años aproximadamente.

 

El Seminario recibía frecuentes visitas del Delegado Apostólico en México, Luigi Raimondi, viejo conocido del Padre Paíto desde Chilapa, y la de Monseñor Pío Gaspari, como un reflejo de la magnífica obra que en materia de relaciones públicas alcanzó el sacerdote. Presidentes Municipales y Gobernadores mantuvieron estupendas relaciones con el Seminario y su Rector, aunque pueden contarse con los dedos de una mano a aquellos que otorgaron su respaldo material a la gigantesca obra.

Adelantándonos un poco a los acontecimientos, por cuestiones cronológicas, podemos citar entre quienes abrieron su muy personal bolsillo para apoyar la construcción del Seminario Menor a Don Rubén Figueroa Figueroa, cuyo trato con el Padre Paíto era muy campechano, al grado de que se refería a él como su “paisano”, y cuando lo saludaba lo hacía con mucha emoción; al Lic. Israel Nogueda Otero y su señora esposa, Doña Leticia, quien le respaldara como Presidente Municipal tanto como más adelante en su calidad de Gobernador del Estado.

Cabe añadir, en este momento, que quien funge como representante de Colegio Acapulco, comprador del predio para el Seminario, Don Roberto Nogueda, es padre del Lic. Nogueda Otero y, junto con su esposa Sarita, uno de los más fervientes protectores de Seminario, Rector y obra.

Mención especial merece José Francisco Ruíz Massieu quien, como gobernador y junto con sus padres, el Dr Armando Ruíz Quintanilla y su esposa Cuquita, y un ejército de donantes anónimos, hicieron posible la construcción del Seminario Mayor, odisea que comentaremos en su momento.

Finalmente, mencionaremos a René Juárez Cisneros como otro de los que realmente apoyaron la labor del Padre Paíto, aunque ya en su labor como Arzobispo de Acapulco, punto al que también llegaremos más adelante.

El Nuncio Apostólico en México, Girolamo Prigione, fue igualmente de los prelados que visitaron con frecuencia el Seminario.

 

El Padre Paíto, inquieto como siempre, ante el reto que significaba para todos la nueva diócesis y sus engranajes, fundó igualmente el Movimiento Familiar Cristiano y el Movimiento Juvenil Cristiano, dos de los organismos que más fuerza le dan a la iglesia en lo que a trabajo se refiere. Incluso, el Padre Paíto va alguna ocasión como representante del Movimiento Familiar Cristiano a las Islas Filipinas en un evento internacional relacionado.

 

El primer cumpleaños del Padre Paíto, ya en su calidad de Rector, pasado en el Seminario, fue motivo de una gran fiesta. Los seminaristas, guiados por el grupo coral, le cantaron muy temprano las clásicas Mañanitas y las obligadas Mañanitas Guerrerenses, para después agasajarlo con un opíparo banquete ofrecido por la comunidad y sus benefactores. De esa manera reconocían la intensa y fructífera labor del sacerdote al frente de tan delicada obligación. El gusto fue tal, que la costumbre se volvió tradición hasta la actualidad en que no olvidan, año con año, el onomástico de su prelado.

 

Una de las anécdotas que se recuerdan de la vida seminarista del Buen Pastor, es aquella que involucra a un inteligente militar. El Padre Paito acostumbraba llevar a sus muchachos a nadar en la Base Militar Naval. Al principio, sin embargo, tuvo algunos problemas para ingresar a las instalaciones militares, para lo que se requería la autorización del Comandante de la Base, que era el Capitán Deoleire. El militar, tras indagar de quién se trataba, le dio una respuesta que se antoja curiosa: Tome, le dijo extendiéndole una manga a la que estaban cosidos unos galones de alta graduación militar, póngasela cada vez que venga... y verá que nadie le pone peros...

El Padre Paíto, obediente, cada que llegaba con sus muchachos a la Base Naval, a manera de “credencial”, mostraba los galones y la manga que los portaba, que previamente se encajaba, provocando el inmediato pase de la guardia en turno.

No es de dudarse que el Capitán utilizó el truco más como una especie de clave con sus subordinados, que realmente estos manifestaran disciplina ante un civil cuya única prenda militar fuese una manga con su grado.

Sea como sea, el Rector del Seminario y alto jerarca militar improvisado, jamás volvió a tener problemas para ingresar a sus muchachos a la bella playa del Comando Submarino.

 

Y ya que de anécdotas se trata, es inolvidable la de aquel seminarista -cuyo nombre nos reservamos porque con la vergüenza tuvo como para que le exhibamos de nuevo- que desoyendo las indicaciones de mentores y compañeros que le pedían no se tirara un exótico clavado por la poca profundidad que había, se lanzó sin más al agua en espectacular figura, para salir de ella... con un diente menos!

 

Entre los seminaristas, uno había aprendido dos canciones en italiano que les enseñara el Padre Paíto, parte de sus funciones como integrantes del Coro. Un día, ante unos italianos interpretó las canciones en su honor, recibiendo congratulaciones por su bien pronunciado italiano, preguntándole si hablaba el idioma a lo que él, que no hablaba el idioma ni de gracia, contestó pomposamente que sí, haciendo reír a sus compañeros.

Ese jovenzuelo no terminó su carrera religiosa; por el contrario, contrajo nupcias y es padre amoroso. En la actualidad es vecino de un doctor conocido del Padre Paíto que, cuando este está hospitalizado por alguna de sus dolencias, le avisa y éste se presenta al propio cuarto del hoy Arzobispo, para cantarle aquellas dos canciones de tan gratos recuerdos.

 

La muerte de su querida Llalla en 1961 marca el único punto doloroso de esa felicidad. En una muy corta misiva, el Padre Paíto dice a su hermano:

 

Acapulco, Gro. 11 de abril de 1961

 

Estimado Tito:

                               No tengo que añadir a lo que te dije por teléfono sobre mi Llalla q.e.p.d.  Su muerte fue envidiable. Nunca había asistido a un moribundo con tanta solicitud y esmero. Algo mitigaba nuestra pena: ver que no se quejó de sus dolores. Sus amigos la sintieron mucho y nos han manifestado sus condolencias.

       Si es que puedes venir ya platicaremos más. Todos estamos bien de salud, gracias a Dios, y resignados hemos vuelto al trabajo.

       Un saludo cariñoso para todos.

 

                                                                   Paíto.

 

Cuatro años habían pasado desde que se iniciara el trabajo del Seminario del Buen Pastor. Ahora, ahí, en su hermosísima Capilla, donde luce galano el lema Spes Messissi in Semine Est... La esperanza de la mies... está en la semilla, se ordenaban los primeros sacerdotes surgidos de ahí mismo. Presentes estaban el Obispo José Pilar Quesada, los padres de los ordenados y la comunidad seminarista. El Padre Paíto, en ese momento, sintió que había cumplido con su misión, que su obra estaba realizada.

El Seminario del Buen Pastor guarda en su seno el trabajo de muchos jóvenes que, inclinados a la literatura, realizaron un profuso trabajo editorial que ha enriquecido no sólo las bibliotecas de la institución y sus amigos, sino la vida misma de otros seminaristas.

 

El tiempo vuela y, de pronto, estaban organizando las celebraciones del Décimo Aniversario. El Seminario alojaba alrededor de 150 seminaristas que, terminando el curso y dado que era sólo Seminario Menor, eran enviados a Tehuacán, a Puebla, o a Guadalajara, para continuar los estudios en su respectivo Seminario Mayor. De los que iniciaron, tanto como de los que pasaron por sus aulas a lo largo de esa década, muchos habían abandonado la carrera regresando a la vida civil, aunque sin olvidarse de su Seminario pues, en las celebraciones o actividades importantes, están siempre presentes o prestos a apoyar su labor.

 

 

 

LA SAGRADA FAMILIA

 

Antes de iniciar lo que considero el parteaguas en  la vida de Monseñor Rafael Bello Ruíz -su envío como Párroco a la Sagrada Familia de la colonia Vista Alegre- creo conveniente señalar que, hasta ese momento, el Padre Paíto había sido captador de conocimientos y experiencia. Esta sería la última en aras de un futuro de mayores alcances en una labor misionera que le llevó a todos los rincones de su jurisdicción.

La labor pastoral, como se le llama dentro de la cleresía, es el contacto directo entre sacerdote y fieles. Así las cosas, destinarle esa nueva responsabilidad no era así por que sí. Era prepararle en un terreno que mucho pisaría los años subsecuentes.

La parroquia de la Sagrada Familia estaba ubicada sobre la Avenida Constituyentes, casi a la entrada del Modulo Social Fovissste. Era modesta, pequeña, pero con una cobertura más que amplia, y cuya feligresía comprendía desde cultos maestros y artista, a las clases más populares llegadas de lo alto de Palma Sola, y hasta acaudaladas familias componentes de las dirigencias gubernamentales, lo que le daba una plenitud de oportunidades para comprender el alma de esa diversidad de razas, criterios y niveles sociales que existen conviviendo en una región como la suriana.

Para quienes conocen poco de Guerrero, debo señalarles que si bien es el Estado más rico de México, es a la vez el más pobre y olvidado. Su abandono social y político le han convertido en un pueblo aguerrido -el bronco Guerrero, le llaman algunos autores- pero no es más que una natural rebeldía, que heredan en los genes a sus descendientes, ante una serie de injusticias concatenadas a lo largo de quinientos años.

Con todo, es un pueblo que ha dado hombres ejemplares tanto en lo social como en lo político, lo guerrero y lo religioso, sin olvidar el arte y la literatura.

Ahí está el Beato Bartolomé Días-Laurel o el propio Monseñor Quesada, cuya causa está en proceso, si hablamos de lo religioso como ejemplo.

El pueblo mismo es de corte religioso, aunque mezclan, como en todo mesoamérica, lo sagrado con lo profano en sus fiestas patronales, pero su fervor es más que notorio.

La llegada del Padre Paíto a su Tecpan querido para oficiar su primer CantaMisa, lo dice todo.

Ya en los seminarios conciliares, tanto en Chilapa como en El Buen Pastor, había recibido y captado la experiencia del trato con el sacerdocio; tocaba ahora con la feligresía.

Monseñor José Pilar Quesada, con toda seguridad, había platicado con Monseñor Cortés Pérez y llegado a la misma conclusión: Rafael Bello Ruíz sería alguien grande en un futuro no muy lejano. Si Díaz Escudero descubrió el diamante en bruto y cortó sus límpidas facetas, Quesada puliría ese diamante para gloria de la iglesia suriana.

Su probidad estaba más que manifiesta. Su dedicación, presente en todo momento. Su sapiencia, demostrada en el aula. Su paciencia, denotada en los largos años de estudio viviendo en una situación precaria. Su temple pues, había sido forjado. Faltaba sólo el pulido.

 

El Padre Paíto no preguntó el porqué de la nueva asignación. Sólo obedeció. El dice que no sabía que se le preparaba para mayores responsabilidades, pero probablemente intuia algo porque, entre más se le forjaba, él mostraba mayor entereza.

Así, una mañana calurosa, llegó a la Parroquia de la Sagrada Familia. Como en todos los casos, estaban ahí quienes le recibían con afecto... y quienes tenían el gesto adusto por la remoción de “su párroco”, Fray Pedro, un bonachón sacerdote que durase algún tiempo al frente de la parroquia y a quien apreciaba mucho la feligresía. Pero a unos y otros el Padre Paíto supo, en poco tiempo, echárselos a la bolsa con la mayor facilidad del mundo. Su carácter comprensivo y conciliador fueron decisivos.

Corría ya 1970. El retumbar de la agitación social que cimbrara al mundo los últimos años de los sesentas, todavía no se disipaba. En México la inquietud social era materia de la noticia diaria. En Guerrero, la guerrilla era reflejo fiel de la inconformidad suriana, según registra la historia. En el puerto de Acapulco, si bien no se había manifestado en forma violenta, ciertos partidarismos se palpaban entre sus habitantes, unos a favor, otros en contra, pero todos inquietos.

Con todo, el Padre Paíto tenía siempre a la mano el consejo paliador o la conseja restrictiva, pero ambas llenas de amor y comprensión. Entre sus feligreses, aún hay quien recuerda su paso por esa parroquia que, años más tarde, fuese arrasada por el Huracán Paulina, ahora en un nuevo y hermoso edificio unos cuanto metros más allá de su ubicación original.

Yo estaba segura de que del Padre Paito llegaría a ser Obispo. Era joven, pero mesurado. Siempre con la palabra de consuelo en la boca para todos, cuenta venerable maestra que vive en una de las rinconadas del Módulo Social.

Uno de los aspectos que más teme el creyente es la confesión. El Padre Paíto era comprensivo; enérgico, eso sí, pero comprensivo. Cuando se confesaba uno, esperaba una reprimenda, pero con el Padre Paíto lo que siempre escuchamos fueron consejos.

 

Ahí, en La Sagrada Familia, reorganizó las instituciones laicas que le interesaron de siempre: el Movimiento Familiar Cristiano y el Movimiento Juvenil Cristiano.

Pero la reorganización que le dio mayor satisfacción fue la de su propia vida personal. Doña Luz, su señora madre, con todo y que ya prácticamente toda su familia estaba viviendo en Acapulco, no había querido abandonar su amado Tecpan de Galeana. Al Padre Paíto le preocupaba que, aunque estaba por allá su hermano Casto que ya tenía su propia vida y familia, su madre estuviera sola.

Así las cosas, y aprovechando amorosamente la admiración y cariño que su madre sentía por el hijo y sacerdote, le pidió que se viniera a vivir con él.

-Madre, arguyó como pretexto, véngase conmigo. Necesito quien me atienda. Allá en el Seminario tenía auxiliares, pero aquí, en la Parroquia, estoy solo. Usted también está sola allá. Véngase conmigo por favor.

Por increíble que parezca y, aunque con algunas reticencias, Doña Luz aceptó vivir con el Padre Paíto y estuvieron juntos hasta el fallecimiento de ella algunos años después.

 

Sus hermanos, Lita sobre todo, junto con Lucre y Nía, vieron felices la oportunidad de tener a Doña Luz en el propio puerto.

Cabe aquí hacer un rápido recuento de la forma en que vivían los familiares del Padre Paíto desde su llegada a la ciudad porteña.

Cuando hicieron la Avenida López Mateos, la casita aquella en que vivían quedó prácticamente en el medio del camellón y tuvieron que irse. Fue entonces que compraron el terrenito de la Avenida de Las Playas en que actualmente viven Lita y Monseñor pero, mientras les construian la vivienda, Don José Batani, concuño de Antonio Trani Zapata, otro de nuestros biografiados, les ofreció adecuarles un pequeño departamento en la Casa de Huéspedes que tenía, a fin de aligerarles la carga de la renta.

Terreno y construcción se realizaron con la cooperación de todos, pues para entonces ya estaban en Acapulco Llalla, Nía, Lucre su hija, y Lita, todas con trabajo estable, excepto Nía que se dedicaba a atender la casa y la comida.

Tras el fallecimiento de Llalla, Paíto, quien estaba entonces como Rector del Seminario del Buen Pastor, les hizo ver que bien podían acomodarse en alguna de las habitaciones ya terminadas de la obra, dedicando el gasto de la renta del departamento a invertirlo en la obra misma, y así lo hicieron.

Ya dentro, pudieron darse cuenta de que el ingeniero responsable de la obra les robó, así es que debieron retomar el trabajo y contratar nuevos constructores, hasta que vieron terminada su modesta vivienda.

Pero Doña Luz no quiso venirse a vivir a la casita, sino que se quedó en las propias instalaciones de la Parroquia pues consideraba que, si venía a atender a su amado hijo, cerca de él debía estar.

 

La Parroquia tenía una pequeña casa anexa que comprendía una salita, dos recámaras, un baño, una cocina y una habitación más chica que servía de bodeguita.

Doña Luz se dedicaba enteramente al cuidado del Padre Paíto; lavaba su ropa, limpiaba la casa, y preparaba la comida.

En lo que se refería a la iglesia, su limpieza y cuidado estaban a cargo de algunas señoras de los diferentes organismos religiosos y recibía el apoyo de uno que otro feligrés en cuestiones de reparaciones, pintura y conservación en general.

El respaldo de algunos personajes porteños, ya brindado desde el seminario, no se hizo esperar para la parroquia. Don Pedro Kuri, por ejemplo, surtía la despensa del Padre Paíto con atingencia y esmero.

Otros más, como Don Maximiliano San Pedro y el Sr. Alonso cubrían algunas necesidades de renovación o mantenimiento.

El trato con la feligresía fue una experiencia maravillosa, dice con voz entrecortada Monseñor Bello al recuerdo de esa etapa. Todos eran muy buenos; su trato siempre fue de respeto y cariño.

Ahí conoce a otros personajes, como la familia Ruíz Massieu. Doña Cuquita fue el medio por el que la amistad floreció con el Dr. Armando Ruíz Quintanilla y el trato respetuoso con sus hijos. De ahí el amplio respaldo de José Francisco y la relación que hasta la fecha sostiene con Maricela. Cesar y Thelma Bajos, y el Lic. Enrique del Rayo y su esposa son algunos más de los personajes que llega a conocer y tratar en esa época.

 

El Padre Paíto era un hombre jovial, serio y formal, pero jovial. Gustaba de caminar y, cotidianamente, tras pasar a las oficinas del obispado, si tenía tiempo hacía el recorrido hasta la Avenida de Las Playas para saludar de carrerita a hermana, prima y tía, pues para entonces ya sólo vivían ahí Lita, Lucre y Nía. Si el tiempo era recortado, atravesaba la calle para tocar en la pequeña ventanilla del laboratorio en el que trabajaba Lita, saludarle, preguntar por la familia, y enviar saludo a todos. La presencia diaria del sacerdote con ellos alegraba y satisfacía a la familia entera.

 

Su asistencia permanente ante el altar, es decir, el cumplimiento de sus obligaciones como sacerdote, llevó al Padre Paíto a comprarse sus primeros ornamentos propios. Las misas hasta entonces brindadas en diversas iglesias, templos y parroquias, las había oficiado con ornamentos prestados por los mismos templos, como se acostumbra generalmente. Pero ahora... ahora sí se merecía los propios!

En México, aunque comentan que hay varias, la fábrica de mayor prestigio por la belleza y perfección del acabado de sus ornamentos, es la ubicada en la capital del país, llamada Fabricas de Lyon. De allá fueron los suyos. Hermosos, muy bonitos... afirma.

 

Recuerda con especial afecto aquella convivencia realizada a nivel internacional sobre El Apostolado del Mar, a la que asistieron familias de Filipinas, España, Francia, en fin... de muchas otras naciones, organizada por la Parroquia de La Sagrada Familia, es decir, por él, aprovechando las relaciones cultivadas a lo largo de su estancia en el viejo mundo, y en la que enriqueció su sapiencia en lo relacionado con la pastoral, renglón en el que debía, precisamente, prepararse.

 

No habían pasado tres años de su estancia en la parroquia de La Sagrada Familia, cuando, sin él saberlo, Monseñor José Pilar Quesada viajaba a Roma para enterarse de que sus tiempos vencían, y recibir el consejo de pensar en quién podría ser su sucesor.

Dos Papas habían tenido, hasta ese momento, una participación definitiva en la vida del Padre Paíto: Pío XII, cuyo Papado abarcó de 1939 a 1958, muy respetado por sus esfuerzos en busca de una solución para que los países contendientes de la II Guerra Mundial resolvieran sus diferencias de forma pacífica; y Pablo VI que presidió la mayor parte del Concilio Vaticano II y dirigió la Iglesia católica de 1963 a 1978, en uno de sus períodos de cambio más importantes.

 

Pío XII ascendió al trono papal el 2 de marzo de 1939.  En su importante encíclica El Cuerpo Místico de Cristo (1943), explicó la doctrina teológica de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo y condenó el falso misticismo. En sus encíclicas Inspiración del Espíritu Santo (1943) y Sobre el Género Humano (1950) pidió rigor en la interpretación de los textos bíblicos y precaución al adoptar sin sentido crítico las enseñanzas científicas modernas apartándose de las tradiciones de la Iglesia.

En 1946 nombró 32 nuevos cardenales al Sacro Colegio, que quedó establecido en 69 miembros y por primera vez compuesto por representantes de todos los continentes.

Continuó e intensificó las políticas anticomunistas de su predecesor.

Abrió el Vigésimo Quinto Año Santo de la historia de la Iglesia, durante el cual, en 1950, el Padre Paíto se ordena sacerdote.

El mes de noviembre siguiente publicó la constitución apostólica Dios Munificientísimo en la que se definió la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma como dogma de fe, que adopta el Padre Paíto y manifiesta en uno de los cuarteles de su escudo representativo.

 

Por su parte, Pablo VI está considerado como el Papa que abre la posibilidad de la reunificación de la Iglesia. En su esfuerzo por extender las relaciones del Vaticano a los católicos de fuera de Europa, viajó a Estados Unidos en 1965, a Colombia en 1968, a Uganda en 1969 y a varios países asiáticos, entre ellos Filipinas, en 1970. En 1966 se entrevistó con la cabeza de la Iglesia anglicana, Arthur Michael Ramsey, entonces arzobispo de Canterbury y en 1973 con Shenouda III, patriarca de Alejandría y cabeza de la Iglesia ortodoxa copta. No sólo fue el primer papa que realizaba estos encuentros y viajaba a una zona concreta, sino también el primer mandatario de la Iglesia en llevar a cabo semejante acercamiento sistemático con otros grupos cristianos.

 

Pablo VI sería el que recibiría a Monseñor Quesada para definir su sucesión. El Primer Obispo de Acapulco debía presentar, a consideración del Santo Padre, los currículums de varios sacerdotes con méritos suficientes y probados para recibir la enorme responsabilidad del obispado.

Sin embargo, Monseñor Quesada se presentó ante Pablo VI con un sólo expediente, el del Padre Paíto, a quien el Papa conocía de cuando era Subsecretario de la Santa Sede y sabía bien de su trayectoria.

Sin más, la autorización fue expresa. Monseñor José Pilar Quesada ya tenía sucesor.

 

-Yo ya lo sabía,  y consideraba que se lo merecía, dice el Padre Blandino Bárcenas, para entonces Ecónomo de la Diócesis con Monseñor Quesada al ser entrevistado, El Padre Bello era un hombre recto, muy responsable, y sobre todo muy preparado. Su paso por las Universidades de Comillas, San Sulpicio y la Gregoriana le formaron esplendorosamente.

 

Ajeno a todo, el Padre Paíto continuaba su labor al frente de la Parroquia de La Sagrada Familia.

 

 

 

EL EPISCOPADO

 

Episcopado, en griego, quiere decir supervisor, y se aplica tanto a la labor del Obispo como a la asamblea de obispos, sucesores en línea directa de los apóstoles. Cada obispo tiene a su cargo una diócesis, es decir, un territorio, en el que es la cabeza de la Iglesia. Cuenta con poder de jurisdicción en su diócesis, donde tiene, asimismo, la obligación de colaborar en la santificación del pueblo cristiano, de enseñarle y gobernarle.

Estos poderes se ejercen en comunión con los demás obispos y con el sumo pontífice, al que visita cada cierto tiempo para darle cuenta de la situación de su diócesis -la visita se llama ad limina, y se hace cada cinco años-.

El obispo es, entonces, el gobernador eclesiástico supremo de la diócesis que preside. Es responsable del bienestar espiritual de todos los creyentes, tanto del clero como de los laicos, y del gobierno de todas las instituciones eclesiásticas dentro de la diócesis. Tiene el poder de ordenar obispos, sacerdotes y diáconos, y en el rito occidental de la Iglesia católica apostólica romana, es el ministro normal del sacramento de la confirmación.

 

Existe una cierta jerarquía dentro de los obispos. Un arzobispo o metropolitano es un prelado a cargo de varias diócesis que han sido agrupadas en una unidad llamada arquidiócesis.

Un obispo residencial está a cargo de la diócesis. Si esta diócesis pertenece a una arquidiócesis, se hace referencia a él también como obispo sufragáneo. El sufragáneo tiene plena autoridad eclesiástica dentro de su diócesis, pero está en estrecha relación con el arzobispado en asuntos interdiocesanos.

Los obispos auxiliares se convierten, a menudo, en titulares de las diócesis en que han trabajado.

En el rito occidental y oriental de la Iglesia católica apostólica romana, un obispo es elegido por el Papa.

 

Así las cosas, la tarde del 14 de febrero de 1974, el Padre Paíto fue citado a las oficinas de la diócesis junto con los demás sacerdotes que la conformaban en ese momento. La reunión, era convocada por Su Excelencia, Don José Pilar Quesada, Primer Obispo de Acapulco.

Tras una corta espera, el presbiterado acapulqueño pudo conocer el motivo de la reunión: el Padre Paíto, uno de los sacerdotes mejor preparados, más responsables y activos, de los más estimados por la feligresía, sería elevado al rango de Obispo Auxiliar de la Diócesis de Acapulco!

El contento fue general. Aún entre los sacerdotes, el Padre Paíto, era un hombre muy querido y respetado. Su nombramiento no causó sorpresa en lo que a la selección se refiere.

Fue consagrado hasta el 25 de marzo, onomástico de su señora madre, y eligió como divisa de su episcopado Evangelizare Pauperibus, es decir, evangelizar a los pobres.

 

El nombramiento de un Obispo Auxiliar bien puede considerarse, en términos laicos, como el lapso en el cual el Obispo residencial le informa y pone al corriente sobre los asuntos de la Diócesis, preparándole en el manejo de esta para, al final de cuentas, hacer entrega del mando -u obligación- con la elevación del Auxiliar a Residencial.

El recién nombrado Monseñor debió ir a vivir al Seminario de nueva cuenta y, Doña Luz, fue recibida con beneplácito y entusiasmo por su familia en la casita de Av. de Las Playas.

 

La Diócesis de Acapulco, creada en 1958 como ya vimos, había crecido considerablemente en esos 16 años de existencia, pero también había sido ya totalmente organizada. La presencia de un hombre como Monseñor José Pilar Quesada Valdés había sido la mejor garantía.

De padres sencillos y profundamente cristianos, José del Pilar nace en el Rancho Acaspol, cercano a Totatiche, Jal., el 12 de octubre de 1900, hijo legítimo de Tiburcio Quesada y Teresa Valdés.

Bautizado en su momento, un año después es confirmado y hace su Primera Comunión a los ocho años.

Pasó su niñez al lado de sus padres en las labores del campo ahí, en su propio pueblo, de donde pasa a la Escuela Parroquial de Totatiche y, posteriormente, a los Seminarios Auxiliares de Colotlán y Totatiche.

A los diecinueve años lo encontramos ya en el Seminario Conciliar de San José de Guadalajara, donde estudia dos años de Teología.

De 1921 a 1926 alcanza una licenciatura y dos doctorados en la Universidad Gregoriana de Roma, destacándose como uno de los alumnos más distinguidos del Colegio Pío Latino.

Ahí mismo, en la Ciudad Eterna, es ordenado Sacerdote el 21 de diciembre de 1923, regresando a México en julio de 1926 en plena persecución religiosa.

Vicario primero, Párroco después, es preconizado Primer Obispo de Acapulco el 18 de diciembre de 1958, consagrado el 25 de enero del año siguiente.

Llevó una vida sacrificada y sencilla, anota el Padre Blandino Bárcenas en uno de sus escritos. Gobernó su Diócesis con mano bondadosa por espacio de 17 años. Se le aceptó su renuncia el 2 de junio de 1976.

Vuelto a su tierra, murió en olor de santidad el 25 de noviembre de 1985. Fue sepultado en la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Totatiche, al pie del altar del Sagrado Corazón.

Años adelante -el 25 de enero de 1996- se constituyó el Tribunal que trabajaría por su Causa de Canonización.

 

Lenta, pero firmemente, Monseñor Bello se enteró de todas y cada una de las necesidades y cualidades de la Diócesis. Conformó su propia visión y preparó lo necesario para substituir al querido Obispo.

Estaba plenamente consciente de la inmensa responsabilidad que significaba asumir esa tarea, pero confiaba plenamente en el ejemplo del Santo Cura de Ars, y la guía del Santo Cristo y la siempre Virgen María, inspiradores eternos del ahora agobiado Obispo Auxiliar.

A más de cumplir con las responsabilidades propias de su posición, que incluían acompañar y respaldar el trabajo pastoral de Monseñor Quesada, escudriñaba archivos y estudiaba antecedentes a fin de conocer cada rincón, cada suceso, cada acción realizada hasta ese momento, no con  un afán de crítica o sanción, sino por el contrario, con el más firme deseo de continuar la trayectoria impresa por su Obispo Residencial, adecuarla a los tiempos que le tocarían, y poder llevar la palabra de Dios y su consuelo al último rincón de su Diócesis y al más pequeño de su feligreses.

De tal suerte, la colaboración más directa con su Obispo fue aligerarle la carga, principalmente, de las Visitas Pastorales. Su relación era, a más de la natural entre prelados, de un respeto y admiración profundos pues Monseñor Quesada era un hombre muy bondadoso, un santo.

 

Cada una de las regiones que abarcaba la diócesis de Acapulco fueron visitadas por Monseñor Bello Ruíz. Su labor pastoral, en concordancia con aquella divisa que eligiera: Evangelizar a los Pobres, se dirigió precisamente -sin olvidar al resto de su feligresía- a las clases marginadas. Las dos costas: Costa Chica y Costa Grande, dependientes de su jurisdicción, le vieron llegar con la misma humildad que cuando arribara a Tecpan para su CantaMisa.

Para cada comunidad tenía una palabra de aliento y un consejo pronto. Para sus vicarios, párrocos y sacerdotes, el apoyo moral y espiritual necesario.

 

En la Costa Grande, donde ya había probado las mieles del cariño recién ordenado, extendió su mensaje de concordia y mesura, dado que esa zona era cuna de los movimientos de inconformidad social. Su exhorto de paz debió haber sido escuchado, pues la calma regresó por muchos años a la Sierra Suriana.

Ahí, rindió homenaje al Padre Jesús de Petatlán, advocación cristera que veneran con fervor no sólo los costeños, sino infinidad de almas mexicanas que llegan desde muy lejos para pedir o agradecer favores.

Pero la mejor comunicación que logró, el lugar en donde cariño y afecto hermanaron las almas de pastor y rebaño sin precedente, fue en la llamada zona negra de Costa Chica cuyo corazón se encuentra en Cuajinicuilapa.

Ahí, las comunidades enteras salían a recibirle. El grito de Monseñor, Monseñor, ya viene Monseñor Bello! anunciaba su llegada alborotando lo mismo a ancianos que a niños, que se arrebolaban en su rededor tan sólo para tocarle.

El carisma del Obispo Auxiliar era innegable. Su siempre sabia palabra y cariño no eran materia de propaganda o publicidad, eran pura y llanamente una realidad que ganaba corazones a puños.

Hasta la fecha, Monseñor Bello Ruíz se estremece cuando habla del tema y le llama con orgullo Mi Africa chiquita.

 

Característica de ese afecto que sienten hasta la fecha sus feligreses es que sólo para las grandes ocasiones es Monseñor Rafael Bello Ruíz, en el trato cotidiano, el Señor Obispo sigue siendo para todos el Padre Paíto, su sacerdote, su Obispo, su amigo y consejero.

 

Dentro de ese regocijo espiritual que experimentaba al término de cada jornada, Paíto no podía olvidar a Nía a quien, ya grave, anunciara que le consagrarían Obispo, causándole gran alegría en su lecho de sufrimiento. Sin embargo, no alcanzó a verle consagrado. Murió poco antes para alcanzar a Don Calixto y a Llalla.

 

Así corrió el año y se llegaba 1975, de suma importancia para Monseñor Bello Ruíz pues, a más de terminar con el procedimiento de adaptación, sería el 25 aniversario de su ordenación como Sacerdote.

Varios festejos se programaron con toda antelación. Sus recorridos por las costas se volvieron, en sí mismos, homenajes a sus bodas de plata como presbítero. Nuevamente el fervor se desbordó. A tal grado llegó, que durante una de sus visitas a la Costa Grande, por su tierra, una viejecita, Doña Chica Piedra, se le acercó y le pedía fervientemente: cúrame, cúrame! Y Monseñor le contestaba lastimeramente: Yo no te puedo curar... no puedo curar físicamente... pero sí con mi oración!

El suceso bien puede tomarse como fanatismo por aquellos que no encuentran la bondad divina en todos y cada uno de sus actos, pero no es otra cosa que la muestra palpable de la intensidad con que la feligresía amaba a su Padre Paíto, a su Obispo. Creer que tenía los mismos dotes que Cristo no era fanatismo, era devoción. Ya exudaba, sin sentirlo o saberlo, olor de santidad él también.

 

En ese recorrido, al llegar a Tecpan, la familia Muñiz tuvo un detalle de profunda significación que remontó a Monseñor Bello Ruíz a su más tierna infancia. Era la época de la persecución cristera, así que no había iglesias abiertas ni culto. Las misas se hacían a escondidas y en casas particulares.

El papá de Pepe Muñiz, tan nombrado en este relato, tenía una casa muy grande, propia de su condición del rico del pueblo. Ahi, anunciaron que se bautizarían a varios niños: Pepe Muñiz, Conchita Abarca y Paíto.

Los Muñiz tenía muchos objetos de porcelana fina, y la esposa de Don Luis ofreció un servicio de palangana y jarra de muy alta calidad para el oficio que se preparaba.

Ahora, en estas bodas de plata de su sacerdocio, la propia familia Muñiz había decidido regalarle a Monseñor Bello aquella jarra y su tineta con la que le bautizaran y que, como recuerdo del día, guardara celosa la Sra. Muñiz.

El ahora histórico y hermoso regalo, luce en un bello pilón de madera de cedro, en la casa de los Bello en Tecpan.

 

Como acto muy especial, Monseñor Rafael Bello Ruíz había sido invitado por el Papa Pablo VI para concelebrar con él, y un grupo de sacerdotes llegados de todos los rincones del mundo que cumplían igualmente sus 25 años de ordenación, una misa especial en la Basílica de San Pedro, en Roma, en el Vaticano, lo que no sólo le llenó de satisfacción sino de dicha y contento. La fecha se significaba aún más porque con ella Su Santidad exaltaría la figura del apóstol San Pedro, primero entre los doce, y de San Pablo, el apóstol por excelencia. Además, ese año, por ser Año Santo, se abriría la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, que sólo se abre cada 25 años, concediendo el perdón a todo aquel que le cruzare.

Habría que programar el viaje, pero... la falta de dinero era el principal obstáculo. Sin embargo, ya se vería... Dios proveerá!

Creo que cabe aquí hacer una nueva aclaración. La situación económica del Padre Paíto no fue nunca bonancible, pero tampoco de miseria. Puedo equiparar la condición mía que, como escritor, vivo a nivel de clase media pero no tengo disponibilidad como para realizar un viaje en el momento en que se disponga o necesite. Como toda clase media, se vive con desahogo, cubriendo lo necesario, pero cualquier gasto extra motiva el ahorro previo, o las acciones complementarias. Incluso, como Obispo, cambiaría acaso su dignidad de religioso, pero no su condición económica. Y es que muchos tienen la idea de que un Obispo o Arzobispo goza de las mieles de la bonanza... y no siempre es así.

 

Así pues, pensando en la posibilidad de aprovechar el viaje y el corto tiempo que le quedaba de cierta libertad para visitar Tierra Santa, una de sus mayores aspiraciones no alcanzada aún, comenzó a recabar información con la fe en alto de que, a pesar de la raquítica economía, Dios extendería su largo brazo para llevarle a ese evento extraordinario... y quizá a visitar su terruño.

Tras consultar algunas agencias de viajes sobre tarifas, tiempos y distancias, en una de ellas, la encargada le hizo una propuesta excepcional:

-Monseñor... si usted forma un grupo de peregrinos a Tierra Santa... nosotros pagamos sus gastos de viaje!

Nuevamente se mostraban los extraños caminos del Señor!

Por parte de Catedral se colocaron algunos anuncios en los periódicos en que se señalaba que Monseñor llevaría el viaje y se difundieron spots por la radio, con su propia voz, promocionando la peregrinación a Roma y Tierra Santa.

 

A punto de vencerse el plazo que les permitiría cumplir con las fechas marcadas, principalmente la de la concelebración, una mañana le dijo a Lita:

-Lita... me voy a Tecpan... veremos si completo las veinte personas que necesito para ir a Roma y Tierra Santa...!

-No olvides a la primera que se anotó, dijo alegre su hermana.

-Quién?

-Yo... quién más ha de ser... pues la Señorita Altagracia Aragón, la química con quien trabajaba, ya le había ofrecido pagarle el viaje a ella.

-Gracias Lita... gracias...

-Anda hermano... ve a Tecpan que el Señor te ha de ayudar.... te lo mereces...

En su pueblo, mandó llamar a uno de sus más viejos amigos amigos, Don Marcial Ríos, el poeta, y le dijo:

-Mira Marcial, ve y júntame a todos los tecpanecos que tengan posibilidades económicas... les voy a proponer una peregrinación...

Ni tardo ni perezoso, Don Marcial recorrió los domicilios de aquellos que esperaba respondieran y, en un par de horas, el lugar de reunión estaba prácticamente abarrotado.

La elocuencia con que Monseñor Bello expuso a sus coterráneos la idea de hacer un recorrido por los santos lugares y acompañarle a la Misa concelebrada con el Santo Padre, dio un resultado más que magnífico: más de una decena de ellos aceptó de inmediato.

Entusiasmado, salió para Petatlán de donde se trajo a otros tres prospectos.

Al retornar al puerto las noticias eran alentadoras. Ya se habían anotado varios más.

Acompañaría a Monseñor Bello, entre otros, el Padre Jesús Cortés, párroco de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen en el puerto, que cumplía también 25 años de presbiterado, el Padre Miguelito Domínguez, de La Sabana; el Padre Arnulfo Pineda, de Catedral, y la religiosa Margarita Castro. De Tecpan, asistieron Oralia Gómez, Ofelia Nuñez, Antonio León y su esposa Jesusita, la Chata López y Guadalupe e Irene Ove; de Petatlán, donde también llegó a invitarles, iban Don Agustín Galeana, su esposa Lupita, y su hermana Petrita. De Acapulco, pero tecpanecos, se sumaron Elfega Sánchez y su hermana Luz María, Carmelita Soberanis, Doña Domitila, Juanito Barajas y su mamá, Sabino Galindres y Petrita, la de Santa Cruz, la Maestra Glafira Suástegui y, obviamente, Lita, Margarita Bello Ruíz, hermana de Monseñor.

 

El 29 de Junio, todos estaban a las plantas del altar mayor de la Basílica de San Pedro. Pablo VI daba la bendición papal a cientos de sacerdotes de todo el orbe por sus 25 años de sacerdocio, y ordenaba a un numeroso grupo de Diáconos igualmente llegados de todos los rincones del mundo.

La ceremonia fue imponente, e imborrable no sólo para Monseñor Bello y el Padre Cortés, sino para todos y cada uno de los peregrinos que les acompañaron desde esta entidad suriana.

 

Unos cuantos días después, Obispo, sacerdotes y peregrinos, eran bendecidos por Su Santidad en una audiencia pública que remataría con otra privada en la que el Pontífice recibiría a los sacerdotes que, de forma muy especial y entregándole tres monedas con las fechas conmemorativas del nacimiento, consagración episcopal y coronación papal, agradecieron al Sumo Pontífice su cariño por México y muy especialmente por Acapulco.

 

Ya en líneas anteriores hemos comentado varias veces el don de la narrativa que tiene Monseñor Rafael Bello Ruíz y, con el fin de guardar un recuerdo más fiel de aquel viaje de peregrinación, nos permitiremos con su explícita aprobación reproducir íntegramente la narración que de él hiciera, publicada en el Diario Novedades de Acapulco.

 

 

 

EL VIEJO MUNDO

Y TIERRA SANTA

 

La primera publicación sobre el viaje, Monseñor Bello la titula El Viejo Mundo, y empieza narrando:

-Accediendo a la invitación de varios amigos voy a contar a los lectores de Novedades de Acapulco, mis impresiones del viaje que hice al Viejo Mundo acompañado de un alegre grupo de diocesanos.

Nuestro itinerario comprendió siete países y duró cuarenta días. Pero se necesitarían mil ojos para contemplar tantas maravillas y sorpresas que se sucedían a lo largo del camino.

Salimos de México el día 6 de junio a las 2 de la tarde en un enorme jet de Aeronaves. Comodidad de salón, atención exquisita y sobre todo velocidad fantástica. De México a Miami dos horas y media. De allí a Madrid ocho horas, siguiendo la ruta del sol que muy poco tiempo dejó de iluminarnos.

 

De pronto, ante nuestra mirada escrutadora, apareció Madrid, la bella metrópoli capital de España. Sus edificios de ladrillos rojos, sus balcones cuajados de flores y su gente amable y laboriosa. Era el principio de nuestra memorable excursión.

Sin dar tiempo al descanso nos lanzamos a la calle, siguiendo cada quien sus aficiones particulares. Unos, encabezados por el gastrónomo Sabino Galindres prefirieron visitar el restaurante Cuchilleros en el Viejo Madrid, para gustar gambas a la plancha y lechón salpicado con vinillo de Valdepeñas.

Los de Tecpan, se fueron de compras a las Galerías Preciado y a El Corte Inglés. El grupo de Carmelita Soberanis, con sensibilidad y gusto estético, gustó mejor de la visita al Museo del Prado para extasiarse con la contemplación de los originales de Velázquez, de Goya, de Murillo y del Greco.

Pero nadie dejó de visitar los lugares típicos de la Villa del Oso y del Madroño. La Plaza de España con su gentil monumento a D. Quijote y a Sancho Panza. La Puerta del Sol y La Cibeles, arrastrando su carro sobre las aguas cristalinas de la fuente. El Parque del Retiro con su mágica combinación del lago y de las flores.

 

La excursión de un día nos pareció fugaz a Toledo, El Escorial y al Valle de los Caídos.

Toledo. Unica por su portentoso y milenario conjunto histórico artístico-religioso, en el que palpita el recuerdo de la soberana grandeza de España.

La puerta principal de la muralla ostenta un escudo con el águila bicéfala de los Austrias, porque la ciudad fue mansión predilecta de Carlos V. El recinto urbano encierra tesoros del arte musulmán, romano, gótico y renacentista. Su Catedral es un verdadero museo de arquitectura, pintura y escultura; de orfebrería y vidriería; de tejidos y bordados gobelinos. Admirable conjunto de todas las manifestaciones de las Bellas Artes.

 

El Real Monasterio de El Escorial fue fundado en un solitario y maravilloso valle por el austero monarca Felipe II. Descuella en él la majestuosa Basílica de San Lorenzo, edificada en recuerdo de una famosa batalla en la que Francia salió derrotada por los aguerridos Tercios Españoles. Impresionante el Panteón de Los Reyes, esculpidos en actitud orante. La riquísima biblioteca con versiones de la Biblia en letras de oro; policromadas paredes en contraste con la humilde habitación del más poderoso Rey en cuyos dominios  no se ponía jamás el sol.

El Valle de los Caídos. Con esta imponente obra el Caudillo de España, a la par que Felipe II, se inmortalizó. Este monumento nacional fue construido para dar descanso a los caídos en la guerra civil española. Domina el esplendoroso valle una Cruz de 150 metros de altura. La Cripta-Basílica horadada en la montaña pétrea mide 300 metros de longitud y hubieron de ser excavados 400 millones de metros cúbicos de roca.

Formando parte integrante de esta colosal obra hay un monasterio benedictino, una hospedería y una Academia de Ciencias Sociales.

Una cosa se siente por todas partes en la España actual: orden, alta moral, cultura, progreso intenso. Las gentes trabajan, se divierten, comen estupendamente bien; pero como en todas partes, no faltan los descontentos.

 

La segunda parte de la narrativa de Monseñor Bello, titulada En un lugar de La Mancha, se publicaba en el mismo diario el día 21 de julio de 1975.

-El día 11 de junio, al despuntar la mañana, salimos los guerrerenses en cómodo autocar hacia Sevilla, típica ciudad española, todo salero y fantasía.

Recios caminos los de La Mancha, que recorrió el noble hidalgo Don Quijote y su escudero Sancho Panza. Esta región y la de Extremadura, tierra de los conquistadores Cortés y Pizarro, son los extremos más duros de España en cuanto a fertilidad y en el paisaje.

Hace 25 años contemplé estas campiñas empobrecidas y atrasadas. Ahora, gracias a la técnica agrícola y a un moderno sistema de regadío, estos campos se ven sembrados de trigo, de olivos y de girasoles por miles de kilómetros. Por toda la estela castellana florecen ahora las fábricas, se construyen unidades habitacionales, escuelas e iglesias, la cultura se extiende y se cristianiza el ambiente.

De pronto, en el horizonte andaluz se destaca La Giralda, el mejor símbolo de toda Sevilla. Su altura, belleza arquitectónica y solidez de roca, nos reclaman respeto y admiración para aquellos arquitectos moros que la construyeron como minarete para que, desde sus balcones, el muezín anunciara a los fieles del profeta la dirección a La Meca, y el tiempo de la oración. Ahora es la torre de la Catedral y sostiene las campanas que regalaron los Reyes Católicos Fernando e Isabel. Su sonoridad argentina resuena por toda la ciudad con una acústica perfecta, como si el murmullo viniera del cielo.

Atravesando la Catedral, visitamos El Alcázar, verdadero relicario del arte arábigo. Nuestra inteligente guía, María Luisa, nos explicó la historia. Los árabes estuvieron en Sevilla siete siglos. Levantaron el palacio, la ciudad y la muralla. Vino después la reconquista de los Reyes Católicos y se construyeron nuevas y deslumbrantes alas. En una de ellas Carlos V se desposó con una princesa portuguesa, y solía administrar justicia Felipe II.

Rodean el Alcázar una serie de fuentes y bosquecillos de naranjos que seducen.

El barrio de Santa Cruz es como el corazón de Sevilla. Sus calles son como las de nuestro Guanajuato, su comercio artístico con patios floridos y mesas pequeñas para tomar manzanilla. Por la noche, con faroles a media luz, en un centro de bailables flamencos, el colorido zapateado y música quejumbrosa y gitana.

 

La visita a La Macarena es obligada. La virgen patrona de los toreros que el barrio de Triana guarda como un relicario de oro. Ante sus penetrantes ojos, concelebramos misa los sacerdotes Pineda, Cortés, Domínguez y un servidor. Nuestro peregrinos, y feligreses sevillanos, entonaron cánticos religiosos hermanando corazones. Después subimos al camarín de la portentosa imagen, para admirar sus joyas recamadas de amatistas y diamantes, sus amplias vestiduras bordadas de perlas y esmeraldas, exvotos, condecoraciones, trofeos de toreros, regalos de potentados y de humildes devotos.

Fuimos informados que el santuario sostiene, con sus rentas, numerosas obras sociales y de asistencia pública. La administración de los dineros está confiada a una hermandad de laicos y cada año rinde fiel cuenta de la administración al cabildo y al pueblo.

 

La tercera entrega de Monseñor Bello es titulada La Ciudad Eterna, y cuenta:

-Desde Florencia, a cuatro horas de autobús y a través de la hermosa campiña italiana, con el corazón exultante y cantando himnos de fe, los peregrinos de Acapulco nos íbamos acercando a Roma, la ciudad inmortal de los Césares y de los Papas.

Ciudad tres veces milenaria, por donde los genios de ayer y de hoy han pasado dejando su huella perdurable en mármoles, en pinturas maravillosas y en manuscritos venerables.

 

Dedicamos la mañana del 29 de junio para ganar el Jubileo del Año Santo, recorriendo con espíritu penitencial las cuatro Basílicas Mayores: San Pedro, San Pablo, San Juan de Letrán y Santa María la Mayor.

La Basílica de San Pedro es colosal, pero tan proporcionada que todo inspira equilibrio. Mide 163 metros de largo y está coronada por la cúpula de Miguel Angel que es un portento de armonía y belleza. Su increíble base ostenta en letras de oro las palabras que Cristo dijo a un pescador en el mar de Galilea: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré  mi Iglesia”.

Adjunto a las habitaciones del Papa está la Biblioteca Vaticana, la más completa de Europa, que guarda en sus estantes de maderas preciosas, originales y copias antiquísimas de Cicerón, Virgilio, Horacio, César, Homero, Herodoto, Aristóteles, Platón, la Ciudad de Dios de San Agustín, la Divina Comedia del Dante Alighieri, un Códice con jeroglíficos mexicanos, etc.

En un piso inferior está el Museo Vaticano, el más famoso y grande del mundo, que ofrece tesoros históricos y artísticos como no los tiene ningún otro museo.

Aquí se encuentran pinturas originales de Leonardo Da Vinci, Boticelli, Beato Angélico, Tintoreto, Perugino, Rafael Sanzio y otros artistas.

Y qué decir de la Capillo Sixtina, en cuya bóveda pintó Miguel Angel sus frescos inmortales, demostrando en su Historia de la Salvación y en su Juicio Final, su genio incomparable. Aquí sobran los comentarios. Sólo hay lugar para la contemplación de la belleza.

El Papa Sixto IV mandó construir esta capilla palatina y la dedicó a la Asunción de la Virgen María en el siglo XV. En la actualidad la Sixtina sirve de aula para los consistorios y para la elección del Papa.

 

Nuestra capacidad de admiración no se había agotado aún, y pasábamos en una sola mañana de maravilla en maravilla y de sorpresa en sorpresa. Contemplamos en silencio profundo La Piedad de Miguel Angel, límpidamente restaurada y protegida por un cristal irrompible. La obra escultórica que realizó el artista florentino cuando tenía 24 años y de la que dijo: “será la obra más hermosa de mármol que se encuentre en la Cristiandad y que ningún maestro pueda igualar”.

La Virgen llora sosteniendo en su regazo el cuerpo muerto de su Hijo. El rostro del crucificado refleja serenidad y satisfacción de haber realizado la Redención del hombre.

 

Coronamos nuestra jornada con la visita a la Basílica de Santa María la Mayor. El Santuario más grande del mundo dedicado a Nuestra Señora en su advocación de “Salud del Pueblo Romano”. Los sacerdotes peregrinos celebramos Misa sobre el mismo altar en que hace 52 años celebró por primera vez nuestro Prelado el Excmo. Sr. D. José Pilar Quesada Valdés y, por coincidencia agradable, dos de nosotros celebramos ese día nuestro XXV aniversario de ordenación sacerdotal.

 

El domingo 3 de agosto, Monseñor Rafael Bello Ruíz daba cuenta, en el Novedades de Acapulco, de lo sucedido durante La Audiencia Pontificia.

-Al atardecer del día miércoles 2 de julio nos dirigimos a la Plaza de San Pedro en el autobús urbano No. 64. Miles de gentes acudían presurosas para ver y escuchar en audiencia pública al Santo Padre.

Previamente habíamos obtenido boletos de primera fila que nos permitieron estar cómodamente sentados a 20 metros del Papa. Los guardias “suizos”, con sus uniformes de gala diseñados por Miguel Angel, cuidaban el orden y de que nadie ocupara lugares ajenos.

Era imponente la visión de la columnata de Bernini que abrazaba a más de cien mil gentes, venidas de todos los rincones de la tierra, para testimoniar su fidelidad al Vicario de Cristo.

 

A las 7 en punto apareció el Papa de pie, en un jeep Toyota, y comenzó a recorrer en zigzag la enorme plaza que estalló en aplausos y gritos de júbilo. Visiblemente emocionado impartía bendiciones, sonrisas y bondad a todos los peregrinos congregados.

Ayudado por dos gentiles hombres descendió del vehículo y, con pasos lentos, llegó a un sencillo trono aderezado frente a la estatua de Jesucristo y de los Apóstoles que dominan el frontispicio de la Basílica de San Pedro.

Después de hacer la señal de la cruz habló en italiano a una numerosa peregrinación de sicilianos que venían acompañados de sus obispos. Luego, en lenguaje fluido y elegante, habló en francés a canadienses y franceses. Dirigió un breve saludo en inglés a los americanos y a dos grupos de africanos procedentes de Nigeria y de Uganda. También habló en alemán a lituanos, daneses y alemanes del sector oriental. Finalmente, nos habló en español y, al nombrar a la peregrinación de Acapulco, nos pusimos de pie, aplaudimos frenéticamente y gritamos a todo pulmón: ¡Viva el Papa!

Nos dirigió el siguiente saludo: “Os agradecemos de corazón vuestra presencia aquí, en la que vemos un testimonio de vuestra adhesión y afecto al Papa”.

 

El mismo diario daba cuenta del relato titulado Las Catacumbas y el Coliseo:

-Las catacumbas y el Coliseo en Roma son dos nombres que están íntimamente ligados al recuerdo de los primeros mártires del cristianismo.

Los viajeros de Acapulco visitamos estos lugares con gran interés el día 4 de julio. Siguiendo la Vía Apia descendimos a las Catacumbas de San Calixto. Unas galerías subterráneas de 27 metros y 14 kilómetros de extensión.

En este lugar reposan los restos mortales de nueve Papas del siglo III. La entrada está en un ameno jardín de pinos y rosales.

Un joven seminarista español condujo a nuestro grupo por un túnel excavado a uno y otro lado de las tumbas. Nos explicó que las catacumbas no fueron excavadas precisamente para servir de lugar secreto de culto o de escondite para los cristianos perseguidos. Las hicieron primordialmente para cementerio. Pero también es cierto que las recámaras más amplias llamadas “arcosolios”, se usaban como capillas para la oración comunitaria y para la celebración de la Eucaristía.

Todavía se observan en las paredes inscripciones piadosas en latín y brillantes pinturas al fresco representando la Ultima Cena, o bien símbolos de martirio, como una palma. Los arqueólogos han identificado algunas tumbas de mártires por una M mayúscula que solía grabarse sobre la lápida o bien por frescos sellados y llenos de un polvillo rojo que se supone sangre disecada.

Admiramos una hermosa escultura de mármol blanquísimo, en la que el artista Maderno representó a Santa Cecilia postrada después de su martirio, y proclamando con sus dedos al Dios Trino y Uno de los cristianos. Muy cerca de allí y en la semioscuridad de un nicho de mártir concelebramos y meditamos en la célebre frase de Tertuliano: “La sangre de mártires es semilla de cristianos”.

 

Otro monumento impresionante de la antigua Roma es El Coliseo, que fue transformado en iglesia durante muchos años porque en su arena corrió sangre de mártires.

Esta gigantesca edificación tiene capacidad para 50 mil espectadores y sigue siendo el mayor teatro del mundo. Aquí se organizaba para goce de la nobleza y del pueblo, combates de gladiadores, escenas guerreras, cazas de fieras y, finalmente, la tortura y ejecución pública de miles de cristianos.

Entre el Coliseo y el Foro Romano está el magnífico Arco del Triunfo del Emperador Constantino, que conmemora la gran victoria que obtuvo contra los poderosos ejércitos de Majencio en el puente Milvio. Una tradición cuenta que en la víspera de la batalla, el joven emperador vio en sueños una cruz y oyó una voz que le aseguraba una promesa: “In hoc signo vinces”... con este signo vencerás!

Lo cierto es que en el año 313, en un célebre Edicto que dio en Milán, Constantino el Grande dio libertad a la iglesia para que ejerciera en todo el Imperio Romano su acción evangelizadora. Desde entonces las catacumbas se cerraron y los cristianos salieron al amplio horizonte de la libertad.

 

Para el 10 de agosto aparecía su artículo La Tierra Santa, en la que narra primorosamente:

-Realización plena de un sueño largamente acariciado fue nuestra visita a Tierra Santa. Tierra milenaria en la que se desarrollaron los acontecimientos salvíficos narrados en la Biblia.

Toda Palestina, pero sobre toda Jerusalén, tan repleta de conmovedores recuerdos, sigue ejerciendo en el mundo tal fascinación que, a pesar de su precaria paz, ha sido visitada por un millón de peregrinos en lo que va del Año Santo.

Esta muchedumbre constituye un verdadero mosaico de todas las razas y culturas procedentes de los más apartados confines. En nuestro hotel, National Palace, convivimos con hindúes, africanos y americanos. Algunos eran turistas y acudían por mera curiosidad. Otros eran auténticos peregrinos, entre los cuales se contaban los nuestros de Acapulco, que habían ahorrado durante años para hacer este viaje.

 

Tres horas de vuelo empleamos de Roma a Tel Aviv en jet de Alitalia. A la altura de Sicilia, una aeromoza comenzó a repartir periódicos y, con sobresalto, leímos que los fedayines habían perpetrado un atentado en Jerusalén, con saldo de varios muertos y heridos. Además, otros viajeros nos habían advertido que la revisión aduanera israelí era tan estricta que debería considerarse como un verdadero ultraje a las personas.

Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Lod constatamos la realidad. El atentado había sido exagerado por la prensa y, en cuanto a la revisión, no fuimos molestado en lo mínimo. -Y cómo no, si les dijeron que era una peregrinación mexicana encabezada por tres sacerdotes y un obispo!-

Tranquilamente seguimos en un autobús especial hacia la “Ciudad Santa”. Por una supercarretera cruzamos bosques de pinos y de olivos, crecidos casi milagrosamente en aquella tierra tan reseca y tan pobre. De pronto, divisamos la Ciudad y contemplamos embelesados sus blancas murallas; pero no entramos sino que seguimos de paso hacia Belén.

Jamás olvidaremos aquella tarde del 5 de julio en que de rodillas besamos la roca de la gruta en donde se cree nació el Salvador del mundo. Sumidos en un profundo silencio tuvimos la concelebración más ferviente.

 

Al día siguiente hicimos un recorrido por la ciudad de Jerusalén, comenzando por el Muro de las Lamentaciones. Este muro de piedras ciclópeas forma los cimientos del Templo de Salomón. Allí, hombres y mujeres israelitas con la cabeza cubierta besan las piedras y recitan salmos, llorando las desventuras del “Pueblo Escogido”.

Después recorrimos la Vía Dolorosa, siguiendo los mismos pasos de Jesucristo... Unas lápidas señalan las 14 estaciones del Vía Crucis, terminando la última en la Iglesia del Santo Sepulcro.

Impresión indescriptible en el lugar del Calvario, donde Cristo expiró, donde dio a los hombres a María por Madre Espiritual...

Análogas impresiones en los demás lugares santos: el Huerto de Getsemaní, donde Cristo agonizó. Más arriba, el Dominus Flevit, donde lloró al contemplar la ciudad deicida. El Cenáculo, en poder de musulmanes, donde celebró la Ultima Cena, instituyendo la Eucaristía y el Sacerdocio.

 

Pero Jerusalén no es tan sólo un lugar santo para judíos y cristianos; también los musulmanes la veneran como la segunda ciudad santa después de La Meca. Constantemente acuden peregrinos a la Mezquita de Omar, de cúpula dorada, y a la llamada “Al-Aqsa” construida en la explanada del Templo en el siglo VIII. -Y a la que ellos entraron para poder contemplar las huellas de Cristo salvador dejadas en su asención-.

Por esta razón resuenan en los lugares santos las palabras del salmista: “Si me olvidare de tí, Jerusalén, que se me pegue la lengua al paladar”.

 

El 17 de agosto aparecía el último de sus artículos sobre ese viaje con el encabezado: Grecia.

-Procedentes de Tel Aviv llegamos a Atenas el 10 de julio, cuando el sol parecía estallar sobre el blanco mármol de la Acrópolis, la colina sagrada que es el corazón de toda Grecia.

Apenas instalados en el céntrico hotel Asperia Palace, iniciamos una excursión a través del centro urbano, rodeando las murallas de la ciudadela, siguiendo luego hacia la puerta de Adriano y el templo de Júpiter, para después ascender a pie hasta el Agora, rocoso promontorio en donde San Pablo habló a los atenienses de un “Dios desconocido” y una “doctrina nueva”.

El panorama nos cautivó desde el primer momento. A nuestros pies se extendía la moderna capital de Grecia, con sus dos millones de habitantes; a lo lejos, la colina llamada Licabeto coronada por la iglesia de San Jorge; hacia el sur, el gran puerto del Pireo, resguardado y profundo. En su bahía se podía contemplar la mayor concentración de barcos jamás vista en nuestra vida. Centenares de naves construidas o en reparación forman la flota de este país, que se proyecta en el Mediterráneo a través de mil cien islas, lo cual ha determinado su secular vocación naval y mercantil.

Pero la maravilla que asoma por todo el horizonte ateniense es la silueta inconfundible del Partenón, el templo más hermoso que han contemplado los siglos. Seis mil visitantes lo admiran embelesados cada día. Arquitectos y escultores de todos los confines estudian sus trazos tan simétricos y finos.

 

Nuestras guías Lily y Urania, verdaderas maestras de la historia griega, nos explicaron que los edificios de la Acrópolis, cuyas gloriosas ruinas estábamos contemplando, eran las más importantes para la historia del arte y de la civilización occidental. Dichos edificios eran: el Templo de Atenea Nike o la victoria sin alas, el Erecteión, santuario de Poseidón decorado con las Cariátides o columnas en forma de mujer; el Partenón y el Teatro Dionisos en donde contemplamos el espectáculo, lleno de gracia y colorido, de los antiguos bailes griegos.

Todo este incomparable conjunto arquitectónico fue construido gracias a la iniciativa del gran general y hombre político ateniense Pericles. El empleó para este fin a los mejores arquitectos de su tiempo y consiguió realizar estas magníficas construcciones que, aún hoy día, son la admiración del mundo entero.

El constructor del Partenón fue el famoso arquitecto Calícrates y su decorador el inmortal Fidias con un sinfin de artesanos anónimos. En el año 438 antes de Cristo el templo fue terminado y dedicado al servicio del culto de Atenea, diosa protectora de la ciudad, cuya estatua de bronce y marfil ocupaba el centro.

En el año 630 de nuestra Era el Partenón fue transformado en iglesia cristiana con el título de Santa Sofía o Santa Sabiduría, y la Acrópolis fue proclamada sede del Arzobispo de Atenas. Por esta razón se conservan intactos los frisos y esculturas labradas en los frontispicios. Lo mismo que el techo de madera artesonado y policromado. Pero en 1640, durante la guerra entre turcos y venecianos, una granada hizo estallar el polvorín almacenado en el Partenón y el edificio fue destruido en gran parte. A pesar de todo, conserva en sus columnas la majestad y grandeza de su primer esplendor.

 

Igualmente majestuosas e impresionantes son las ruinas de Corinto, ciudad en donde vivió San Pablo y escribió dos famosas cartas; la antigua ciudad de Epidaurus, el centro más importante del culto a Esculapio, dios de la medicina; el Santuario de Delfos, situado en escarpadas montañas, a donde acudían los griegos y jefes de Estado para consultar a una sacerdotisa sobre la fortuna de sus empresas. Todos estos hermosos monumentos y lugares históricos han quedado profundamente grabados en nuestra memoria, de tal manera que mis compañeros de viaje pueden decir que estos cuarenta días estuvimos en la Universidad del Viejo Mundo.

 

Verdadero colofón de nuestro viaje fue un crucero de todo un día por el Mar Egeo, visitando las islas de Egina, Hydra y Poros de las playas serenas y seguras caletas; salpicadas de casitas y de pueblecillos blancos y alegres, elegidos como residencias veraniegas del turismo universal.

 

Ya en tierras mexicanas, el 28 de julio de 1975, uno de los viajeros, Sabino Galindres, ofreció una comida a todo el grupo y especialmente al Obispo de la Diócesis El Dr. José Pilar Quesada y a su auxiliar y guía del viaje el Obispo Rafael Bello Ruíz.

Poco antes, asistieron a una Misa concelebrada a cargo de dos Obispos y siete sacerdotes, teniendo como marco la Catedral de Nuestra Señora de la Soledad.

El Padre Cleofas Mendoza, de Tierra Caliente, fue el encargado de ofrecer el festejo a nombre del anfitrión, resaltando la satisfacción que Sabino -y muchos otros de los viajeros- sentía al haber podido realizar la ilusión largamente acariciada de conocer los lugares en donde se forjó la historia cristiana.

 

A su regreso, seguramente que Monseñor  Bello se encontró con un cúmulo de ocupaciones pues no volvió a escribir con todo y que le faltaron las reseñas de algunos otros lugares visitados por los peregrinos.

Es muy posible que Monseñor Quesada le urgiera en lo que a la preparación para la recepción de la Diócesis respecta pues, un año después, el 4 de junio de 1976, los medios de comunicación daban a conocer la nota: El Papa Paulo VI había nombrado como Obispo Residente -o titular- a Monseñor Rafael Bello Ruíz, el queridísimo Padre Paíto.

 

UNA CARGA LLENA

DE RESPONSABILIDAD!

 

El Primer Obispo de Acapulco Monseñor José Pilar Quesada Valdés, junto con su consideración para Obispo Auxiliar del Padre Paíto, presentaba una consideración más ante el Santo Padre dos años atrás: su renuncia como Obispo Diocesano.

De tal suerte, cuando el grupo de peregrinos estuvo ante Pablo VI, el Sumo Pontífice bien sabía ya que aquel Obispo fiel que tenía enfrente sería el nuevo prelado acapulqueño.

La renuncia, presentada a punto de cumplir los setenta y cinco años de edad, acataba una disposición surgida del Concilio Vaticano II, aún no incorporada al Derecho Canónico.

Cuarenta y nueve años cumplía el nuevo Obispo Diocesano que declaraba a don Rafael Castrejón, uno de los más destacados periodistas que ha dado el puerto:

-No me ha llenado de alegría; por el contrario, tengo temor de tomar sobre mí, una carga tan llena de responsabilidades.

Y vaya que sabía a lo que se enfrentaba! La evangelización de casi un millón de personas que se escondían entre las palmeras desde Cuajinicuilapa hasta Petatlán. La promoción de los valores cristianos que configuraran la vida con la fe. La pacificación de su sierra. Y, a todo esto, debía enfrentarse con tan solo cincuenta y ocho sacerdotes, cien religiosas y algunos laicos comprometidos dentro de los cursillistas, el Club Serra, y los movimientos cristianos familiar y juvenil.

Tres puntos fundamentales le inquietaban: mayor atención a la juventud, promoción del laicado adulto y las vocaciones sacerdotales.

-Sé que voy a sufrir en esta nueva misión que el Papa me ha encomendado, decía a Castrejón, agregando después: se requiere en Acapulco y en sus costas un sistema nervioso muy equilibrado, además de la fortaleza y la paciencia cristianas.

Cuando le cuestionaron sobre su plan de trabajo, Monseñor Bello contestó: ...desde ahora puedo decir que el programa de mi vida personal se sintetiza en dos palabras: pobreza y caridad. Es decir, conciencia de la radical dependencia del hombre en relación con Dios que se traduce en oración, en sencillez, apertura, sinceridad, deseo constante de renovación y de conversión. Por otra parte, sé que en un pastor lo principal es la comprensión y la estima de los diocesanos; ser entregado al trabajo, tener un corazón sensible, saber entender a todos, e identificarse con ellos. Ser amigo.

Ya lo era. Ya era todo eso que decía se necesitaba para ser un buen pastor. Su entrega pastoral precisamente en las dos costas y la reciprocidad del cariño demostrado por sus feligreses lo confirmaba.

 

Por su parte, Monseñor Quesada señalaba al propio Castrejón:

-La Iglesia, como dijo Pío VII, espera una nueva primavera que, a mi parecer, ya se ha iniciado.

 

El 29 de junio se realizaba la ceremonia en el entorno de una Misa concelebrada en la Catedral de La Soledad, donde el Delegado Apostólico en México Monseñor Mario Pío Gaspari hizo entrega del Báculo simbólico de su mandato pastoral, ante la presencia del Obispo saliente, Monseñor José Pilar Quesada Valdés, los Obispos de: Chilapa, Don Fidel Cortés Pérez; de Cuernavaca, Don Sergio Mendez Arceo; de Querétaro, Don Alfonso Toriz Cobián; de Ciudad Altamirano, Don Manuel Samaniego; de Tulancingo, Don Esaú Robles Jiménez, sacerdotes, religiosas y cientos de católicos que se apiñaron en el templo junto con su familia.

En su homilía, publicada completa el 8 de agosto en el prestigiado e influyente periódico italiano L’Osservatore Romano, en su edición semanal en lengua española, señaló a su feligresía:

¿Qué significa que uno de entre ustedes haya sido incorporado al Colegio Episcopal y que ahora reciba en encomienda una porción de la Iglesia? No otra cosa sino la continuación de aquel gesto que hicieron los apóstoles al agregar a Matías a su grupo.

Cristo instituyó un  Colegio Apostólico y puso al frente de él a Pedro. El Episcopado, con el Papa a la cabeza, es sucesor de este Colegio. Por eso el Concilio Vaticano II enseña que los Obispos, por institución divina, son sucesores de los apóstoles. Por tanto, quien a ellos escucha a Cristo escucha, y quien a ellos desprecia a Cristo desprecia. Sin embargo, la iglesia en sus ministros rehuye toda pretensión de poder y ostentación, advirtiendo que el Episcopado es más una carga que un honor; es más un servicio que un poder.

Esta figura del obispo, apóstol y pastor,  es la que proyectó sobre la Diócesis de Acapulco el Excmo. Sr. Quesada durante los 17 años de su episcopado, y en esta misma dirección quisiera impulsar mis esfuerzos convirtiendo en un elemento esencial de mi vida la conocida frase de San Agustín: para vosotros soy Obispo, con vosotros soy cristiano.

Por eso, hermanos, les manifiesto que no esperen encontrar en mí un personaje de influencia y poder. Como coterráneo de Ustedes quiero ser colaborador con las autoridades civiles del bien común y no deseo para mi persona y mis colaboradores más facultad que la de poder cumplir con la misión que la Iglesia me ha encomendado: De predicar con libertad el evangelio de Cristo.

Toda la geografía del Estado de Guerrero, pero de modo muy especial la que corresponde a la Diócesis de Acapulco, parece atravesada por una cruz cuyos leños no solamente están formados por los dolores y las carencias de los hombres que aquí habitan, sino también por los dones divinos que la redención de Jesucristo ofrece a los que creen en El.

La Iglesia quiere colaborar para que estos hombres y mujeres que pueblan nuestra sierra y nuestra costa, tengan una vida humana más confortable y grata, pero compatible en todo con los grandes principios que orientan una conciencia cristiana y aseguran la práctica de la fraternidad, de la justicia y de la paz.

Han pasado más de dos años desde que, en la festividad de la Anunciación del Señor, fui ordenado Obispo y ahora, después de la experiencia que me dan la observación y el trato con ustedes, estimo que se presenta ocasión propicia para confiarles mi pensamiento y mis deseos, en relación con lo que ha de constituir nuestro ideal de apostolado.

Tres son las inquietudes pastorales que considero principales para mí, y confío pueden ser primordiales para los sacerdotes, las religiosas y los laicos de esta diócesis.

La primera, es la atención pastoral de la juventud. Las estadísticas muestran que somos una nación de jóvenes y sabemos que próximamente los jóvenes de 18 años irán a las urnas para elegir a nuestros gobernantes. Además, el Papa Paulo VI en su exhortación sobre el Anuncio del Evangelio nos advierte: -Las circunstancias nos invitan a prestar una atención especialísima a los jóvenes, su importancia numérica y su presencia creciente en la sociedad; los problemas que se les plantean deben despertar en nosotros el deseo de ofrecerles con celo e inteligencia el ideal que deben conocer y vivir-.

La segunda inquietud pastoral es la promoción de un laicado adulto, conforme a lo expresado por el Episcopado Mexicano en su Instrucción Pastoral de 1970: -La formación de un laicado adulto es tarea decisiva, común y urgente de la Iglesia de hoy en México. La formación de un laicado adulto pide reformas y adaptaciones no sólo en líneas y métodos de acción de la Iglesia, sino la misma transformación de las relaciones internas y consiguientemente, en las estructuras organizativas.

Finalmente, la tercera inquietud es la preocupación por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Nuestro contingente apostólico de tiempo completo es modesto: 58 sacerdotes, 140 religiosas y 8 hermanos, para una población de más de 800 mil habitantes. Pero Cristo nos enseñó a orar con fe e insistencia para que el dueño de la mies envíe los obreros necesarios. Esta promoción, como lo enseña el Decreto Conciliar sobre la formación de los sacerdotes, ha de ser tarea de toda la comunidad diocesana, Sobre todo las familias que, llenas de espíritu de fe, son como el primer seminario, y las parroquias, de cuya vida fecunda participan los mismos adolescentes. Los maestros y directores de las escuelas católicas procuren cultivar a los adolescentes que se les han confiado, de forma que puedan sentir y seguir con buen ánimo la vocación divina. En cuanto a los sacerdotes y religiosas, procuremos un grandísimo celo apostólico por el fomento de las vocaciones y atraigamos el ánimo de los jóvenes hacia el sacerdocio, con una vida laboriosa y alegre.

Que la Santísima Virgen de la Soledad, Patrona de esta diócesis, sea como la estrella luminosa que nos guíe en nuestras labores apostólicas”.

 

Monseñor Bello Ruíz entonó el Gloria en señal de acción de gracias, y escuchó el mensaje enviado por Su Santidad que, en voz de Monseñor Pío Gaspari, deseaba un profundo éxito al nuevo prelado, y enviaba sus bendiciones a él y a todos los habitantes de la Diócesis.

La familia, encabezada por Doña Luz y sus hijos, prestos y respetuosos, fueron de los primeros en besar el anillo del nuevo jerarca de la Iglesia en Acapulco, significando así el ofrecimiento de obediencia de la feligresía.

Finalmente, impartió su bendición a toda su nueva grey.

 

Monseñor Rafael Bello Ruíz ya era Obispo residente de Acapulco. Era, a la vez, el quinto guerrerense elevado al rango de Obispo en la historia de la Iglesia. Sus antecesores fueron: Don Ramón Ibarra González, Arzobispo de Puebla; Antonio Hernández, Obispo de Tabasco; Serafín Armora, Obispo de Tampico y Don Leopoldo Díaz Escudero, Obispo de Chilapa.

 

Hombre de acciones concretas, Monseñor Bello daba a conocer dos días después la reorganización de la Diócesis y los componentes de la curia acapulqueña. El Padre Angel Martínez Galeana, conocido por todos por su intensa labor en beneficio de los niños, sería Vicario General y uno de los principales colaboradores del nuevo Obispo.

El Padre Francisco Padilla Chavelas fue nombrado Secretario. El Padre Blandino Bárcenas Agatón fue confirmado como Ecónomo, y el Padre Angel Bustos Provisor.

Entre el laicado cercano al nuevo jerarca surgió de inmediato una conseja desprendida de los nombres de los recién responsabilizados: El Obispo Bello está rodeado de ángeles!

 

El 3 de junio emitía su primera circular en la que concretamente señalaba:

“Analizando delante de Dios qué es lo que pasa en mi alma para comunicárselos en este saludo de presentación, me encuentro pobre para poder servirles y, por tanto, con una gran necesidad de que me ayuden a cumplir la misión que el Papa, Vicario de Cristo, me ha encomendado. Somos todos, Sacerdotes, Religiosos, y laicos, los que tenemos que aceptar la misión de construir el Reino de Dios en la Diócesis de Acapulco.

Por lo que a mí toca les declaro a todos los diocesanos, especialmente a los Sacerdotes, que toda mi vida larga o corta, será dedicada a su servicio. Y que, conservando todo lo conseguido tan meritoriamente durante el episcopado del Señor Quesada, lograremos encontrar modos y formas adecuados a las exigencias del nuevo momento.

Que la Santísima Virgen me ayude a cumplir con este voto y que Dios Nuestro Señor bendiga a quienes estén dispuestos a cumplirlo juntamente conmigo”.

 

Ocho días después de su consagración como Obispo Residente, uno de sus compañeros de viaje, el gastrónomo Sabino Galindres, le ofreció una comida conmemorativa a la que asistieron todos sus amigos y conocidos, destacando los nombres de todos los niveles sociales porteños.

 

A poco más de un mes de haber asumido la inmensa responsabilidad, daba sus primeros pasos para alcanzar las metas fijadas. La Secretaría de Educación Pública autorizaba al Obispo de Acapulco a crear una Escuela Secundaria que funcionaría, a partir del siguiente ciclo escolar, en el mismo Seminario Conciliar de El Buen Pastor. Al anunciar el suceso, Monseñor Bello Ruíz extendía igualmente la buena nueva de que, con vistas a tres años, se fundaría ahí mismo una Preparatoria Abierta, reconociendo las cualidades maravillosas que brindaba la Universidad Autónoma de Guerrero.

El Gobernador del Estado, Rubén Figueroa Figueroa, al ser informado de esto, con su característica bonachonería dijo: “una escuela más en Guerrero, siempre es bienvenida” y dispuso fueran entregados a la institución escolar 50 mesabancos, cuatro escritorios y cuatro pizarrones.

Esta actitud del polémico gobernante no fue sino la confirmación de la coincidencia que, dentro de las relaciones iglesia-estado, existían por mejorar las condiciones de las clases marginadas y que, al día siguiente de su reunión con Figueroa, señalara Monseñor Bello el 15 de agosto de ese mismo año de 1976, destacando que fue, precisamente Luis Echeverría, presidente de México en funciones, el primer mandatario mexicano que se entrevistara con el Santo Padre.

 

Trae el tema al recuerdo que José López Portillo, presidente electo de México en ese momento, le enviara un lote de sus mejores obras al nuevo Obispo, destacándose entre ellas el famoso Quetzalcoatl, y Teoría General del Estado Moderno.

A finales de ese año, y con motivo de la celebración del Congreso Mundial de Ginecología en la ciudad de México, Monseñor Bello fijaba su postura ante el aborto: ... el aborto legalizado está dando lugar a una especie de prostitución disfrazada de la mujer, y tal legislación más que libertad, propicia el libertinaje. El tiempo daría la razón a Monseñor Bello Ruíz y a Su Santidad.

 

Ese mismo año, un nutrido grupo de feligreses acapulqueños atestiguó el cambio de la Santísima Virgen de Guadalupe a su nuevo recinto. La nueva y  moderna Basílica, obra de Don Pedro Ramírez Vázquez, substituía al vetusto edificio -a punto de caer- que le acogiera centenariamente, y el Obispo Residente de Acapulco cerraba el año con otro de sus recorridos pastorales por todos los rincones surianos de su diócesis, acompañado y respaldado por el Delegado Apostólico en México, Monseñor Mario Pío Gaspari.

Ambos, recorrieron la Costa Chica hasta las comunidades de La Concordia y Cuapinola, bendijeron los templos de Cruz Grande y Ayutla, y fueron recibidos con grandes muestras de cariño en San Marcos.

En el corazón de la mixteca, los prelados confirieron a dieciséis indígenas, preparados especialmente, la orden del Lectorado.

Finalmente, al conmemorar el nacimiento de Cristo y la llegada de un año nuevo, Pío Gaspari externó el mensaje del Sumo Pontífice Paulo VI a los surianos, expresado con anterioridad en pleno corazón de la Organización de las Naciones Unidas:  “Ya nunca jamás a la guerra”.

 

Así enfrentaba Monseñor Bello Ruíz su nuevo encargo divino. Con sus altas y bajas, la vida cotidiana de la Diócesis se le fue amoldando a la actividad más que él a ella. No todo era miel sobre hojuelas, pues algunos negritos en el arroz tenían que presentarse. Al fin y al cabo así se forja la construcción de la obra de Dios. De todos y cada uno de los inconvenientes, Monseñor Bello Ruíz salió airoso.

 

Por razones de información, actualización y jerarquía, nuestro Obispo debía presentarse en determinadas ocasiones en Roma. Paulo VI partiría al Reino de Dios en 1978, año en que fuera electo Juan Pablo I y falleciera a su vez.

El nuevo Papa adoptaría el nombre de Juan Pablo II en recuerdo del rápido paso de su predecesor por El Vaticano, y se convertiría en un amigable protector de Obispo y diócesis.

El es el Papa aquel que comentásemos en páginas anteriores que, en cuanto veía llegar a Monseñor Bello Ruíz y sus acompañantes, exclamaba entusiasmado: Acapulco! Acapulco!

Pocos meses después, Monseñor Rafael Bello Ruíz, Obispo de Acapulco, participaba en la recepción y actividades de Su Santidad Juan Pablo II en su primer visita a México. Recién electo Papa el 16 de octubre de 1978, el Sumo Pontífice llegaría en 1979 al Seminario Mayor de la ciudad de Puebla para inaugurar la Tercera Conferencia Episcopal Latinoamericana, en la que los obispo mexicanos jugaron un destacadísimo papel.

 

En 1978 había muerto Lupita, la esposa de Don Agustín Galeana, uno de aquellos compañeros de viaje de Monseñor a Tierra Santa. Lita, su hermana, no pudo ir a dar el pésame a Petatlán debido a su trabajo. Al término de la misa de cabo de año de otro de los viajeros también fallecido un año antes, Monseñor Bello, al darse cuenta de que Don Agustín estaba ahí y recordando que Lita no había presentado sus respetos, la llamó para que lo hiciera.

Vuelta a Acapulco, Lita recibiría la visita de Don Agustín a quien Sabino Galindres ya había recomendado casarse con ella por su bondad y buenas costumbres, reafirmando así la elección que habían hecho sus propias hermanas.

Desde entonces, el viudo llamaba por teléfono a Lita, desde Petatlán, lo menos dos veces por día y, cuando venía a Acapulco, le invitaba a salir insistentemente. Lita estaba asustada. Tenía miedo de que si aceptaba la invitación, alguna de sus amistades le informara a su hermano el Obispo y a éste le pareciera incorrecto. Cada ocho días, Don Agustín se dejaba llegar desde la costa.

Un día, temblorosa, Lita se fue a la Catedral para hablar con su hermano, para pedir consejo. Monseñor Bello vio con buenos ojos la situación. Al tiempo, el 24 de marzo de 1979, Lita se casó con Don Agustín para formar una nueva y hermosa familia. Ofició la ceremonia eclesiástica, obviamente, Monseñor Rafael Bello Ruíz, a quien acompañaron como concelebrantes otros dos sacerdotes viajeros: el Padre Manuel Herrera Murguía, y el Padre J. Jesús Cortés.

 

El Consejo Episcopal Latinoamericano es el organismo de la Iglesia católica que engloba a las conferencias episcopales de nuestro continente y el caribe. Fue creado en 1956 por el papa Pío XII a petición de los obispos del área latinoamericana y del Caribe. Las principales funciones del CELAM son coordinar, promocionar y aplicar las actividades apostólicas que cada conferencia episcopal realizará en su ámbito particular. Debido a ello, sus miembros son elegidos en una asamblea ordinaria anual que reúne a las distintas conferencias episcopales nacionales. Entre sus múltiples comisiones destacan las de Catequesis; Migración y Turismo; Comunicación Social; Familia, Vida, Infancia y Juventud; Laicos; Misiones; Educación; y Liturgia.

El 25 de octubre de 1980, la Conferencia Episcopal Mexicana eligió a Monseñor Rafael Bello Ruíz, Obispo Residencial de Acapulco, Gro. como Presidente de la Comisión Episcopal de Migración y Turismo, primero de una serie de cargos que asumiría a nivel nacional, sin abandonar su ministerio episcopal.

La vida familiar transcurría sin más novedades que las propias de la cotidianidad, hasta el 28 de octubre de 1981 en que fallece Jorge, uno de los hermanos de Monseñor Bello, sumiendo nuevamente a la familia en el luto y el dolor. Tito era ya Gerente de Producción de la Subdirección de explotación y su apoyo al Padre Paíto no dejaba de fluir, ahora con un poco de más desahogo.

 

El 10 de septiembre de 1982 sucedería algo que aparentemente no tiene más trascendencia que una meramente administrativa: Monseñor Bello es nombrado Administrador Apostólico de Chilapa.

Monseñor no lo dice, pero de su profundo interés por su feligresía y su diócesis, a más de las continuas visitas a Roma y los sucesos posteriores, se desprende que el Obispo de Acapulco ya trabajaba intensamente en los estudios y análisis que se necesitan para que, conforme a las necesidades naturales de una región, se estructurase una arquidiócesis.

 

Monseñor Díaz Escudero había forjado al hombre que regiría los destinos espirituales de esta extensa y necesitada zona suriana; Monseñor Quesada Valdés había encabezado los primeros pasos estructurales y pulido a ese hombre. A Monseñor Bello Ruíz, el hombre, tocaría armar, organizar, y dirigir la nueva provincia eclesiástica.

 

 

 

LA ARQUIDIOCESIS

 

La Santa Sede, una vez que recibió la propuesta del Episcopado Mexicano, consideró que la llamada Región sur debiera tener una representatividad como tal, y crea la 12a. Provincia Eclesiástica con sede en Acapulco, quedando su obispo, Monseñor Rafael Bello Ruíz, como Metropolitano y anexándosele las diócesis de Chilpancingo-Chilapa, Ciudad Altamirano, Ciudad Lázaro Cárdenas y Tlapa de Comonfort.

 

En marzo de 1983, el Padre Blandino Bárcenas informaba en un comunicado que se había terminado la remodelación del templo histórico y, religiosamente hablando, más importante de la diócesis de Acapulco: el templo de Nuestra Señora de la Soledad.

Este año Jubilar Diocesano -señalaba el sacerdote y vocero de la mitra- la Providencia nos tenía deparadas muchas y muy agradables sorpresas. Ellas van desde la constante superación y renovación a través de dos grandes acontecimientos eclesiales: Año Santo de la Redención y Año Jubilar Diocesano, pasando por la creación de la nueva Provincia Eclesiástica de Guerrero y el nombramiento de su primer Arzobispo en la persona del Sr. Obispo Rafael Bello Ruíz.

Otro acontecimiento que dejará huella en esta reciente arquidiócesis es la Dedicación o Consagración de la Catedral a Nuestra Señora de la Soledad. Será el primero que dedique (Monseñor Bello Ruíz) en su Provincia eclesiástica como primer Arzobispo.

Más aún, la Provincia ha hecho coincidir el propio día 25 de marzo varios acontecimientos, ya de carácter universal, ya de carácter diocesano. En efecto, ese día a nivel universal la liturgia celebra la Anunciación y Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo; el Papa Juan Pablo II declarará abierto el Año Santo de la Redención por cumplirse 1950 años de la muerte redentora del Rabí de Galilea; nuestro Pastor cumple nueve años de haber sido ordenado Obispo; es nuestra fiesta patronal y, ese día, además, dedicaremos el templo.

Tras algunas indicaciones propias de los eventos, el Padre Blandino terminaba su comunicado señalando:

Quiera Dios que no nos quedemos en ceremonias puramente exteriores, y que la blancura inmaculada que vemos en nuestra Catedral recientemente remozada, sea símbolo claro de nuestra renovación interior, particularmente en esta Cuaresma de 1983 que está tocando a su fin.

La Catedral de Nuestra Señora de la Soledad fue construida en el mismo lugar en que estuviera el primer templo católico de la región, destruido por un ciclón en 1936. Inició la construcción el Obispo de Chilapa, Don Leopoldo Díaz Escudero, siendo párroco de Acapulco el Padre Florentino Díaz. El proyecto fue del Arq. Federico Mariscal y dirigió la obra el Arq. Miguel Madrigal.

Participaron activamente en la realización los sacerdotes Galdino González, Jesús y Antonio Jiménez, Bernardo García y Jorge Parra., a más de las vecinas Apolonia Altamirano, Jovita Rangel, Chenchita Sotelo, Jovita Becerra, Beatríz Velásco de Alemán y Tina Montaño, además de las familias Hudson, Hernández y Muñúzuri.

 

El 29 de junio de 1983, en el atrio de la Iglesia de Cristo Rey, en presencia del delegado apostólico don Gerónimo Prigione, se leyó la Bula por la que Acapulco era elevada a Sede Arzobispal y, por ende, su Obispo a la jerarquía de Arzobispo.

El 27 de septiembre de ese mismo año, en la ciudad de Roma, le fue impuesto el palio arzobispal a Monseñor Bello, en una dignidad que llenaba de satisfacción a los guerrerenses, creyentes y no, que veían en la alta jerarquía de su prelado una distinción excepcional para el humilde pueblo suriano que, modestia aparte, sumaba un hombre probo más a su larga lista de pro-hombres.

 

Cuentan que, allá en Tecpan, el viejo sacristán que siguiera paso a paso la trayectoria de su amigo el Padre Paíto, cuando alguien le preguntó si sabía algo de él, contestó contrito...

-Nada... tiene tiempo que no sé nada de él...

-Pues entérate... el Padre Paíto ya es Arzobispo!

-Que qué...?!  Hiju..e..la..chin...ita!!! exclamó con los ojos rasados de lágrimas.

 

Sólo había una pequeña inconformidad que brotara de la tradición del pueblo mexicano: el que Chilapa, habiendo sido inicialmente la diócesis madre, ahora pasaba a ser diócesis hija. Pero nuevamente la excepcional capacidad de conciliación del naciente Arzobispo alcanzaba la paz y la tranquilidad, tras explicarles a fondo la causa en la que el desarrollo tiene un factor predominante.

 

Su equipo de colaboradores, con ligeros cambios al paso del tiempo, fueron Monseñor Juvenal Porcayo Uribe, muy importante en la vida de Monseñor, párroco de Costa Azul antes de ser Obispo; el ilustre canónigo Gabriel Ocampo, que fuera párroco de Cristo Rey; el Padre Felix Bello Mollado, apoyo inmediato de Monseñor. Muy cercano al Señor Arzobispo, como Secretario Canciller, fue el Padre Francisco Padilla Chavelas al que substituye más adelante el Padre Marcelino Canales, ambos ya fallecidos; obviamente el Padre Blandino Bárcenas Agatón, como Ecónomo y no podemos olvidar a Monseñor Angel Martínez Galeana, su brazo derecho a lo largo de su mandato y Vicario General. Todos ellos formaban su Cuerpo de Consultores.

De la camada joven destaca el Padre Pedro Torres García en cuanto a la economía diocesana y las relaciones iglesia-estado. Este joven sacerdote es hechura total de Monseñor Bello Ruíz que, cuando fuese párroco de La Sagrada Familia, le conociera y encaminara como acólito.

El Padre Paíto decía al papá de Pedrito:

-Agustín... este niño va a ser sacerdote... dámelo!

-Sí Padre... pero deje que termine la primaria cuando menos... está muy chiquito.

Para entusiasmarle más, le dio su Diploma de Monaguillo y le metió al Club Serra.

Ya Obispo, Monseñor Bello logró su propósito y le mandó al Seminario de El Buen Pastor cumpliendo apenas los doce años. Supervisó sus estudios y se dio el gusto de consagrarle.

-Pedro... debes portarte bien con el Padre Paíto, por que tienes dos papás... yo, y Monseñor Bello, decía su progenitor al verle orgulloso con su sotana.

Desde entonces, el Padre Pedro no se separa de Monseñor. Le asistió como secretario particular en buena parte de sus giras pastorales, incluyendo Europa, y le acompañó eternamente durante su estancia y mora en el Seminario. Es, hasta la fecha, el ángel guardián que vela por él con celo y agradecimiento.

 

Entre sus colaboradores personales podemos citar a la Madre Lourdes Guerrero, pieza importantísima, una gran mujer, una religiosa extraordinaria que siempre le apoyo, que estaba al pie del cañón a todas horas dedicada a atender y cuidar a Monseñor desde que, como el Padre Paíto, llegara de Rector al Seminario. Sólo le dejó el día en que fue nombrada Superiora de su congregación, las Hermanas Franciscanas de San José. Fue una colaboradora al estilo del Padre Angel Martínez, afirma el Padre Pedro.

Francisco López, su chofer de toda la vida, fue seminarista que casó más adelante e hizo familia, pero siempre cerca. Recorrió con Monseñor toda la Diócesis las veces que él lo hizo, y corre por ahí la anécdota de que, cuando la gente le preguntaba qué le gustaba al Arzobispo, Pancho recomendaba le hicieran  Iguana, un platillo muy de su gusto, que no del prelado. Monseñor, sin embargo, jamás se enteró del porqué, en todas partes donde llegaba, siempre le preparaban... iguana!

Finalmente, no podemos dejar de mencionar a Juanita Camacho, su secretaria particular desde que fuese Obispo Auxiliar, mujer de tal entrega que heredara por su dedicación a Monseñor Aguirre Franco; y Don Enrique, cuyo verdadero nombre es Emeterio Rodríguez, Oficial del Obispado que tiene décadas ahí y llegara con Monseñor Quesada. Ambos, fueron el mayor apoyo de Monseñor Bello Ruíz en el ámbito administrativo.

 

Monseñor Bello quiso para su provincia eclesiástica un trabajo más organizado y se elaboró un Plan de Pastoral que entró en vigor el 15 de septiembre de 1983, poco antes de que se le impusiera el palio.

De ahí en adelante, él personalmente se encargó de impulsar esa pastoral planificada que le llevaría a alcanzar logros que incluyen la ordenación de más de ciento cincuenta sacerdotes -aunque cabe la aclaración de que del Seminario El Buen Pastor han salido no más de 60 ordenados-, la formación de más de 30 parroquias y llevar la evangelización a sus pobres en mayor intensidad y hasta el más alejado rincón de su amado Estado de Guerrero.

De igual forma, ha sido partidario de la promoción de los diáconos permanentes y los ministerios del lectorado y el acolitado como tales, reafirmando así una labor que ya realizaba desde su trabajo como sacerdote.

Le tocó la consolidación de la diócesis de Acapulco y la conformación de la Provincia Eclesiástica; su labor fue darle una estructura más sólida al trabajo iniciado por Monseñor Quesada y continuado por él mismo.

 

En 1986 es nombrado por la Conferencia Episcopal Mexicana Vocal de la Comisión Episcopal de Ministerios Laicales y Diaconado Permanente, por dos trienios.

Ese mismo año recibe el cargo de Coordinador Nacional de la Renovación Cristiana en el Espíritu Santo de la Comisión Episcopal del Apostolado de los Laicos, también por dos trienios.

Doña Ma. de la Luz, su amada y amantísima madre, fallece el 16 de diciembre de ese año a los 92 años de edad, dejando un profundo hueco de luto en su corazón.

Sus bondades, pendientes y atenciones para él como hijo y como sacerdote, no tuvieron jamás mancha alguna. De ahí que, con mayor razón, su partida causara tanto dolor.

Pero las responsabilidades eran enormes y, con luto en el corazón, dio a el alma el encargo de continuar.

En 1987 es nombrado Administrador Apostólico de Ciudad Altamirano y, cumpliendo un sueño que tenía desde tiempo atrás, funda la escuela primaria José Ma. Morelos y Pavón en Tecpan de Galeana, que actualmente ya cuenta con secundaria y tiene uno de los mejores niveles académicos de la región, perteneciendo ahora a la organización Lasallista.

Un nuevo golpe moral le espera ese año. Lucre fallece el 27 de septiembre.

 

El arzobispado fortalece sus relaciones y una de ellas es la que surge, tan íntima como es posible entre dos prelados, con el Cardenal José Garibi y Rivera, otro de los más innovadores purpurados que registra la historia mexicana.

 

Dentro de los logros más importantes de Monseñor Rafael Bello Ruíz se puede considerar la conformación de un presbiterio, la consolidación del seminario, que se debe integramente a él en cuanto a su estructura física y espiritual; el impulso al diaconado permanente; la participación y estructuración del laicado en vistas a una mayor preparación y formación al crear las Escuelas de Ministerios Laicales, y los programas pastorales de las diócesis que, hasta ese momento, trabajaban como se podía -como Dios les daba a entender, dijera un sacerdote- que así reciben un fuerte impulso.

Otro logro también fue la reubicación hacia la línea más ortodoxa de la renovación carismática del Espíritu Santo, y sus aportes en el ámbito del Episcopado Mexicano y, como colofón, estuvo al frente de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal. como responsable.

 

Si bien no promovidos por él, respaldó la obra y consolidación de los seminarios de Tlapa y Ciudad Altamirano como seminarios mayores.

 

Y ya que de seminarios hablamos, la estrecha relación que siempre alcanzó con las autoridades civiles, logró que José Francisco Ruíz Massieu, durante su mandato como Gobernador del Estado de Guerrero, patrocinara casi en su totalidad la obra de ampliación de El Buen Pastor, creándose así el Seminario Mayor que tantos buenos frutos ha dado.

La estructura material prácticamente duplicó el espacio funcional del Seminario, pero multiplicó las posibilidades de convertir en realidad su lema: La esperanza de la mies... está en la semilla.

La Rectoría quedó en manos del Padre Carlos Alvarez, religioso Eudista, de origen colombiano, pero ampliamente estimado entre la feligresía porteña, y dueño de una capacidad intelectual sin par, que reforzaba con sus dones de bondad, conciliación y dedicación.

La ceremonia de inauguración fue todo un suceso entre la sociedad acapulqueña. Estuvieron presentes el Nuncio Apostólico Girolamo Prigione, el Gobernador del Estado, José Francisco Ruíz Massieu, su señora esposa, sacerdotes y catedráticos, e infinidad de benefactores del Seminario, familiares de seminaristas y amigos de la curia.

Un video conserva la satisfacción que se dibujaba en los rostros de los involucrados, y la serena paz en el de Monseñor Bello Ruíz que, al hacer uso de la palabra, agradeció al gobernante, su esposa y las decenas de aportadores anónimos, el esfuerzo realizado para sentar las bases de un semillero sin par que diera salida a las vocaciones sacerdotales de la niñez y juventudes surianas.

 

Su Plan de Pastoral se aplicaba con entusiasmo. Su labor misionera se destacó visitando nuevamente la ahora extensa zona de la Provincia Eclesiástica, y ordenó sacerdotes en Ciudad Altamirano, y en Tlapa, y en Ciudad Lázaro Cárdenas, y consagró nuevos templos, iglesias y parroquias en diversos puntos de su jurisdicción. Cabe decir que, con todo y sus deseos, la mayor parte del tiempo la pasaba en Acapulco, en sus oficinas, pues gobernar -guiar, diría él- una Provincia como la suya no es fácil y requiere de mucho tiempo y atención.

Blandino Bárcenas, presbítero que fungiera como Ecónomo en la Diócesis, cuenta:

Desde que fue consagrado Obispo, en su calidad de auxiliar, Monseñor Bello Ruíz hizo muchas visitas pastorales. La visita pastoral es el momento en que el Obispo dialoga más con el párroco, con los sacerdotes y con los feligreses que acuden no solamente para saludarlo, sino para hacerles algunas observaciones acerca del cómo va la parroquia o si están o no contentos con su sacerdote, de modo que el Obispo pulsa más o menos cuál es la situación de cada parroquia.

Monseñor Bello empezó por Cuajinicuilapa, uno de los municipios más pegados a Oaxaca, siguiendo por Ometepec, Xochistlahuaca, Tlacoachistlahuaca, Cuanjintepec, Igualapa, San Luis Acatlán, Cruz Grande, Copala, San Marcos... todos recibieron la visita pastoral que hacía, como Auxiliar en ese momento, en nombre de Monseñor Quesada, pero que reafirma como Obispo. Sus visitas pastorales incluyeron la Costa Grande; a Petatlán, donde la parroquia está dedicada al Sagrado Corazón de Jesús; su propia tierra, Tecpan de Galeana, Atoyac, San Jerónimo, y aquí en la ciudad igualmente.

También llegó a la polémica sierra, en donde visitó El Parotal, El Mameyal, Las Mesas, El Porvenir, Camalote, El Paraíso, La Pintada, Filo Mayor, Vallecitos y Tlacotepec.

En todo su ministerio como Obispo, primero auxiliar, luego residencial y más adelante en su dignidad de Arzobispo, recorrió todos los rincones de su diócesis al menos cinco o seis veces.

A esto, había que añadir la obligación de presentarse en Roma para cumplir con varias obligaciones inherentes, como la Ad Límina, o reporte quinquenal del que ya hablamos, y la participación que obispos, llegados del todo el mundo, tienen y deben en algunas actividades del Papa o la Santa Sede.

Precisamente, esa información recabada durante las visitas pastorales, sirve como material para preparar los informes previos que se presentan a las diferentes congregaciones, como las de Sobre la Fe, Los Obispos, la Causa de los Santos, etc.

Es entonces que viene la observación o, porque no, pues siempre es nada más de estar tijereteando, felicitarles por la labor realizada, añade el Padre Blandino.

 

El mismo Padre Blandino Barcenas, al hacer un recuento de los logros alcanzados por Monseñor Bello Ruíz, señaló que a más de la obra material, Monseñor dio prioridad a la evangelización. El hizo que se elaborara el primer Plan Diocesano de Pastoral, recuerda el estimado presbítero. Primero trajo a un sacerdote de Tacámbaro, Mich. que nos dio una serie de conferencias a todo el presbiterado, que seríamos entonces unos 60, de cómo se realizaba un plan de este tipo. Al terminar las conferencias, se elaboró el Plan que quedó plasmado en un folletito de unas 25 páginas, conteniendo Objetivos Generales y Objetivos Específicos.

El primer Plan tuvo una vigencia de cinco años; el segundo, la tuvo tan sólo de tres, pero en el tercero se retornó a la vigencia quinquenal por considerarla de mayor efectividad.

Cada año, a partir de aquel 1983, se hacía una evaluación sobre las prioridades en que se había trabajado en las tres regiones de la Diócesis: Región Costa Grande, Región Costa Chica y el Municipio de Acapulco.

Se nos convocaba oportunamente -señala el Padre Blandino- y cada sacerdote venía acompañado de dos laicos; si alguna parroquia tenía religiosas o diáconos permanentes, igualmente debía de traer al menos uno o dos, si estaban enterados, naturalmente, del trabajo evangelizador.

Yo considero que ese fue el logro más grande alcanzado en la vida episcopal de Monseñor Bello, que fue un trabajo ya no hecho al troche y moche, sino con planeación.

 

 

 

LA DECADA DE

LOS NOVENTA

 

Apenas empezaba la década, cuando el 15 de enero de 1990 muere Don Agustín, esposo de Lita, enlutando una vez más a la familia Bello Ruíz.

Sin embargo, la vida sigue y la tarea es ardua.

En una de sus visitas a Roma, Juan Pablo II le había recomendado a Monseñor Bello dar mayor atención y prioridad a los sacerdotes. Atento, como siempre, a sus indicaciones, Monseñor escuchaba primero a los sacerdotes ante cualquier situación o circunstancia que se presentara.

 

Sus amplias relaciones en el viejo continente, a más de amistades y recuerdos, le traían otro tipo de compromisos.

Muchos viajeros que buscaban alcanzar aquellas lejanas tierras acudían a él en busca de la recomendación ya para hospedarse, ya para conocer, ya para salvar un poco la economía.

De España, brota la anécdota aquella en que un matrimonio amigo del Primer Arzobispo de Acapulco, Monseñor Rafael Bello Ruíz, Don Jesús Ingelmo y su esposa, le pidiera una recomendación con alguien para llegar por aquellas tierras. Con la amabilidad característica de siempre, el prelado les dio una carta dirigida al Padre Amable Pelayo, joven sacerdote pero viejo amigo suyo. El matrimonio, ya en tierras hispanas y habiendo recibido nada más que atenciones y regalo espiritual del sacerdote, se jactaba ante sus nuevos amigos y escuchas jugando con las palabras: “Que suerte tenemos, aquí el Padre Amable... y allá el Padre Bello!”

 

Otro de los renglones que Monseñor Bello Ruíz priorizó grandemente fue el impulso y respaldo a las Congregaciones al Servicio de la Iglesia y los Retiros Espirituales.

He descubierto que el Señor me dio el Don de Sanación y de Paz porque las personas me dicen que cuando hablan conmigo experimentan una paz interior que les fortalece para seguir adelante.

Yo también gocé de esta paz siempre que me comuniqué con Monseñor Bello. Como fruto de su vivencia profunda de Dios, transparentaba y comunicaba esa paz que tranquiliza corazones, afirma la hermana Manuela Cervantes Acosta de las Siervas de Jesús Sacramentado.

En nombre de todas las religiosas, valoramos la presencia de Monseñor Bello en todos los retiros espirituales que se organizaron en la diócesis y el que dejara atrás otras ocupaciones para impulsar, con su presencia y su palabra, nuestra congregación al servicio de la Iglesia.

En Monseñor Bello descubrimos siempre al Pastor que veló y cuidó a sus ovejas.

¡Cuánto bien espiritual recibimos de El!

 

Si bien las congregaciones religiosas se vieron apoyadas por el Arzobispo, los jóvenes, los matrimonios y las parejas, fueron causa de atención y guía con esos retiros.

La labor pastoral y evangelizadora se impregnaba del entusiasmo de su vicario en Cristo y se extendía por todos los rincones de la diócesis.

 En la década de los noventas, en la que la explosión comercial, plagada de novedades científicas llevadas al ámbito popular, mecanizó la mente social y acabó por desaparecer la capacidad de asombro de la humanidad, un frío retorno a los niveles filosóficos se desata imitando a la generación anterior pero sacudiéndose sus errores. En esa búsqueda, hay quien salta de religión en religión y de secta en secta, sin encontrar satisfacción a su espiritual inquietud. La mayoría, vuelve los ojos a su religión natal, a la que le heredaron sus padres por algo y para algo.

Es quizá una mera coincidencia que para entonces, las resoluciones brotadas del Concilio Vaticano II ya estén vigentes, que la evangelización reciba un nuevo y denodado impulso y que la importancia del sacerdote se renueve ante los ojos de la feligresía.

En la iglesia todos los grupos trabajan. En la diócesis se hace lo mismo.

Quizá algunos de los grupos que con mayor entusiasmo se vieron trabajar durante esos años, fueron los de los jóvenes, materia dispuesta a despejar incógnitas y desfacer entuertos, como dijera el personaje de Cervantes.

 

En su trayectoria pastoral, ha participado en diversos congresos y reuniones nacionales e internacionales que le llevaron a América del Sur, América Central, Estados Unidos, Suiza, España, Francia, y Hong Kong entre otros lugares del orbe.

 

La seducción de la bondad rompe corazones, por duros que estos sean, y Monseñor Bello, el Padre Paíto, ya ocupa un lugar  preponderante en el ánimo de sus feligreses. Las manifestaciones de afecto y cariño son constantes y variadas.

El 7 de marzo de 1994, con motivo de su cumpleaños, aparece en la Página de los Tecpanecos de El Sol de Acapulco, la poesía de Tomás García:

 

RAFAEL

 

Aquí estoy Señor,

velando las auroras de tus ojos

con las manos abiertas para segar el trigo

y enderezar los vástagos flexibles de las vidas,

reforzar los apriscos

y llevar las ovejas a verdes pastizales...

 

Mi inquieto corazón anhela compartir,

en una dulce entrega,

mi tiempo, mi salud, mi propia vida.

Saber que alguna oveja está perdida

o enferma por falta de cuidado.

 

Yo sueño tu deseo, Señor,

“Un solo pastor y un rebaño”.

Iré hacia mis amigos, mis hermanos...

a conocer sus costumbres y sus nombres;

no ignorar sus problemas, compartirlos;

y al dialogar con ellos, escucharlos.

 

Dame esa fuerte red y ese anzuelo,

y en tu nombre saldré para atraparlos.

 

Aquí estoy, Señor, esta es mi ofrenda;

y en mi blanca patena,

están los descendientes de Galeana;

es mi patria pequeña, generosa y brava...

Yo soy Rafael, dejad que sea

LA EFICAZ MEDICINA DE SU ALMA.

 

 

Su hermano Genaro muere el 10 de mayo de 1994, pérdida que duele en el alma tanto como la del amigo aquel, que se significara como la persona que Monseñor Bello Ruíz considera guardar en un lugar muy especial de su corazón: José Francisco Ruíz Massieu, asesinado el 28 de septiembre del mismo año.

Especial fue su confortación para Doña Cuquita, sufrida madre que en pocas semanas viese partir también a otro de sus hijos, Mario. Escritora de alma sensible, descansa en el Arzobispo su pena y se acoje a su bendición.

 

El guía espiritual de la Provincia Eclesiástica sigue con su obra, atendiendo no sólo a su feligresía sino a los asuntos diplomáticos en la relación iglesia-estado.

Así, en 1996, el Ciclón  Boris causó destrozos en la costa del Pacífico y muy especialmente en la Costa Grande de Guerrero. En ocasión de la visita que el Presidente de la República, Dr. Ernesto Zedillo Ponce de León hiciera a Tecpan para evaluar los daños y proveer lo necesario, Monseñor Rafael Bello Ruíz recuerda una anécdota relacionada con el mandatario y la campana mayor del templo de su ciudad natal, publicada en El Sol de Acapulco el 17 de septiembre de ese mismo año.

-Fui uno de los invitados a participar en la comida que el Señor Gobernador del Estado, D. Heladio Aguirre Rivero, ofreció al Presidente en el Hotel Camino Real de Puerto Marqués. Ocupé un asiento al lado del Sr. Gobernador e inmediato al Presidente.

Durante la conversación, el primer mandatario se refirió al cordial recibimiento que le brindó Tecpan y manifestó su deseo de regresar “como a su casa”. También expresó la idea de realizar un proyecto que incrementaría la piscicultura en las lagunas de la Costa Grande, especialmente la de Nuxco.

Finalmente, comentó anécdotas de Tecpan y hechos históricos protagonizados por el generalísimo Morelos y el Mariscal Hermenegildo Galeana. Intervine relatando que la campana mayor de la Iglesia parroquial, reliquia histórica y actualmente deteriorada, debía ser conservada y restaurada como un testimonio de las angustias y esperanzas que tenían nuestros antepasados en la Guerra de la Independencia, pues fue fundida en 1812 y tiene grabada en la parte inferior el grito libertario de los insurgentes: “¡Viva la América!”, “Yo me llamo María de Guadalupe”.

Al escuchar mis palabras, el Presidente Zedillo le dijo al gobernador: “¿Oíste a Monseñor? -y prosiguió diciendo- tienes que mandar restaurar esa campana y hacerle una espadaña y no un caballete de madera, a fin de que pueda cumplir con su finalidad de convocar a los creyentes y regular los actos de la vida religiosa e incluso de la vida civil, como en las fiestas patrias y cuando se toca a rebato”.

Tiene razón el Presidente. La voz de las campanas es un aviso constante de lo que más interesa al hombre. Su repique sonoro se eleva al cielo para alabar a Dios. Sus vibraciones son un recuerdo de toda la vida del cristiano desde que nace y se bautiza, hasta que muere.

Que nuestras autoridades locales tengan presente el deseo expresado por el Sr. Presidente de la República respecto a la campana mayor del templo de Tecpan, finaliza señalando el Señor Arzobispo.

 

A pesar de la intervención del Arzobispo, y a pesar de las indicaciones presidenciales, hasta la fecha, la campana mayor del templo de Tecpan sigue dañada. Ni Angel Heladio Aguirre Rivero, ni sus sucesores, hicieron algo para reparala.

 

El 7 de marzo de 1999 ofició una misa de acción de gracias en la Parroquia de San Bartolomé, en Tecpan, ofrecida en su honor con motivo de su cumpleaños, recordando que en unos días más se cumplirían sus Bodas de Plata Episcopales.

Desde siempre le han considerado un santo, afirma Alicia Muñiz, amiga de la infancia de Monseñor. Paíto no necesitó que lo compráramos. El se entregó a nosotros, a su grey. Se dio a querer gracias a su humildad y sencillez. Así fue toda su vida. Puedo afirmarlo porque le he conocido y tratado de toda la vida, he sido testigo de la forma en que la gente se le entrega.

Quienes estuvieron cerca del Santo Padre, de Juan Pablo II, durante su visita a México, pudieron experimentar una sensación muy especial. Bueno, pues eso se siente cuando está uno cerca de Monseñor Bello Ruíz.

 

Es verdaderamente asombroso ver la forma en que el prelado es estimado por su grey... y la sencillez y bondad con que él trata a quienes se acercan con respeto y cariño.

 

El 25 de marzo de 1999, Monseñor Bello Ruíz celebraba sus Bodas de Plata Episcopales. Quiso, por razones propias, que la fecha fuera más que ninguna otra cosa la celebración de la imagen del Obispo. Con anticipación, se realizó toda una promoción, una catequesis sobre el Obispo. En todas las parroquias e iglesias se comenzaron a responder a esas preguntas que no se hacen los fieles, pero que cuando escuchan la respuesta reconocen lo ignoraban. En este caso, las preguntas eran: Qué es un Obispo? Para qué sirve un Obispo a su grey? Cuales son las obligaciones de un Obispo? y otras muchas en su derredor.

Para el día de la celebración, llegaron infinidad de Obispos de otras Diócesis -que sería largo enumerar pero que de una u otra forma ya hemos citado a lo largo de este relato- sacerdotes de las parroquias locales y aún foráneas, seminaristas, ex-seminaristas y algunos invitados especiales, como el Padre Samuel Bernardo Lemus Romero, compañero del Padre Paíto en Montezuma, y a quien correspondiera la lectura de la homilía de ese especialísimo día.

El Padre Lemus hizo una apología de Monseñor Bello de lo más hermosa, en la que le pintaba tal y como su grey le veía, destacando su espiritualidad y entrega, el amor por sus sacerdotes, y el esfuerzo realizado durante no sólo veinticinco años de episcopado, sino toda su vida productiva.

La misa concelebrada fue en la Parroquia de Cristo Rey y, a la terminación, una recepción-cena en su honor hasta donde llegaron a Monseñor Bello Ruíz los respetos de amigos, conocidos y fieles.

Programadas días antes y días después del propio 25 de marzo, en las diversas parroquias de la Diócesis, se celebraron misas y eventos que conmemoraron tan feliz acontecimiento, en algunas de las cuales pudo estar presente el propio Arzobispo, como en Tecpan de Galena, su tierra, y donde obviamente no podía faltar.

Este aspecto es sumamente importante destacarle pues, sin haber sido un programa preparado por la mitra o por algunas organizaciones religiosas, el afecto que el prelado ha generado entre su pueblo se reflejaba de esa manera espontánea.

El 80 por ciento de las parroquias están sobre las costas y, en vísperas o después de... no hubo una en que no se festejara.

Si bien podemos decir que la celebración de sus Bodas de Plata Episcopales no fue más allá de una ceremonia -la realizada en Cristo Rey- no podemos negar que la Diócesis entera se sumó al feliz acontecimiento.

Todavía resuena en el aire aquela tonadilla de las religiosas que, agradecidas con el Arzobispo por su apoyo y sus consejos, entonan alegremente:

 

 

QUE DETALLE

 

Que detalle Señor

has tenido conmigo

cuando me llamaste,

cuando me elegiste,

cuando me dijiste

que eras mi amigo.

 

Te acercaste a mi puerta

y pronunciaste mi nombre

yo temblando te dije

aquí estoy Señor.

 

Han pasado los años

y aunque aprieta el cansancio

paso a paso te sigo

sin mirar atrás.

 

Que detalle Señor

has tenido conmigo

cuando me llamaste,

cuando me elegiste,

cuando me dijiste

que eras mi amigo.

 

Yo dejé casa y pueblo

para seguir tu aventura

todo a todo contigo

comencé a caminar.

 

La emoción me estremece

cuando escucho en silencio

tu mensaje que aviva

mi silencio interior.

 

Que detalle Señor

has tenido conmigo

cuando me llamaste,

cuando me elegiste,

cuando me dijiste

que eras mi amigo.

 

 

 

 

 

PAÍTO... MISIONERO

 

Este es pues el hombre que yo conocí. El pequeñin tecpaneco que se convierte en sacerdote y, no conforme con ello, llega a ser la guía espiritual de todos sus coterráneos. Es el hombre tonsurado, visto desde el ángulo histórico, aunque no puedo dejar de aceptar que reflejo cierta influencia por su propio carisma. Pero, para verlo desde el punto de vista espiritual, nadie mejor que otro gran sacerdote, compañero de escuela y amigo de toda la vida, pero serio en sus apreciaciones y recto en sus juicios.

Así es el P. Samuel Bernardo Lemus Romero, que fuese compañero del Padre Paíto en Montezuma.

De aquellos años, escribió una obra muy especial titulada "Así aprendí a vivir". Publicada por la Editorial Fimax Publicistas, de Morelia, Michoacán. y en la que recuerda aquella homilía dedicada a Rafael Bello Ruíz, que le pinta tan cual ha sido y es, ahora y siempre:

Originario de Tecpan, Gro., otro de mis grandes amigos que me han enseñado a vivir con sencillez, con humildad, con alegría, con entrega. Compañero y amigo fiel desde el Seminario de Montezuma. Después compañeros por algún tiempo en la Universidad Pontificia de Comillas, donde fue sumamente apreciado por su virtud. Después pasó a estudiar a París, al Seminario de San Sulpicio para prepararse en la espiritualidad sacerdotal y en la técnica de la organización del Seminario. Al regresar a la patria fue nombrado Rector del Seminario de Acapulco, por el señor Obispo Don José Pilar Quesada, con quien se identificó en tal forma que fue su sucesor en la tarea pastoral de una diócesis naciente llena de problemas, necesitada de sacerdotes y carente de muchas cosas a pesar de su deslumbrante esplendor.

Su apostolado lo ha realizado en Acapulco como maestro del Seminario, párroco, después Obispo Auxiliar y al final Arzobispo, cuya fundamental preocupación ha sido siempre estar cerca de sus sacerdotes en todos los momentos y circunstancias de la vida. El da testimonio de su amor a la Iglesia con su actitud, su ejemplo de humildad, con su entrega gozosa al servicio de sus ovejas que ha cuidado con amor paternal desde hace veinticinco años. En esta ocasión me invitó a pronunciar la homilía de la celebración Eucarística que realizó en Acapulco rodeado de su presbiterio, acompañado por varios colegas Obispos, con la participación de su Seminario y con la presencia de los movimientos de laicos que él ha impulsado notablemente con prudencia, entusiasmo, con una comprensión y bondad maravillosa.

Me voy a permitir transcribir la homilía que pronuncié ese día en tan concurrida celebración, donde todos sentimos el gozo del Buen Pastor:

 

"Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da la vida por sus ovejas" (Jn 10,27-30).

 

"Hay en las piadosas catacumbas romanas una pintura que reproduce la imagen del Buen Pastor. Lo más notable es que se retrata en la pupila del Buen Pastor la figura diminuta de una oveja que abraza en su regazo, con delicadeza e inmensa ternura, el Buen Pastor. Eso significa lo que dice la parábola, que la conoce, que la ama, que la llama por su nombre, que la lleva en el alma y por eso la tiene presente en los más sublimes momentos de su vida, cuando identificado con Cristo plenamente en el altar, se ofrece y da la vida, como el Buen Pastor, por sus ovejas.

Su mirada es luminosa, amable, por ella se le vacía un torrente de amor divino y la hace participar de la felicidad de ese mismo amor. Nada es comparable con la belleza de esa mirada penetrante que llega hasta lo profundo del ser para iluminarlo y disipar toda la sombra y transfundirle el amor divino. Es la mirada que irradia el éxtasis eterno. Un poema, un cántico de amor, una expresión de dulzura inefable, la mirada más tierna y más divina que podemos contemplar, donde están la paz, el amor y la ternura juntas.

Hablar de la bondad del corazón nos llena de gozo. Si quisiéramos encerrar en dulce alegoría esa bondad del alma que hace grato escuchar su palabra, que hace fácil seguir su camino, que hace fácil el participar de su vida, podríamos recurrir a ese bellísimo apólogo que encierra una profunda verdad: "Dícese que un rayito de sol oyó allá arriba en las alturas del cielo que en la tierra había tinieblas. Deseoso de conocerlas se desprendió de aquel foco de luz y vino a la tierra. Recorrióla por todas partes, se adentró en las cavernas, tocó los muladares, llegó a todos los lugares del mundo desilusionado e inquieto diciendo: Me han traicionado, en la tierra no hay tinieblas”.

No comprendía que a donde él se adentraba penetraba la luz, la luz de la bondad, la luz de la afabilidad, la luz de la suavidad, la luz de la sencillez y de la humildad. Ahí no puede haber tinieblas. Tal es la suavidad y la exquisita bondad de nuestro pastor. Es el rayo de luz que hace amable la vida, es el rayo de luz que oculta la austeridad de la vida cristiana, ese rayo de luz que lo hace ser el Buen Pastor y, por ser Pastor Bueno, es imagen de Cristo.

De tu Cristo costeño hecho de caña y dátil, de entrañas dulces y quebradizas. Como todos esos Cristos viejos de las aldeas pobres de nuestro México profundo de donde sigue brotando florida la palabra que bendice y consuela, que se fija en las llagas que imprime el mal y la injusticia en las espaldas de un pueblo pecador. Tu báculo, por eso, lleva la efigie de Jesús crucificado, camina firme, sin miedo, entre los consuelos de Dios y las penas de este mundo.

Dios lo ha hecho manantial de bondad y por eso es precisamente luz y bondad, verdad... Si quisiéramos resumir en una palabra la labor pastoral de nuestro queridísimo Arzobispo, sería la bondad. Es el sello con que dejó marcada esta Arquidiócesis el tan inolvidable y venerado Obispo Don José Pilar Quesada Valdés, quien traía en su ser la sangre de los mártires nacidos en aquella bendita tierra de Jalisco, en su pueblo Totatiche y aquí en su Acapulco dejó una riqueza de bondad inagotable. Precisamente aquí, donde parece que la bondad se diluye y aparentemente el esplendor del puerto invita a olvidarse del que sufre. Pocas iglesias particulares han tenido la dicha de tener un Obispo santo que curaba, amaba y actuaba en el silencio de un Pastor, al describir su misión sobre la tierra, diciendo: "Han surgido los obispos para florecer la amistad y delicadeza buscando promover el diálogo con todos, con gran comprensión y amor".

 

Los Obispos, como legítimos sucesores de los apóstoles y miembros del Colegio Episcopal, sépanse siempre unidos entre sí y muestren que sean solícitos para todas las iglesias. Manifiesten su amor fraterno y ayuden con sincero y eficaz cuidado a los obispos que se ven perseguidos con calumnias y vejámenes por el nombre de Cristo. Deben preocuparse porque todos sus fieles caminen en bondad, justicia y verdad. Enseñen cuánto hay que apreciar a la persona humana con su libertad, y busquen la unidad y estabilidad de la familia.

Vosotros sois, dice Juan Pablo II, los guardianes de la unidad porque la mejor predicación que pueden hacer los obispos de una nación, el servicio más útil que pueden prestar al Pueblo de Dios, el gesto más eficaz que pueden realizar, será la demostración veraz y visible de su misión de amor. Pero, además, dice el Concilio, sed padres y hermanos de los presbíteros, vuestros colaboradores en la obra del evangelio. Yo he visto cómo Monseñor Bello trata con bondad a sus sacerdotes y cómo se preocupa por ellos, y su sencillez y su bondad los hace sentirse a gusto cuando dialogan en la verdad y en la amistad, porque una de las grandes cosas que admiramos en un Obispo es su bondad, su honda sensibilidad para hacerse amigo de sus sacerdotes y sembrar en ellos una confianza para que se acerquen con el corazón en la mano y poder ayudarlos en todo cuanto convenga para su misión pastoral.

Esta preocupación por sus sacerdotes la señala el Concilio Vaticano II: "Traten siempre con caridad especial a sus sacerdotes, considerándolos siempre como hijos y amigos y por tanto, estén siempre dispuestos a oírlos y promover en ellos la pastoral íntegra de toda la Diócesis".

 

Aquí está tu seminario. Llevas sus almas juveniles en tu pectoral que muchas veces has besado y no es un adorno sino una continua invitación a dar la vida pro esa multitud de jóvenes que están esperando de la Iglesia iluminación y acompañamiento en el contexto histórico tan difícil que les ha tocado vivir. Tal parece que una ola irresistible de violencia y maldad los quiere azotar contra las rocas y dejarlos imposibilitados para levantar el vuelo, como águilas caídas que desean volar y se ven con las alas destrozadas, y sólo con la fuerza de Dios y el amor de la madre pueden nuevamente remontar el vuelo.

Hace cinco lustros que llevas en el alma la inquietud de decirle al laico adulto que ha llegado la hora de actuar, de hacerse presente con valentía, con firmeza en todas las estructuras humanas para vivir la fe en Cristo y en su Iglesia de una manera más luminosa y más profunda. Esa fe que tiene la hondura del mar y la anchura del cielo para mirar a todos los horizontes de la vida humana. Al Buen Pastor no le faltan esos laicos amigos, aquí están presentes muchos, quienes dan su tiempo, su servicio, su dinero con alegría y están al lado de su Obispo con ejemplar devoción y gran cariño.

Aquí el Señor Arzobispo podrá nombrar a muchos que han compartido con él sus problemas, sus anhelos, sus pobrezas y sus esperanzas. El laico sabe intuir la calidad espiritual de sus pastores, quienes de una manera tan natural y espontánea son naturalmente sobrenaturales, como lo fue aquél inolvidable primer Obispo Don José Pilar Quesada.

Estos hombres a veces heroicos que se ganan el pan de cada día en las condiciones difíciles de la vida y desean llevar el mensaje del evangelio a todos los ambientes cumpliendo sus responsabilidades políticas y cívicas en la vida matrimonial y familiar, en todos los proyectos culturales y educativos, con fidelidad a Dios, afrontando situaciones concretas donde el Pastor ha estado presente con una actitud humana y comprensiva.

 

Monseñor Bello es un hombre que siempre tiene en sus labios la justa alabanza para los demás, teniendo en cuenta aquello de San Agustín: "Al alabar lo bueno de los demás nos hacemos mejores a nosotros mismos" (in PS 144, 1). "No llegaremos a ser hombres de verdad si no partimos del hecho de que somos hombres, es decir, si no ascendemos de esta humildad a aquella grandeza. No sea que creyéndonos algo, sin ser nadie, no sólo no recibamos lo que nos falta, sino que; además, perdamos lo que tenemos" (in Jn 1, 4). ¡Qué servicio tan valioso prestan al Reino de Cristo esos seglares que cuanto más humildes son más grandes y son amigos sin condiciones y saben dar sin recibir!

Nadie puede reemplazar su acción en la Iglesia y hoy día les deseamos que nuestro Señor les infunda un profundo espíritu de amistad, de servicio y de amor con ocasión de este Jubileo Episcopal de nuestro Arzobispo, quien bien sabe que Dios no toma en consideración los talentos, sino nuestra disponibilidad, aunque a veces parezca que no hacemos nada.

 

Si hace veinticinco años había pocos operarios para el Reino de Cristo, hoy, gracias a la oración, a la promoción vocacional, han aumentado los sacerdotes y el Seminario se ha visto socorrido por Dios con vocaciones sacerdotales, aunque sigue aún muy notable el desequilibrio para atender a los fieles de la Arquidiócesis. Otra de las inquietudes de tu corazón de Obispo ha sido formar sacerdotes entregados y generosos, ejemplo para nuestro pueblo que tanto necesita de ese testimonio. Aquí están presentes esos colaboradores sacerdotes, a quienes amas con todo el corazón y, en el día de tu Jubileo Episcopal vienen a decirte con su presencia que están a tu lado, que te prometen seguir con alegría y entusiasmo su trabajo apostólico en esta tierra de montañas y de mar, devoradora de hombres, pero tierra de promisión y de esperanza.

Aquí están tus sacerdotes, tus amigos, tus íntimos colaboradores, quienes vienen a unirse contigo en una Acción de Gracias por los veinticinco años de Obispo, en quienes has dejado una huella de profundo agradecimiento porque han también dispensado tus limitaciones y errores y han sabido sufrir contigo el no poder lograr cuanto hubieran deseado en su tarea apostólica, Aquí, en esta tierra, en este Acapulco de contrastes, de mar y montañas, de pobreza y aparente riqueza, de paz y violencia, donde la Virgen de la Soledad siempre mira con sus ojos grandes para llenar de bondad a estos hijos amados que sufren, pero que saben amar con fe la vida.

 

Siguen resonando en tu corazón de Pastor Bueno aquellas palabras que dijiste a Cristo el día que recibiste la Unción Episcopal: "Quiero especialmente seguir amando a los pobres, a los inmigrantes, a los necesitados". Tú has estado presente ahí donde hay un hogar desintegrado, ahí en la palapa más humilde donde apenas tienen algo que comer; en la barca del pescador que corre cada noche la aventura del mar con sus redes tejidas, con la ilusión de lograr la pesca milagrosa; ahí donde está el turista que viene a buscar el descanso, ahí donde esté un hermano, aún el más pequeño, cargado de tristeza y de soledad. Por algo tus ojos llevan un dejo de tristeza y una luminosa paz interior nacida del manantial de tu bondad inagotable. Sobre todo, has estado presente ahí en cada uno de tus sacerdotes que amas y son el más grande tesoro que Dios te ha regalado. Sin duda que los presentas en la patena de esta Eucaristía para que Cristo los guarde en su corazón y sean identificados con el Buen Pastor. Tienes preferencia por los pobres, porque tienes un corazón de pobre.

 

El Espíritu de Dios recoge en este día de júbilo la voz de todas las criaturas, la del mar en el pez que se mueve en el fondo de sus aguas y de la flor que hoy abrió en la montaña. La misma voz infinita que se levantó desde el fondo de la tierra para dar gracias a Dios por la Encarnación del Verbo de Dios, en el seno virginal de María, hoy hace dos mil años.

 

En cada hostia, en la de hoy, en la de todos los días, en la que dentro de breves momentos levantará el Pontífice para agradecer el don del cielo, se escucha la voz silenciosa del más profundo agradecimiento por el regalo del Buen Pastor. Dios recoge esa voz y se complace enormemente. Los ángeles la escuchan con pavor y reverencia y nosotros, inconscientes de tanta gloria, la elevamos sin cesar para pagar nuestras deudas y cumplir con la más grande de todas, la gratitud. Voces diferentes que cantan el mismo himno a la bondad del Buen Pastor.

 

Padre, Pastor, amigo, no me queda sino decirte en coro: "Duc in altum" (Conduce a lo alto). Hacia el amanecer de un nuevo siglo navega hacia la otra orilla en tu barca de azúcar. Aquí se queda tu voz, tu presencia, tu bondad. Sabemos que amas con toda tu alma a tu esposa, la Iglesia de Acapulco y la llevarás para siempre en tu corazón, tan ancha como el mar y tan profundo como el amor a Cristo y a su Iglesia.

Que la sonrisa evangélica del primer Obispo de Acapulco nos ilumine y aliente para subir contigo a tu barca hacia donde El nos espera, guiados por la Estrella de los Mares, la Virgen de la Soledad, la Madre que te llenó de bondad el corazón para ser el consuelo de los pobres y de los humildes en esta tierra donde tú naciste, has crecido, has amado hasta dar tu vida por ella, como el Buen Pastor. "Duc in altum" Después de tantas noches de oración y vigilia, lanza tus redes en nombre del Señor para la pesca milagrosa. Cristo te espera allá en la otra orilla.

El Señor Arzobispo Don Rafael Bello Ruíz ha sentido la carencia de sacerdotes, ama profundamente a todos los que anhelan servir a la Iglesia universal en los lugares más difíciles y necesitados. Por eso ha impulsado con gran acierto a la Institución de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, con el apoyo decidido del Emmo. Señor Cardenal Adolfo Suárez Rivera, Arzobispo de Monterrey, quien tiene ese carisma de promover, de abrazar los ideales apostólicos con un hondo sentido de Iglesia.

Estos hombres que trabajan en silencio con un gran corazón, con un anhelo de servir son (para mí) un tesoro y una gracia haberlos conocido de cerca. Y mi aprecio y mi agradecimiento me piden que los tenga dentro del corazón porque me han enseñado a vivir buscando el bien y sembrando por donde quiera que pasan, la verdad de un evangelio vivo.

 

Monseñor Bello sigue ahí sintiendo el embate de las olas, los huracanes, los contratiempos que no han sido pocos, y su cayado de Pastor ha florecido en tan buenas obras, que nadie podrá borrarlas. Arzobispo que vive un sacerdocio con el entusiasmo de su verdad de hombre de Iglesia que ha nacido para hacer el bien.

 

Acapulco tiene un especial encanto: Asomarse al corazón de los nativos del puerto. La visión encantadora de su bahía nos seguirá llenando de asombro. Y la barca de Pedro seguirá echando las redes sobre su hermoso mar.

 

 

DE CARA AL SIGLO XXI

 

A la vista del siglo XXI, el año 2000 sería el marco de las Bodas de oro sacerdotales del Primer Arzobispo de Acapulco, Monseñor Rafael Bello Ruíz, para lo que se habían programado varios eventos de orden litúrgico.

 

El principal, sería finales del mes de junio, el día 29 para ser exactos, aniversario de su ordenación narrada en estas mismas páginas. Monseñor Bello Ruíz encabezaba la ceremonia de ordenación de 10 diáconos brotados del Seminario de El Buen Pastor.

Desde muy de mañana -narra la periodista Lourdes Cobos Bautista de El Sol de Acapulco- algunos cientos de los siempre fieles y miles de católicos de Acapulco llegaron al Seminario... Sólo les habían ganado los elementos de tránsito y las patrullas que hacían rondínes por el área.... Monseñor Bello Ruíz se vestía con el traje ceremonial en un improvisado camerino compartido con diáconos, sacerdotes y obispos. A su lado, el obispo de la diócesis Chilpancingo-Chilapa Efrén Ramos Salazar; ya listo, el vicario general del Opus Dei, Rafael Fiol, con quienes compartiría el momento tan especial.

Seguiría la marcha de entrada, en la que el contraste entre túnicas blancas y casullas rojas atrae la curiosidad de la reportera que se adentra: Sólo Bello Ruíz llevaba la mitra con los colores papales, amarillo y blanco. El Obispo Ramos Salazar explicó que la diferencia entre la suya, blanca, y la del arzobispo de Acapulco, se debía a que éste oficiaría la ceremonia litúrgica.

Otro detalle observado por Lourdes es el palio enlazado al cuello del prelado, que lleva los tres alfileres de San Pedro -sólo el Papa lleva cuatro- que simbolizan la muerte del apóstol crucificado bocabajo.

La ceremonia, presenciada por muchos por vez primera, fue imponente. La propia reportera, dentro de la frialdad de su nota, deja entrever el impacto que le causara, como cuando señala: Los diez diáconos... cumplieron los ritos de rigor, aunque lo más emocionante vino cuando, luego de tirarse en el piso boca abajo, con el arzobispo, en solitario, hincado frente al crucifijo, entregaron su servicio a Dios, mientras la Letanía de Todos los Santos, sonaba dulcemente lastimera.

 

Sin embargo, lo verdaderamente más emotivo de la ceremonia, fue el anuncio hecho por el propio Arzobispo: el hasta ese momento Obispo de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, Felipe Aguirre Franco, sería su Arzobispo Coadjutor!

Con ese anuncio, prácticamente se daba a conocer la jubilación del amado Padre Paíto que, como su antecesor, Monseñor Quesada, sin decir nada a nadie tramitara su renuncia tres años atrás ante la Santa Sede. La decisión que le llevara a esto fue la gravedad de su enfermedad. Desde siempre, fue un hombre frágil, físicamente hablando. La enfermedad a la que se refería fue un problema gastrointestinal que le provocaba la intensa actividad a la que se entregaba. Estrés, ahora le llaman.

Tocó al Vicario de la Arquidiócesis, Monseñor Angel Martínez, dar lectura al texto oficial durante la celebración ritual por los 50 años de sacerdocio del prelado y en donde el prelado considera que “este acontecimiento es un signo visible del amor de Dios y que responde a la necesidad de que un servidor -próximo a cumplir la edad canónica para presentar mi renuncia al Sumo Pontífice- sea asistido en el gobierno pastoral de nuestra amada Iglesia Particular”.

Monseñor Felipe Aguirre Franco era un hombre de 66 años nacido en Encarnación de Díaz, Jal. con estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Mayor Diocesano de San José de Guadalajara. Se ordenó sacerdote el 22 de marzo de 1958, recibiéndo su consagración episcopal en Tuxtla Gutiérrez, Chis. el 25 de abril de 1974. Tomó posesión como Obispo Diocesano de Tuxtla Gutiérrez el 29 de junio de 1988. Fue miembro de la Comisión para la Reconciliación y la Paz en Chiapas.

La llegada del Arzobispo Coadjutor sería... cuando el Papa lo indique.

 

A la ceremonia asistieron infinidad de personajes interesantes de la sociedad porteña y las costas. El cariño por el Padre Paíto no había mermado un ápice. Por el contrario, se desbordaba en una multitud que abarrotaba el Seminario.

Sin el afán de omitir a algunos, podemos recordar a Marcelino Miranda Añorve, entonces Secretario General de Gobierno, al Presidente Municipal Zeferino Torreblanca, a la Senadora Guadalupe Gómez Maganda, al Notario Cuauhtémoc García Amor, a la alcaldesa de Tecpan de Galeana, Sandra Belkins Ocampo y muchos, muchos más que asistieron al evento con sinceridad, respeto y admiración por el hombre que ya había dejado toda una línea en el devenir de su diócesis.

 

Al día siguiente, el prelado se trasladaría a Chilpancingo para comentar con el Gobernador del Estado, René Juárez Cisneros, la proximidad de su retiro y la llegada de su coadjutor. El gobernante aprovechó la oportunidad para felicitar a Monseñor Bello con motivo de sus Bodas de Oro sacerdotales.

 

Monseñor Bello Ruíz había empezado el año asistiendo al Vaticano para participar en la elevación a los altares de 27 Santos mexicanos. A su regreso, recorrió las dos costas inaugurando cinco parroquias, entre las que destacan Las Vigas, Tres Palos y Plan de Los Amates, sinónimo de que la Iglesia crece, decía jocoso a los reporteros.

A mediados de junio encabezaría los festejos por los dos milenios de existencia de la Iglesia, acto en el que participaron cientos de grupos religiosos que abarrotaron el Salón Teotihuacan del Centro Internacional Acapulco.

Monseñor Bello Ruíz fue el primero en hacer uso de la palabra para señalar que contra los dos mil años de existencia de la Iglesia, apenas hacía cuarenta en que, por orden del Papa Paulo VI, se creara la diócesis de Acapulco, que era jurisdicción de Chilapa, y tan sólo 17 en que Juan Pablo II la elevara a Arquidiócesis.

 

También en Tecpan, su tierra natal, le tenían preparada una misa solemne de acción de gracias para principios de julio, con un gran recibimiento popular que se volvía costumbre a fuerza de cariño.

Ramón Sierra, el periodista coordinador de El Machete Costeño, la página de los tecpanecos en El Sol de Acapulco, que entre sus letras, comentarios y anécdotas, oculta al historiador que existe en él pero se niega a reconocer por modestia innata, decía: “Un gran recibimiento a este ilustre tecpaneco, que ha puesto en alto el nombre de su tierra en las universidades del mundo donde ha estudiado y que se ha ganado el respeto de los gobiernos de México y del Estado de Guerrero, por las investiduras que ha adquirido a lo largo de su carrera eclesiástica; y que se ha dado a conocer como buen investigador histórico y escritor ameno en esta página del Machete Costeño, desde la que sus paisanos que en ella escriben, lo felicitan por haber llegado a los cincuenta años como sacerdote y veintiséis como guía espiritual de la Arquidiócesis de Acapulco”.

 

 

Eran los días finales del mes de septiembre cuando llegara el coadjutor del Arzobispo Bello Ruíz, que fuera recibido con los brazos abiertos por ciudadanía, feligresía, autoridades y mitra.

La llegada de Monseñor Felipe Aguirre Franco llena de regocijo a los guerrerenses por su sensibilidad y calidad humana, aseveraba el entonces gobernador del Estado, René Juárez Cisneros, al dar la bienvenida al arzobispo coadjutor señalando firmemente: El combate a la desigualdad y la marginación social es el objetivo común de la Iglesia católica y el gobierno de Guerrero.

Estaban presentes en esa bienvenida el Nuncio Apostólico Leonardo Sandri, los Cardenales Norberto Rivera Carrera, de México; Juan Sandoval Iñiguez, de Guadalajara; y Adolfo Suárez Rivera, de Monterrey, acompañando al Arzobispo de Acapulco, Monseñor Bello Ruíz.

 

Por el mes de junio del 2001, ya en su calidad de Arzobispo Emérito, Rafael Bello quiso entusiastamente asistir a la imposición del palio arzobispal a Monseñor Aguirre Franco. Le acompañaba el Padre Adolfo Pita, Rector del Seminario El Buen Pastor.

La ceremonia se efectuó en la Plaza de San Pedro del Vaticano y, de pronto, cayó un aguacero de esos que hacen historia. El Santo Padre y algunos de los Obispos asistentes, cubiertos por las grandes mantas ornamentales que colocan, no tuvieron gran problema. Pero Monseñor Bello Ruíz sí. El aguacero lo empapó y, a raíz de esto, su frágil cuerpo lo resintió fuertemente viniéndosele una neumonía de pronóstico reservado.

Nuestro Arzobispo padecía de los bronquios. Constantemente sufría de gripas y, cuando se alargaba alguna, le afectaba los bronquios.

El día dos de julio fue hospitalizado de inmediato y atendido por el Dr. Billota, médico de cabecera de la Madre Teresa de Calcuta, en el Hospital Salvator Mundi, pero Monseñor Aguirre Franco debía regresar, así es que se llamó al Padre Pedro Torres para que fuese a Roma a asistirle. Quedaría mientras a su cuidado el Padre Pita.

El 9 de julio, tras el regreso de Monseñor Felipe Aguirre Franco, los medios daban a conocer la noticia:

Internan de emergencia a Bello Ruíz en Roma.- Novedades.

Estable, la salud de Bello Ruíz en Roma.- Sol de Acapulco

Bello Ruíz está hospitalizado en Roma; recayó por insuficiencia en una arteria.- El Sur

Se preveía la posibilidad de que fuese intervenido quirúrgicamente en el Hospital Agostino Gemelli, el mismo en que atendieron varias veces al Papa Juan Pablo II.

Pero... qué le pasó en realidad a Monseñor Bello Ruíz que los periódicos nacionales y regionales hablaron de un problema cardiaco?

La respuesta la da el propio Padre Pedro al señalar que la fuerte neumonía se complicó -por cuestiones de la edad del prelado- y la carótida se semicerró, presionada por la inflamación de los pulmones, causándole una especie de parálisis en la mitad de rostro que, milagrosamente, el arzobispo superó en unos cuantos días.

 

Antes de partir a Roma, el Padre Pedro dio lectura a un e-mail transmitido el día 11 en el que se anunciaba una notable mejoría del Arzobispo.

Cuando llegó por él a la Ciudad Eterna, Monseñor le esperaba caminando. No hubo necesidad de una silla de ruedas.

La medicina en Roma es muy lenta. El ambiente hospitalario por tanto es aburrido y desesperante. Para la forma de ser de Monseñor Bello, aquello era una tortura, así es que pidió regresarse a su patria a la mayor brevedad.

El Dr. Billota señaló la necesidad de que Monseñor se quedara más tiempo, pero el Padre Pedro le comentó que, psicológicamente, quedarse pudiese afectarle más que regresar.

 

El lunes 16, Novedades de Acapulco informaba que, entre ese día y el siguiente, Monseñor Bello Ruíz llegaría de Roma, bajo un firme estado de recuperación.

El Lic. René Juárez Cisneros, gobernador del Estado de Guerrero, había estado pendiente de la salud del Arzobispo y, al enterarse de su retorno, envió a la ciudad de México un equipo de médicos, encabezados por el cardiólogo Virgilio Gómez Moharro que le revisó exhaustivamente y, al no encontrar mayor problema, le trasladaron al puerto.

 

A su llegada, el amado prelado no se estuvo quieto y, quienes le cuidaban... se lo permitieron.

Lo único que necesitaba para ese momento era terapia, pero no una terapia con terapeuta, sino moverse, caminar, hacer algo, señala el Padre Pedro Torres. Dos meses antes ya había sufrido un desmayo... el Dr. Rolando Heras, su médico de cabecera, dio el visto bueno para ir a Roma... pero se atravesó la lluvia aquella y fue lo que afectó a Monseñor.

Me hizo recordar en esos momentos que, hace muchos años, siendo yo todavía un chamaco, en el seminario, notamos que el Padre Paíto tenía un raro movimiento de cabeza. Pensamos que era el mal de Parkinson, pero por respeto no dijimos nada. Un día, llegó un sacerdote muy especial de Medjugorje que tenía el don de la sanación. Recuerdo vagamente al Padre Paíto inclinado y al sacerdote aquel imponiéndole las manos.

A partir de ahí... el Padre Paíto sanó por completo. Jamás volvió el tic a su cabeza.

 

Durante alguna de nuestras pláticas con el Padre Pedro Torres le pregunté de golpe:

-Padre, considera Usted a Monseñor Bello un santo? es decir, un hombre que, al morir, será digno de que se le inicie una causa?

Sin perturbarse, el sacerdote me contestó:

-Monseñor Bello es un santo... en vida... un hombre al que sus feligreses ya consideran santo sin necesidad de causa alguna...

 

Xavier Saavedra, esposo de su hermana Dulce, dejó un tinte más de luto en el corazón de Monseñor Bello el 9 de febrero del 2002.

Algún otro momento de dolor debió haber motivado a Monseñor Bello Ruíz a describir la belleza de la guadalupana en:

 

EL AYATE PRODIGIOSO

Por Mons. Rafael Bello Ruíz

 

El ayate en que milagrosamente se apareció la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, era el abrigo de Juan Diego hecho de ixtle blanco y bien tejido. Porque en aquellos tiempos de 1531, el ayate era la ropa y abrigo de todos los pobres indios; sólo los nobles y valientes guerreros se vestían con mantos blancos de algodón.

Este precioso ayate en que se apareció la Reina de los mexicanos era de dos piezas, cosidos con hilo blanco. Su hermoso rostro era muy grave y noble, un poco moreno. Tiene sus manos juntas sobre el pecho Su cinto que cae en dos moños es de color morado Solamente su pie derecho descubre un po­co la punta de su calzado color de ceniza.

Su ropaje es color rosado y está bordado con diferentes flores todas en botón y de bordes dorados. Prendido en su cuello está un anillo dorado y en medio una cruz. Su velo, es de color azul celeste y para nada cubre su rostro, y cae hasta sus pies. Dicho velo tiene toda su franja dorada y es­tá tachonado con estrellas de oro que son en número de cua­renta y seis. Su cabeza se inclina hacia la derecha, dando a entender que está dialogando con una persona, es decir, con Juan Diego a quien le dice: "Hijo mío, tierno y delicado, aquí estoy yo, que soy tu Madre".

A los pies de la Virgen está la luna, cuyos cuernos ven hacia arriba. Se yergue exactamente en medio de ellos y de igual manera aparece en medio del sol, cuyos rayos le rodean por todas partes. Son cien los resplandores con figuras de llamas.

Esta preciosa imagen da la impresión de que va corrien­do sobre un ángel, llevando en sus manos el velo de la noble Señora. Va el ángel con los brazos desplegados, en actitud de volar y luciendo sus ricas plumas de color bermejo y ver­de, parece mostrarle el Valle de Anahuac que le canta:

 

"Si algún pueblo nos robara

tu retrato celestial,

nuestra Patria se acabara

de gemir y de llorar."

 

 

 

 

 

EN VIDA HERMANO... EN VIDA!

 

A principios del mes de noviembre del 2002, un grupo conformado por la sociedad civil y el arzobispado de la diócesis, planearon rendir a Monseñor Rafael Bello Ruíz, Arzobispo Emérito de Acapulco, un sentido pero sincero homenaje.

Reunidos en el restaurante Villa Rosaura de la Costera Miguel Alemán, el Comité Organizador Pro Homenaje quedó conformado por el propio Arzobispo de Acapulco, Monseñor Felipe Aguirre Franco, en su calidad de Presidente; Sergio Suárez, Promotor; Guadalupe Gómez Maganda y Gala Martín como Vicepresidentas; Mari Carmen Tenopala, Tesorera; y Rossana Ríos como Secretaria.

En el entusiasta grupo estaban también Luci Guillén, Ma. Cristina Chávez, Ramón Sierra, Fernando Alvarez, y el Diácono Víctor Jesús Nuñez como vocales. Lupita de la Colina, Alma Lobato Pano, Luchi de Andrés y Enrique Hernández fungirían como auxiliares en la organización del evento.

El motivo del homenaje: la intensa trayectoria del prelado y los beneficios llevados a su grey por su inmensa obra pastoral.

 

Fue el día 20 de ese mismo noviembre en que la sociedad porteña se dio cita en el Seminario El Buen Pastor, una de las magnas obras del prelado, para dar rienda suelta a su agradecimiento y devoción.

Los eventos iniciaron con una misa concelebrada por el propio Arzobispo Emérito, Monseñor Rafael Bello Ruíz; el Arzobispo Felipe Aguirre Franco; y algunos de los sacerdotes que fueron colaboradores del homenajeado durante su mandato.

La homilía estuvo a cargo de Monseñor Aguirre Franco, Arzobispo de Acapulco, que señaló:

Aquí, en este Seminario del Buen Pastor, se van a colocar dos esculturas importantes y significativas: la de Jesús Buen Pastor, y otra que será develada esta noche con la figura, de busto, de aquel que ha sido una imagen viva del Buen Pastor en Acapulco: Monseñor Rafael Bello Ruíz...

...Excelentísimo Señor Arzobispo Don Rafael Bello Ruíz, con cuanta razón el Papa Juan Pablo II te dirigió este mensaje cuando hace algunos años cumpliste tus Bodas de Plata Episcopales: “Te unen estrechos vínculos a la Iglesia de Acapulco, pues a ella has dedicado tus desvelos y tu apostolado. Después de tu ordenación sacerdotal, como primicia de tu Sacerdocio, comenzaste a tener cuidado tanto de Seminaristas como de laicos varones y mujeres; todo lo cual realizaste, con la prudencia y la plenitud de la sana doctrina que recibiste en otras naciones... a la grey a tí encomendada, le has dedicado tus facultades y tu solicitud pastoral. De igual modo tu diligente labor se extiende al cuidado de los Seminaristas, los laicos y los universitarios... te queremos expresar vivamente nuestro fraternal afecto. Imploramos a Dios, que te recompense plenamente todas tus labores...”

 

Yo mismo he podido comprobar que a través del tiempo -siguió diciendo Monseñor Aguirre Franco- “te has hecho todo para todos, para ganarlos a todos, para Cristo y para su Evangelio” y has entregado todo tu tiempo, toda tu vida, todos tus estudios y todos tus sueños, al servicio de este pueblo guerrerense. Tus estudios de Doctorado en Derecho Canónico los has hecho manantial en medio de esta Iglesia de Acapulco. “Hasta que se forme Cristo” (Gal 4,19). En tus 52 años de Sacerdocio, en Chilapa, en la Parroquia de la Sagrada Familia en Acapulco, en el Seminario de esta Diócesis; como Obispo Auxiliar, como sucesor del 1er. Obispo de esta Iglesia Particular, y como Primer Arzobispo de Acapulco, tu vida sacerdotal ha quedado marcada por el Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, cuyas vestiduras y vasos sagrados pudiste utilizar en el día de tu Primera Misa. Pero posteriormente, te revestiste con las vestiduras del Buen Pastor, imitando y acompañando al Siervo de Dios, Don José Pilar Quesada Valdéz, cuyo manto de bondad has heredado.

 

Existe una historia en lengua latina que nos cuenta que un día alguien visitó una ciudad donde era muy famoso un personaje. Después de recorrer los jardines, atrios y plazas, preguntó: ¿Dónde está algún monumento a la memoria de ese personaje? A lo cual le contestaron: si monument aquaeris, circumspice... si buscas su monumento, mira a tu alrededor.

Monseñor Rafael Bello Ruíz, aquí hay algo más importante que va a simbolizar este monumento que se va a develar, aere perennius, más perenne que los bronces que lamen los siglos: tu obra de fe, tu paternidad fecunda, este bello Seminario del Buen Pastor.

Has combatido el Buen Combate, has guardado y difundido la fe. Aquí estamos nosotros, los que representamos en esta Arquidiócesis, tu gloria, tu corona y tu monumento.

 

Al terminar el sacrificio de la Misa, organizadores, autoridades y amigos se congregaron para develar la escultura de bronce que, de busto, representa al amado prelado. Corrieron la cortinilla Guadalupe Gómez Maganda, titular de la Secretaría de Turismo del Estado, y Alberto López Rosas, entonces Presidente Municipal electo de Acapulco.

En ese mismo acto, los miembros del Comité hicieron entrega de un cheque por cien mil pesos, ganancia de los eventos en pro, que serían destinados para fortalecer la acción sacerdotal del seminario. Espontáneamente, Lupita Molina hizo entrega de 50 mil pesos más con el mismo fin y, para no quedarse atrás, su hija, Paty Molina, agregó otros 20 mil.

 

La Orquesta Filarmónica de Acapulco hizo acto de presencia con su muy gustado repertorio y Monseñor Aguirre Franco aprovechó para lucir sus dotes de Director supliendo por un par de piezas al titular, el estimado Maestro Eduardo Alvarez que, para cerrar con broche de oro, interpretó la Obertura 1812 de Chaikovski, con un final en el que tambores y platillos resuenan con grandeza, aprovechado por los escenógrafos para dejar correr, en ese preciso momento, cientos de cohetes que esparcieron tronido y luz multicolor por los cielos que cubrían el seminario.

El día culminó con una cena de gala servida en los propios patios del Seminario y bajo la supervisión de Susana Palazuelos.

 

Es aquí, precisamente aquí, donde queremos reiterar algo que creemos necesario. Ya hemos señalado el que la conseja popular considera a un Obispo o Arzobispo, sobre todo por la tradición degradante o por lo lujoso de sus ornamentos lucidos en las ceremonias, como un hombre de dinero, un hombre rico. Sin embargo, y principalmente Monseñor Rafael Bello Ruíz, es todo lo contrario. Su pobreza es manifiesta, tanto espiritual como material.

Pero no confundamos pobreza con miseria. La pobreza es modestia económica, la miseria es carencia lacerante. La pobreza de espíritu del Padre Paíto fue llevada al extremo de la pobreza material.

Pero... de dónde el dinero para construir un seminario de tal magnitud? de dónde el dinero para viajes a Europa? de dónde para los coches?

Cualquier detractor tendría aquí materia para alimentar su alma de come-curas; sin embargo, la realidad supera la fantasía.

El Seminario El Buen Pastor, el más grande amor de Monseñor Bello, que llegara bajo su mandato al máximo esplendor, a la máxima dedicación de enviar sacerdotes a preparase en Roma, fue financiado en su primera fase, por la diócesis. Para esa segunda etapa, en la que se convierte en Seminario Mayor, los principales actores fueron José Francisco Ruíz Massieu y Adveniat, una organización alemana dedicada a ayudar a la comunidad cristiana de Latinoamérica. Ha construido seminarios a lo largo y ancho del mundo y beca a sacerdotes que van a Roma a terminar sus estudios.

Es importante señalar que prácticamente se hizo todo nuevo. Lo viejo se derrumbó. Adveniat construye la Casa de las Hermanas, el comedor, la cocina. Con el respaldo del Padre Julio Hernández y el apoyo diocesano se hace la primera parte del edificio del Seminario Menor. A pico y pala se hacen las canchas y un bungalow que ocupa actualmente el Rector del Seminario. En la época del Padre Arturo Nava como Rector, se construye el comedor.

En 1989, un filántropo italo-suizo, Paul Marcial, se ofrece a hacer la parte del Filosofado, la Biblioteca, y el recibidor -que ahora es la Capilla del Santísimo- demoliendo el galerón. Finalmente, José Francisco Ruíz Massieu llega a la gubernatura y Doña Cuquita, madre del gobernante y amiga de Monseñor Bello, logra que se construya la Capilla, la Glorieta y el Teologado y con ello se convierta en Seminario Mayor.

Por cierto que la ceremonia de inauguración -ya señalada anteriormente, es uno de los primeros actos en los que se muestra la nueva relación iglesia-estado. Como detalle curioso, hay un punto en el que Monseñor cede en algo: que en la hermosa Capilla estuviese San Francisco, en honor de su benefactor, y la Virgen de Guadalupe, de la que es muy devota Cuquita.

Era Rector del Seminario Menor el Padre Pedro Torres y del Mayor el Padre Carlos Alvarez.

Fue a René Juárez Cisneros, ya como gobernador, a quien correspondiera poner su granito de arena construyendo la barda perimetral del conjunto arquitectónico seminarista.

La casa que tiene Monseñor Bello en el Seminario, fue construida, con el apoyo económico de Agere, institución que apoya a los sacerdotes para hacerles sus curatos o casas habitación. La obra se realizó durante un viaje del prelado a Roma, pues él vivía en un pequeño cuarto modesto a cual más. Aquella casita de madera con láminas de asbesto ya descrita en páginas anteriores. Incluso, se cuenta entre los propios seminaristas, que Monseñor Bello Ruíz manifestó cierta molestia cuando regresó y le dieron la “sorpresa”.

Monseñor llegó a perder la noción del dinero -en su pobreza espiritual- que pasó a segundo o tercer término para él. Cuando alguien le manifestaba una necesidad, él sacaba el dinero que tenía en su bolsa y lo proporcionaba al quejoso; cuando asistía a una comida con otros sacerdotes, sacaba la cartera y se la daba al Padre Pedro para que pagara -algo que por cierto aprendió de Monseñor Quesada-; logró el equilibrio, el justo medio entre la riqueza, la pobreza y la miseria. Vivía con lo necesario. Lo demás, lo daba a quien más lo necesitara, fuera el seminario, alguna institución, o persona en particular.

Juárez Cisneros apoyó también el sistema de becas para sacerdotes que viajaban a Roma para realizar sus estudios y quien estuvo pendiente de una atención que iniciara José Francisco para con el prelado: proporcionarle un vehículo nuevo, que se vieron obligados a cambiarle cada año debido a que, con motivo de sus constantes viajes, prácticamente se acabara en ese tiempo. Estos autos, siempre y por decisión de Monseñor, fueron austeros. El carrito gris en que actualmente se transporta, fue un regalo personal del gobernante a su retiro como Arzobispo Emérito.

Hablar de autos nos hace recordar que el Padre Paíto dejó de manejar cuando, circulando en su inolvidable vochito El Periquito, un energúmeno de tránsito le detuvo por una infracción menor pero, se puso tan impertinente y grosero ante el sacerdote, que éste simplemente dijo: no vuelvo a manejar!... y lo cumplió.

 

Actualmente, para su retiro y goce de su vejez, la comunidad religiosa le remodeló una casa de los sesentas, que pertenece a los Padres Franciscanos Conventuales, ubicada en La Mira, una colonia clasemediera pero con una inmejorable vista al mar. Esa será su Casa Episcopal, a donde se le trasladó al final de esta biografía.

 

El homenaje terminó felizmente, pero... cosa curiosa, bajo esa lluvia de cohetes y luces multicolores, el Padre Paíto, hizo un recuento de su rama familiar encabezada por sus padres: Don Calixto Bello Rizo y Doña Ma. De la Luz Ruíz Reyes.

Pasaron por la mente sus hermanos Graciano, José Casto, Rafael, Margarita, Jorge, Genaro, y Dulce María. De ahí partía todo.

Por parte de su tía Nía, tuvo dos primos: Lucre y Gilberto, el Beto aquel que menciona en sus cartas a veces.

Por el Tío José, hermano de su mamá, a sus primos Dustano, Gaspar, Luis, Jaime, Alicia, Aurora, Eduardo, Gena (Genarita) y Olga.

Cómo olvidar a su abuelos, Apolinar Ruíz y Genara Reyes por la línea materna, y Albino Bello y Margarita Rizo por la paterna.

De todos ellos se desprende una nueva generación que conforman sus sobrinos Graciano Jesús, Ma. Yolanda, y Rafael, hijos de Graciano y Yolanda Ruíz Fernández; Ma. de la Luz, Rafael, Martha, y Mónica, hijos de Casto y Lucrecia Díaz Caro; Carmen Fabiola, heredera de Genaro y Carmen Espinoza; y Dulce María y Salvador Alejandro, hijos de Xavier Saavedra y Dulce María.

Lita y Don Agustín hicieron un feliz matrimonio que duró hasta el fallecimiento de él, pero no tuvieron descendencia.

Mientras elevaba la vista hacia un destello especialmente luminoso de color azul violáceo, Monseñor siguió el recorrido familiar, ahora con los hijos de sus primos, sobrinos también al fin y al cabo.

Por Beto: Alejandro, Tomasita, Ma. de los Angeles, Rosa, Andrés y Carmelita... únicamente, porque de ahí en adelante los demás eran ya sobrinos nietos... Dios! Cómo pasa el tiempo!

Por Graciano Jesús: Sara, Jordán, Sofía y Gabriel. Por Yolanda: Francisco, Pedro y Paulina. Por Rafael Bello Ruíz: Christopher y Alexander, los gemelos. Por Rafael Bello Díaz: Itzel, Lupita y Luz del Rosario, a quien todos llaman Lucero. Por Mónica: Mónica y Martita. Por Ma. de la Luz: Judith, Jorge y Alejandra. Por Martha: Ramón, Roberto y Antonio.

Y, como para pensar un poco más en el tiempo, están los biznietos. Por Itzel: Lizbeth y Rafael Antonio... y por Judith: Baldomero y Frida María.

Eso sí, todos ellos amorosamente orgullosos de “su” Padre Paíto.

 

 

 

LA SERENA QUIETUD

DEL MOVIMIENTO ETERNO

 

Cuando se habla de un Arzobispo Emérito, se habla de un hombre retirado, jubilado pues, que tras largos años de esfuerzo y trabajo, se supone está descansando. Con Monseñor Bello Ruíz no es así, aunque muchos lo pudiesen considerar. No hay semana en la que no participe en algún tipo de evento, reciba invitaciones o simplemente abra las puertas de la casa de su hermana Lita, donde radica actualmente, para atender visitas que vienen lo mismo de su querido Tecpan que de España, Alemania, Francia, Canadá, Roma o cualquier confín del mundo.

Muchos de los que llegan a verle son sacerdotes ordenados por él años atrás, alumnos de alguno de los seminarios en que dio cátedra, excompañeros de estudios o religiosas que vienen a agradecerle el apoyo brindado a sus congregaciones. Todos tienen un común denominador: no le olvidan.

Los muros de la pequeña casa ya deben ser políglotas a fuerza de escuchar tantos idiomas diferentes en los que una sola palabra coincide en ellos: gracias.

En ningún momento ha dejado de recibir la atención de sus allegados, por el contrario, ya quisiera un monarca tener a tanta gente dispuesta a auxiliarle, y sin interés alguno más allá del agradecimiento y el cariño.

Vivía en su casa del Seminario del Buen Pastor, cuenta el Padre Pedro, pero como el seminario cierra en determinadas ocasiones, Monseñor se quedaba solo, totalmente solo. En época de vacaciones, por ejemplo, seminaristas, sacerdotes y religiosas se retiran a sus casas o congregaciones. Hace años, para él era agradable poder disfrutar de esa soledad, según señala. Pero ahora, con su edad avanzada, no podíamos permitir que se quedara solo, encerrado, con el inherente riesgo que corre una persona octogenaria en la soledad, así es que fue por eso de decidimos llevarle a vivir a casa de Lita, su hermana.

Y así fue. Sin embargo, considerando que Lita ya tampoco es una jovencita, consiguieron el apoyo de la congregación Misioneras Catequistas de San José, que les envió un par de religiosas para ayudar en el cuidado y protección de  Monseñor Bello Ruíz.

 

La Hermana Ma. Isabel Cuevas Saldaña, originaria de Guadalajara Jal., y una de las religiosas designadas para el servicio de Monseñor Bello cuenta: Yo lo conocí apenas en el 2001, cuando nos pidió una misión para San Jerónimo. Yo era más joven, y él estaba más repuesto, más fuerte. Tengo tres meses a su servicio porque el Padre Pedro Torres solicitó unas religiosas a nuestra congregación. Yo estaba en Cerritos, San Luis Potosí, pero me ordenaron venir a Acapulco, donde llegamos el 30 de octubre.

Si bien conozco poco de su vida, he escuchado los relatos y pláticas de quienes le visitan y se adivina una humildad y servicio en un hombre incansable y misionero. Es un hombre sencillo, pero fuerte espiritualmente. Es un hombre capaz. Me siento contenta de estar a su servicio. Mucha gente le tiene ya como un santo. Un hombre de Dios que siempre predicó el evangelio.

 

La Hermana Angélica Olivo Martínez, de la misma congregación, y originaria de Rayón, S.L.P., es la otra religiosa que cuida de Monseñor Bello. Yo le conocí en 1996, cuando viví una temporada aquí al servicio de la parroquia de Cristo Rey como evangelizadora. Auxiliábamos a Monseñor Angel Martínez. Cuando íbamos a las asambleas diocesanas en la Casa Vianney, conocí a Monseñor Bello y le empecé a tratar. A nosotros nos tocaba asear el cuartito de Monseñor. Fui testigo de lo mucho que le querían los indígenas por su entrega total a Dios en su misión como Obispo. Me llamaba la atención su dedicación a los sacerdotes y a la formación de sacerdotes. Dejó muchas huellas en el camino. Dicen que como él... ninguno!

 

El día 7 de marzo del 2006, ya cercana la culminación de esta biografía, el Padre Paíto cumplía ochenta años. Desde días antes, y hasta varios días después, las manifestaciones de cariño no se hicieron esperar.

 

El día 5, la Parroquia de la Inmaculada le invitaba a la misa en su honor ofrecida por el Club Serra, y oficiada por el Padre Angel Cuevas Gutiérrez y el diácono Alfonso Reyes, que culminó con un opíparo banquete servido en el Salón parroquial Juan María Vianney, y amenizado por un popular mariachi.

Casi pasábamos por alto la relevancia de este Club Serra, que funciona como agente de las vocaciones sacerdotales mediante una muy definida pastoral. Está dedicado a fomentar una educación integral, teniendo como modelo a Jesús; fortalecer la integración de sus miembros identificándolos con el carisma del movimiento, y participar activamente en las celebraciones de los sacramentos.

Fundado en 1934 por cuatro laicos en Seattle, Washington, cuenta ahora con 832 clubes en 37 países con más de veinte mil asociados en todo el mundo. Fue bautizado con ese nombre en honor de Fray Junípero Serra, misionero franciscano español que evangelizó los territorios californianos.

En la Perla del Pacífico, treinta años después, en 1964, quince hombres de buena voluntad fundan el Club Serra Acapulco, teniendo como primer Capellán al Presbítero Rafael Bello Ruíz, fuerte promotor de la fundación. De entre aquellos fundadores destaca el recuerdo de José Bustamante, Maximiliano Sampedro, Jesús Ornelas y el Dr. Mauricio Cagigas Adalid. Bendijo la mesa y los alimentos de esa reunión el Excmo. Sr. Don José Pilar Quesada Valdés, Primer Obispo de Acapulco.

A lo largo de estos 42 años de existencia, ha tenido como Presidentes a relevantes personajes de la sociedad porteña entre quienes destacan el propio Maximiliano Sampedro, en el período 1964-66; el CP Rubén Huerta Marín, 81-83; Romeo Franco 86-87 y Vicente Andrés Sánchez que fungiera como tal de 1990-92 y nuevamente del 2001 al 2002, siempre apoyado por la infatigable Ma. de la Luz Saab de Andrés, a quien todos llaman cariñosamente Luchi.

Actualmente, rige los destinos del Club Serra porteño, William Alexander, auxiliado por Carmen Bahena de Alexander, bajo la fraternal mirada de su capellán, el Padre Angel Cuevas Gutiérrez, siendo Gobernador del Distrito 150 conformado por Toluca, Cuernavaca, Acapulco y dos clubes de la Ciudad de México, el Ing. Alejandro Berea Lagarda, y Presidente Nacional Alejandro Carbajal.

Una mención especial merecen dos integrantes poblanos que fueran presidentes nacionales, y cuya amistad con Monseñor Bello ha sido larga y fructífera: Jordi Pauhl Cacho y su esposa Graciela Robledo de Pauhl.

 

Los festejos por el octagésimo aniversario de Monseñor Bello, continuaron. El día 6 le levantaron los seminaristas con una serenata mañanera. Más tarde le invitaron a comer en la casa de Don Sergio Suárez con la asistencia del Arzobispo Felipe Aguirre Franco; Juan Navarro, Obispo Auxiliar, y el Padre Salvador Cisneros. La comida fue amenizada por un trío que entonó algunas de las piezas que tanto gustan al prelado, y recibió por la tarde a otro grupo de seminaristas que llegaron a felicitarle.

 

El preciso día 7 se concelebró misa en Catedral en un ambiente fraterno y de alegría en el que participaron sacerdotes, religiosas y laicos.

La eucaristía fue presidida por Monseñor Bello, en colegialidad con Monseñor Juan Navarro, Obispo Auxiliar y más de quince sacerdotes.

La homilía estuvo a cargo del Padre Blandino Bárcenas, quien presentó una semblanza del prelado con esa atingencia histórica que tiene como don especial, destacando el que Monseñor Bello entregó un presbiterio unido.

Fue particularmente hermosa la reflexión de Monseñor Navarro sobre la forma de interpretar el Padre Nuestro del Presbítero José Luis Martín Descalzo, sacerdote y escritor español:

Hijo mío que estás en la tierra, preocupado, solitario, tentado: yo conozco perfectamente tu nombre, y lo pronuncio como santificándolo, porque te amo. No, no estás solo, sino habitado por mí, y juntos construimos este reino del que tú vas a ser el heredero. Me gusta que hagas mi voluntad, porque mi voluntad es que tú seas feliz, ya que la gloria de Dios es el hombre viviente. Cuenta siempre conmigo y tendrás el pan para hoy. No te preocupes, sólo te pido que sepas compartirlo con tus hermanos. Sabes que perdono todas las ofensas, antes incluso que las cometas. Por eso te pido que hagas lo mismo con los que a tí te ofenden. Para que nunca caigas en la tentación, tómate fuerte de  mi mano y yo te libraré del mal, pobre y querido hijo mío.

 

El día 8, el Padre Frederick le invitó a comer al restaurante La Mansión, famoso por sus costillitas BBQ a la texana, platillo del que Monseñor gusta mucho.

El día 9 le visitaron las hermanas religiosas de la Congregación de Consagradas del Santísimo, conocidas cariñosamente por Monseñor como sus azulitas, que le cantaron las mañanitas y le llevaron un pastel.

Por la noche salió con el Padre Pita, Rector del Seminario; el Padre Nicolás Orbe, de Tecpan, y el Padre Mario Palma, a cenar al restaurante Coyuca 22.

El día 11 le invitaron las religiosas de Costa Azul pertenecientes a las Misioneras Catequistas de San José, y el Padre Gustavo Quevedo, párroco del Sagrado Corazón de esa colonia.

El día 12, Fernando Alvarez le invitó a comer a su restaurante El Jaguar con sus allegados.

El día 15, los integrantes del Comité Pro Construcción de la Nueva Catedral de Cristo Rey le ofrecieron un desayuno que resultó muy animado.

El día 19, el Padre Ramón Celis, de Puerto Marqués, que no pudiese asistir a la misa en Catedral, le invitó por su cuenta a comer a la orilla del mar en ese popular centro turístico aledaño a Acapulco, aprovechando que es la festividad de San José, patrono de esa parroquia.

 

Es una responsabilidad, afirma Monseñor todavía pensando en que su vida es y debe ser ejemplo en la formación de los otros sacerdotes.

Fue comprensivo y paciente con todo el mundo porque así le formaron. Aprendí a amar a mi gente, sobre todo a mis paisanos y a mis sacerdotes.

Fue tan cercano a todos que corre un dicho sobre él: Monseñor Bello conoce su gallera... y es que, pa’que la cuña apriete, debe ser del mismo palo!

 

Yo, en lo personal, hago mías las palabras del Padre Lemus. Es un un honor y una gracia conocer a hombres que trabajan en silencio, con un gran corazón. Mi aprecio y mi agradecimiento por haberme permitido conocerlos. En especial, a Monseñor Rafael Bello Ruíz, Primer Arzobispo de Acapulco... a quien, a más del honor de tratarlo, me permitió el privilegio de narrar su vida.

 

Finalmente, recurro a aquel ejemplo que Monseñor Aguirre Franco recordara cuando un visitante preguntaba sobre el monumento que debiera existir para un gran hombre, señalando por mi cuenta: si buscas el monumento a Rafael Bello Ruíz, el Padre Paíto, el Primer Arzobispo de Acapulco, no tienes más que voltear a tu derredor. Ahí está, en cada rincón de su obra, en cada alma de su grey, en cada corazón de su pueblo, en cada huella impresa por su planta, desde su Tecpan querido... hasta su Africa Chiquita!

 

 

 

                                           En El, con El, y para El.

 

 

 

 

La profunda admiración que llegué a sentir por Monseñor Rafael Bello Ruíz, me llevó a prepararle esta romanza octosílaba que dedico con afecto y respeto

 

 

PAÍTO

por Fco. Xavier Ramírez S.

 

Salió de Tecpan tiernito...

directo al seminario,

a seguir el plan bendito

del que era destinatario.

 

Arizmendi Constantino

era Rector de Chilapa

Don Leopoldo el Obispo,

Díaz Escudero se llama.

 

Ellos dos le recibieron

de Don Bernardo García,

párroco de allá en su pueblo,

su Tecpan, tierra querida.

 

De ahí saltó a Montezuma,

Pontificio Seminario,

en donde latín resuma

conocimiento y breviario.

 

 

Allá, en Marqués de Comillas,

el siguiente paso dado,

Teología de corridillas

le llevó al Diaconado.

 

Y ya en Europa estando,

sin pensar en sacrificio,

alcanzar presbiterado

en el grande San Sulpicio!

 

No feliz con lo logrado,

pues letra y amor hermana,

estudió su doctorado

en la culta Gregoriana.

 

Ah!!! Rinconcitos famosos

de San Pedro El Vaticano

por su fama de gloriosos

a muchos han atrapado.

 

Pero no a mi Paíto

que al final dijo ligero:

Por los caminos del sur

vámonos para Guerrero.

 

Y llegó como los buenos,

a cumplir lo prometido!

A Chilapa y sus terrenos

en Director convertido.

 

Pero monseñor Quesada

Primer Obispo de Acapulco,

Diócesis recién creada,

Pidió a Escudero disculpo.

 

Y no había quien le culpara,

ya le había echado el ojo,

para de cero empezara

a sembrar entre el abrojo!

 

Paíto, con su templanza,

descubre con maravilla

que de la mies, la esperanza,

siempre está en la semilla

 

Así nace El Buen Pastor,

su Seminario Conciliar,

que sacerdotes con amor

forma para evangelizar.

 

Para lograr la pastoral

Base de evangelización,

Sagrada Familia es vital

Para su divina misión.

 

De Obispo ya lo vemos,

Corriendo tierra bendita,

De lejos llegar queremos

A su Africa Chiquita!

 

Cuando llega allá por Roma,

El buen Juan Pablo Segundo

le reconoce y en broma

clama: Acapulco! Acapulco!

 

El mundo rápido crece

En la vida y en la práctica,

Acapulco lo merece:

ser provincia eclesiástica!

 

Y quien va a ser sino él mismo,

quien dirija sus destinos,

quien sea su Arzobispo

que le guíe por los caminos.

 

La gente, entusiasmada,

Paíto, dice al reparo,

Bien conoce su gallada...

Como que es del mismo palo!

 

Así dejó pues su huella,

plena de amor y entereza,

y sin que hubiera querella

vivió con fe su pobreza.

 

Emérito es ahora...

pero siempre está presente!

hay fieles que ya le añoran,

y hay quien Santo le siente!

 

 

 

En reciente homenaje,

Monseñor Aguirre Franco

que le suplió en el menaje,

puso un ejemplo de tanto.

 

Alguien busca un monumento?

sólo mire a su alrededor...

y tendrá el mejor sustento:

Todas sus obras de amor!

 

 

                                                Fco. Xavier Ramírez S.

                                                Febrero del 2006

 

 

Nota Especial.- Pocos días después de la lectura final de esta biografía, Margarita Bello Ruíz, hermana y protectora de Monseñor en sus últimos años, y principal promotora de este histórico trabajo, fallecía víctima de las consecuencia de un atropellamiento. El 27 de mayo se fue sin decir adiós, pero quedando en nuestro sincero recuerdo.

 

 

 

 

A lo largo de mi vida he podido constatar que el hombre tiene, en justa libertad, la posibilidad de buscar el mejor camino para encontrar la fe. Que las diferencias filosóficas pueden alejar a dos hermanos. Que podemos deslumbrarnos ante un destello ideológico. Pero también encontré que, la única luz que ha permanecido encendida para la salvación del hombre, es la Iglesia Católica... así lo muestran sus dos mil años de existencia, ante las efímeras apariciones de dogmas sectarios que, si bien palian el padecer de sus seguidores, le sumen en el desconcierto al desaparecer....

 

 

                               Monseñor Rafael Bello Ruíz

                                           Mensaje final.

 

 

 

 

Esta obra,

registrada con el No. 153

del Programa de Financiamiento

para Escritores Iberoamericanos,

se terminó de imprimir,

bajo el sistema POD,

y con un tiro inicial de 500 ejemplares,

el día 28 de julio del 2006

en los talleres de

Editorial Sagitario

ubicados en

Av. Palma Sola L60B No. 4

Fracc. Princess del Marqués II

Acapulco, Gro. México

 

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